martes, 6 de enero de 2015

Capítulo 21

21
MUERTE LENTA


Nicolás se sentó a mi lado sobre un pequeño banco que se encontraba en la habitación. Una habitación que si bien era pequeña estaba muy bien iluminada. Esta sería la primera ocasión en la que no saldría del sótano de algún lugar clandestino para ofrecer el espectáculo que causaba una pelea callejera. El público esta vez estaría compuesto por las personas que vivían en la sombra, en la gran ciudad de Las Vegas: mafiosos, traficantes de drogas, y con ellos, sus dulces acompañantes. La multitud afuera se asemejaba a un oscuro ejército, más ruidoso y mucho más sediento de sangre. Estaría rodeado por una jaula y no por personas.

—Sigo creyendo que estás equivocado al participar en esto, Pit —demandó Euge, de pie al otro lado de la habitación.

—Ahora no, cariño —le contestó Nicolás, mientras me ayudaba a envolver la cinta adhesiva, a modo de protección, alrededor de mis manos.
—¿Estás nervioso? —La voz de Euge resonó nuevamente por el lugar, de una forma que resultó escalofriantemente tranquila.

—En realidad no. Pero me sentiría mejor si Pidge estuviera aquí. ¿Sabes algo de ella?

—Le enviaré un mensaje. Ella llegará.

—¿Lo ama? —pregunté, imaginándome diferentes escenarios sobre qué fue lo que hablaron durante la cena. Obviamente Jess no era un santo, y no podría asegurar que no esperase nada a cambio de ayudar a mi chica.

—No —respondió tajantemente Euge—.Lali nunca me lo diría, de cualquier forma. Crecieron juntos, Peter. Él fue la única persona con la que ella pudo contar. Lo fue durante mucho tiempo.

No puedo decir si conocer esta información me hizo sentir mejor o peor. —¿Te contestó el mensaje?

—¡Oye! ¡Oye! Tienes a Brock McMann esperándote. Tu cabeza tiene que estar enfocada en la pelea al cien por ciento. ¡Deja de ser un cobarde y concéntrate! —exclamó Nico, golpeando mi mejilla en el proceso.

Asentí, tratando de recordar las pocas veces que había visto luchar a Brock.

Había sido expulsado de la UFC por golpes ilegales y el rumor de haber golpeado al presidente de la compañía. Había pasado mucho tiempo, pero seguía siendo un luchador a leguas sucio y cometió mucha mierda ilegal. Mientras el árbitro era un testigo impasible. La clave sería no ponerse en posición de debilidad. Si cerraba sus piernas alrededor de mí, podría acabar conmigo bastante rápido.

—Vamos a jugar seguro, Pit. Déjale atacar primero. Del modo en el que luchaste la noche en la que tratabas de ganar la apuesta de Lali. No estás en una pelea de un torneo universitario. Esto no es el Círculo, y no estás creando espectáculo para la audiencia.

—Al infierno si no lo estoy.

—Tienes que ganar, Peter. Estás luchando por Lali, no lo olvides. —Asentí. Nicolás tenía razón. Si perdía, Benny no recibiría su dinero, y Lali permanecería en peligro.

Un hombre alto y gordo con traje de diseñador y pelo grasiento caminó hacia nosotros. —Tú vas arriba. Tu entrenador puede unirse a ti en la parte exterior de la jaula, pero las chicas... ¿Dónde está la otra?

Mis cejas se fruncieron, formando una línea recta. —Ya viene.

—De acuerdo, entonces... se han reservado plazas al final de la segunda fila en la esquina para las acompañantes.

—Te acompañaré allí —exclamó Nico dirigiéndose a Euge, miró al hombre de traje—. Nadie la toca. Voy a matar a la primera puta persona que se atreva a tocarla.

El hombre esbozó lo que podría considerarse el fantasma de una sonrisa.

Una horrible mueca la describiría mejor. —Benny ha dicho sin distracciones.

Vamos a tener los ojos puestos en ellas en todo momento.

Nicolás asintió, y luego le tendió la mano a Eugenia. Ella la tomó, y tranquilamente nos siguió a través de la puerta.

La voz amplificada de los locutores resonó en los enormes altavoces colocados en cada esquina de la enorme habitación. Se parecía a una pequeña sala de conciertos, con capacidad para albergar a un millar de personas sin problema alguno. Todos los asistentes estaban de pie, ya sea animándome o lanzando miradas de recelo mientras hacía mi recorrido hacia el centro, en el escenario dispuesto para el enfrentamiento.

La puerta de la jaula se abrió y entré.

Nicolás observaba al del traje sentar a Eugenia en el extremo que anteriormente había mencionado, una vez que se convenció de que ella estaba bien, volvió su vista hacia mí. —Recuerda: juega inteligentemente. Déjale atacar primero. El objetivo es ganar. Ganar por Lali. —Asentí. Esto se trataba de ella.

Segundos después, la música sonó por los altavoces, y tanto el movimiento en el recinto como el volumen de la música aumentaron con frenesí. Brock McMann surgió de un pasillo, siendo el centro de atención. Las vigas del techo iluminaban la expresión de peligro en su rostro. Tenía un séquito que mantenía a los espectadores a una distancia prudente, mientras él brincaba de abajo hacia arriba para permanecer suelto. Probablemente habría estado entrenando para esta pelea durante semanas, meses quizás.

Estaba bien. Había sido golpeado por mis hermanos durante mucho tiempo, mi vida entera. Tenía un montón de entrenamiento sobre mis hombros. Ganaría.

Me volví para comprobar que Euge siguiera en su sitio. Cuando se dio cuenta de que la miraba, se encogió de hombros y frunció el ceño. La pelea más grande de mi vida estaba a pocos minutos de comenzar y Lali no estaba aquí.

Justo cuando me volví para ver como Brock entraba a la jaula, oí la voz de Nicolás llamándome.

—¡Peter! ¡Peter! ¡ Lali está aquí!

Me volví, buscándola desesperadamente entre los asistentes, corría por las escaleras a toda velocidad. Se detuvo justo antes de golpearse contra la jaula, golpeándose las manos contra la cadena para detenerse.

—¡Aquí estoy! Aquí estoy, Pit —suspiró con dificultad por el esfuerzo realizado.

Nos besamos a través del espacio entre las paredes de la jaula, tomó mi cara entre sus manos, con los pocos dedos que podía pasar a través del reducido espacio. —Te amo —exclamó. Sacudió la cabeza vigorosamente—. No tienes que hacer esto, ya sabes.

Sonreí. —Sí tengo que hacerlo.

—Vamos, Romeo. Hagámoslo. No tengo toda la noche —se escuchó un susurro desagradable. Provenía de Brock, quien estaba en la esquina contraria del ring.

No me giré, sólo la miraba a ella. Pero Lali sí que miró por encima de mi hombro. Cuando vio a mi oponente, sus mejillas se encendieron por la ira. Su expresión se volvió fría. Menos de un segundo después, sus ojos volvieron a los míos, cálidos nuevamente. Sonrió con picardía. —Enséñale a ese imbécil algunos modales.

Guiñé un ojo en su dirección y sonreí. —Cualquier cosa por ti, nena.

Brock se reunió conmigo en el centro del ring, cara a cara.

—¡Pelea con inteligencia! —gritó Nico.

—Sólo quiero que sepas que soy un gran fan tuyo, aunque seas una basura, un tramposo. Así que no te tomes como algo personal cuando te golpee hasta dejarte inconsciente esta noche —susurré en el oído de mi contrincante, inclinándome levemente hacia él.

La mandíbula de Brock se tensó violentamente; sus ojos se encendieron, no con ira, sino con aturdida confusión.

—¡Sé inteligente, Peter! —gritó mi primo nuevamente, observando la diversión fluir en mis ojos.

La campana sonó, y Brock atacó inmediatamente. Usando cada pedazo de fuerza que poseía, dejé salir la misma cantidad de furia que liberé sobre los hombres de Benny.

Brock se tambaleó un poco, retrocediendo mientras trataba de pararse correctamente para protegerse. O golpearme. No le di tiempo, usé los dos puños para dejarle en el suelo.

Resulta ser una sensación extraordinaria el no contenerse. Saboreando la adrenalina pura que fluía a través de mi cuerpo fallé. Y Brock logró esquivar mi golpe, me conectó con un gancho derecho. Sus lanzamientos resultaban mucho más efectivos que los de los aficionados con los que me enfrentaba en la universidad. Fue jodidamente increíble. La lucha contra Brock me trajo recuerdos de algunos de los desacuerdos más serios que había tenido con mis hermanos, cuando de las palabras pasábamos a un culo azotado.

Me sentí como en casa al intercambiar golpes con mi oponente. En este momento, mi rabia tenía un propósito y un lugar específicos.

Cada vez que los puños de Brock conectaron un golpe, sólo sirvió para amplificar la adrenalina en mi sistema, podía sentir mis golpes echar chispas.

Trató de arrastrarme por el suelo, pero planté mis pies. Me coloqué en posición de cuclillas, logrando estabilizarme contra cada uno de sus desesperados y erróneos movimientos, sólo para tratar de hacerme perder el equilibro. Mientras me acechaba, mi puño se puso en contacto con su cabeza, orejas, y sienes.

Numerosas veces.

La cinta blanca alrededor de mis nudillos ahora era carmesí, pero no sentí ningún dolor, sólo placer al liberar todas las emociones negativas que me habían estado agobiando durante tanto tiempo. Recordé lo relajante que fue golpear a los hombres de Benny. Ganar o perder. Sentía ganas de conocer en qué tipo de persona me convertiría después de esta pelea.

El árbitro, Nicolás y el entrenador de Brock me rodearon, alejándome de mi oponente.

—¡La campana, Peter! ¡Para! —pedía Nico con desesperación.

Me arrastró a un rincón, Brock fue empujado hacia el otro. Me volví para mirar a Lali. Estaba retorciendo sus manos, más su amplia sonrisa me dijo que estaba bien. Le guiñé un ojo, ella me lanzó un beso. Ese simple gesto me revitalizó y volví a la jaula con renovada determinación.

Una vez que la campana sonó, ataqué de nuevo. Esta vez teniendo más cuidado al esquivar los golpes de Brock, las pocas veces que logró conectar un puñetazo. Una o dos veces, envolvió sus brazos alrededor de mí, respirando con dificultad, mientras trataba de golpearme con las rodillas en las bolas.

Simplemente le empujaba y le golpeaba con más fuerza.

En la tercera ronda, Brock se tambaleó, me dio patadas y falló. Se estaba quedando rápidamente sin aliento. Sintiéndome cansado, comencé a tomar más descanso entre los giros. La adrenalina que había subido una vez a través de mi cuerpo se había agotado. Mi cabeza empezó a latir con fuerza.

Brock lanzó un puñetazo, y luego otro. Bloqueé un tercero, y luego para terminar, se lanzó a matar. Con las pocas fuerzas que me quedaban, esquivé la rodilla de Brock y giré, estrellando mi codo directamente con su nariz. Su cabeza voló hacia atrás, su vista hacia arriba. Dio unos pasos sin coordinar y luego cayó al suelo.

El ruido de la multitud fue ensordecedor, sólo pude oír una voz.

—¡Oh dios mío! ¡Sí! ¡Sí, bebé! —gritó ella.

El árbitro comprobó que Brock estuviese bien, luego se acercó a mí. Levantó mi mano. Yo era el ganador. Nicolás, Eugenia y Lali estaban ya dentro de la jaula, rodeándome. Tomé a Lali por los hombros y planté mis labios en los de ella.

—Lo hiciste —dijo, ahuecando mi cara entre sus manos.

Nuestra celebración se vio interrumpida cuando Benny y un nuevo lote de guardaespaldas entraron en la jaula. Puse a Lali sobre sus pies, tomando una posición defensiva frente a ella.

Benny era todo sonrisas. —Bien hecho, Lanzani. Has salvado el día. Si tienes un minuto, me gustaría hablar contigo.

Miré de nuevo a Lali, tomó mi mano con fuerza. —Está bien. Nos encontraremos en la puerta —le contesté, asintiendo hacia la puerta más cercana—. En diez minutos.

—¿Diez? —preguntó Pidge con preocupación en sus ojos.

—Diez —dije, besándola en la frente. Miré a Nicolás—. Mantén tu vista en ellas.

—Creo que tal vez debería ir contigo.

Me apoyé en Nicolás, alcanzando su oído sin esfuerzo. —Si quieren matarnos no hay mucho que podamos hacer al respecto. Creo que Benny tiene algo más en mente. —Me incliné hacia atrás y le di una palmada en el brazo—. Te veré en diez minutos.

—Ni once. Ni quince. Diez minutos —dijo Nicolás, empujando a una reacia Lali fuera del lugar.

Seguí a Benny a la misma habitación en la que había esperado antes de la pelea. Para mi sorpresa, hizo que sus hombres esperaran afuera.

Extendió las manos, haciendo un gesto hacia la habitación. —Pensé que esto sería mejor. Así puedes ver que no soy siempre... el hombre malo que tal vez parezco.

Su lenguaje corporal y su tono eran relajados. Aun así mantuve mis ojos y oídos abiertos preparados por cualquier sorpresa.

Benny sonrió. —Tengo una propuesta que hacerte, hijo.

—No soy tu hijo.

—Eso es cierto —admitió—. Pero después de que te ofrezca ciento cincuenta mil dólares por pelea, creo que es posible que desees serlo.

—¿Qué peleas? —pregunté. Pensé que iba a decir algo cómo que Lali todavía le debía. No tenía ni idea de que trataba de ofrecerme trabajo.

—Se ve a la distancia que eres obviamente un joven victorioso y talentoso. Perteneces a esa jaula. Puedo hacer que eso suceda... también puedo hacer que seas un hombre muy rico.

—Estoy escuchando.

Benny sonrió más, si es que era posible. —Voy a programar una lucha por mes.
—Todavía estoy en la universidad.

Se encogió de hombros. —Vamos a programar peleas en los alrededores. Te compraré vuelos, a ti y a Lali, en primera clase, si así lo quieres. Los fines de semana, si eso es lo que deseas. Sin embargo, haciendo tanto dinero, es posible que desees poner un alto en tu educación universitaria.

—¿Seis figuras por pelea? —Hice los cálculos mentalmente, tratando de no mostrar sorpresa—. ¿Por luchar y qué más?

—Eso es todo, chico. Sólo luchar. Hacerme aún más rico.

—Sólo luchar... y puedo salir cuando quiera.

Él sonrió. —Bueno, sí, pero no creo que eso suceda pronto. Te encanta. Te vi. Estabas borracho, extasiado. Así te veías en esa jaula.

Me quedé allí por un momento, reflexionando sobre su oferta. —Voy a pensarlo. Déjame hablar con Lali.

—Supongo que es lo justo.

Dejé nuestras maletas en la cama y me derrumbé sobre ella. Le había hablado de la oferta de Benny a Lali, no se había mostrado receptiva con la noticia.

Luego en el avión, cuando veníamos de regreso, estuvo un poco tensa, por lo que decidí aplazar la conversación para cuando llegáramos a casa.

Ella estaba secando a Toto después de haberlo bañado. Había estado viviendo con Brasil. Pidge se indignó por la forma en la que olía.

—¡Oh! ¡Ahora hueles mucho mejor! —Rio mientras lo estrechaba contra su cuerpo, salpicando agua sobre ella y por todo el suelo. Toto se puso de pie sobre sus patas traseras, cubriéndole el rostro con pequeños besos, propios de un cachorro.

—Yo también te extrañé, hombrecito.

—¿Pigeon? —pregunté, cruzando mis dedos nerviosamente.
—¿Sí? —dijo, aun frotándolo con una toalla amarilla en sus manos.

—Quiero hacer esto. Quiero pelear en Las Vegas .

—No —dijo, sonriendo a la cara feliz de Toto.

—No me estás escuchando. Voy a hacerlo. Y en pocos meses verás que tomé la decisión correcta.

Ella me miró.

—Vas trabajar para Benny.

Asentí nerviosamente y luego sonreí. —Sólo quiero cuidarte, Pidge.

Lágrimas anegaron sus ojos.

—No quiero nada comprado con ese dinero, Peter. No quiero tener nada que ver con Benny o Las Vegas. O cualquier cosa que vaya junto con él.

—No tienes ningún problema con la idea de comprar un coche con el dinero de mis peleas aquí.

—Eso es diferente, y lo sabes.

Fruncí el ceño.

—Vamos a estar bien, Pidge. Ya lo verás.

Me miró por un momento, y luego sus mejillas se encendieron. —¿Por qué me sigues preguntando, Peter? Trabajarás para Benny sin importar lo que te diga.

—Quiero tu apoyo en esto, es demasiado dinero como para rechazarlo. Sería una locura decir que no.

Se detuvo por un tiempo, sus hombros cayeron derrotados. Luego asintió.

—Está bien, entonces. Has tomado tu decisión.

Mi boca se estiró en una amplia sonrisa.

—Ya verás, Pigeon. Será maravilloso.

Me empujé fuera de la cama, me acerqué a ella y le besé los dedos.

—Muero de hambre. ¿Y tú?

Negó suavemente con la cabeza.

La besé en la línea del cabello antes de ir a la cocina. Mis labios tararearon la alegre melodía de una canción al azar, mientras que cogía dos rebanadas de pan y un poco de salami y queso. Hombre, ella hace que te pierdas, pensé, echando mostaza picante entre las rebanadas de pan.

Me tomó cerca de tres bocados terminarlo, y luego lo bajé con una cerveza, preguntándome qué más había para comer. No me di cuenta de lo tenso que mi cuerpo se sentía hasta que habíamos llegado a casa. Aparte de la lucha, los nervios probablemente también tenían algo que ver con eso. Ahora que Lali sabía de mis planes y que se había resuelto el problema, los nervios se fueron lo suficiente como para tener apetito de nuevo.

Lali caminó por el pasillo y luego dobló la esquina, maleta en mano. No me miró cuando cruzó de la sala de estar a la puerta.

—¿Pigeon? —llamé.

Me acerqué a la puerta aún abierta, viéndola acercarse al Honda de Eugenia.

Cuando no respondió, corrí por las escaleras y por la hierba hasta donde Nicolás, Eugenia y Lali formaban un círculo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, señalando la maleta.

Lali sonrió con torpeza. Fue inmediatamente obvio para mí saber que algo no estaba bien.

—¿Pidge?

—Estoy llevando mis cosas a Morgan. Tienen esas lavadoras y secadoras. Tengo una enorme y ridícula cantidad de ropa que lavar.

Fruncí el ceño.
—¿Ibas a irte sin decírmelo?

—Ella regresará, Pit. Eres tan malditamente paranoico a veces —dijo Eugenia con desaprobación en su voz.

—¡Oh! —dije, todavía sin estar seguro.

—¿Te quedas aquí esta noche?

—No lo sé. Supongo que depende del tiempo que tarde mi ropa en estar lista.

Aunque sabía que era probable que todavía estuviera incómoda con mi decisión acerca de Benny, lo dejé pasar. Sonreí y la atraje hacia mí.

—En tres semanas, voy a pagar a alguien para que se ocupe de ello. O podrías simplemente tirar la ropa sucia y comprar nueva.

—¿Lucharás para Benny otra vez? —me preguntó Euge, sorprendida.

—Me hizo una oferta que no podía rechazar.

—Travis… —comenzó Nicolás.

—No empiecen nuevamente. Si no cambié de opinión por Pidge, no voy a cambiarla por ustedes.

Eugenia cruzó una mirada con Lali.

—Bueno, te llevaré de vuelta Lali. Ese montón de ropa te va a llevar mucho tiempo.

Me incliné para besar los labios de Lali. Me atrajo y me besó con fuerza, lo que me hizo sentir un poco mejor acerca de ella. Un poco menos inquieto.

—Hasta luego —dije, manteniendo la puerta abierta mientras se sentaba en el asiento del pasajero—. Te amo.

Nicolás levantó la maleta de Lali y la metió por la ventana trasera del Honda. Eugenia se deslizó en su asiento, estirándose para abrochar su cinturón de seguridad.

Cerré la puerta de Lali, y luego crucé los brazos sobre el pecho.

Nicolás estaba a mi lado.

—En realidad, no vas a luchar para Benny, ¿verdad?

—Es mucho dinero, Nicolás. Seis cifras por pelea.

—¿Seis cifras?

—¿Podrías decir que no?

—Lo haría si Eugenia me dejara por eso

Me reí una vez.

—Lali no me va a dejar.

Eugenia se retiró de la zona de estacionamiento y vi las lágrimas derramarse por las mejillas de Lali.

Corrí hacia la ventana, golpeando en el cristal.

—¿Qué pasa, Pidge?
—Adelante, Euge —articuló, secándose los ojos.

Corrí al lado del coche, golpeando mi mano contra el vidrio constantemente.

Lali no me miraba, y un terror absoluto caló en mis huesos.

—¡Eugenia! ¡Detén el maldito auto! ¡ Lali, no lo hagas!

Eugenia llegó a la carretera principal y presionó el acelerador.

Corrí detrás de ellas, pero cuando el Honda estaba casi fuera de mi vista, di la vuelta y corrí hacia la Harley. Busqué las llaves en el bolsillo, las saqué mientras corría y saltaba en el asiento.

—¡Peter, no! —advirtió Nicolás.

—Joder, no ves que Lali está dejándome, Nico —grité, apenas arrancando la moto antes de que las revoluciones del acelerador llegaran a 180, y volando por la calle.
Eugenia acababa de cerrar la puerta cuando llegué al estacionamiento de Morgan Hall. Casi me caí sobre la moto al detenerme y al no apoyar el pie en el primer intento. Corrí al Honda y abrí la puerta del pasajero. Los dientes de Eugenia estaban apretados, lista para lo que podría decirle.

Miré la pared de ladrillo y mortero de Morgan, sabiendo que Lali estaba en algún lugar del interior.

—Tienes que dejarme entrar, Euge —supliqué.

—Lo siento —dijo. Puso el coche en reversa y salió del estacionamiento.

Al mismo tiempo corrí escaleras arriba, tomando dos escalones a la vez, una chica que nunca había visto antes estaba saliendo. Agarré la puerta, pero ella me cerró el camino.

—No se puede entrar sin una escolta.

Saqué las llaves de mi moto y las agité en su rostro.
—Mi novia, Lali Espósito; dejó las llaves del coche en mi apartamento. Estoy trayéndoselas.

La niña asintió, sin saber qué hacer y luego se apartó de mi camino.

Saltando varios pasos a la vez en el hueco de la escalera, por fin llegué al piso de Lali y a la puerta de su dormitorio. Tomé unas cuantas respiraciones profundas para tratar de calmarme.

—¿Pidge? —dije, tratando de mantenerme tranquilo—. Tienes que dejarme entrar, cariño. Tenemos que hablar de esto.

No respondió.

—Pigeon por favor. Tienes razón. No escucho. Podemos sentarnos y hablar de esto, ¿de acuerdo? Acabo... Por favor, abre la puerta. Estás asustándome hasta la muerte.

—Vete, Peter. —La voz de María se escuchó desde el otro lado.

Golpeé la puerta con mi puño.
—¿Pidge? ¡Abre la maldita puerta, maldita sea! ¡No me iré hasta que me hables! ¡Pigeon!

—¿Qué? —gruñó María, abriendo la puerta. Empujó sus gafas sobre su nariz y me olisqueó. Para una pequeña chica, tenía una expresión muy severa.

Suspiré aliviado de que por lo menos vería a Lali. Miré por encima del hombro de María, Lali no estaba en mi línea de visión. —María —pedí, tratando de mantener la calma—. Dile a Lali que necesito verla. Por favor.

—Ella no está aquí.

—Ella está aquí —dije, perdiendo rápidamente la paciencia.

María cambió el peso de un pie a otro.

—No la he visto esta noche. No la he visto en varios días, en realidad.

—¡Sé que ella está aquí! —grité—. ¿Pigeon?

—Ella no está... ¡Oye! —chilló María cuando choqué mi hombro contra ella.

La puerta se estrelló contra la pared. Tiré del pomo y miré detrás de ella, y luego en los armarios, incluso debajo de la cama.

—¡Pigeon! ¿Dónde está?

—¡No la he visto! —gritó nuevamente María.

Entré en la sala, mirando en ambas direcciones, María cerró la puerta detrás de mí, lo supe por el clic de la cerradura.

La pared estaba fría contra mi espalda, y de repente me di cuenta de que no tenía un abrigo. Poco a poco me deslicé por la pared de bloques de concreto. Me cubrí la cara con las manos. Podría odiarme por el momento, pero tendría que volver a casa algún día.

Después de veinte minutos, saqué mi teléfono y le mandé un mensaje de texto.

Pidge, por favor, vuelve, sé que estás enfadada pero todavía podemos hablar de esto.

Y luego otro.

Por favor vuelve a casa.

Y otro.

¿Por favor? Te amo.

Ella no respondió, esperé otra media hora y luego envié más.

Estoy en Morgan, ¿podrías al menos llamarme para saber si volverás a casa esta noche?

Pigeon estoy jodidamente arrepentido. Por favor vuelve a casa. Te necesito.

Sé que no he sido razonable. Podrías responderme al menos.

No me merezco esto, fui un imbécil por creer que el dinero resolvería todos los problemas pero al menos no huyas cada vez que tengamos uno.
Lo siento, no quería decir eso.

¿Qué quieres que haga? Haré lo que quieras que haga, ¿vale? Solo háblame.

Esto es una mierda.

Estoy enamorado de ti. No entiendo cómo puedes simplemente irte.

Justo antes del amanecer, cuando estaba seguro de haber hecho un ridículo total y de que estaría asustada, seguramente pensando que yo estaba verdaderamente loco y que no le convenía, me levanté del suelo. El hecho de que seguridad no se hubiera presentado durante la noche para echarme del edificio resultaba ser un hecho increíble en sí. Las chicas comenzaron a salir para dirigirse a clases y yo, todavía sentado en el pasillo, decidí no tentar la suerte.

Después de caminar penosamente por las escaleras, me senté en mi motocicleta. Aunque una camiseta era la única cosa entre mi piel y el aire gélido de invierno, lo ignoré. Con la esperanza de ver a Lali en la clase de historia, fui directamente a casa tratando de descongelar mi piel bajo una ducha de agua caliente.

Nicolás se situó en la puerta de mi dormitorio mientras me vestía.

—¿Qué quieres, Nico?

—¿Hablaste con ella?

—No.

—¿Para nada? ¿Mensajes de texto? ¿Nada?

—Dije que no —espeté.

—Pit —dijo Nicolás, suspiró quedamente—. Ella probablemente no vaya a clases hoy. No quiero que Eugenia y yo estemos en medio de esto, pero eso es lo que ella dijo.

—Tal vez va a estar —le contradije, poniéndome el cinturón. Me puse la colonia favorita de Lali, y luego me puse la chaqueta antes de agarrar mi mochila.

—Espera, yo te llevo.

—No, voy a llevarme la moto.

—¿Por qué?

—En caso de que ella acepte regresar al apartamento conmigo para poder hablar.

—Peter, no creo que sea hora de considerar el que ella vaya a…

—Cállate, Nico —dije mirándolo—. Sólo por una vez, no seas razonable. No trates de salvarme. Sólo compórtate como mi amigo, ¿de acuerdo?

Nicolás asintió. —De acuerdo.

Eugenia salió de la habitación de Nicolás, todavía en pijama. —Peter, es hora de que la dejes ir. Todo terminó para ella en el momento en que le dejaste claro que decidías trabajar para Benny.

Cuando no le respondí, continuó—: Peter…

—No lo hagas. Sin ánimo de ofender, Euge; pero ni siquiera puedo mirarte ahora mismo.

Sin esperar una respuesta, cerré la puerta detrás de mí. La ansiedad valía la pena para desahogar la emoción que sentía por ver a Lali. Mejor que ponerme de rodillas presa del pánico y rogarle en medio de la clase. No estaba seguro de no hacerlo si es que fuera necesario para hacerla cambiar de opinión.

Caminando lentamente a clase, e incluso tomando las escaleras, no me impidió llegar media hora antes. Esperaba que Lali se presentara, y que tuviéramos tiempo para hablar, pero cuando la clase anterior salió, ella no estaba allí.

Me senté al lado de su asiento vacío y jugueteé con mi brazalete de cuero mientras los otros estudiantes entraban en el salón y tomaban asiento. Sólo era otro día para ellos. Mirando su mundo seguir adelante mientras que el mío estaba llegando a su final.

Excepto por algunos estudiantes entrando a escondidas detrás de Chaney, todos estaban presentes —menos Lali. El Sr. Chaney abrió su libro, saludó a la clase y comenzó la lectura. Sus palabras se borraron mientras mi corazón golpeteaba contra mi pecho, hinchándose con cada respiración. Apreté los dientesy mis ojos se humedecieron con pensamientos de Lali en otro lugar, aliviada de estar lejos de mí. Mi ira aumentó.
 
Me puse de pie y miré el escritorio vacío de Lali.

—Mmm… ¿Sr. Lanzani? ¿Se siente bien? —preguntó el profesor.

Le di una patada a su escritorio y después al mío, apenas oyendo los jadeos y gritos de los otros estudiantes.

—¡MALDITA SEA! —grité, golpeando mi escritorio nuevamente.

—Sr. Lanznai —dijo Chaney, su voz extrañamente tranquila—. Creo que es mejor que tome un poco de aire fresco.

Me paré sobre los escritorios derribados, respirando con dificultad.

—Sal de mi salón de clases, Peter. ¡Ahora! —repitió, su voz más firme estavez.

Tiré mi mochila sobre un hombro y empujé la puerta, oyendo la madera estrellarse contra la pared detrás de ella.

—¡Peter!

El único detalle que registré es que la voz era de mujer. Me di la vuelta, con la esperanza de que fuera Lali.

Megan caminó por el pasillo, deteniéndose junto a mí. —¿Pensé que tenías clase? —Sonrió—. ¿Hiciste algo interesante este fin de semana?

—¿Qué necesitas?

Levantó una ceja, sus ojos brillantes con sabiduría. —Te conozco. Estás enojado. ¿Las cosas no funcionaron con la monja?

No le respondí.

—Podría habértelo dicho. —Se encogió de hombros, y luego avanzó un paso más en mi dirección; susurrando en mi oído. Tan cerca, que sus labios rozaron mi oreja—. Somos iguales, Peter. No somos buenos para nadie.

Mis ojos se clavaron en los de ella, viajaron a sus labios y luego de regreso a ellos. Se inclinó con su sexy y pequeña sonrisa.

—Vete a la mierda, Megan.


Su sonrisa se desvaneció. Me alejé.



CONTINUARÁ... Hola! Siento no haber subido antes, pero no he podido, por lo que posiblemente suba algún capitulo más hoy y mañana quizás también subo más de uno, porque el jueves es la vuelta a clase y no se si a partir de entonces tendré mucho tiempo :). Por cierto, el cap es algo larguito, pero así viene en el libro, ¿los preferís así o que los divida en dos para que sea menos pesado de leer? Besos y gracias por leer y firmar!

jueves, 1 de enero de 2015

Capítulo 20

20
A VECES SE GANA, A VECES SE PIERDE



Lali apenas habló mientras empacábamos, aún menos en el camino hacia el aeropuerto. Ella miró al vacío la mayor parte del tiempo a menos que uno de nosotros le hiciera una pregunta. No estaba seguro de si se estaba ahogando en la desesperación, o simplemente se concentraba en el desafío que se avecinaba.

Registrándonos en el hotel, Eugenia hizo toda los tramites, mostrando su identificación falsa, como si lo hubiera hecho mil veces antes.

Se me ocurrió, entonces, que probablemente lo había hecho antes. Las Vegas era donde habían adquirido dichas identificaciones impecables, y el por qué Eugenia nunca parecía preocuparse por lo que podría manejar Lali. Habían visto todo antes, en las entrañas de la ciudad del pecado.

Nicolás era un turista inconfundible, con la cabeza hacia atrás, sorprendido frente al techo ostentoso. Sacamos nuestro equipaje en el ascensor, y puse a Lali a mi lado.

—¿Estás bien? —pregunté, poniendo mis labios en su sien.

—No quiero estar aquí —se ahogó.

Las puertas se abrieron, revelando el intrincado dibujo de la alfombra que alineaba el pasillo. Nicolás y Eugenia fueron por un lado, Lali y yo por el otro.

Nuestra habitación estaba al final del pasillo. Lali metió la llave electrónica en la ranura, y luego abrió la puerta. La habitación era enorme, empequeñeciendo la cama extra-grande en el centro de la habitación.

Dejé la maleta contra la pared, presionando todos los interruptores hasta que la cortina gruesa se separó para revelar el tránsito, luces intermitentes y el tráfico de La Franja de las Vegas. Otro botón apartó un segundo conjunto de cortinas transparentes.
Lali no prestó atención a la ventana. Ni siquiera se molestó en levantar la mirada. El brillo y el oro habían perdido su lustre por sus años anteriores.

Puse nuestro equipaje en el suelo y miré alrededor de la habitación. —Esto es lindo, ¿verdad?

Lali me miró. —¿Qué? —Abrió su maleta en un solo movimiento, y sacudió la cabeza—. Esto no son vacaciones, Peter. No deberías estar aquí.

En dos pasos, estuve detrás de ella, envolviendo mis brazos alrededor de su cintura. Ella era diferente aquí, pero yo no lo era. Todavía podía ser alguien con quién podía contar, alguien que pudiera protegerla de los fantasmas de su pasado.

—Voy donde tu vayas —le dije al oído.

Apoyó la cabeza en mi pecho y suspiró. —Tengo que llegar al primer piso.  Puedes quedarte aquí o echar un vistazo a La Franja. Te veré más tarde, ¿de acuerdo?

—Voy contigo.

Se volvió hacia mí. —No te quiero allí, Pit.

No esperaba eso de ella, sobre todo, no el tono frío de su voz.

Lali tocó mi brazo. —Si voy a ganar catorce mil dólares en un fin de semana, tengo que concentrarme. No me gusta quién voy a ser mientras estoy en esas mesas, y no quiero que lo veas, ¿de acuerdo?

Le aparté el pelo de sus ojos, y luego besé su mejilla. —Está bien, Pidge. —No podía fingir que entendía lo que quería decir, pero la respetaría.

Eugenia llamó a la puerta y luego pasó usando el mismo modelo descubierto que lució en la fiesta de citas. Sus tacones eran desorbitados, y se había puesto dos capas extra de maquillaje. Parecía diez años mayor.

Saludé a Eugenia, y luego agarré la llave electrónica adicional de la mesa.

Eugenia ya estaba concentrando a Lali para su noche, me recordaba a un entrenador que ofrece una charla motivadora a su boxeador antes de una gran pelea de boxeo.

Nicolás estaba de pie en el pasillo, mirando a tres bandejas de comida a medio-comer en el suelo dejado allí por los huéspedes en el pasillo.

—¿Qué es lo que quieres hacer primero? —pregunté.

—Definitivamente no me estoy casando contigo.

—Estás jodidamente hilarante. Vamos abajo.

La puerta del ascensor se abrió, y el hotel cobró vida. Era como si los pasillos fueran las venas, y la gente fuera su sangre. Grupos de mujeres vestidas como estrellas porno, familias, extranjeros, las ocasionales despedidas de solteros, y los empleados del hotel se sucedían en el caos organizado.

Tomó un tiempo conseguir ir más allá de las tiendas que se alineaban en las salidas y llegar a la avenida, pero salimos a la calle y caminamos hasta que vimos una multitud reunida frente a uno de los casinos. Las fuentes estaban encendidas, la interpretación de alguna canción patriótica. Nicolás estaba hipnotizado, al parecer incapaz de moverse mientras observaba la danza del agua y rocío.

Debimos haber alcanzado los últimos dos minutos, porque las luces se apagaron pronto, el agua se apagó, y la multitud se dispersó inmediatamente.

—¿Qué fue eso? —pregunté.
 
Nicolás seguía mirando a la fuente ya calmada. —No lo sé, pero fue genial.

Las calles estaban llenas de Elvis, Michael Jackson, bailarinas y personajes de dibujos animados, todos fácilmente disponibles para tomar una foto por un precio. En un momento dado, no dejaba de oír un ruido de aleteo, y luego identifiqué de dónde venía. Los hombres estaban de pie en la acera, cortando una pila de cartas en sus manos. Le entregaron una a Nicolás. Era una foto de una mujer con unos pechos ridículamente grandes en una pose seductora. Ofrecían prostitutas y clubes de striptease. Nicolás tiró la tarjeta al suelo. La acera estaba cubierta de ellas.

Una chica pasó por delante, mirándome con una sonrisa ebria. Llevaba sus tacones en sus manos. Mientras deambulaba por ahí, me di cuenta de sus pies ennegrecidos. El suelo estaba sucio, los cimientos para la ostentación y la sofisticación arriba.

—Estamos salvados —dijo Nicolás, acercándose a un vendedor ambulante vendiendo Red Bull y cualquier licor que puedas imaginar. Nicolás ordenó dos con vodka, y sonrió cuando tomó su primer trago—. Puede que nunca me quiera ir.

Miré la hora en mi teléfono celular. —Ha pasado una hora. Regresemos.

—¿Te acuerdas de dónde vinimos? Porque yo no.

—Sí. Por este camino.

Volvimos sobre nuestros pasos. Me alegré cuando finalmente terminamos en nuestro hotel, porque en verdad no estaba muy seguro de cómo volver, tampoco. La Franja no era difícil de navegar, pero había un montón de distracciones en el camino, y definitivamente Nicolás estaba en el modo de vacaciones.

Busqué en las mesas de póker a Lali, sabiendo que es donde ella estaría.

Alcancé a ver su pelo caramelo, se sentó bien erguida y con confianza en una mesa llena de viejos y Eugenia, las chicas eran un gran contraste del resto de los acampados en la zona de póker.

Nicolás me hizo señas a una mesa de blackjack, y jugamos un rato para pasar el tiempo.

Media hora más tarde, Nicolás empujó mi brazo. Lali estaba de pie, hablando con un hombre con la piel de oliva y el pelo oscuro, con un traje y corbata. La tenía por el brazo, e inmediatamente me levanté.
Nicolás agarró mi camisa. —Espera, Peter. Él trabaja aquí. Sólo dale un minuto. Puedes hacer que nos echen si no mantienes tu cabeza.

Los miré. Estaba sonriendo, pero Lali era todo negocio. Él luego reconoció a Eugenia.

—Lo conocen —dije, tratando de leer sus labios para entender la conversación distante. Lo único que pude entender fue algo de sal a cenar conmigo del tipo en el traje, y Lali diciendo estoy aquí con alguien.

Nicolás no me podía contener en este tiempo, pero se detuvo a unos metros de distancia cuando vi al del traje besar la mejilla de Lali.

—Fue bueno verte de nuevo. Nos vemos mañana... a las cinco ¿de acuerdo? Estaré en el piso ocho —dijo.

Mi estómago se hundió, y mi cara se sentía como si estuviera en llamas.

Eugenia tiró del brazo de Lali, notando mi presencia.

—¿Quién era ese? —pregunté.

Lali asintió hacia el tipo del traje. —Ese es Agustín Sierra. Lo conozco desde hace mucho tiempo.

—¿Desde hace cuánto?

Miró a la silla vacía en la mesa de póker. —Peter, no tengo tiempo para esto.

—Supongo que él tiró la idea del ministro joven —dijo Eugenia, enviando una sonrisa coqueta en la dirección de Agustín.

—¿Ese es tu ex-novio? —pregunté, al instante enojado—. ¿Pensé que dijiste que era de Kansas?

Lali dio una mirada impaciente a Eugenia, y a continuación tomó mi barbilla en su mano. —Sabe que no soy lo suficientemente mayor como para estar aquí, Pit. Me dio hasta la medianoche. Te explicaré todo más tarde, pero por ahora tengo que volver al juego, ¿de acuerdo?
Tenía mis dientes apretados, y cerré los ojos. Mi novia había accedido a salir con su ex novio. Todo dentro de mí quería hacer un berrinche típico de Lanzani, pero Lali necesitaba al hombre por el momento. Actuando en contra de mis instintos, decidí dejarlo pasar, y me incliné para besarla. —Muy bien. Te veré a la medianoche. Buena suerte.

Me volví, empujando mi paso entre la multitud, oí que la voz de Lali aumentó al menos dos octavas. —¿Caballeros?

Me recordó a esas chicas que hablan como niñas cuando trataban de llamar mi atención, con la esperanza de llegar a ser tan inocentes.

—No entiendo por qué tenía que hacer algún trato con ese tipo Agustín —gruñí.

—Así podía quedarse, ¿supongo? —preguntó Nicolás, mirando hacia el techo de nuevo.

—Hay otros casinos. Sólo podemos ir a otro.

—Conoce a la gente de aquí, Peter. Probablemente llegó aquí porque sabía que si quedaba atrapada, no la iban a acusar a la policía. Tiene una identificación falsa, pero apuesto a que no tomaría mucho tiempo para la seguridad reconocerla. Estos casinos pagan precios altos a las personas que señalan a los estafadores, ¿verdad?

—Supongo —dije, frunciendo el ceño.

Nos reunimos con Lali y Eugenia en la mesa, mirando como Eugenia reunía las ganancias de Lali.

Lali miró su reloj. —Necesito más tiempo.

—¿Quieres probar las mesas de blackjack?

—No puedo perder dinero, Pit.

Sonreí. —No puedes perder, Pidge.

Eugenia negó con la cabeza. —El blackjack no es su juego.

—Gané un poco —dije, cavando en mis bolsillos—. Tengo seiscientos. Los puedes tener.

Nicolás entregó a Lali sus fichas. —Sólo tengo trescientos. Son tuyos.

Lali suspiró. —Gracias chicos, pero todavía tengo que ganar cinco mil dólares. —Miró su reloj otra vez y luego levantó la vista para ver a Agustín acercándose.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó, sonriendo.

—Me faltan cinco mil, Agus. Necesito más tiempo.

—He hecho todo lo que puedo, Lali.

—Gracias por dejar que me quede.

Agustín ofreció una sonrisa incómoda. Era evidente que estaba tan asustado de estas personas como Lali. —¿Tal vez pueda hacer que mi padre hable con Benny por ti?

—Es el lío de Carlos. Le voy a pedir una extensión.

Agustín negó con la cabeza. —Sabes que eso no va a pasar, Cookie, no importa con cuánto llegues. Si es menos de lo que debe, Benny va a enviar a alguien. Sólo quédate tan lejos de él como sea posible.

—Tengo que intentarlo —dijo Lali, con la voz quebrada.

Agustín dio un paso hacia delante, manteniendo la voz baja. —Consigue un vuelo, Lali. ¿Me escuchas?

—Te escucho —espetó.

Agustín suspiró y sus ojos se abrieron con gran simpatía. Envolvió sus brazos alrededor de Abby y luego besó su cabello. —Lo siento. Si mi trabajo no estuviera en juego, ya sabes que intentaría encontrar algo mejor.

Los pelos de mi nuca se erizaron, algo que sólo ocurría cuando me sentía amenazado y estaba a punto de dar rienda suelta a toda mi ira sobre alguien.

Justo antes de que lo abordara, Lali se alejó.

—Lo sé —dijo—. Hiciste lo que pudiste.

Agustín le levantó su barbilla con su dedo. —Te veré mañana a las cinco. —Se inclinó para besar la comisura de su boca, y luego se alejó.

Fue entonces cuando me di cuenta de que mi cuerpo estaba inclinado hacia adelante y Nicolás estaba nuevamente agarrando mi camisa, con los nudillos blancos.

Los ojos de Lali se quedaron pegados en el suelo.

—¿Qué hay a las cinco? —Ardía en furia.

—Ella estuvo de acuerdo con cenar si Agustín le permitía quedarse. No tenía otra opción, Pit —dijo Eugenia.

Lali miró hacia mí con sus grandes ojos afligidos.

—Tenías una opción —dije.
—¿Alguna vez has tratado con la mafia, Peter? Lo siento si tus sentimientos están heridos, pero una comida gratis con un viejo amigo no es un precio alto a pagar para mantener a Carlos vivo.

Apreté mi mandíbula para cerrarla, negándome a dejarla abrirse para que las palabras se derramaran hacia fuera, lo que lamentaría más tarde.

—Vamos, chicos, tenemos que encontrar a Benny —dijo Eugenia, tirando a Lali del brazo.

Nicolás caminaba a mi lado mientras seguíamos a las chicas por el edificio del Strip de Benny. Era un bloque de luces brillantes, pero era como un lugar donde el oro nunca había sido tocado—y no pretendía hacerlo. Lali se detuvo, y luego se acercó a pocos pasos de una puerta verde grande. Llamó a la puerta, y sostuve su otra mano para evitar que le temblara.

El portero apareció en la puerta abierta. Él era enorme, negro, intimidante, y tan ancho como alto, con la típica Vegas sinvergüenza de pie junto a él. Cadenas de oro, ojos sospechosos, y una barriga por comer demasiado de la cocina de su madre.

—Benny —susurró Lali.

—Vaya, vaya… ya no eres Lucky Thirteen, ¿cierto? Carlos no me dijo lo llamativa que te has convertido. He estado esperando por ti, Cookie. Oí que tienes un pago para mí.

Lali asintió, y Benny hizo un gesto hacia el resto de nosotros. —Están conmigo —dijo ella, su voz sorprendentemente fuerte.

—Me temo que tus acompañantes tendrán que esperar afuera —dijo el portero en un tono profundo sorprendentemente fuerte.

Tomé a Lali por el brazo, girando mi hombro en una postura protectora.

—No va a entrar allí sola. Voy con ella.

Benny me miró durante un momento, y luego sonrió a su portero. —Es lo suficientemente justo. Carlos estará contento de saber que tienes a tan buen amigo.

Lo seguimos adentro. Continué con un firme control sobre el brazo de Lali, asegurándome de interponerme entre ella y la amenaza más grande—el portero. Caminamos detrás de Benny, lo seguimos hasta un ascensor, y luego bajamos cuatro pisos.

Cuando se abrieron las puertas, un gran escritorio de caoba apareció a la vista. Benny cojeó a su sillón de felpa y se sentó, haciendo un gesto para que tomáramos las dos sillas vacías frente a su escritorio. Me senté, pero la adrenalina fluía por mis venas, haciendo que me moviera nerviosamente y me agitara. Podía oír y ver todo en la habitación, incluyendo a los dos matones de pie en las sombras detrás del escritorio de Benny.

Lali se estiró para agarrar mi mano, y le dio un apretón tranquilizador.

—Carlos me debe veinticinco mil. Confío en que tienes la cantidad completa —dijo Benny, escribiendo algo en una libreta.
—En realidad —Lali se detuvo, aclarándose la garganta—, me faltan cinco mil, Benny. Pero tengo todo el día de mañana para conseguirlos. Y cinco mil no es un problema, ¿cierto? Sabes que soy buena para eso.

—Mariana —dijo Benny, frunciendo el ceño—. Me decepcionas. Conoces mis reglas mejor que nada.

—Por… Por favor, Benny. Te estoy pidiendo que tomes los diecinueve mil y tendré el resto para ti mañana.

Los ojos pequeños y brillantes de Benny iban de Lali a mí, y luego de vuelta otra vez. Los matones salieron de sus rincones oscuros, y los pelos de mi nuca estaban de pie otra vez.

—Sabes que no tomo nada a menos que sea la cantidad completa. El hecho de que estés tratando de darme menos de lo que es me dice algo. ¿Sabes lo que me dice? Que no estás segura de poder conseguir la cantidad completa.

Los matones dieron otro paso hacia adelante. Examiné sus bolsillos y cualquier forma bajo su ropa que gritara arma. Los dos tenían algún tipo de cuchillo, pero no vi ningún arma. Eso no significaba que no tenían un escondite en una bota, pero dudaba que alguno fuera más rápido que yo. Si necesitaba, podría alejarme de ellos y salir pitando de allí.

—Puedo obtener tu dinero, Benny. —Lali soltó una risita nerviosa—. Gané ocho mil novecientos en seis horas.

—Entonces ¿me estás diciendo que me traerás ocho mil novecientos en las próximas seis horas? —Benny nos sonrió diabólicamente.

—El plazo no es hasta la medianoche de mañana —dije, mirando atrás de nosotros y mirando a los hombres sombras que se acercaban.

—¿Q… qué estás haciendo, Benny? —preguntó Lali, su postura rígida.

—Carlos me llamó anoche. Dijo que te estabas encargando de su deuda.
—Le estoy haciendo un favor. No te debo dinero —dijo con severidad.

Benny apoyó sus codos gordos y rechonchos encima de la mesa. —Estoy considerando enseñarle a Carlos una lección, además tengo curiosidad de ver cuán suertuda eres, chica.

Instintivamente, salí rápidamente de mi silla, tirando a Lali conmigo. La tiré detrás de mí, retrocediendo hacia la puerta.

—Josiah está afuera de la puerta, chico. ¿A dónde piensas que vas a escapar?

—Peter —advirtió Lali.

No habría más charla. Si dejo que cualquiera de estos matones me pase, lastimarían a Lali. La puse detrás de mí.

—Espero que sepas, Benny, que cuando me deshaga de tus hombres, no quiero ser irrespetuoso. Pero estoy enamorado de esta chica, y no puedo dejar que la lastimes.
Benny estalló en una carcajada ruidosa. —Tengo que admitirlo, hijo. Tienes las bolas más grandes que cualquier persona que ha atravesado esas puertas. Te prepararé para lo que estás punto de enfrentar. El chico grande de la derecha es David, y si no puede liquidarte con sus puños, va a usar el cuchillo que tiene en su funda. El hombre de la izquierda es Dane, y es mi mejor luchador. Tiene una pelea mañana, sólo para que sepas, nunca pierde. Te importaría si no lastimas tus manos, Dane, tengo un montón de dinero en ti.

Dane me sonrió con ojos salvajes y divertidos. —Sí, señor.

—¡Benny, para! ¡Puedo conseguirte el dinero! —gritó Lali.

—Oh no… esto se va a poner bastante interesante. —Benny se echó a reír, recostándose en su asiento.

David corrió hacia mí. Era torpe y lento, y antes de que tuviera la oportunidad de alcanzar su cuchillo, lo incapacité, empujando su nariz hacia abajo en mi rodilla. Entonces le di dos golpes en su miserable rostro. Sabiendo que esto no era una pelea de sótano, y que estaba luchando para sacarnos a Lali y a mí con vida, puse todo lo que tenía en cada golpe. Se sentía bien, como si todos los trozos de ira reprimida dentro de mí finalmente se les permitían una salida. Dos golpes más y un codo más tarde, David estaba tumbado en el suelo en un charco de sangre.

La cabeza de Benny se echó hacia atrás, riendo histéricamente y golpeando el escritorio con el deleite de un niño viendo dibujos animados los sábados por la mañana. —Muy bien, ve por él, Dane. No te asustó, ¿cierto?

Dane se acercó a mí con más cuidado, con el enfoque y la precisión de un luchador profesional. Su puño voló a mi cara, pero me hice a un lado, embistiendo mi hombro con él en toda mi fuerza. Tropezamos atrás juntos, y caímos sobre el escritorio de Benny.

Dane me agarró con sus dos brazos, arrojándome al suelo. Él era más rápido de lo que había anticipado, pero no lo suficiente rápido. Nos enfrentamos en el suelo por un momento mientras ganaba tiempo consiguiendo un buen agarre, pero Dane ganó terreno, colocándose para poner un par de golpes sobre mí mientras estaba atrapado debajo de él en el suelo.

Agarré los testículos de Dane y los retorcí. Le sorprendió y gritó, deteniéndose el tiempo suficiente para obtener ventaja. Me arrodillé sobre él, agarrándolo por su largo pelo, golpeándolo puño tras puño en un lado de su cabeza. La cara de Dane se estrelló contra la parte delantera del escritorio de Benny con cada golpe, y luego se puso de pie, desorientado y sangrando.

Lo miré por un momento, y luego volví a atacar, dejando a mi rabia fluir a través de mí con cada golpe. Dane se escabulló una vez y aterrizó sus nudillos en mi mandíbula.

Pudo haber sido un luchador, pero Pepo golpeaba mucho más duro que él. Esto iba a ser su pastel.

Sonreí y levanté mi dedo índice. —Esa fue tu oportunidad.

La risa desenfrenada de Benny llenó la habitación mientras terminaba con su matón. Mi codo aterrizó en el centro de la cara de Dane, dejándolo inconsciente antes de caer al suelo.

—¡Eres asombroso! ¡Simplemente asombroso! —dijo Benny, aplaudiendo con alegría.

Inmediatamente agarré a Lali, tirando de ella detrás de mí cuando Josiah atravesó la puerta con su cuerpo masivo.

—¿Debería encargarme de esto, señor? —preguntó Josiah. Su voz era profunda pero inocente, como si él sólo estaba haciendo el único trabajo en el que era bueno, y no verdaderamente el deseo de hacer daño a ninguno de nosotros.

—¡No! No, no… —dijo Benny, todavía aturdido por la improvisada actuación—. ¿Cuál es tu nombre?

—Peter Lanzani —dije entre jadeos. Me limpié la sangre de Dane y de David de mis manos y en mis jeans.

—Peter Lanzani, creo que puedes ayudar a que tu pequeña novia se salga de éste problema.

—¿Cómo? —resoplé.

—Se suponía que Dane pelearía mañana en la noche. Tenía un montón de dinero en él, pero parece que Dane no estará en forma para ganar la pelea. Te sugiero que tomes su lugar, haz un fajo de billetes para mí y perdonaré los cinco mil dólares faltantes de la deuda de Carlos.

Me volví hacia Lali. —¿Pigeon?

—¿Estás bien? —me preguntó, limpiando la sangre de mi cara. Mordió su labio, su cara arrugándose alrededor de su boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No es mi sangre, bebé. No llores.

Benny se puso de pie. —Soy un hombre ocupado, hijo. ¿Estás dentro o no?

—Lo haré —dije—. Dime cuándo y dónde y estaré ahí.
—Estarás peleando contra Brock McMann. No es un oponente fácil. Fue excluido de la UFC el año pasado.

Conocía su nombre. —Sólo dime dónde tengo que estar.

Benny me dio la información, luego la sonrisa de tiburón se dibujó en su rostro. —Me gustas, Peter Lanzani. Creo que seremos buenos amigos.

—Lo dudo —dije. Abrí la puerta para Lali y sostuve una postura protectora a su lado hasta que llegamos a la puerta principal.

—¡Jesucristo! —gritó Eugenia al ver la sangre salpicada cubriendo mi ropa—. ¿Están bien? —Agarró los hombros de Lali y examinó su rostro.

—Estoy bien. Tan sólo otro día en la oficina. Para ambos —dijo Lali, secándose los ojos.

Con su mano en la mía, nos dirigimos al hotel, con Nicolás y Eugenia siguiéndonos.

La única persona que parecía darse cuenta de mi ropa manchada de sangre fue el chico en el ascensor.

Una vez que todos estábamos de vuelta en mi habitación y de Lali, me desnudé y me metí en el baño para lavar la corrupción de mí.

—¿Qué diablos pasó ahí? —preguntó finalmente Nicolás.

Podía oír sus voces susurrantes mientras estaba bajo el agua, recordando la última hora. Tan difícil como fue ver a Lali estar tan cerca del verdadero peligro, se sentía jodidamente increíble atacar a los dos matones de Benny, David y Dane.

Era como la mejor droga que existe.

Me pregunté si se habían levantado, o si Benny acababa de arrastrarlos fuera y los había dejado en un callejón.

Una extraña calma se apoderó de mí. Aporrear a los hombres de Benny era una salida para cada parte de ira y la frustración que había acumulado a lo largo de los años, y ahora casi me sentí normal.

—¡Lo voy a matar! Voy a matar a ese hijo de perra —gritó Eugenia.

Cerré la ducha y até una toalla a mi cintura.

—Uno de los chicos que eliminé tenía una pelea mañana en la noche —dije a Nicolás—. Tomaré su lugar y en recompensa Benny perdonará los últimos cinco mil dólares que Carlos debe.

Eugenia se puso de pie. —¡Esto es ridículo! ¿Por qué estamos ayudando a Carlos, Lali? ¡Te lanzó directo a los lobos! ¡Lo voy a matar!

—No si yo lo mato primero. —Ardía de rabia.

—Tranquilízate —dijo Lali.

Nicolás se movió nerviosamente. —¿Entonces pelearás mañana?

Asentí una vez. —En un lugar llamado Zero. A las seis en punto. Es Brock McMann, Nico.
Nicolás negó con la cabeza. —De ninguna manera. De ninguna jodida manera, Pit. ¡El tipo es un maniático!

—Sí —dije—, pero él no está peleando por su chica ¿cierto? —Tomé a Lali en mis brazos, besando la cima de su cabello. Todavía estaba temblando—. ¿Estás bien, Pigeon?

—Esto está mal. Esto está mal en muchos niveles. No sé con quién de ustedes debo hablar primero para dejar esto.

—¿Me viste esta noche? Voy a estar bien. He visto a Brock pelear antes. Es fuerte, pero no invencible.

—No quiero que hagas esto, Pit.


—Bueno, no quiero que vayas a cenar con tu ex novio mañana en la noche. Supongo que ambos tenemos que hacer algo que no queremos para salvar al bueno para nada de tu padre.


CONTINUARÁ...