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miércoles, 4 de marzo de 2015

Extra de Beautiful Disaster

Primer día de San Valentín de Lali y Peter

El espejo se quejó mientras limpiaba la condensación con una toalla. Había pasado tiempo extra bajo el agua caliente de la ducha, al igual que había pasado mucho tiempo conduciendo desde casa hasta clase, y mucho más tiempo extra encontrando el regalo perfecto para Peter. Nada sobre hoy sería apresurado. Disfrutaría cada momento con mi esposo.

Mi esposo. Incluso después de casi un año, el título seguía sonando tan extraño y tan natural al mismo tiempo. Si alguien me hubiera dicho alguna vez cuando llegué a la universidad que yo terminaría casada antes de que terminara mi primer año, les habría roto los dedos. Algunas personas no son del tipo de casarse.

Yo soy una de ellas, también Peter. De alguna forma, sin embargo, no solo lo hicimos funcionar, el año pasado fue el más feliz de mi vida.

La toalla se cayó al suelo, y mire hacia abajo, inspeccionando las oscuras, elegantes líneas en mi piel. Mis dedos tiraron suavemente, haciendo estirar la tinta, y luego soltándola, recorriendo cada delicada curva con la punta del dedo. Yo era todavía la Sra. Lanzani, y ninguna vez me he lamentado de coincidir con mi recuerdo de conseguir un tatuaje, o mi alocada idea de escapar a Las Vegas y casarme. Pero aquella ciudad olvidada de Dios fue el escenario perfecto para los dos para dejar ir nuestros demonios y empezar de nuevo.

Dejando todo eso atrás era tan simbólico, y no podía imaginarme haciéndolo de otra manera.

Justo después de que termine de secarme el cabello, mi móvil sonó contra la esquina del lavabo. El nombre de América iluminó la pantalla.

— ¿Hola?

— ¡Hey! No puedo hablar mucho. Nico acaba de llegar a casa y no deja de molestarme. Solo te quería desear un feliz día de San Valentín ya que ustedes no van esta noche. Tan solo porque están recién casados no significa que no puedan ir a más fiestas de fraternidades, lo sabes.

—Lo sé, pero eso nunca fue realmente algo de Pit, y definitivamente tampoco es lo mío. Nosotros no queremos pasar nuestro primer día de San Valentín en una fiesta, Euge.

—No te olvides, de la fiesta del año pasado en Sig Tau por San Valentín que provocó una reunión contigo y el señor Lanzani.

El recuerdo regresó con vivos detalles.

-…Y al absoluto y horrible horror de perder a tu mejor amiga porque fuiste lo suficientemente estúpido para enamorarte de ella.

¡Bueno, yo te pertenezco!...Te pertenezco.-

La voz de Eugenia me sacudió de nuevo al presente. —No me juzgues. Por lo menos ya no somos estudiantes de primer año más, y Nicolás no tiene que correr alrededor como un estúpido.

Me reí ante la visión, y entonces miré mi reloj. Peter estaría en casa en cualquier momento. —Los buenos viejos tiempos.

—En fin... como dije, no puedo estar mucho al teléfono, pero olvidé de mencionarlo anteriormente en clase, en parte porque estaba intentando mantenerme arriba con el Dr. Hunter a 300 millas por hora de conferencia, y estás en cada clase individual con tu estúpido marido, así que ya no tenemos más privacidad.

Sonreí. Coordinar nuestros horarios hizo fácil el transporte y el estudio, pero yo no tenía ni idea. Poner un anillo en mi dedo dejo algo relajado a Peter, pero él no tenía un total de uno-ochenta por nada. Los pasos realizados hacia mí fueron pocos y distantes entre sí, pero Peter era Peter, y respecto a lo que él me exigía como su amiga, y después como su novia, era diez veces mayor como su esposa.

—Feliz día San Valentín para ti y Shep, Mare. ¿Todavía les gusta el nuevo apartamento?

Ella suspiró —Lo amo.

— ¿Tienes ya el anillo?

—Diablos, no.

Me reí. Nicolás estaba feliz por nosotros cuando volvimos, pero él se atemorizó cuando Eugenia esperaba su proposición. Por suerte para él, Eugenia tenía una gran aversión por casarse antes de los treinta años con él.

—Peter llegará pronto.

—Si— respiró — mejor me voy, también. Te quiero.

Puse el teléfono de vuelta sobre el lavabo y fruncí el ceño, sabiendo que tendría que correr, ahora. Justo cuando terminaba de rizarme el cabello, la perilla de la puerta hizo una serie de balanceos y una especie de ruidos, era una señal de que Peter estaba en casa.

Docenas de pequeños de clics ruidosos se escuchaban a través del suelo, y luego se transfirieron a la puerta. Toto se sentaba en el sillón, esperando y mirando hacia la ventana cada día a esta hora. Una vez que la llave entraba en la cerradura, Toto treparía de la silla a la puerta, esperando celebrar la llegada de Peter.

Peter me recogía después de clases y después iba a trabajar unas pocas horas en la tarde. La última pelea de Peter generalmente lo mantendría cómodo por un tiempo, pero a causa del fuego en Hellerton, no le pagaron. Mis ahorros se agotaron debido a las payasadas de Carlos del año pasado, y el círculo desapareció desde el incendio. Peter prometió no pelear, de todos modos, pero habíamos pasado de vivir bien, a vivir de los préstamos estudiantiles y empleos a tiempo parcial. No era horrible, pero era un ajuste.  

Ambos dábamos clases privadas por la tarde- yo ayudando a estudiantes a luchar con algebra y con difíciles variables de cálculo, Peter realizaba tutoría en todo lo demás- pero la mayoría de las facturas se pagaron con el dinero que él hizo por trabajos escritos. Trabajos ilegales y arriesgados pagaban mejor, y los viejos hábitos mueren duramente.

Las botas de Peter habían hecho tres pisadas en el suelo del apartamento y después se retiraron. Un sonido de forcejeo hizo que las esquinas de mis labios se levantaran. La primera nevada de la temporada paso con dos pulgadas de nieve medio derretida y lodosa en el suelo, y él sabe que limpie esta mañana así no tendría que hacerlo después de clases. Él estaba limpiando sus botas.

— ¡Bebe! ¿Estás en casa?

— ¡Estoy en casa!— Entoné, tirando hacia arriba mis pestañas con el aplicador de rímel.

El toco la puerta del baño.

— ¡No entres!

El gimió. — ¡No te he visto en todo el día!

— ¡Me viste hace tres horas!

Después de una pequeña pausa Peter golpeteo la puerta con los dedos —Veo un regalo ahí afuera, ¿supongo que es para mí?

—No, es para Toto

— ¡Eso no es lindo!

Me reí —Si, Pit, es para ti.

—Tengo algo para ti, también, así que apresura tu trasero.

—La perfección toma tiempo.

—Si te hubieras visto en la mañana, sabrías que eso no es verdad.

15 minutos después, estaba escurriendo un vestido rojo tipo baby doll prestado de Eugenia por encima de mi cabeza, y después camine hacia la sala donde Peter estaba. Él estaba mirando la televisión con el control en una mano y una botella de cerveza en la otra. Mi cara era neutral estaba sorprendida por el hecho de que él estaba llevando una corbata. Era oficial: lo había visto todo.

Peter me dio una ojeada desde la esquina de su ojo y se volvió.

—Maravilloso. Soy afortunado, un hombre afortunado—dijo, caminando hacia mí hasta que estuve en sus brazos, sus labios tomaron los míos cuidadosamente, y después viajaron por mi mejilla en vertical, pasando cuidadosamente por mi cuello hasta mi clavícula.

—Estas llevando una corbata—dije suavemente.

Él se apartó y miró abajo. — ¿Me veo como un idiota?

—No, te ves... Estoy considerando sugerir que nos quedemos así.

Él sonrío y orgullosamente corrió su mano abajo hacia la corbata. —Qué bien, ¿eh? —Él agarro mi mano. —Eso suena jodidamente increíble, pero tenemos una reservación. Vamos.

Él me llevó afuera de la mano, haciendo una pausa en la puerta para ayudarme con mi abrigo.

Febrero había sido particularmente brutal. Si no estaba lloviendo o cayendo granizo, el cielo estaba descargando nieve a metros de profundidad. Peter me ayudó a bajar las escaleras, por lo que me sentí segura de no resbalarme en mis tacones de aguja, pero cuando llegamos a la acera, me levantó en sus brazos.  

Entrelacé mis dedos en su cuello, ajustando mi nariz entre el lóbulo de su oreja. Él se sentía increíble. Cuanto más pensaba en ello, más pensaba que deberíamos quedarnos en casa.

Después de una hora y media, nosotros estamos sentados en la barra de Rizuli, un restaurante local de comida italiana. Peter me llevo a comer a la competencia del restaurante de los padres de Parker, eso fue lo que pasó por mi mente, pero decidí no mencionarlo.

El sitio estaba lleno, pero afortunadamente encontramos un par de asientos vacíos en la barra mientras esperábamos una mesa.

Tomé un sorbo de mi pajita, y observé a Peter con el ceño fruncido— ¿Que está mal?

—Quería que esta noche fuera especial. Esto es un poco sencillo.

— ¿sencillo? Este es uno de mis restaurantes favoritos.

—sí, pero un poco... corriente. Quería que nuestro primer San Valentín juntos, no lo sé, fuera extraordinario, ¿supongo? Mira a toda esta gente aquí, haciendo las mismas cosas que nosotros.

—Eso no es una cosa mala.

Una mujer gritó sobre las docenas de conversaciones tarareando en toda la habitación.

— ¿Lanzani?

—Vamos— dijo Peter bajándose del taburete. Me tendió la mano —vámonos.

— Pero, — dije apuntando a la mujer. —Ella nos ha llamado por nuestro apellido

Peter sonrió, su hoyuelo se hundió en su mejilla. —Vamos, Pidge.
Sin decir una palabra, me bajé y tomé su mano, siguiéndolo fuera. Sólo se detuvo para tomar la cena, y luego continuó. Giro tras giro, Peter se dirigía a la universidad.

—No me vas a llevar a la fiesta de Sig tau, ¿verdad?

La cara de Peter demostraba disgusto.  

Tenía una idea de a dónde nos dirigíamos cuándo estábamos a cuadras de distancia, pero no fue hasta que Peter estacionó el coche en frente del Bartlen Hall que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Estas bromeando, ¿verdad?

—Nop —dijo, cerrando de golpe la puerta del conductor y después corriendo hacia mi lado para abrirme la puerta.

Peter tomó mi mano, y rápida y tranquilamente hicimos nuestro camino a la parte posterior del edificio.

—No—dije, mirando la ventana del sótano abierta.

Peter ya se había respaldado y saltó antes de que pudiera protestar más. — ¡Vamos Pigeon!

La nieve estaba aún esparcida por el suelo. Iba a estar húmeda y fría y al instante de mal humor. — ¡de ninguna manera!

La mano de Peter salió disparada desde la oscuridad del sótano como un gato llegando por debajo de una puerta. — ¡Será como en los viejos tiempos!

—No simplemente no, Peter. ¡Diablos no!   

— Se está poniendo solitario aquí abajo.

— ¡Esto es una idea horrible!

— ¡Estas arruinando mi plan!

— ¡Estás loco! Este ni siquiera es mi vestido, ¡y estas pidiéndome que lo arruine!

— Es un poco temprano en la noche para eso.

Podría casi escucharlo intentando no reírse. Crucé mis brazos. Después de una larga pausa, la voz de Peter, baja y desesperada, flotaba por la ventana. — ¿Por favor?

Rodé mis ojos. —Bien.

Dos pasos hacia atrás, un chillido, y una caída después, me encontraba en los brazos de Peter en el sótano de Bartlen. La construcción donde nos encontramos por primera vez.

Finalmente uno de los salones abrió a una habitación grande y familiar y sin los chicos borrachos de la fraternidad gritando hombro a hombro. Parecía más grande, y menos... sudorosa.

Yo podía casi escuchar la voz de Adam a todo volumen a través del megáfono, y sentí una corriente de energía explotar una vez que Peter entro en la habitación. Pensé en lo de mi sangre rociando mi cárdigan, y mis ojos viajando desde mi cachemir hasta un par de botas negras.

Peter me llevó al centro de la habitación. El recuerdo de él limpiando la sangre de mi cara y alejando a todo aquel que se me acercara se reprodujo en mi mente.  

—Pidgeon, — dijo Peter, casi al mismo tiempo en que él dijo la palabra en mi memoria.

—Es aquí donde todo empezó.

—Donde te vi por primera vez. Cuando volviste todo mi jodido mundo al revés. — Él se inclinó hacia abajo y me besó en la mejilla, y luego me entregó una pequeña caja. —No es mucho. He estado ahorrando para ello, sin embargo.

Lo abrí, y una ancha, y ridícula sonrisa atravesó mi rosto. Era una encantadora pulsera.

—Es la historia de nosotros—, dijo.

Un suéter, un par de dados, una perla verde con tréboles en ella. Miré a Peter.
—Se supone que eso significa nuestra apuesta—, dijo él, juntando los dados, —y esto es por la primera noche que bailamos, dijo él, señalando una perla roja.

El siguiente dije era una moto, el siguiente un corazón. — ¿Por la primera vez que te dije te amo?

— Sip —el parecía complacido de que lo imagine por mi cuenta.

— ¿Y esta?— dije, señalando una baraja de cartas. — ¿Por la noche de Poker con tu padre?— Peter sonrió de nuevo. El siguiente era un pavo, y yo reí. El próximo dije era una planicie negra.

— Por el tiempo que pasamos separados. El momento más oscuro de mi vida.
La siguiente era una llama. No me gusta pensar en el fuego, pero era una parte de nuestra historia, y era una parte de nosotros. La siguiente cuenta era un anillo.

Levanté la vista hacia él. —Esto es hermosamente asombroso.

—Hay espacio para más. Este es solo el comienzo de nuestra historia, Pidge.

Me puse el brazalete alrededor de la muñeca. Peter me ayudó con el cierre, y después el jugueteó con su móvil por un momento, lo colocó en una mesa pequeña a unos metros de distancia. Él puso mis manos sobre sus hombros, y luego la música empezó a sonar. Era la canción que bailamos en mi fiesta de cumpleaños del año anterior.

—No tenía idea—dije.

— ¿Qué?

—Que eras tan sentimental

— Tú lo hiciste.

Apoyé la cabeza en su hombro, feliz de que esta vez pudiera besarlo cuando la canción terminara. Una vez que la música se detuvo, toqué mis labios con los suyos, y le entregué un saco rojo claro.

—Debí haberte dado esto primero, la pulsera era algo difícil de seguir. —No importa lo que sea, Pigeon. Ya me has dado todo lo que siempre quise.



FIN

¡Hola! Esto es lo que os dije el otro día, es como una especie de especial que hizo la escritora para San Valentín cuando salió el libro. El próximo día ya subo la sinopsis de la próxima nove y quizás el capítulo 1. ¡Besos!

viernes, 16 de enero de 2015

Epílogo

Las paredes goteaban con el agua de la lluvia. Las gotas cayendo en charcos, como si estuvieran llorando por él, el bastardo mentiroso en el centro del sótano en un charco de su propia sangre.

Respiré con fuerza, mirándolo, pero no por mucho tiempo. Mis dos Glocks estaban señalando en direcciones opuestas, ambas apuntando a los hombres de Benny hasta que el resto del equipo llegó.

El auricular enterrado profundamente en mi oído zumbó. —ETA en diez segundos, Lanzani. Buen trabajo. —El jefe del equipo, Henry Givens, habló en voz baja, sabiendo tan bien como yo que con Benny muerto, todo había terminado.

Una docena de hombres armados con rifles automáticos, y vestidos de negro de pies a cabeza, se precipitaron por la puerta, y bajé mis armas. —No son más que hombres de bolsa. Sáquenlos de aquí.
Tras guardar mis pistolas, quité la cinta restante de mis muñecas y me encaminé a las escaleras del sótano. Pepo estaba esperándome al final de éstas, su chaqueta color caqui y su pelo empapados por la tormenta.

—Hiciste lo que tenías que hacer —dijo, siguiéndome hasta el coche—. ¿Estás bien? —preguntó, estirando su mano para tocar el corte en mi ceja.

Había estado sentado en esa silla de madera durante dos horas, mi culo siendo pateado por Benny mientras me interrogaba. Se habían dado cuenta de todo esta mañana, todo parte del plan, por supuesto, pero al final el interrogatorio debía de terminar con su arresto, no su muerte.

Apreté la mandíbula. Había recorrido un largo camino sin perder los estribos y golpear a cualquiera que despertara mi ira. Sin embargo, tomó segundos para que todo mi entrenamiento saliera por la ventana, y todo sucedió cuando Benny pronunció su nombre.

—Tengo que ir a casa, Pepo. He estado fuera durante semanas, y es nuestro aniversario… O lo que queda de él.

Abrí la puerta del coche, pero Pepo agarró mi muñeca. —Tienes que ser interrogado. Has pasado años en este caso.

—Perdido. He perdido años.

Pepo suspiró. —No quieres llevar esto a casa contigo, ¿o sí?

Ahora fue mi turno para suspirar. —No, pero tengo que ir. Se lo prometí.

—Voy a llamarla. Se lo explicaré.

—Mentirás.

—Es lo que hacemos.

La verdad siempre era fea. Pepo tenía razón. Él prácticamente me crió, pero realmente nunca lo conocí hasta que fui reclutado por el FBI. Cuando Pepo fue a la universidad, pensé que estudiaba publicidad, y más tarde nos dijo que era un ejecutivo de publicidad en California. Él estaba lejos de casa, para él era fácil mantener su mentira.

Recordando, ahora tenía sentido por qué Pepo había decidido volver a casa sin necesidad de una ocasión en especial, la noche en que conoció a Lali. En aquel entonces, apenas había comenzado a investigar a Benny y sus numerosas actividades ilegales, fue simplemente suerte ciega que su hermano menor conociera y se enamorara de la hija de uno de los deudores de Benny. Incluso mucho mejor que termináramos enredados en su negocio.

En el segundo en que me gradué con el título en justicia criminal, tuvo sentido que el FBI se pusiera en contacto conmigo. Nunca se me ocurrió, o a Lali, que ellos tuvieran miles de solicitudes al año, y que no solían hacer reclutamiento.

Pero yo ya era un agente encubierto, alguien que ya tenía conexiones con Benny. Años de entrenamiento y tiempo fuera de casa habían culminado con Benny en el suelo, con sus ojos muertos mirando hacia el techo del subterráneo. La bala entera de mi Glock enterrada profundamente en su torso.

Encendí un cigarrillo. —Llama a Sarah en la oficina. Dile que me reserve un boleto en el siguiente vuelo. Quiero estar en casa antes de la medianoche.

—Amenazó a tu familia, Peter. Todos sabemos de lo que Benny es capaz. Nadie te culpa.

—Sabía que estaba atrapado, Pepo. Sabía que no tenía adónde ir. Fui su carnada. Me cebó y caí en su trampa.

—Puede ser. Pero detallando la tortura y la muerte de la esposa de su conocido más letal no era precisamente un buen negocio. Tenía que saber que no podía intimidarte.

—Sí —dije entre dientes, recordando la vívida imagen que Benny había pintado de secuestrar a Lali para después pelar la piel de su carne pieza a pieza hasta los huesos—. Apuesto a que él está deseando no ser un buen narrador de historias en estos momentos.
—Y siempre está Carlos. Él es el siguiente en la lista.

—Te lo dije, Pepo. No puedo consultar en eso. No es una buena idea que yo participe.

Pepo se limitó a sonreír, dispuesto a esperar otro momento para tener esa discusión.

Me deslicé en el asiento trasero del coche que estaba esperando para llevarme al aeropuerto. Una vez que la puerta se cerró detrás de mí, y el conductor se alejó de la acera, marqué el número de Lali.

—Hola, cariño —dijo Lali.

Inmediatamente, tomé una respiración profunda. Su voz era todo lo que necesitaba.

—Feliz aniversario, Pigeon. Estoy de camino a casa.

—¿Lo estás? —preguntó, alzando la voz una octava—. El mejor regalo.

—¿Cómo va todo?

—Estamos en casa de papá. Santino acaba de ganar otra mano de póker. Estoy empezando a preocuparme.

—Es tu hijo, Pidge. ¿Te sorprende que sea bueno en el juego?

—Me ganó, Pit. Es muy bueno.

Hice una pausa. —¿Te ganó?

—Sí.

—Pensé que tenías una regla sobre eso.

—Lo sé. —Suspiró—. Lo sé. Ya no juego, pero tuvo un mal día, y era una buena manera de hacerlo hablar sobre ello.

—¿Cómo es eso?

—Hay un niño en la escuela. Hoy hizo un comentario sobre mí.
—No es la primera vez que un niño hace un pase a la caliente maestra de matemáticas.

—No, pero supongo que fue especialmente crudo. Santi le dijo que se callara. Hubo una pelea.

—¿Santi pateó su trasero?

—¡Peter!

Me eché a reír. —¡Sólo era una pregunta!

—Lo vi desde mi salón. Allegra llegó antes que yo. Ella pudo… haber humillado a su hermano. Un poco. No a propósito.

Cerré los ojos. Allegra, con sus grandes ojos color miel, cabello largo y oscuro, y sus cuarenta kilos de tacaña, era mi mini-yo. Tenía mi mal humor y nunca perdía su tiempo con palabras. Su primera pelea fue en el jardín de niños, defendiendo a su hermano gemelo, Santino, contra una pobre e inocente niña que le estaba tomando el pelo. Tratamos de explicarle que la niña probablemente sólo estaba enamorada, pero Alle no aceptó nada de eso. No importaba cuántas veces Santino le rogaba para que le permitiera pelear sus propias batallas, ella era ferozmente protectora con él, aun cuando él era ocho minutos mayor que ella.

—Déjame hablar con ella.

—¡Alle! ¡Papá está en el teléfono!

Una pequeña y dulce voz llenó la línea. Era increíble para mí que ella pudiera ser tan salvaje como lo era, y aún así sonar, y verse, como un ángel.

—Hola, papi.

—Cariño… ¿te metiste en algún problema hoy?

—No fue mi culpa, papi.

—Nunca lo es.

—Santi estaba sangrando. No podía moverse.

Mi sangre hirvió, pero dirigir a mis hijos en la dirección correcta siempre venía primero. —¿Qué dijo papá?
—Me dijo: “Ya era hora de que alguien humillara a Steven Matese.”

Me alegré de que no pudiera verme sonreír ante su perfecta imitación de Pablo Lanzani.

—No te culpo de querer defender a tu hermano, Alle, pero tienes que dejarlo pelear algunas de sus batallas por su cuenta.

—Lo haré. Pero no cuando él esté en el suelo.

Contuve otra oleada de risas. —Déjame hablar con mamá. Estaré en casa en unas horas. Te quiero mucho, bebé.

—¡Yo también te quiero, papi!

El teléfono trastabilló un poco cuando Allegra puso a Lali en el teléfono, y la suave voz de mi esposa estuvo de vuelta en la línea.

—No ayudaste para nada, ¿verdad? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Probablemente no. Tuvo un buen argumento.

—Siempre lo tiene.

—Eso es cierto. Escucha, estamos entrando en el aeropuerto. Nos vemos pronto. Te amo.

Cuando el conductor aparcó junto a la acera en la terminal, me apresuré para tomar mi bolsa del maletero. Sarah, la asistente de Pepo, acababa de enviar el itinerario a través de un correo electrónico, y mi vuelo salía en media hora. Corrí a través de la entrada y seguridad, llegué a la puerta justo cuando llamaban al primer grupo.

El vuelo de regreso pareció durar una eternidad, como siempre lo hacía. A pesar de que duré quince minutos refrescándome y cambiándome de ropa en el baño, lo que siempre era un desafío, el tiempo aún parecía que gateaba.

Saber que mi familia me esperaba era brutal, pero el hecho de que era nuestro onceavo aniversario era peor. Sólo quería sostener a mi esposa. Era todo lo que quería hacer para siempre. Estaba tan enamorado de ella, tanto como lo estaba en el primero.

Cada aniversario era una victoria, el dedo medio para todos los que pensaron que no íbamos a durar. Lali me domó, el matrimonio me asentó, y cuando me convertí en padre, toda mi perspectiva cambió.

Miré hacia mi muñeca y aparté el puño de la camisa. El apodo de Lali seguía allí, y todavía me hacía sentir mejor saber que lo estaba.

El avión aterrizó y tuve que contenerme para no correr a través de la terminal. Una vez que llegué a mi coche, mi paciencia había terminado. Por primera vez en años, pasé luces rojas en los semáforos. En realidad, fue bastante divertido, me recordó a mis días en la universidad.

Estacioné en la entrada y apagué las luces. La luz del porche se encendió cuando me acerqué a la puerta.

Lali abrió la puerta, con su cabello color caramelo apenas rozándole los hombros, y sus grandes ojos grises, aunque un poco cansados, mostraron lo aliviada que estaba de verme. La atraje a mis brazos, tratando de no apretarla con demasiada fuerza.

—Oh, Dios mío. —Suspiré, enterrando mi rostro en su pelo—. Te extrañé mucho.

Lali se apartó, tocando la cortada en mi ceja. —¿Te caíste?

—Ha sido un día difícil en el trabajo. Puede que me haya topado contra la puerta de un coche mientras salía del aeropuerto.

Lali me abrazó otra vez, clavando sus dedos en mi espalda. —Estoy tan feliz de que estés en casa. Los niños están en cama, pero se negaron a ir a dormir hasta que llegaras.

Me aparté y asentí, luego me incliné hacia su cintura, ahuecando el redondo estómago de Lali. —¿Y tú? —le pregunté a mi tercer hijo. Besé el ombligo sobresaliente de Lali y luego me puse de pie.
Lali se frotó su estómago con movimientos circulares. —Él todavía se está cocinando.

—Bien. —Saqué una caja pequeña de mi equipaje de mano y la sostuve frente a mí—. Hoy, hace once años, estábamos en Las Vegas. Y ese aún es el mejor día de mi vida.

Lali tomó la caja y luego tiró de mi mano hasta que estuvimos en la entrada. Olía a una combinación de limpieza, velas y niños. Olía como un hogar.

—También tengo algo para ti.

—Oh, ¿sí?

—Sí. —Sonrió. Me dejó por un momento, desapareciendo por la oficina, y luego salió con un sobre manila—. Ábrelo.

—¿Correspondencia? La mejor esposa del mundo —bromeé.

Lali sólo sonrió.
Abrí el sobre y saqué la pequeña pila de papeles. Fechas, horas, transacciones, incluso correos electrónicos. De y hacia Benny por el padre de Lali, Carlos. Él había estado trabajando durante años para Benny. Le pidió prestado dinero y luego tuvo que trabajar para pagar su deuda, para que no lo mataran cuando Lali se negó a pagar.

Sólo había un problema: Lali sabía que trabajaba con Pepo… pero por lo que sabía, ella pensaba que yo trabajaba en publicidad.

—¿Qué es esto? —le pregunté, fingiendo confusión.

Lali todavía tenía una cara de póker perfecta. —Es la conexión que necesitas para atar a Carlos con Benny. Esto de aquí —dijo, tirando del segundo documento de la pila— es el clavo en el ataúd.

—Está bien… ¿pero qué se supone que debo hacer con ellos?

La expresión de Lali se transformó en una sonrisa dudosa. —Lo que sea que hagas con estas cosas, cariño. Sólo pensé que si hacía un poco de investigación, podrías quedarte en casa un poco más esta vez.

Mi mente se aceleró, tratando de encontrar una salida. De alguna manera, se dio cuenta. —¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?

—¿Importa?

—¿Estás molesta?

Lali se encogió de hombros. —Estaba un poco dolida al principio. Tienes  algunas cuantas mentiras blancas bajo el cinturón.

La abracé, los papeles y el sobre todavía en mi mano. —Lo siento, Pidge. Lo siento de verdad. —Me alejé—. No le has dicho a nadie, ¿verdad? —Negó con la cabeza—. ¿Ni siquiera a Eugenia o Nicolás? ¿Ni a papá o a los niños?

Sacudió la cabeza otra vez. —Soy lo suficientemente inteligente como para entenderlo, Peter. ¿Crees que no soy lo suficientemente lista como para guardarlo para mí misma? Tu seguridad está en juego.
Ahuequé sus mejillas en mi mano. —¿Qué significa esto?

Sonrió. —Esto significa que puedes dejar de decir que tienes que ir a otra convención. Algunas de tus historias para cubrirte son francamente insultantes.

La besé otra vez, tiernamente tocando mis labios con los suyos. —¿Y ahora qué?

—Besa a los niños, luego tú y yo podemos celebrar once años de “lo logramos en sus caras.” ¿Qué tal eso?

Mi boca se estiró en una amplia sonrisa, y luego miré hacia los papeles. —¿Vas a estar bien con esto? ¿Ayudar a acabar con tu padre?

Lali frunció el ceño. —Él lo ha dicho muchas veces. Yo fui su fin. Por lo menos puedo hacerlo sentirse orgulloso por tener razón. Y los niños están más seguros de esta manera.

Puse los papeles en el extremo de la mesa de la entrada. —Hablaremos de esto más tarde.
Caminé por el pasillo, tirando de Lali de la mano y llevándola detrás de mí. La habitación de Allegra era la más cercana, por lo que entré y besé su mejilla, con cuidado de no despertarla, y luego crucé el pasillo hasta la habitación de Santino. Todavía estaba despierto, acostado en silencio.

—Hola, pequeño.

—Hola, papá.

—Escuché que tuviste un día difícil. ¿Estás bien? —Asintió—. ¿Estás seguro?

—Steven Matese es un idiota.

Asentí. —Tienes razón, pero probablemente podrías encontrar una forma más adecuada para describirlo. —Santino torció su boca hacia un lado—. Así que, ¿le ganaste a mamá en el póker hoy, eh?

Santino sonrió. —Dos veces.

—Ella no me dijo esa parte —le dije, girándome hacia Lali. Su oscura y curvilínea silueta apareció en la puerta iluminada—. Puedes darme jugada-porjugada mañana.

—Sí, señor.

—Te quiero.

—Yo también te quiero, papá.

Besé la nariz de mi hijo y luego seguí a su madre por el pasillo hasta la habitación. Las paredes estaban llenas de retratos familiares, de la escuela, y obras de arte enmarcadas.

Lali estaba de pie en el centro de la habitación, con su vientre lleno de nuestro tercer hijo, vertiginosamente bella y feliz de verme, incluso después de haberse enterado de lo que le había estado ocultando la mayor parte de nuestro matrimonio.

Nunca había estado enamorado, antes de Lali, y nadie despertó mi interés desde entonces. Mi vida era la mujer que estaba delante de mí y la familia que habíamos hecho juntos.
Lali abrió la caja, y me miró con lágrimas en los ojos. —Siempre sabes que regalarme. Es perfecto —dijo, sus gráciles dedos tocando las tres piedras de nacimiento de nuestros hijos. Lo deslizó en el dedo anular derecho, extendiendo la mano para admirar su nuevo adorno.

—No tan bueno como tú consiguiéndome un ascenso. Sabrán lo que hiciste, ya sabes, y las cosas se complicarán.

—Parece que siempre pasa eso con nosotros —dijo, inafectada.


Tomé una respiración profunda y cerré la puerta del dormitorio detrás de mí. A pesar de que nos poníamos en medio del infierno el uno al otro, siempre encontrábamos el cielo. Tal vez eso era más de lo que un par de pecadores se merecían, pero no iba a quejarme.


FIN!  


Bueno, hemos terminado con el segundo libro de esta trilogía. Mañana subiré la sinposis del tercero y, si puedo el primer cap. Antes de nada quiero decir que el tercer libro no es una continuación, es como la explicación de las partes que no se explican en estos libros... ya lo iréis viendo :). Gracias por leer y firmar!!

martes, 13 de enero de 2015

Capítulo 28

28
SEÑOR Y SEÑORA


Lali se detuvo en el borde, su mano sostenía los únicos dos dedos que tengo libres. El resto los tenía ocupados con bolsas o tratando de hacerle señas a Eugenia.

Habíamos manejado el Honda al aeropuerto dos días antes, así que Nicolás tuvo que dejar a su novia tomar el control del carro. Eugenia había insistido en recogernos y todo el mundo sabía por qué. Cuando ella se detuvo junto a la acera, miró hacia al frente, ni siquiera salió a ayudarnos con las bolsas.

Cojeando, Lali se sentó en el asiento del copiloto, cuidando el lado donde se había tatuado mi apellido.

Lancé las bolsas por la ventana trasera y traté de abrir la puerta. —Eh… —dije tratando de abrirla nuevamente—. Abre la puerta, Euge.

—No creo que lo haga —me contestó volteando a verme.

Aceleró un poco, y Lali se tensó. —Detente Euge.

Eugenia piso el freno y alzó una ceja. —Casi haces que maten a mi mejor amiga en una de tus estúpidas peleas, después la traes a Las Vegas y te casas con ella cuando estoy fuera de la ciudad, por lo que no sólo no puedo ser la dama de honor, sino que ni siquiera puedo ser testigo de ello.

Traté de abrir la puerta nuevamente. —Vamos Euge, desearía poder decir que lo siento, pero estoy casado con el amor de mi vida.

—¡El amor de tu vida es una Harley! —gritó, y avanzó nuevamente.

—¡Ya no! —le rogué.

—Eugenia Suárez… —comenzó Lali, tratando de sonar intimidante pero Eugenia le lanzó una mirada demasiado severa que dejó a Lali encogida contra la puerta.
Los coches de atrás nos tocaban la bocina, pero Eugenia estaba demasiado enojada para prestar atención a eso.

—De acuerdo —dije levantando una mano—. Está bien ¿y qué tal si nosotros uh… tuviéramos otra boda este verano? Con vestido, invitaciones, flores y con todas esas cosas. Podrías ayudar a Lali a planear la boda, podrías pararte a su lado, hacerle una despedida de soltera, todo lo que quieras.

—¡No es lo mismo! —gruñó Eugenia, pero la tensión en su rostro se relajó un poco—. Pero es un comienzo. —Se estiró hacia atrás y quitó el seguro, jalé la manejilla y entré al carro, cuidando de no hablar hasta que llegamos al apartamento.

Nicolás estaba limpiando su Charger cuando nos detuvimos en el estacionamiento. —Hola. —Me sonrió y abrazó a mí primero, y luego a Lali—. Felicidades a los dos.

—Gracias —contestó Lali que aún se sentía incomoda por la rabieta de Eugenia.

—Supongo que es una buena cosa que Eugenia y yo hayamos estado hablando sobre conseguir nuestro propio departamento.

—Lo harán —dijo Lali inclinando la cabeza hacia su amiga—. Parece que nosotros no somos los únicos que toman sus propias decisiones.

—Íbamos hablar de ello contigo —contestó Eugenia a la defensiva.

—No hay prisa —le dije—, pero me gustaría algo de ayuda hoy, para traer el resto de las cosas de Lali aquí.

—Sí, claro. Brasil acaba de regresar a casa. Le dije que necesitábamos su camioneta.

Los ojos de Lali se movían entre nosotros tres. —¿Vamos a decírselo?

Eugenia no pudo ocultar una sonrisa de suficiencia. —Va ser difícil esconderlo con ese gran diamante en tu dedo.

Fruncí el ceño. —¿No quieres que nadie sepa?
—Bueno, no, no es eso. Pero nosotros nos fugamos, bebé. La gente enloquecerá.

—Ahora eres la señora Lanzani, que se jodan —dije sin dudarlo.

Lali me sonrió y luego miró su anillo. —Esa soy yo, supongo que debo hablar en nombre de la familia apropiadamente.

—¡Oh mierda! —dije—. Tenemos que decirle a papá.

La cara de Lali se puso blanda. —¿Tenemos?

Eugenia comenzó a reírse. —De seguro estás esperando mucho de ella, pasos de bebé, Pit, por Dios.

Le hice una mueca, aún irritado porque no me dejó subir al carro en el aeropuerto.

Lali esperaba por una respuesta.

Me encogí de hombros. —No lo tenemos que hacer hoy, pero lo haremos pronto, ¿está bien? No quiero que se entere por alguien más.

Asintió. —Lo entiendo, sólo tomémonos el fin de semana y disfrutemos nuestros primeros días como recién casados, sin invitar a nadie a nuestro matrimonio por el momento.

Sonreí sacando nuestro equipaje por la ventana trasera del Honda. —Trato, excepto por una cosa.

—¿Qué cosa?

—¿Podemos pasar los primeros días buscando un carro? Estoy bastante seguro que te prometí un carro.

—¿En serio? —me dijo sonriendo.

—Escoge un color, bebé.

Lali saltó sobre mí de nuevo, envolviéndome con sus brazos y piernas y cubriendo mi cara de besos.
—Oh, deténganse ahí ustedes dos —dijo Eugenia.

Lali cayó en sus pies y Eugenia la agarró de la muñeca. —Vamos adentro, quiero ver tu tatuaje.

Las chicas corrieron escaleras arriba, dejándonos a Nicolás y a mí con el equipaje, lo ayudé con las numerosas y pesadas bolsas de Eugenia, agarrando la de Lali, y también la mía.

Subimos el pesado equipaje y estuvimos agradecidos que la puerta se hubiera quedado abierta.

Lali estaba tumbada en el sillón, con sus jeans desabrochados y doblados, bajando la mirada mientras Eugenia inspeccionaba las delicadas curvas negras en la piel de Lali.

Eugenia miró a Nicolás, que tenía la cara roja y sudaba. —Estoy tan feliz de que nosotros no estemos locos, nene.

—Yo también —dijo Nicolás—. Espero que quieras estar aquí porque no las llevaré de vuelta al carro.

—Así está bien, gracias. —le sonrió con ternura, regresando su atención al tatuaje de Lali.

Nicolás resopló mientras desaparecía en su habitación, regresando con una botella de vino en cada mano.

—¿Qué es eso? —preguntó Lali.

—Tu recepción —contestó Nicolás con una gran sonrisa.

***
Lali estacionó lentamente en un espacio vacío del estacionamiento, chequeando cuidadosamente cada lado. Ella había escogido un nuevo Toyota Camry plateado un día antes, y las pocas veces que pude lograr que se pusiera tras el volante, condujo como si estuviera secretamente tomando prestado el Lamborghini de alguien.
Después de dos paradas, finalmente puso el coche en reversa y apagó el motor.

—Vamos a tener que obtener una etiqueta para el estacionamiento —dijo comprobando el espacio de su lado nuevamente.

—Sí Pidge, me ocuparé de eso —le dije por cuarta vez.

Me preguntaba si debí esperar una semana más o menos antes de añadir el estrés de un nuevo carro. Los dos sabíamos que al final del día se extendería por toda la escuela el rumor de nuestro matrimonio, junto con algún chisme o dos. A propósito, Lali se puso unos jeans y un suéter ajustados para ahorrarse la inevitable pregunta de si estaba embarazada. Podíamos habernos casado, pero los niños era un nivel completamente nuevo y los dos estábamos dispuestos a esperar.
 
Algunas gotas cayeron del cielo gris mientras caminábamos hacia nuestras clases a través del campus, me puse mi gorra roja y Lali abrió su paraguas. Los dos nos quedamos viendo la residencia de Keaton mientras pasábamos, notando la cinta amarilla y los ennegrecidos ladrillos alrededor de cada ventana. Lali agarró mi abrigo y la abracé, tratando de no pensar en lo que había sucedido.

Nicolás había escuchado que Adam había sido detenido. No le había dicho nada a Lali, por miedo a ser el siguiente y que eso le causara preocupación.

Una parte de mí pensaba que las noticias del incendio mantendrían alejada la atención no deseada del anillo en el dedo de Lali, pero sabía que la noticia acerca de nuestro matrimonio sería una distracción bienvenida para la cruda realidad de la pérdida de compañeros, de esa manera tan horrible.

Como esperaba, cuando llegamos a la cafetería mis compañeros de fraternidad y el equipo de futbol nos felicitaron por nuestra boda y nuestro inminente hijo.

—No estoy embarazada —dijo Lali sacudiendo la cabeza.

—Pero… ustedes están casados ¿cierto? —dijo Lexi dudosa.

—Sí —contestó simplemente Lali.

Lexi levantó una ceja. —Supongo que averiguaremos la verdad muy pronto.

Giré mi cabeza hacia un lado. —Supera eso Lex.

Me ignoró. —Supongo que se enteraron acerca del incendio.

—Sólo un poco —dijo Lali claramente incómoda.

—Escuché que algunos estudiantes estaban teniendo una fiesta ahí abajo, que habían sido furtivas durante todo el año.

—¿Es así? —le pregunté. Por el rabillo del ojo, pude ver a Lali mirándome, pero traté de no verme demasiado aliviado. Si eso era cierto, estaría fuera de problemas.
El resto del día lo pasamos o siendo observados, o felicitados. Por primera vez, no fui detenido entre clases por diferentes chicas queriendo saber cuáles eran mis planes para el fin de semana. Sólo me miraban mientras caminaba, vacilantes de acercarse al esposo de alguien más. Eso realmente fue agradable.

Mi día iba bastante bien, me preguntaba si Lali podía decir lo mismo. Incluso mi profesora de psicología me ofreció una pequeña sonrisa y un asentimiento cuando me preguntó sobre si el rumor era cierto.
 
Después de nuestra última clase, me encontré con Lali en el Camry y metí nuestras mochilas en el asiento trasero. —¿Fue tan malo como te lo imaginabas?

—Sí —dijo suspirando.

—Supongo que hoy no sería un buen día para ir a visitar a mi papá, entonces, ¿eh?

—No, pero sería lo mejor. Tienes razón, no quiero que se entere por alguien más.
Su respuesta me sorprendió, pero no la cuestioné. Lali trató de convencerme de que manejara, pero me negué, insistiendo que tenía que sentirse cómoda frente al volante.

El viaje desde la escuela hacia la casa de mi padre no fue largo, pero hubiera sido más corto si yo hubiera manejado. Lali obedeció todas las leyes de tránsito, sobre todo porque estaba nerviosa acerca de verse involucrada en algún accidente y entregar a un oficial los documentos falsos.

Nuestro pequeño pueblo parecía diferente mientras pasaba por ahí, o tal vez yo no era el mismo. No estaba seguro si ser un hombre casado me hacía sentir un poco más relajado, o si por fin me había asentado en mi piel. Estaba en una situación donde no tenía que probarme a mí mismo porque la persona que me aceptó completamente, mi mejor amiga, era parte permanente en mi vida.

Parecía como si hubiera terminado una misión, superando un obstáculo. Pensé en mi madre, y las palabras que me dijo, hacía casi toda una vida. Fue entonces cuando hice click. Me había pedido que no me conformara, que peleara por la persona que amaba, y por primera vez hice lo que esperaba de mí.

Finalmente había vivido como ella quería que lo hiciera.

Tomé una respiración profunda y dejé que mi mano descansara sobre la rodilla de Lali.

—¿Qué es? —me preguntó.

—¿Qué es qué?

—La mirada en tu rostro.

Sus ojos se movieron entre mí y la carretera, extremadamente curiosa. Me imaginé que era una nueva expresión, pero no podía explicar que era lo que me hacía hacer sentir así.

—Sólo estoy feliz, nena.

Medio tarareando, medio riendo dijo—: Yo también.

Admitía que estaba un poco nervioso por decirle a papá acerca de nuestra escapada a las Vegas, no porque se enojara, pero las mariposas en mi estómago revoloteaban más rápido y fuerte con cada cuadra que nos encontrábamos más cerca de llegar a la casa de papá.

Lali se detuvo en el camino de grava empapada por la lluvia, y se paró junto a la casa.

—¿Qué crees que va a decir? —me preguntó.

—No lo sé, pero va a estar feliz. Eso lo sé.

Apreté sus dedos entre los míos. —Lo sé.

Antes de que pudiéramos llegar a la puerta de la casa, papá salió al porche.

—Bueno, hola chicos —dijo sonriendo. Las esquinas de sus ojos se arrugaron mientras que sus mejillas hacían subir las bolsas bajo sus ojos—. No estaba seguro de quién estaba aquí afuera. ¿Conseguiste un nuevo carro, Lali? Es bonito.

—Hola, Pablo —sonrío Lali—. Travis me lo regaló.

—Es nuestro —dije quitándome la gorra—. Pensé que sería lo mejor.

—Estoy feliz de que lo hicieran… feliz de que lo hicieras. Está lloviendo bastante, supongo.

—Supongo —dije. Mis nervios bloquearon cualquier habilidad que tuviera para hacer una pequeña charla. Lo que pensaba que eran nervios, realmente era emoción por compartir la noticia con mi padre.

Papá sabía que algo andaba mal. —¿Tuvieron unas buenas vacaciones de primavera?

—Fueron… interesantes —contestó Lali.

—Oh.

—Hicimos un viaje papá, nos escapamos unos días a Las Vegas, y decidimos eh… decidimos casarnos.

Papá hizo una pausa por unos segundos, y luego sus ojos buscaron la mano derecha de Lali. Cuando encontró la validación que buscaba, miró a Lali y luego a mí.

—¿Papá? —dije sorprendido por la expresión en blanco de su rostro.

Los ojos de mi padre brillaron un poco y luego las comisuras de sus labios lentamente se levantaron. Extendió sus brazos y nos abrazó a ambos con ellos.

Sonriendo, Lali me miró. Le guiñé un ojo.

—Me pregunto qué diría mamá si estuviera aquí —dije.

Papá dio un paso atrás con los ojos húmedos por lágrimas de felicidad. —Diría que lo hiciste bien, hijo. —Miró a Lali—. Te diría gracias por traer de vuelta al hijo que dejó cuando se fue.

—No sé nada acerca de eso —dijo Lali, secándose los ojos. Era claro que estaba abrumada por los comentarios de papá.

Él nos abrazó de nuevo, riendo y apretándonos al mismo tiempo. —¿Quieres apostar?



CONTINUARÁ... Este es el último cap de esta adaptación, falta el epílogo y ya subo la tercera parte :). Gracias por leer y firmar.