jueves, 12 de febrero de 2015

Capítulo 10

CAPÍTULO 10

TATUADA

LALI
—¿Qué quieres decir? —dijo, palideciendo—. ¿No estamos aquí por mí?

El artista del tatuaje nos miró a ambos, un poco sorprendido por la sorpresa de Peter.

Durante todo el viaje en taxi, asumió que le iba a comprar un nuevo tatuaje como regalo de boda. Cuando le dije al conductor nuestro destino, nunca se le ocurrió que sería yo la que se haría el tatuaje. Habló sobre tatuarse LALI en alguna parte, pero puesto que ya tenía PIDGEON en la muñeca, pensé que sería redundante.

—Es mi turno —dije, girándome hacia el artista del tatuaje—. ¿Cómo te llamas?

—Griffin —dijo con tono monótono.

—Por supuesto —dije—. Quiero SRA. LANZANI aquí. —Puse mi dedo sobre mis pantalones vaqueros en el lado derecho de la parte baja de mi abdomen, justo lo suficientemente bajo como para que no se viera, incluso con un bikini.

Quería que Peter fuera el único al tanto de mi tatuaje, una agradable sorpresa cada vez que él me desnudara.

Sonrió de alegría. —¿Sra. Lanzani?

—Sí, en esta fuente —dije, señalando un cartel laminado en la pared con los tatuajes de muestra.

Peter sonrió. —Esa te pega. Es elegante, pero no ostentosa.

—Exactamente. ¿Puedes hacer eso?

—Puedo. Será alrededor de una hora. Tenemos un par de personas antes que tú. Serán doscientos cincuenta.

—¿Doscientos cincuenta? ¿Por unos pocos garabatos? —dijo Peter, su boca abriéndose de par en par—. ¿Qué demonios, Chuck?

—Es Griffin —dijo él, sin verse afectado.

—Lo sé, pero…

—Está bien, bebé —dije—. Todo es más caro en Las Vegas.

—Vamos a esperar hasta que lleguemos a casa, Pidge.

—¿Pidge? —dijo Griffin.

Peter le lanzó una mirada de muerte. —Cállate —advirtió, volviendo la mirada hacia mí—. Esto costará doscientos pavos menos en casa.

—Si espero, no lo haré.

Griffin se encogió de hombros. —Entonces tal vez deberías esperar.

Miré a Peter y a Griffin. —No voy a esperar. Voy a hacer esto. —Saqué mi monedero y le tendí tres billetes a Griffin—. Así que toma mi dinero —Le fruncí el ceño a Peter—, y tú guarda silencio. Es mi dinero, mi cuerpo, y esto es lo que quiero hacer.
Peter pareció sopesar lo que estaba a punto de decir. —Pero… va a doler.

Sonreí. —¿A mí? ¿O a ti?

—A ambos.

Griffin cogió mi dinero y luego desapareció. Peter  se paseó por el suelo como un nervioso padre expectante. Echó un vistazo por el pasillo, y luego se
paseó un poco más. Era tan lindo como molesto. En un punto, me suplicó que no lo hiciera, y luego llegó a estar sorprendido y afectado porque estuviera tan empeñada en seguir adelante.

—Bájate los pantalones —dijo Griffin, preparando su equipo.

Peter le disparó una mirada penetrante al hombre de baja estatura y musculoso, pero Griffin se hallaba demasiado ocupado para notar la aterradora expresión de Peter.

Me senté en la silla, y Griffin pulsó botones. Mientras la silla se reclinaba, Peter se apoyó en un taburete a mi lado. Parecía inquieto.
—Pit —dije con voz suave—. Siéntate. —Extendí la mano y la tomó, sentándose también. Besó mis dedos y me ofreció una dulce pero nerviosa sonrisa.

Justo cuando pensé que él no podría esperar más, mi teléfono móvil sonó en mi bolso.

Oh, Dios. ¿Qué pasa si era un mensaje de Bauti? Peter ya se encontraba buscándola, agradecido por la distracción.

—Déjalo, Pit.

Miró la pantalla y frunció el ceño. Mi respiración se quedó atascada. Me tendió el teléfono para que lo tomara. —Es Euge.

Se lo cogí y habría sentido alivio de no ser por el frío algodón frotando el hueso de mi cadera. —¿Hola?

—¿Lali? —dijo Eugenia—. ¿Dónde están? Nicolás y yo acabamos de llegar a casa. El coche no está.

—Oh —dije, mi voz una octava más alta. No había planeado decírselo todavía. No sabía cómo darle las noticias, pero era seguro que iba a odiarme. Al menos durante un tiempo.

—Estamos… en Las Vegas.

Eugenia se rió. —Deja de bromear.

—Estoy hablando totalmente en serio.

Eugenia se quedó en silencio, y luego su voz fue tan fuerte que me estremecí. —¿POR QUÉ están en Las Vegas? ¡No es como si tuvieras un buen momento la última vez que estuviste allí!

—Peter y yo decidimos… de algún modo casarnos, Euge.

—¡Qué! ¡Esto no es divertido, Lali! ¡Es mejor que estés jodidamente bromeando!

Griffin colocó la transparencia en mi piel y presionó. Peter le miró como si quisiera matarle por tocarme.

—Eres tonto —dije, pero cuando la máquina de tatuar comenzó a zumbar, todo mi cuerpo se tensó.
—¿Qué es ese ruido? —dijo Eugenia, echando humo.

—Estamos en el salón de tatuajes.

—¿Va a marcarse Peter tu verdadero nombre esta vez?

—No exactamente…

Peter sudaba. —Nena… —dijo, frunciendo el ceño.

—Puedo hacer esto —dije, centrándome en las manchas del techo. Salté cuando la yema del dedo de Griffin tocó mi piel, pero intenté no tensarme.

—Pigeon —dijo con la voz teñida de desesperación.

—Está bien —dije, negando con la cabeza con desdén—. Estoy lista. —Sostuve el teléfono apartado de mi oreja, haciendo una mueca tanto por el dolor como por la inevitable charla.

—¡Voy a matarte, Lali Espósito! —chilló Eugenia—. ¡Matarte!
—Técnicamente, es Lali Lanzani ahora —dije, sonriéndole a Peter.

—¡No es justo! —se quejó—. ¡Se suponía que iba a ser tu dama de honor! ¡Se suponía que debía ir a comprar el vestido contigo, a organizarte una despedida de soltera y a sostener tu ramo!

—Lo sé —dije, viendo la sonrisa de Peter desvanecerse cuando me estremecí de nuevo.

—No tienes que hacer esto, lo sabes —dijo, sus cejas juntándose.

Le di un apretón a sus dedos. —Lo sé.

—¡Ya dijiste eso! —espetó Eugenia.

—No estaba hablando contigo.

—Oh, estás hablando conmigo —dijo enfurecida—. Estás taaaaan hablando conmigo. Nunca vas a oír el final de esto, ¿me has oído? ¡Nunca, jamás, te perdonaré!

—Sí que lo harás.
—¡Tú! ¡Eres una…! ¡Eres completamente mezquina, Lali! ¡Eres una mejor amiga horrible!

Me reí, haciendo que Griffin se echara para atrás, resoplando por la nariz.

—Lo siento —dije.

—¿Quién era ese? —espetó Eugenia.

—Ese era Griffin —respondí con total naturalidad.

—¿Ella ha acabado? —le preguntó a Peter, enfadado.

Peter asintió una vez. —Sigue así.

Griffin sólo sonrió, y continuó. Todo mi cuerpo se tensó otra vez.

—¿Quién demonios es Griffin? Déjame adivinar: ¿Invitaste a un total extraño a tu boda y no a tu mejor amiga?

Me encogí, tanto por su estridente voz como por la aguja pinchando mi piel.
—No. No fue a la boda —dije, conteniendo la respiración.

Peter suspiró y se movió nerviosamente en la silla, apretando mi mano. Parecía miserable. No pude evitar sonreír.

—Se supone que yo estoy estrechando tu mano, ¿recuerdas?

—Perdón —dijo, su voz espesa por la angustia—. No creo que pueda soportar esto. —Abrió la mano un poco y miró a Griffin.

—Date prisa, ¿quieres?

Griffin negó con la cabeza. —Cubierto de tatuajes y no puedes soportar que tu novia consiga una simple inscripción. Terminaré en un minuto, amigo.

La expresión de Peter se volvió severa. —Esposa. Es mi esposa.

Eugenia jadeó, el sonido tan agudo como su tono. —¿Te estás haciendo un tatuaje? ¿Qué pasa contigo, Lali? ¿Respiraste vapores tóxicos en ese incendio?
—Peter tiene mi nombre en la muñeca —dije, bajando la mirada al embarrado desastre negro sobre mi estómago. Griffin presionó la punta de la aguja contra mi piel, y apreté los dientes—. Estamos casados —dije a través de los dientes—. También quería algo.

Peter sacudió la cabeza. —No tenías que hacerlo.

Estreché los ojos. —No empieces conmigo.

Las esquinas de su boca se alzaron, y me miró con la adoración más dulce que había visto alguna vez.

Eugenia se rió, sonando un poco loca. —Te has vuelto loca —dijo—. Voy a ingresarte en un manicomio cuando llegue a casa.

—No es tan loco. Nos amamos. Hemos estado prácticamente viviendo juntos a intervalos todo el año. —Está bien, no todo un año… no es que importara ahora. Bastaba con mencionarlo para darle más munición a Eugenia.

—¡Porque tienes diecinueve, idiota! ¡Porque te fuiste y no se lo dijiste a nadie, y porque no estoy allí! —gritó.

Durante un segundo, culpabilidad y dudas se deslizaron en mi interior.

Durante un instante, dejé salir la pizca más diminuta de pánico pensando que acababa de cometer un enorme error, pero en el momento en el que miré a Peter y vi la increíble cantidad de amor en sus ojos, todo se fue.

—Lo siento, Euge, tengo que irme. Te veré mañana, ¿está bien?

—¡No sé si quiero verte mañana! ¡No creo que quiera ver a Peter nunca más!

—Te veré mañana, Euge. Sé que quieres ver mi anillo.

—Y tu tatuaje —dijo, una sonrisa en su voz.

Le di el teléfono a Peter. Griffin pasó los mil pequeños cuchillos de dolor y angustia a través de mi piel inflamada otra vez. Peter metió mi teléfono en su bolsillo, agarrando mi mano con las suyas, inclinándose para tocar su frente con la mía.

No saber qué esperar ayudaba, pero el dolor era un fuego lento. Mientras Griffin rellenaba las partes más gruesas de las letras, me estremecí, y cada vez que él se apartaba para limpiar el exceso de tinta con un trapo, me relajaba.

Después de unas cuantas quejas más de Peter, Griffin nos hizo saltar con una exclamación en voz alta. —¡LISTO!

—¡Gracias a Dios! —dije, dejando caer la cabeza hacia atrás contra la silla.

—¡Gracias a Dios! —gritó Peter, y luego suspiró con alivio. Acarició mi mano, sonriendo.

Bajé la mirada, admirando las hermosas líneas negras escondidas bajo el emborronado lío negro.

Sra. Maddox

—Vaya —dije, alzándome sobre los codos.
El ceño fruncido de Peter se convirtió al instante en una sonrisa de triunfo.

—Es hermoso.

Griffin negó con la cabeza. —Si tuviera un dólar por cada nuevo marido tatuado que trajo a su esposa aquí y se puso peor que ella… bueno, no tendría que tatuar a nadie más de nuevo.

La sonrisa de Peter desapareció. —Simplemente dale las instrucciones para el cuidado posterior, listillo.

—Tendré una copia impresa de las instrucciones y algo de crema para la piel —dijo Griffin, divertido por Peter.

Mi mirada seguía volviendo a la elegante escritura en mi piel. Estábamos casados. Era una Lanzani, al igual que todos esos maravillosos hombres que había llegado a amar. Tenía una familia, aunque llena de hombres enojados, locos y adorables, pero eran míos. Les pertenecía, como ellos me pertenecían.
Peter extendió la mano, bajando la mirada a su dedo anular. —Lo hicimos, bebé. Todavía no puedo creer que seas mi esposa.

—Créelo —dije sonriendo de alegría.

Me acerqué a Peter, señalando su bolsillo, y luego volví mi mano, abriendo la palma. Me dio el teléfono y saqué la cámara para tomar una foto de mi reciente tatuaje. Me ayudó a levantarme de la silla, con cuidado de evitar mi costado derecho. Era sensible a cada movimiento que hacía que los pantalones se frotaran contra mi piel a carne viva.

Después de una breve parada en el mostrador, Peter me soltó el tiempo suficiente para abrirme la puerta, y luego salimos hacia un taxi que esperaba. Mi teléfono móvil sonó otra vez. Eugenia.

—Nos va a hacer sentir miserables por un largo tiempo, ¿cierto? —dijo Peter, viéndome silenciar mi teléfono. No me encontraba de humor para soportar otra reprimenda.

—Hará pucheros por veinticuatro horas, después de que vea las fotos, lo superará.
—¿Estás segura de eso, Sra. Lanzani?

Me reí entre dientes. —¿Alguna vez vas a dejar de llamarme así? Lo has dicho cientos de veces desde que salimos de la capilla.

Negó con la cabeza mientras sostenía la puerta del taxi abierta para mí. —Dejaré de llamarte así cuando esto termine siendo real.

—Oh, es real, ¿de acuerdo? Tengo recuerdos de la noche de boda para probarlo. —Me deslicé hasta la mitad y luego lo observé mientras se sentaba junto a mí.


Se apoyó en mí, pasando su nariz por la sensible piel de mi cuello hasta llegar a mi oreja. —Desde luego que sí.

CONTINUARÁ...

miércoles, 4 de febrero de 2015

Capítulo 9

CAPÍTULO 9

ANTES

LALI
Un zumbido me sacó de mi profundo sueño. Las cortinas mantenían todo fuera menos un poco del sol que las rodeaba. La cobija y sábanas colgaban de la cama tamaño King. Mi vestido cayó de la silla hasta el suelo, uniéndose al traje de Peter que se encontraba regado por la habitación, y solo podía ver uno de mis tacones.

Mi cuerpo desnudo estaba enredado con el de Peter, después de la tercera vez que consumamos nuestro matrimonio, nos desmayamos exhaustos.

De nuevo el zumbido. Era mi teléfono en la mesa de noche. Me estiré sobre Peter y lo abrí, viendo el nombre de Bauti.

Adam arrestado.

John Savage en la lista de muertos.

Eso era todo lo que decía. Me sentí enferma mientras borraba el mensaje, preocupada de que quizás Peter no diera más detalles porque la policía se encontraba con Pablo ahora, quizás diciéndole a su padre que Peter podría estar involucrado. Miré la hora en mi teléfono. Eran las diez en punto.

John Savage era una persona menos que investigar. Una muerte más por la que Peter se sentiría culpable. Intenté recordar si vi a John antes del incendio. Fue noqueado. Quizás nunca se levantó. Pensé en esas chicas asustadas que Bauti y yo vimos en el pasillo del sótano. Pensé en Hilary Short, a quien conocía de la clase de cálculo, y sonreía mientras se encontraba de pie al lado de su nuevo novio, cerca de la pared opuesta del Auditorio Keaton, cinco minutos antes del incendio. Qué tan larga era realmente la lista de muertos y quién se encontraba en ella era algo que intenté no pensar.

Tal vez todos deberíamos ser castigados. La verdad era que todos fuimos responsables porque fuimos irresponsables. Hay una razón por la cual los jefes de bomberos despejan este tipo de eventos y se toman medidas de seguridad.

Ignoramos todo eso. Encender la radio o la televisión sin ver las imágenes en las noticias era imposible, así que Peter y yo las evitábamos cuando era posible. Pero toda esta atención de los medios significaba que los investigadores estarían más motivados para encontrar a quien culpar. Me preguntaba si su búsqueda detendría a Adam, o si buscarían sangre. Si yo fuera uno de los padres de esos estudiantes muertos, puede que sí.

No quería ver a Peter ir a la cárcel por el comportamiento irresponsable de alguien, y para bien o para mal, eso no traería a nadie de regreso. Hice todo en lo que pude pensar para mantenerlo fuera de problemas, y negaré que estuviera esa noche en el Auditorio Keaton hasta con mi último respiro.

La gente hacía cosas peores por aquellos a quienes amaban.

—Peter —dije, empujándolo. Se encontraba boca abajo, con su cabeza enterrada debajo de la almohada.

—Uggggghhhhh —gruñó—. ¿Quieres que te haga el desayuno? ¿Quieres huevos?

—Son pasadas las diez.

—Todavía califica como almuerzayuno. —Cuando no respondí, ofreció de nuevo—: Bien, ¿un sándwich de huevo?

Me detuve, y luego lo miré con una sonrisa. —¿Cariño?

—¿Sí?

—Estamos en Las Vegas.

Peter levantó la cabeza y encendió la lámpara. Después de que las últimas veinticuatro horas se asentaran, su mano salió de debajo de la almohada y
enganchó su brazo a mi alrededor, tirándome debajo de él. Situó su cadera entre mis muslos, y luego inclinó la cabeza para besarme; suavemente, tiernamente, dejando que sus labios permanecieran en los míos hasta que se sentían cálidos y hormigueantes.

—Todavía puedo conseguirte huevos. ¿Quieres que llame al servicio a la habitación?

—Realmente tenemos que llegar al avión.

Su rostro cayó. —¿Cuánto tiempo tenemos?

—Nuestro vuelo es a las cuatro. La salida es a las once.

Peter frunció el ceño, y miró por la ventana. —Debería haber reservado un día extra. Deberíamos estar acostados en la cama o al lado de la piscina.

Besé su mejilla. —Mañana tenemos clases. Ahorraremos e iremos a algún lado después. No quiero pasar nuestra luna de miel en Las Vegas, de todas formas.

Su cara se retorció con disgusto. —Definitivamente no quiero pasarla en Illinois.

Le concedí eso asintiendo. No podía discutir eso. Illinois no era el primer lugar que venía a mi mente cuando pensaba en la luna de miel. —St. Thomas es hermoso. Ni siquiera necesitamos pasaporte.

—Eso es bueno. Desde que ya no peleo, necesitaremos ahorrar de donde podamos.
Sonreí. —¿Ya no lo haces?

—Te lo dije, Pidge. No necesito todo eso cuando te tengo a ti. Cambiaste todo. Eres el mañana. Eres el apocalipsis.

Mi nariz se arrugó. —No creo que me guste esa palabra.

Sonrió y rodó en la cama, sólo a unos centímetros de mi costado izquierdo.

Yaciendo sobre su estómago, sacó las manos de debajo suyo, poniéndolas bajo su pecho y apoyó la mejilla en el colchón, observándome por un momento, sus ojos mirando fijamente los míos.

—Dijiste algo en la boda… que éramos como Johnny y June. No entendí la referencia.

Sonrió. —¿No conoces a Johnny Cash y June Carter?

—Más o menos.

—Ella luchó contra él con uñas y dientes, también. Lucharon, y él se comportó como un estúpido acerca de un montón de cosas. Arreglaron las cosas y pasaron el resto de su vida juntos.

—¿Oh, sí? Apuesto a que no tenía un papá como Carlos.

—Nunca volverá a lastimarte, Pigeon.

—No puedes prometer eso. Justo cuando empiezo a acomodarme en un lugar, él aparece.

—Bueno, vamos a tener trabajos regulares, estamos en quiebra como cualquier otro estudiando universitario, así que no tendrá razones para olfatear por dinero. Necesitaremos cada centavo. Es algo bueno que todavía tenga algunos ahorros para nosotros.

—¿Alguna idea de dónde aplicarás para un trabajo? Yo pensé en tutorías. Matemáticas.

Peter sonrió. —Serás buena en eso. Quizás sea tutor de ciencias.

—Eres muy bueno en eso. Puedo ser tu referencia.

—No creo que cuente si viene de mi esposa.

Parpadeé. —Oh, Dios mío. Eso suena loco.

Peter se rió. —Cierto. Me encanta. Me voy a encargar de ti, Pidge. No puedo prometer que Carlos nunca te lastimará de nuevo, pero puedo prometer que haré lo que pueda para evitarlo. Y si lo hace, te amaré hasta superarlo.

Le ofrecí una pequeña sonrisa, y luego me estiré para tocarle la mejilla. —Te amo.

—Te amo —respondió enseguida—. ¿Fue un buen padre… antes de todo eso?

—No lo sé —dije, mirando hacia el techo—. Supongo que creo que lo fue.

¿Pero qué sabe un niño sobre ser un buen padre? Tengo buenos recuerdos de él. Bebió por lo que puedo recordar y apostaba, pero cuando su suerte era buena, era amable. Generoso. Muchos de sus amigos eran hombres de familia… también trabajaban para la mafia, pero tenían hijos. Eran buenos y no les importaba que Carlos me llevara. Pasé un montón de tiempo detrás de escena, viendo cosas que la mayoría de los niños no logran ver porque en ese entonces me llevaba a todos lados. —Sentí una sonrisa arrastrarse, y luego cayó una lágrima—. Sí, supongo que lo fue, a su manera. Lo amaba. Para mí, él era perfecto.

Peter tocó mi sien con su dedo, limpiando tiernamente la humedad. —No llores, Pidge.

Sacudí la cabeza, intentando hacer como si no pasara nada. —¿Ves? Todavía puede herirme, incluso cuando no está aquí.

—Estoy aquí —dijo, tomando mi mano. Todavía me miraba fijamente, su mejilla contra las sábanas—. Diste vuelta mi mundo, y obtuve un nuevo comienzo… como un apocalipsis.

Fruncí el ceño. —Todavía no me gusta.

Se levantó de la cama, envolviendo las sábanas en la cintura. —Depende de cómo lo mires.

—No, no realmente —dije, observándolo caminar al baño.

—Salgo en cinco.

Me estiré, dejando que mis extremidades se extendieran sobre la cama, y luego me senté, peinando mi cabello con los dedos. El inodoro se vació y luego se encendió el grifo. No bromeaba. Estaría listo en unos minutos y yo seguía desnuda en la cama.

Colocar mi vestido y su traje en el equipaje de mano demostró ser un desafío, pero finalmente lo logré. Peter salió del baño y rozó sus dedos con los míos mientras pasaba a su lado.
 
Dientes limpios, cabello peinado, me cambié y a las once salíamos. Peter tomó fotografías del techo del vestíbulo con su teléfono, y luego echó un último vistazo antes de salir hacia la larga línea de taxis. Incluso en la sombra hacía calor, y mis piernas ya se hallaban pegadas a mis vaqueros.

Mi teléfono zumbó en el bolso. Lo comprobé rápidamente.

Policías acabn de irse. Papá stá con Tim, pero les dije que estaban en Vegas casándose. Creo que se lo creyeron.

¿D vrdad?

¡Sí! Deberían darme un Oscar por esa mierda. JS.

Di un largo suspiro de alivio.

—¿Quién era? —preguntó Peter.

—Eugenia —dije, dejando que el teléfono se deslizara de nuevo en mi bolso—. Está enojada.

Sonrió. —Apuesto a que sí.

—¿A dónde? ¿El aeropuerto? —preguntó Peter, estirando su mano hacia mí.

La tomé, girándola lo suficiente como para que pudiera ver mi apodo en su muñeca—. No, estoy pensando que necesitamos hacer una parada rápida antes.

Una de sus cejas se levantó. —¿En dónde?

—Ya lo verás.


CONTINUARÁ...


domingo, 1 de febrero de 2015

Capítulo 8

CAPÍTULO 8

FINALMENTE

PETER
—No, sólo danos un minuto —dije.

Lali se encontraba medio acostada, medio sentada en el asiento de cuero negro de la limusina, con las mejillas encendidas, respirando con dificultad. Besé
su tobillo y luego puse sus bragas por la punta de sus tacones altos, entregándoselas.

Maldición, era una hermosa vista. No podía quitar mis ojos de ella mientras abotonaba mi camisa. Lali me dedicó una enorme sonrisa mientras colocaba sus bragas de nuevo en sus caderas. El chofer de la limusina llamó a la puerta. Lali asintió y le di luz verde para abrirla. Le entregué la factura y a continuación, levanté a mi esposa en mis brazos. Pasamos a través del vestíbulo y el casino en tan sólo unos minutos. Se podría decir que estaba un poco motivado por llegar a la habitación, por suerte tener a Lali en mis brazos proveía cobertura a mí abultada polla.

Ignoró a todas las personas mirándonos mientras entrábamos al elevador y luego plantó su boca en la mía. El número de piso salió amortiguado cuando traté de decírselo a la pareja divertida cercana a los botones, pero me aseguré por el rabillo de mi ojo que hubieran presionado el correcto.

Tan pronto como entramos al pasillo, mi corazón comenzó a latir con fuerza. Cuando llegamos a la puerta, me esforcé por mantener a Lali en mis brazos y sacar la tarjeta de acceso de mi bolsillo.

—Lo tengo, bebé —dijo ella, sacándola y después besándome mientras abría la puerta.

—Gracias, señora Lanzani.

Lali sonrió contra mi boca. —Ha sido un placer.
 
La llevé a la habitación y la bajé hasta colocarla al pie de la cama. Lali me miró por un momento mientras se quitaba los zapatos de tacón. —Vamos a sacar esto del camino, señora Lanzani. Esta es una prenda de vestir tuya que no quiero arruinar.

Le di la vuelta y luego desabroché lentamente su vestido, besando cada parte de piel mientras era expuesta. Cada centímetro de Lali ya estaba arraigado en mi mente, pero tocar y saborear la piel de la mujer que ahora era mi esposa lo hacía todo nuevo otra vez. Sentí una emoción que nunca había sentido antes.

El vestido cayó al suelo y lo recogí, arrojándolo sobre el respaldo de una silla. Lali desabrochó la parte posterior de su sujetador, dejándolo caer al suelo y metí mis pulgares entre su piel y el tejido de encaje de sus bragas. Sonreí. Ya las había tenido fuera una vez.

Me incliné para besar la piel detrás de su oreja. —Te amo tanto —le susurré, empujando lentamente sus bragas por sus muslos. Cayeron a sus tobillos y ella los pateó lejos con su pie descalzo. Envolví mis brazos a su alrededor, tomando una respiración profunda por la nariz, tirando de su espalda desnuda contra mi pecho.

Necesitaba estar dentro, mi polla estaba prácticamente llegando por ella, pero era importante tomarnos nuestro tiempo. Sólo teníamos un tiro para la noche de bodas, y yo quería que fuera perfecto.

  
LALI
La piel de gallina cubría todo mi cuerpo. Cuatro meses antes, Peter había tomado algo de mí que nunca le había dado a ningún otro hombre. Estuve tan empeñada en dárselo a él que no tuve tiempo para estar nerviosa. Ahora, en nuestra noche de bodas, sabiendo qué esperar y sabiendo lo mucho que me amaba, estaba más nerviosa que en nuestra primera noche.

—Vamos a sacar esto del camino, señora Lanzani. Esta es una prenda de vestir tuya que no quiero arruinar —dijo.

Resoplé una pequeña risa, recordando mi chaqueta de color rosa abotonada y el patrón de manchas de sangre por el centro de esta. Entonces, pensé en ver a Peter en la cafetería la primera vez.

Arruino un montón de suéteres —había dicho con su sonrisa matadora y hoyuelos. La misma sonrisa que quería odiar; los mismos labios que hacían su camino por mi espalda en estos momentos.

Peter me movió hacia adelante y me arrastró hacia la cama, mirando detrás de mí, esperando, esperanzada que subiera. Estaba mirándome, quitándose la camisa, pateando sus zapatos y dejando caer sus pantalones al suelo. Negó con la cabeza, volteándome sobre mi espalda y luego se colocó encima de mí.

—¿No? —pregunté.

—Preferiría mirar a los ojos de mi esposa que ser creativo… al menos por esta noche.

Apartó un cabello suelto de mi cara y, a continuación, me besó en la nariz.

Era un poco divertido ver a Peter tomarse su tiempo, meditando cómo y qué quería hacerme. Una vez que estuvimos desnudos e instalados debajo de las sábanas, tomó una respiración profunda.

—¿Señora Lanzani?

Sonreí. —¿Sí?

—Nada. Sólo quería llamarte así.

—Bueno. Como que me gusta.

Los ojos de Peter escanearon mi rostro. —¿Si?

—¿Es una pregunta real? Porque es un poco difícil mostrarlo más que hacer votos para estar contigo por siempre.

Peter se detuvo, el conflicto oscureciendo su expresión. —Te vi —dijo, su voz apenas un susurro—. En el casino.

Mi memoria instantáneamente retrocedió, segura de que se había cruzado con Agustín y posiblemente había visto a una mujer con la que me parecía. Los ojos celosos le juegan bromas a la gente. Justo cuando estaba preparada para argumentar que no había visto a mi ex, Peter comenzó de nuevo.

—En el suelo. Te vi, Pidge.

Mi estómago se hundió. Me había visto llorar. ¿Cómo podría explicarle eso? No podía. La única manera era crear una distracción.
Empujé mi cabeza en la almohada, mirándolo directamente a los ojos. —¿Por qué me llamas Pidge? Quiero decir, realmente.

Mi pregunta pareció tomarlo desprevenido. Esperé, pidiendo que olvidara todo sobre el tema anterior. No quería mentirle a la cara o admitir lo que había hecho. No esta noche. Nunca.

Su decisión de permitir que cambiara el tema estaba clara en sus ojos. Sabía lo que estaba haciendo e iba a dejarme hacerlo. —¿Sabes lo que es un pigeon?

Sacudí la cabeza en un pequeño movimiento.

—Es una paloma. Son realmente inteligentes. Son leales, y compañeros de por vida. Esa primera vez que te vi en el Círculo, sabía lo que eras. Sabía que debajo de esa abotonada chaqueta y la sangre, no ibas a tragarte mi mierda. Ibas a hacerme ganarlo. Requerirías una razón para confiar en mí. Lo vi en tus ojos, y no pude quitarme ese pensamiento hasta que te vi ese día en la cafetería. A pesar de que traté de ignorarlo, lo sabía incluso entonces. Cada jodida, cada mala elección, eran migajas de pan, de esa forma encontramos el camino hacia el otro. Así llegamos a este momento.

Mi respiración flaqueó. —Estoy tan enamorada de ti.

Su cuerpo se encontraba recostado entre mis piernas, y podía sentirlo contra mis muslos, sólo a un par de centímetros de donde quería que estuviera.

—Eres mi esposa. —Cuando dijo las palabras, la paz llenó sus ojos. Me recordó a la noche en que ganó la apuesta sobre quedarme en su apartamento.

—Sí. Ahora estás estancado conmigo.

Besó mi barbilla. —Al fin.

Se tomó su tiempo mientras se deslizaba suavemente en mi interior, cerrando los ojos por sólo un segundo antes de mirar los míos de nuevo. Se movió contra mí lentamente, rítmicamente, besándome en la boca a intervalos. Incluso aunque Peter siempre había sido cuidadoso y gentil conmigo, las primeras veces fueron un poco incómodas. Debía haber sabido que era nueva en esto, incluso aunque nunca lo mencioné. Todo el campus sabía de las conquistas de Peter, pero mis experiencias con él nunca fueron como los salvajes retozares de los que todos hablaban. Peter siempre era suave y delicado conmigo; paciente. Esta noche no fue una excepción. Tal vez lo fue incluso más.
 
Una vez que me relajé, y comencé a moverme contra él, Peter se estiró hacia abajo. Puso su mano debajo de mi rodilla y la levantó gentilmente, poniéndola en su cadera. Se deslizó en mi interior de nuevo, esta vez más profundo. Suspiré y alcé las caderas hacia él. Había cosas mucho peores en la vida que prometer sentir el cuerpo desnudo de Peter Lanzani contra mí y en mi interior por el resto de mi vida. Mucho, mucho peores.

Me besó y me saboreó, tarareando contra mi boca. Moviéndose contra mí, ansiándome, tirando de mi piel mientras alzaba mi otra pierna y me empujaba las rodillas contra el pecho, así podía presionarse en mi interior más profundo. Gemí y me moví, incapaz de mantenerme callada cuando se posicionó de forma que podría entrar en mí por diferentes ángulos, moviendo sus caderas debajo de mis uñas, que excavaban en la piel de su espalda. Mis uñas se encontraban enterradas profundamente en su sudorosa piel, pero podía sentir sus músculos sobresaliendo y deslizándose debajo de ellas.

Los muslos de Peter se frotaban y chocaban levemente contra mi trasero. Se sostuvo a sí mismo sobre un codo, y luego se reacomodó, tirando de mis piernas con él hasta que mis tobillos descansaban en sus hombros. Me hizo el amor más duro entonces, e incluso aunque fue un poco doloroso, ese dolor disparó chispas de adrenalina por todo mi cuerpo. Llevando cada pizca de placer que sentía a un nuevo nivel.

—Oh, Dios… Peter —dije, suspirando su nombre. Necesitaba decir algo, algo que dejase salir la intensidad que se construía en mi interior.

Mis palabras hicieron que su cuerpo tensara, y el ritmo de sus movimientos se hizo más rápido, más rígido, hasta que gotas de sudor se formaron en nuestra piel, haciendo que deslizarse contra el otro fuese más fácil.

Dejó mis piernas en la cama mientras se posicionaba directamente sobre mí de nuevo. Sacudió la cabeza. —Te sientes tan bien —gimió—. Quiero que dure toda la noche, pero…

Toqué su oreja con mis labios. —Quiero que te corras —dije, terminando la simple frase con un suave y pequeño beso.

Relajé las caderas, dejando que mis rodillas se alejaran más, acercándolas a la cama. Peter se presionó más profundo en mi interior, una y otra vez, sus movimientos aumentando mientras gemía. Agarré mi rodilla, empujándola contra mi pecho. El dolor se sentía tan bien que era adictivo, y lo sentí construirse hasta que todo mi cuerpo se tensó con cortas, pero fuertes explosiones. Gemí en voz alta, sin preocuparme si alguien podía oír.

Peter gimió en reacción. Finalmente, sus movimientos se ralentizaron, pero eran más fuertes, hasta que al fin gritó—: ¡Oh, joder! ¡Maldita sea! ¡Agh! —gritó. Su cuerpo se sacudió y tembló mientras presionaba su frente duramente contra mi mejilla.
Ya que ambos estábamos sin aire, no hablamos. Peter mantuvo su mejilla contra la mía, sacudiéndose una vez más antes de esconder su rostro en la almohada debajo de mi cabeza. Besé su cuello, saboreando la sal en su piel.

—Tenías razón —dije. Peter se reacomodó para mirarme, curioso—. Fuiste mi último primer beso.


Sonrió, presionando sus labios contra mí duramente, y luego ocultó su rostro en mi cuello. Respiraba pesadamente, pero aun así, se las arregló para susurrar dulcemente—: Te amo tanto, Pigeon.


CONTINUARÁ...