viernes, 31 de julio de 2015

Capítulo 8

Catherine parecía cansada cuando Lali volvió a la casa y entró en el salón. Tras saludarla, la suegra de Peter le ofreció una taza de té y preguntó:
—¿Has hecho lo que tenías que hacer?
—Sí, gracias.
Lali miró a la mujer que había sido una de las mejores amigas de su madre, la que había vendido su casa de Blemheim y se había mudado a la Península de Banks cuando supo que Peter no se encontraba en condiciones de cuidar de su hija.
—¿Y cómo te van las cosas? No he tenido ocasión de hablar contigo últimamente... ¿Qué tal está Peter?
Lali inclinó la cabeza y miró su taza de té.
—No me había dado cuenta de lo decidido que está a mantener las distancias con Azul. He conseguido que esté con ella de vez en cuando, pero tampoco he avanzado mucho —le confesó—. No es que no la quiera... A decir verdad, la adora. Sin embargo, es tan inflexible que no lo puede reconocer.
—Sí, Euge decía lo mismo. Peter es muy obstinado. Mi hija guardó en secreto su enfermedad porque estaba segura de que, si se lo decía a su esposo, se negaría a que se quedara embarazada.
Lali la miró a los ojos.
—¿Le has contado eso a Peter?
Catherine asintió.
—Varias veces, pero no ha cambiado nada. Se siente responsable de todas formas. Creo que insiste en culparse de la muerte de Euge porque se niega a aceptar que, a veces, no podemos controlar los acontecimientos.
—Sí, es posible.
—Peter es un obseso del control. Piensa en su relación con Azul, por ejemplo... Puede que insista en mantener las distancias con ella, pero se asegura de que esté bien cuidada y de que crezca según sus expectativas. Es muy protector.
Lali sonrió a regañadientes.
—Desde luego...
—Euge era lo único que él no podía controlar. A veces, lo desesperaba y lo sacaba de quicio... —Catherine soltó una carcajada—. Al principio, me sorprendía que dos personas tan diferentes se pudieran llevar tan bien. Pero creo que él no la ha perdonado por lo que pasó. Sigue enfadado con Euge y no saldrá del pozo en el que se encuentra hasta que no lo supere.
—Puede que ya lo esté superando. Afortunadamente, tiene un trabajo que le gusta y que le permite concentrarse en otras cosas —observó Lali.
—Sí, sé que la bodega le importa mucho. Pero no te dejes engañar por las apariencias. Aunque le dedique todo su esfuerzo, no le está poniendo corazón.

* * *
Aquella noche, cuando Lali se retiró a su dormitorio y se metió en la cama con un libro, se puso a pensar en la conversación con Catherine. Las palabras de la madre de Euge le habían dejado una huella profunda, no por Peter, sino por ella misma.
Catherine no podía imaginar que, durante mucho tiempo, ella también había estado enfadada con Euge. No podía soportar que hubiera conocido antes a Peter, que se hubiera casado con él y que hubiera encontrado la felicidad con él.
Lali sabía que había sido una reacción infantil por su parte, pero eso no la justificaba. Había permitido que un sentimiento tan estúpido como injusto se interpusiera en su relación y las separara. De hecho, seguía enfadada con Euge porque había fallecido antes de que ella tuviera la oportunidad de pedirle perdón, de asumir que estaba casada con Peter y de renovar su antigua amistad.
En el fondo, Peter y ella se encontraban en la misma situación.
Él tenía que perdonar a su difunta esposa por el delito de no haberle dicho la verdad sobre su salud; ella, por haber permitido que sus sentimientos hacia Peter se interpusieran en su amistad con Euge.
¿Sería capaz de perdonar?
Lali no lo sabía. Pero estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para unir definitivamente a Peter y a Azul; para que las cosas fueran lo que Euge hubiera querido que fueran.
Aún estaba dando vueltas al asunto cuando Peter entró en el dormitorio.
—Estás muy pensativa... ¿Pasa algo?
—No, nada.
Lali lamentó no tener las fuerzas necesarias para decirle la verdad, para confesarle que se había enamorado de él y que se había quedado embarazada. Le habría gustado pensar que, si se lo decía, él la tomaría entre sus brazos y murmuraría palabras de aliento. Pero no se engañaba a sí misma.
Sin embargo, eso tampoco significaba que se hubiera rendido. Peter volvía con ella todas las noches, sin falta. Y ya había pasado tanto tiempo desde la primera vez, que aquello tenía que ser algo más que una simple relación sexual.
—¿Y en qué estabas pensando? —preguntó él mientras se quitaba la ropa.
Ella se encogió de hombros.
—En algo que dijo Catherine esta tarde.
—Ah... —Peter la miró a los ojos—. ¿Ya se ha recuperado del todo? ¿Quiere que le devuelva a Azul?
—No, no se trata de eso. Pero, ¿tanta prisa tienes por librarte de mí?
Él se terminó de desnudar y se metió en la cama.
—En absoluto.
Peter la tomó entre sus brazos y se apretó contra ella. La fuerza de su erección le despertó a Lali una descarga de deseo y una carcajada de placer.
—¿Sigues pensando que me quiero librar de ti? —continuó él con una sonrisa.
—Ni mucho menos.
Hicieron el amor con apasionamiento, como de costumbre. Lo hicieron como si cada uno de ellos estuviera en posesión de algo que el otro necesitaba y que nadie más le podía dar. Pero, también como de costumbre, Lali se sintió incompleta porque Peter no le podía ofrecer el vínculo emocional que necesitaba. Estaba atrapada en un círculo vicioso.
Peter se durmió, pero ella se quedó mirando el techo en la habitación oscura, preguntándose si podría soportarlo mucho más. Se había convencido a sí misma de que tenía fuerzas de sobra para derribar los muros de Peter Lanzani, acceder a su corazón y llenarlo de amor.
¿Sería posible que se hubiera engañado? En ese momento, le pareció lo más probable.
Peter se estaba tomando un café cuando Lali apareció en el pasillo.
Se había levantado temprano porque había descubierto que le gustaba estar con ella antes de ir a trabajar y mirar a Azul mientras desayunaba.
Lali entró en la cocina con la pequeña. Estaba más pálida que de costumbre, lo cual le preocupó. Se había acostumbrado a sus sonrisas matinales y no soportaba la idea de que se encontrara mal.
—Buenos días —dijo ella—. Me alegra que sigas en casa... necesito pedirte un favor.
—¿Un favor?
Lali dejó a la niña en su sillita.
—¿De qué se trata? —continuó él.
Ella dudó un momento antes de contestar.
—Tengo un compromiso esta mañana. He hablado con Cande y con Catherine por si alguna de las dos se podía quedar con Azul, pero Catherine ya había hecho planes y Cande no se puede encargar de ella porque tiene la gripe y se la podría pegar.
—Ah...
—¿Te podrías quedar con Azul un par de horas?
A Peter se le congeló la sangre en las venas. Dos horas no eran precisamente una eternidad, pero lo podían ser si pasaba algo malo y ni siquiera podía acudir a Catherine y Lali en busca de ayuda.
—No, me temo que no.
—¿No?
Él sacudió la cabeza.
—Estoy enviando muestras de la cosecha del año anterior a restaurantes de todo el país, y los mensajeros estarán entrando y saliendo todo el día —explicó—. No puedo trabajar y cuidar de Azul a la vez.
Peter le había dicho la verdad. Efectivamente, estaba muy ocupado. Pero no le dijo que su renuencia a quedarse con Azul no se debía a eso, sino al miedo de que le pasara algo en la bodega. El lugar estaba lleno de objetos con los que podía sufrir un accidente y, si se sumaban las motocicletas y los furgonetas de los mensajeros, la situación sería una verdadera pesadilla para él.
Lali frunció el ceño y asintió.
—Bueno... entonces, tendré que encontrar otra solución.
—¿No puedes dejar el compromiso para otro día?
Lali lo miró de forma extraña, como si estuviera asustada. Peter no supo a qué se debía su temor, pero sintió el deseo de protegerla y, al mismo tiempo, se sintió culpable por no quedarse con Azul.
Ella sonrió con timidez.
—Da igual, no es tan importante.
—¿Seguro que no?
—No —dijo—. ¿Vas a estar en la bodega?
—Sí, pero antes voy a ir al despacho.
Lali suspiró.
—En ese caso, nos veremos más tarde.
—Claro... Creo que habré terminado hacia las tres.
Peter salió de la cocina y avanzó por el pasillo, pero se detuvo antes de llegar al despacho. Algo andaba mal. Hacía tiempo que Lali se omportaba de forma rara; no había sido la misma desde su conversación con Catherine, y ya habían pasado dos semanas desde entonces. ¿Sería por algo que su suegra le había dicho? No tenía forma de saberlo, pero se dijo que le preguntaría aquella misma tarde.
Media hora después, vio que Lali salía de la casa y se dirigía a su coche. Abrió la portezuela trasera y sentó a la niña en la sillita. Sin embargo, su actitud no era la de siempre; sus movimientos eran más lentos, más cuidadosos.
Cuando terminó con la niña, Lali guardó una bolsa en el maletero y, a continuación, se dirigió a la parte delantera del vehículo, con intención de sentarse al volante; pero, antes de llegar, se llevó la mano al estómago y se inclinó como si le doliera.
Peter se levantó del sillón y salió de la casa a toda prisa.
—¿Estás bien? ¿Qué pasa? —preguntó, angustiado.
—Necesito ir al médico, Peter...
—¿Al médico?
—¿Me puedes llevar?
—Llamaré a una ambulancia.
Peter sacó el teléfono móvil e intentó marcar el número del servicio de urgencias. Estaba tan nervioso que las manos le temblaban. No se había sentido tan impotente desde que Euge se puso de parto.
—No, no llames a urgencias... —dijo ella.
—¿Por qué no?
—Porque me están esperando en el ambulatorio de la localidad. Es el compromiso que tenía esta mañana.
—Ah...
—Por favor, llévame en el coche.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Él abrió la portezuela del asiento de atrás para que estuviera más cómoda. Al verlos, la niña empezó a gritar, encantada.
—Ahora no, Azul —bramó su padre—. Necesito que te portes bien.
Para su sorpresa, la niña guardó silencio y se metió el pulgar en la boca.
Sus grandes ojos azules se clavaron en Peter.
—Buena chica —dijo él—. ¿Estás cómoda, Lali?
Ella asintió.
—De momento, sí.
Peter cerró la portezuela, se sentó al volante y ajustó ligeramente el retrovisor para poder vigilar a Lali en todo momento. Estaba pálida y fruncía el ceño. Parecía muy asustada. Pero, al menos, Azul se estaba portando bien y no tendría que preocuparse por ella.
El trayecto hasta el ambulatorio era corto, y Lali salió del coche en cuanto Peter aparcó, sin esperar a que la ayudara.
—Vamos, te acompaño...
—No, entraré sola. Quédate con Azul.
—Ella puede esperar. Deja que...
—¡No, Peter! —lo interrumpió con vehemencia—. No la puedes dejar sola en el coche. Me las arreglaré.
Lali se dirigió a la entrada del ambulatorio y desapareció tras las puertas de cristal mientras él sacaba a la niña del coche. Le resultó más difícil de la cuenta porque no estaba acostumbrado a los correajes de la sillita, pero, un par de minutos después, entró en el edificio y se dirigió a recepción.
—¿Dónde está? —preguntó, fuera de sí.
—¿Quién? —preguntó la recepcionista.
— Lali Espósito. Acaba de entrar...
—¿Cómo se llama?
—Peter Lanzani.
—¿Es familiar suyo?
Peter gimió.
—No, no soy familiar suyo. Soy su jefe. Lali está sola... no tiene familia en la localidad —explicó con paciencia.
—Entonces, se tendrá que quedar en la sala de espera.
Peter frunció el ceño.
—Pero tengo que estar con ella, tengo que...
—Acaba de entrar en la consulta del médico —lo interrumpió—. No se preocupe, señor. Lo llamarán si es necesario. No puede hacer nada salvo esperar.
La recepcionista lo miró con simpatía, pero él no necesitaba la simpatía de nadie; necesitaba estar con Lali. Quería que recuperara la salud, que estuviera bien. No la quería pálida y temblorosa como la había visto en el coche.
¿Qué diablos le pasaba? Fuera lo que fuera, era evidente que estaba sobre aviso, porque había pedido cita en el ambulatorio. Pero, si estaba enferma, ¿por qué no le había dicho nada? A fin de cuentas, eran amantes.
Eran mucho más que simples amigos. Se conocían de un modo extraordinariamente íntimo. Aunque, pensándolo bien, quizás no se conocían tanto.
Mientras mataba el tiempo en la sala de espera, se dijo que sabía muy pocas cosas de Lali. ¿Qué esperanzas tenía? ¿Qué sueños? ¿Qué proyectos? Ni ella hablaba mucho de su vida ni él se había preocupado por preguntar. ¿Qué la hacía feliz? ¿Qué la entristecía?
No tenía respuestas. Solo sabía que estaba preocupada por su salud y que no había hecho el menor comentario al respecto.
Justo entonces, Azul se intentó bajar para jugar con uno de los juguetes que estaban en el suelo de la sala de espera, que él miró con desconfianza. Parecía razonablemente limpio, pero no se quería arriesgar a que se metiera uno en la boca.
—No, me temo que no es posible, cariño.
Azul protestó.
—No se preocupe —intervino la recepcionista, que se había dado cuenta de lo que pasaba—. Los juguetes están limpios. Los desinfecto todas las noches.
Peter no se quedó totalmente tranquilo, pero asintió a regañadientes y dejó a Azul en el suelo. La niña alcanzó un juguete y se puso a jugar. Era un objeto sencillo: un larga tira de plástico en la que había que ensartar unas cuentas.
Al ver que no las sabía meter, se inclinó y dijo:
—Espera, yo te enseñaré.
Peter alcanzó una cuenta y la ensartó, pero Azul no le hizo el menor caso; en lugar de ensartarlas, se dedicó a dejarlas caer sobre la tira, como si le pareciera lo más divertido del mundo.
Él suspiró, se recostó en la silla y miró el pasillo por el que debían de haberse llevado a Lali. La espera se le hizo interminable. Pasaron diez, veinte, cuarenta minutos. Y Azul también se debía de aburrir, porque cambió de juguete varias veces y, al final, se acercó a su padre con un cuento.
—Ahora no, Azul. Léelo tú.
—¡Papá! —insistió la pequeña.
Como Peter tenía miedo de que empezara a llorar, la sentó en su regazo, abrió el libro y empezó a leer. La niña se tranquilizó inmediatamente, pero, al cabo de diez minutos, se empezó a poner nerviosa y él no tuvo más remedio que me levantarse y darle palmaditas en la espalda, un truco que Lali utilizaba con frecuencia. Desesperado, volvió a mirar al pasillo. ¿Dónde se habría metido? ¿Se encontraría bien? ¿Qué le podía pasar para que tardara tanto?
La niña se enfurruñó y Peter se sintió inmensamente frustrado.
—Puede que quiera beber... —dijo una señora que estaba sentada a poca distancia.
—Sí, es posible.
Peter sonrió y se llevó a la pequeña al aparcamiento. Cuando llegó al coche, abrió el maletero y sacó una botellita de agua de la bolsa que Lali había metido dentro. Azul la alcanzó de inmediato y empezó a beber. Tras colgarse la bolsa al hombro, volvió con ella a la sala de espera y la sentó en su regazo. La gente iba y venía, pero aún no sabía nada de Lali.
Azul se empezó a quedar dormida, de modo que le quitó la botella de las manos y acomodó la posición para que estuviera más cómoda. Mientras dormía, se dedicó a mirarla. Se parecía tanto a Euge que sintió una punzada en el corazón. Pero en sus rasgos había algo más que la herencia de Euge; a pesar de ser tan pequeña, Azul ya estaba desarrollando su propia personalidad.
A Peter le pareció el ser más precioso del mundo, aunque también el más frágil. Y era su hija. Se sentiría obligado a cuidar de ella durante toda su vida. Haría lo que fuera por evitarle accidentes, desengaños, tristezas. El peso de la responsabilidad era abrumador. ¿Cómo lo soportaba la gente? ¿Cómo equilibrar el amor con los cuidados y las obligaciones?
Peter siempre había creído que Euge y él tenían una relación basada en la devoción y la confianza mutuas, pero el descubrimiento de que le había ocultado sus problemas de salud cambió las cosas. Bree había traicionado su amor al guardar un secreto tan grave sobre un asunto que les afectaba a los dos. Le había negado la oportunidad de opinar al respecto. Le había negado la oportunidad de afrontar juntos el problema.
Como tantas veces, sintió una mezcla de rabia y derrota. No olvidaba el momento en que los médicos salieron de la sala de partos para informarle del nacimiento de Azul y de la muerte de Euge. Su esposa se había puesto en peligro y había pagado con su vida. Y Peter estaba enfadado, realmente enfadado.
Alzó la cabeza y echó un vistazo a su alrededor, recordándose el motivo de su presencia en el hospital. Lali estaba enferma y él no sabía nada al respecto. No le había dicho nada. En cierto sentido, se estaba repitiendo la misma situación que había sufrido con Euge.
Pero había una diferencia. Probablemente, Lali había guardado silencio porque él se había empeñado en mantener las distancias y erigir un muro entre ellos. Si hubiera intentado ser más abierto, si hubiera sido un amante de verdad, si hubiera sido su compañero en todos los sentidos de la palabra, no habría estado solo en aquella sala de espera; habría estado a su lado, apoyándola.
Sin embargo, ¿estaba preparado para dar ese paso? ¿Tenía fuerzas para volver a abrir su corazón a otra persona?
Peter examinó sus sentimientos; unos sentimientos que había intentado mantener bajo control, disimulándolos tras el deseo y la atracción que los dos sentían. Pero ya no los podía ocultar. Lali no era una simple amante. Era más, mucho más.
Un ruido procedente del pasillo lo sacó de sus reflexiones. Peter alzó la cabeza y vio que Lali se acercaba en compañía de una enfermera, así que se levantó con cuidado de no despertar a Azul y le salió al paso.
Mientras avanzaba, oyó parte de la conversación que mantenían las dos mujeres.
—Tenga cuidado durante los próximos días. Es importante que no mantenga relaciones sexuales hasta que la hemorragia se corte del todo —declaró la enfermera—. Pero no se preocupe... la ecografía no ha mostrado ninguna deformidad. Tómese las cosas con calma y llámenos por teléfono si tiene alguna duda.
—Muchas gracias —dijo Lali, tan pálida como antes.
Peter la miró con desconcierto. ¿Hemorragia? ¿Ecografía? ¿Deformidad? No entendía nada de nada. ¿De qué diablos estaban hablando?



CONTINUARÁ... ¡¡Hola!! Sé que he estado desaparecida un montón de tiempo, y realmente no tengo excusas, pero no tenía muchas ganas de subir. De todas formas, no quería dejar la nove a medias, ni dejaros sin nove más tiempo, porque mañana me voy y no volveré hasta dentro de dos o tres semanas. Por lo que hoy, sin falta, os subiré los caps que faltan de esta adaptación, que no son muchos. Y cuando vuelva empezaré con la nueva (que todavía no sé cuál va a ser), ya seriamente. 

Alguien me ha preguntado dónde puede descargar este libro, y la verdad es que no recuerdo bien dónde lo descargué. Pero, cuando termine la nove, la pondré para descargar y aprovecharé y pondré también el libro sin adaptar para quien quiera leerlo. 

Gracias por leer y comentar!

martes, 7 de julio de 2015

Capítulo 7

Sin vínculos emocionales.
Al pensar en la conversación, Lali se dijo que no podía haber mentido más. Tenía un vínculo emocional con Peter Lanzani desde el momento en que lo vio por primera vez; concretamente, desde el día en que Euge se lo presentó y le anunció que se iba a casar con él. Había sido amor a primera vista o, por lo menos, un deseo arrebatador que, lejos de apagarse con los años, aumentaba.
Pero Lali era consciente de que, si Peter llegaba a sospechar la verdad, se libraría de ella al instante. Así que respetó su acuerdo y empezó a dormir con él todas las noches, cada vez más enamorada.
Miró a Azul, que estaba jugando en ese momento con el agua de la bañera, y sonrió. La noche anterior, cuando Peter se quedó dormido, cometió el desliz de inclinarse sobre él y susurrarle que lo quería. Peter no la podía oír, pero necesitaba decirlo en voz alta, para sentirse mejor.
Por supuesto que tenían vínculos emocionales. Los tenían porque ella estaba enamorada de él; y por la propia Azul, que los había unido un poco más.
Al cabo de unos minutos, sacó a la niña de la bañera y la secó con algunas dificultades. A medida que crecía, Azul se iba volviendo más rebelde y las tareas sencillas, como secarla o vestirla se volvían más difíciles. Además, ahora caminaba mejor y, como no tenía una percepción exacta de los peligros, sufría pequeños accidentes.
La semana anterior se había tropezado con una mesita y se había hecho un rasguño en la cabeza. Al saberlo, Peter retiró inmediatamente la mesita y compró una nueva, de bordes redondeados, para que Azul no se la volviera a clavar. Lali se llevó una sorpresa de lo más agradable. Por mucho que Peter insistiera en mantener las distancias con su hija, era evidente que la quería con todo su corazón.
En cuanto terminó de secar a Azul, la niña se le escapó.
—¡Oh, no, jovencita! ¡Tú no vas a ningún sitio!
Lali se levantó de golpe para alcanzarla y, entonces, sintió un mareo tan intenso que estuvo a punto de caerse.
Por suerte, el mareo se le pasó enseguida.
—¡Azul!
Al salir al pasillo, vio que Peter se le había adelantado y había capturado a la pequeña, a quien llevaba en brazos.
—Es toda una escapista, ¿eh?
Peter se acercó a ella y le dio a la niña.
—Eso me temo —contestó Lali, sonriendo—. Tendré que vigilarla con más atención.
Él la miró con intensidad y dijo:
—¿Te encuentras bien?
—Sí, no es nada... Es que me he levantado demasiado deprisa y me he mareado —contestó con despreocupación.
—Estás un poco pálida. ¿Seguro que te encuentras bien?
Ella asintió.
—Estoy perfectamente. En serio.
Lali dijo la verdad. Se sentía mejor que antes. Pero, en el fondo de su mente, se encendió una alarma a la que no quería prestar atención.
Aquella noche, cuando Lali ya había acostado a Azul y recogido los juguetes que dejaba tirados por toda la casa, Peter se presentó en el salón.
Para ella fue toda una sorpresa, porque siempre se quedaba en el despacho, manteniendo las distancias, hasta que llegaba la hora de acostarse.
Entonces, la iba a buscar, la tomaba de la mano y la llevaba a su dormitorio, donde hacían el amor.
Pero todavía era pronto para acostarse. Era pronto incluso para ella.
—He estado pensando. Creo que es mejor que esta noche duermas en tu habitación —declaró Peter.
—¿Por qué?
Lali se estremeció. ¿Se habría cansado de ella?
—Porque necesitas descansar y dormir un poco. No se puede decir que hayas descansado mucho las dos últimas semanas...
Ella se sintió decepcionada.
—¿Lo dices por nuestras noches?
—Por supuesto.
—No recuerdo haberme quejado, Peter...
Él sonrió.
—No, ya sé que no te has quejado, pero me preocupa tu salud. Acuéstate y duerme bien esta noche. Si mañana te encuentras mejor, volveremos a la normalidad.
Peter se inclinó y le dio un beso. Al principio, fue un beso dulce y sin exigencias de ninguna clase, pero, al cabo de unos segundos, ya se había convertido en uno ferozmente apasionado. Alexis se excitó tanto como de costumbre y le pasó los brazos alrededor del cuello, deseando que el encuentro terminara en la cama.
Estaba tan perdida en la niebla del deseo que tardó unos momentos en darse cuenta de que la había agarrado por los brazos, en un intento por apartarla.
—Estoy bien, Peter. Te lo prometo.
—Yo no estoy tan seguro de eso —replicó—. Además, solo será una noche... Venga, acuéstate de una vez.
—¿No podrías dormir conmigo? Te prometo que no...
Él retrocedió.
—No hagas promesas que ninguno de los dos podemos cumplir —le rogó—. Nos gustamos demasiado, Lali.
—Sí, supongo que eso es verdad...
—Además, tú y yo nos acostamos para hacer el amor; no para limitarnos a dormir como si fuéramos una pareja. Acordamos que nuestra relación sería simplemente sexual, sin vínculos emocionales.
Ella tuvo que hacer un esfuerzo para sonreír.
—Por supuesto.
Lali tardó un buen rato en conciliar el sueño. Se quedó mirando el techo de la habitación, sumida en sus dudas. Pero, a la mañana siguiente, se sentía completamente recuperada. Por mucho que le molestara reconocerlo, Lali había tomado la decisión correcta. Al parecer, necesitaba descansar un poco.
Sin embargo, su alegría desapareció al cabo de unos minutos. Le estaba cambiando los pañales a Azul cuando sintió náuseas.
—Oh, Dios mío...
Lali restó importancia al suceso porque se dijo que las náuseas se debían a los pañales de la niña, que no estaban precisamente limpios.
—Tendré que cambiarte de dieta, preciosa.
La segunda oleada de náuseas llegó cuando estaba preparando el desayuno a la pequeña. Y ya no lo pudo desestimar. Reconocía los síntomas y sabía lo que significaban. No estaba protegida cuando hizo el amor con Peter la primera vez. Y aunque tuvo intención de pasar por la farmacia para tomarse la píldora del día siguiente, se le olvidó...
—Maldita sea...
Peter no quería tener más hijos. Peter ni siquiera quería una relación seria. Le había dejado bien claro que debían tomar precauciones para no cometer errores, pero ella había cometido un error verdaderamente grave.
En cualquier caso, no podía tomar ninguna decisión sin asegurarse antes.
Por suerte, Cande se había prestado a quedarse aquella mañana con Ruby, para que ella pudiera descansar e ir de tiendas por Akaroa.
Era una ocasión perfecta. En lugar de ver boutiques y tomarse un café en su bar preferido, pasaría por la farmacia y compraría una prueba de embarazo.
Lali se quedó mirando el indicador del test. Acababa de descubrir que iba a ser madre, pero la situación no se parecía nada a la que había imaginado siempre: estaba encerrada en un cuarto de baño y, en lugar de sentirse feliz, se sentía profundamente inquieta. Se había quedado embarazada de Peter Lanzani.
Guardó el test en el envoltorio, lo tiró a la basura y salió del cuarto de baño después de lavarse las manos rápidamente. Sabía que Peter no se llevaría una alegría si se llegaba a enterar de lo que había pasado.
Cruzó la calle y se sentó en el banco de un parque desde el que se veía el puerto. La gente iba y venía, ajena a su penosa situación. Hacía frío, pero ella no sentía nada. Por no sentir, ni siquiera sentía la brisa que arrancaba espuma a las olas.
¿Qué iba a hacer?
Podía imaginar la reacción de Peter. En su vida no había espacio para otro niño. De hecho, casi no tenía espacio para la propia Azul. Pero Lali sabía que era capaz de amar. Lo sabía porque lo había visto con sus propios ojos. Había amado una vez y volvería a amar de nuevo.
Solo tenía que convencerlo para que abriera su corazón y se arriesgara. A fin de cuentas, su estado no era más que una consecuencia lógica de la muerte de Euge. Un suceso de esas características dejaba una huella profunda. Su propia familia era un ejemplo en tal sentido.
Antes de casarse con su padre, su madre había estado casada con otro hombre, con el que tuvo hijos. Sin embargo, los hijos se quedaron con él y, cuando ella ya se casó por segunda vez, se presentó la hija que había tenido de su primer matrimonio, Ana. El padre de Lali no reaccionó bien; su esposa estaba en el hospital y tuvo miedo de que la aparición de Ana empeorara su estado, así que hizo lo posible para que no la viera.
Maria José Espósito falleció poco después, sin que Ana la hubiera podido ver. Entonces, Lali comprendió que nada importaba tanto como la familia. Nada en absoluto.
Por eso estaba tan decidida a romper las barreras con Peter, a forzarlo a amar otra vez, a hacerle comprender que su hija era lo más precioso del mundo, un tributo maravilloso a un matrimonio y un amor que se habían roto por culpa de la muerte.
Los ojos de Lali se llenaron de lágrimas, pero luchó contra ellas con todas sus fuerzas. Lo último que necesitaba en ese momento era una crisis emocional. Tenía que mantener la compostura. No se podía arriesgar a que Peter adivinara lo que había pasado. No antes de hablar con él. Justo entonces le sonó el teléfono. Sabía que era Cande. Le había pedido que la llamara cuando llegara la hora de pasar a recoger a Azul.
Aún no sabía qué hacer. Obviamente, tendría que ir al médico para asegurarse de estaba embarazada, pero no sabía si se lo debía decir a Peter. Ni siquiera habría sabido por dónde empezar. Estaba atrapada.
Sacudió la cabeza y se dijo que las pruebas de embarazo no eran seguras al cien por cien. Pediría cita con el médico y se aseguraría antes de tomar una decisión. Hasta entonces, se comportaría como si no pasara nada.
















Peter no podía apartar la vista de Lali, que estaba jugando con Azul. El tiempo había empeorado y hacía bastante frío, así que Lali había encendido un fuego en la chimenea del salón.
Mientras la miraba, se preguntaba si encender un fuego era adecuado, teniendo en cuenta que la niña estaba cerca y se podía quemar. Pero Lali la vigilaba atentamente, no le quitaba la vista de encima.
—¡Papá!
Azul lo vio y salió corriendo hacia él. A Peter le pareció increíble que una criatura de once meses pudiera ser tan rápida. El pelo le había crecido y Lali se lo había recogido con un lacito que le quedaba precioso.
—¡Papá...!
Dos bracitos minúsculos se aferraron a sus piernas.
—Te está pidiendo que la tomes en brazos —le informó Lali.
Él sonrió.
—¿Me lo está pidiendo? ¿O me lo está ordenando?
Ella le devolvió la sonrisa.
—Probablemente, ordenando.
—Pues tendrá que ser en otro momento. Tengo trabajo que hacer.
—Oh, por Dios... Concédele ese deseo. Seguro que no se te cae.
Peter dudó.
—Vamos, Peter. Tu hija no es de cristal. Ha crecido mucho y está perfectamente sana —insistió ella con vehemencia.
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Te has levantado con mal pie?
Peter se inclinó y tomó a la niña entre sus brazos. Azul apoyó la cabeza en su pecho, encantada.
—Sabes perfectamente de qué pie me he levantado —respondió con humor—. Más que nada, porque estaba contigo.
—Azul ha cerrado los ojos... Parece que quiere dormir.
—No, solo está contenta de estar contigo. ¿Por qué no le lees algo?
—¿Leer?
—Sí, ya sabes, un libro. Uno de esos objetos de papel que están llenos de palabras y, a veces, de ilustraciones —dijo con ironía—. Entre tanto, yo iré a sacar la ropa de la lavadora.
Lali se marchó antes de que él pudiera protestar y, como no podía dejar a solas a Azul, no tuvo más remedio que quedarse con ella.
Se acercó al sofá, se sentó, tomó uno de los libros que Lali había dejado junto a la mesita y abrió el ejemplar. Fue bastante más fácil de lo que había imaginado. Eran cuentos cortos, con más dibujos que palabras.
Le leyó el primero y, como pensó que Ruby ya estaría satisfecha, cerró el libro. Pero su hija tenía otras intenciones y lo volvió a abrir, de modo que Peter tuvo que leerle un segundo cuento y, después, un tercero.
Ya estaba en el cuarto cuando Lali volvió al salón con una cesta de ropa limpia. Para entonces, Azul empezaba a cabecear.
—Ahora sí se está quedando dormida —dijo ella.
—Creo que se está durmiendo de puro aburrimiento.
—En absoluto. Se duerme porque se siente segura contigo —alegó Lali—. Al fin y al cabo, eres su padre.
Peter se sintió enormemente orgulloso, pero rechazó la idea.
—Tonterías. Se duerme porque ya se ha acostumbrado a mi casa. Pero eso cambiará cuando vuelva con Catherine y tú te marches.
Alexis lo miró con desconcierto.
—¿Aún quieres que vuelva con Catherine?
—Por supuesto. Anda, llévatela y acuéstala.
—Sí, señor.
Lali sonó tan seca que él frunció el ceño.
—Lali, el hecho de que le lea cuentos no significa que nos hayamos convertido en una familia perfecta. No estoy dispuesto a jugar a eso.
—No, claro que no. Ni siquiera estás dispuesto a asumir lo que sientes.
Lali alcanzó a la niña y desapareció.
Peter se quedó pensando en su comentario. Él no le había pedido que lo dejara a solas con la niña ni, desde luego, le había pedido su opinión sobre el futuro de Azul. Desde ese punto de vista, las palabras de Lali no debían molestarle; simplemente, lo que pasara con su hija no era asunto suyo. Pero le habían molestado.
Además, si estaba tan convencido de que no quería cuidar de la niña, ¿por qué se sentía ridículamente orgulloso cada vez que se sentaba con él? ¿Por qué se sentía vacío cada vez que se alejaba?
Habían pasado diez semanas desde la operación de Catherine, diez semanas desde que Lali se presentó en la casa para cuidar de Azul.
Catherine ya caminaba bien y, gracias a las sesiones de fisioterapia, se encontraba tan fuerte que le preguntó si podía ir de visita y quedarse un par de horas con la niña. Lali se lo concedió sin dudarlo y decidió aprovechar para ir al médico y asegurarse de que se había quedado embarazada.
Según sus cálculos, llevaba seis semanas de embarazo.
Afortunadamente, era poco tiempo para que se le notara y, por suerte también, no tenía más síntomas que las típicas náuseas matinales.
Pero, de todas formas, Peter estaba tan ocupado en la bodega que no se habría dado cuenta de nada. Y Lali se sentía dividida al respecto. Por una parte, le alegraba que mantuviera las distancias porque, de ese modo, no existía el menor peligro de que sospechara; por otra, lamentaba su comportamiento porque suponía un obstáculo en su objetivo de desarrollar los lazos emocionales entre padre e hija.
Sin embargo, no se podía negar que habían avanzado bastante. Como tantas otras veces, se preguntó qué pasaría cuando el embarazo empezara a ser evidente y no lo pudiera disimular. Se acostaba con Peter todas las noches; hacían el amor todas las noches. Él conocía tan bien su cuerpo que, más tarde o más temprano, notaría los cambios. Sus pechos estaban más sensibles que antes y, como había notado aquella mañana, cuando se puso el sostén, también eran más grandes.
Tenía que encontrar la forma de decírselo. No podía esperar a que se diera cuenta. Tenía que encontrar el momento adecuado.
La visita al médico fue como la seda. El doctor la felicitó por el embarazo y ella se fingió entusiasmada al respecto. ¿Qué otra cosa podía hacer? No le quedaba más opción que seguir adelante y asumir las consecuencias de sus decisiones.
Sin embargo, las consecuencias iban más allá de su relación con Peter.
Había dejado temporalmente el trabajo para cuidar a Azul, pero esa complicación era poco relevante en comparación con lo que ocurriría cuando diera a luz. ¿Cómo iba a dirigir su negocio? No podía esperar que Ana se hiciera cargo de todo.
Sacudió la cabeza y suspiró. Estaba cuidando a Azul porque se sentía en deuda con la difunta Euge, a quien había dejado en la estacada. Su pobre amiga ni siquiera sospechó el motivo que la empujó a romper su relación.
No podía imaginar que estaba enamorada de Peter, su esposo. Si lo hubiera sabido, no le habría pedido en aquella carta que cuidara de él y de su hija.
Sin embargo, las cosas eran como eran. Euge había muerto y Peter y ella tenían que superar su sentimiento de culpa y seguir adelante.
Solo esperaba que, por el camino, encontraran una solución a sus problemas.Y que esa solución pasara por un futuro juntos.




CONTINUARÁ... 

Capítulo 6

Había pasado una semana y Peter no se la podía quitar de la cabeza.
¿Qué lo había empujado a hacerle el amor? ¿Qué lo había empujado a entrar en la ducha con ella, repetir la experiencia de la noche anterior y pedirle que siguiera tomando la píldora?
Durante los siete días transcurridos, se había repetido una y mil veces que él no tenía derecho a pedirle nada. Pero eso no había impedido que la deseara con más fuerza que nunca ni que recordara cada detalle de aquella noche.
Desde el jardín, podía ver que Lali se había quedado dormida en el sofá. Tenía un aspecto absolutamente apacible, como si fuera el ser más inocente del mundo. Peter la admiró y pensó que se estaba convirtiendo en una parte fundamental de su vida; una presencia que agradecía de día y que añoraba de noche, cuando se acostaba solo en la cama y revivía sus dos encuentros amorosos.
Lali no le había hecho la menor recriminación. A decir verdad, ni siquiera había contestado mal a sus múltiples salidas de tono, fruto de la frustración que sentía. Se había limitado a concederle más espacio y marcar las distancias.
Un momento después, Lali abrió los ojos. Luego, sin darse cuenta de que él la estaba observando desde el jardín, se levantó del sofá y se estiró.
Al hacerlo, la camiseta se le subió un poco y él pudo ver la suave piel de su estómago, que le excitó tanto como siempre. Había sido una semana muy difícil. Habría dado cualquier cosa por tomarla allí mismo. Pero seguía convencido de que Lali merecía algo mejor que un hombre como él. Merecía un hombre capaz de amar.
Se alejó hacia la bodega. Necesitaba hacer algo para gastar la energía que estaba acumulando. Pero tenía la sospecha de que etiquetar botellas no era precisamente lo que necesitaba.
Varias horas después, se sentía profundamente satisfecho. Había estado etiquetando botellas todo el día y no tenía ninguna duda de que su pinot noir era el mejor vino que había salido jamás de su bodega. Solo había alrededor de cuatrocientas cajas, pero bastarían para dar un impulso a la marca, Vinos Benoit. Y si la cosecha del año siguiente era tan buena como la de ese año, su reputación subiría como la espuma.
Al oír la puerta, se sobresaltó. Era Lali, que cruzó la bodega y entró en su pequeño despacho con el sol de última hora de la tarde a la espalda.
—¿Dónde está Azul? —preguntó él.
—Con Lucas, en casa de Agus y Cande —respondió ella—. Pasaré a recogerla dentro de una hora.
—¿Dentro de una hora?
Peter arqueó una ceja. No estaba pensando en su hija, sino en las cosas que podía hacer con Lali en sesenta minutos.
—Sí, Lucas y ella se llevan muy bien. Además, me ha parecido que es bueno que salga de vez en cuando de casa. La semana que viene, le devolveré el favor a Cande. Espero que no te importe... Quizá te lo debería haber preguntado.
Peter se maldijo en silencio. Se había portado tan mal con ella que ahora se sentía obligada a disculparse constantemente.
—No te preocupes, Lali. Si a ti te parece bien, está bien —sentenció—. Pero, ¿qué haces aquí? ¿Necesitas algo?
—Quería saber si esta noche vas a cenar con nosotras. Si no te apetece, dejaré tu comida en el horno.
—Déjala en el horno.
Ella suspiró.
—¿Qué ocurre? —preguntó Peter.
Ella se encogió de hombros.
—Nada.
—Acabas de suspirar. Es obvio que te pasa algo.
—Bueno, si te empeñas... Sinceramente, me estoy cansando de que nos evites a Azul y a mí. ¿Es porque nos acostamos? ¿O por otra cosa?
Esta vez fue él quien suspiró.
—Es porque no quiero que te hagas ilusiones.
—¿Porque no quieres que me haga ilusiones? —repitió ella—. Ah, comprendo... Crees que me voy a volver loca por ti, ¿verdad?
Peter no dijo nada.
—Pues no te preocupes por mí. Conozco el terreno que piso —continuó ella—. Sin embargo, tu comportamiento de esta semana me parece inadmisible. Te guste o no, Azul es tu hija. Puedo entender que marques las distancias conmigo, pero no con ella. ¿Cuándo vas a asumir tus responsabilidades?
—Por Dios, Lali... ¿Es que le falta algo? Tiene cama, comida, ropa y un techo bajo el que dormir. ¿Qué más necesita?
—Tu amor.
Peter se levantó y se pasó una mano por el pelo.
—No me necesita a mí. Ya os tiene a Catherine y a ti.
—Eso no es suficiente —alegó.
—Pues tendrá que serlo. Yo no le puedo ofrecer nada.
—No digas tonterías.
Él frunció el ceño.
—¿Tonterías? ¿Qué pasa, que ahora me conoces mejor que yo mismo? —ironizó.
—Simplemente, te conozco lo necesario como para saber que no eres el hombre frío y distante que finges ser. Peter Lanzani no es así.
—¿Y cómo es?
Ella dio un paso adelante y se detuvo tan cerca que Peter podía sentir el calor de su cuerpo; tan cerca que estuvo a punto de dejarse llevar y tomarla entre sus brazos. Entonces, ella le clavó un dedo en el pecho.
—Es el hombre que está aquí dentro, el que tú no dejas salir —afirmó—. No sé por qué te empeñas en aislarte del mundo, pero es hora de que te liberes de tu pesar. ¿No crees que ya has sufrido bastante? ¿No crees que mereces vivir un poco?
Lali se apartó.
—Lo dices como si me estuviera imponiendo algún tipo de penitencia.
—¿Y cómo lo llamarías tú? Te estás castigando por algo que no es culpa tuya y que no puedes cambiar. Tú no mataste a Euge. No eres responsable de lo que pasó.
Peter le dio la espalda. No quería que viera su cara de angustia.
—¿ Peter?
Lali le puso una mano en el hombro.
—Estás muy equivocada, ¿sabes? Soy responsable de lo que pasó. Euge murió por culpa de mis expectativas.
—Eso no es verdad...
—Si no hubiera estado tan obsesionado con tener una familia, con llenar la casa de niños, Euge no habría perdido la vida.
—No digas esas cosas, Peter. No sabes lo que habría pasado en otras circunstancias... Además, también era su sueño. En la carta que me escribió, decía que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa y a correr cualquier riesgo por ser madre.
—¡Pero murió, Lali! —la interrumpió él, desesperado—. ¡Y es culpa mía!
Lali lo miró con desconcierto. Era verdad. Se sentía culpable de la muerte de su esposa.
—Pasó lo que pasó, Peter. Ni tú ni ella lo podíais saber. Ni los propios médicos habrían pensado que...
—Tú no lo entiendes, Lali. Yo no sabía nada de su enfermedad. Lo mantuvo en secreto. No me habló de los riesgos que corría si se quedaba embarazada... Si yo lo hubiera sabido, me habría asegurado de que no diera ese paso.
—Estoy segura de ello, pero la decisión también era suya —le recordó—. Y tu esposa quería tener hijos.
—Y yo la quería a ella.
La voz de Peter sonó tan triste que, durante unos segundos, Lali se quedó callada. Pero se acordó de la niña y dijo:
—En cualquier caso, no puedes culpar a Azul. Ella no tiene la culpa. No lo merece.
—Yo no la culpo.
—¿Y esperas que te crea? No eres capaz de estar con ella más de cinco minutos, y nunca si estáis solos —le recriminó.
Peter sacudió la cabeza.
—No es lo que piensas. No la culpo. Es que no me puedo arriesgar a quererla.
Lali se quedó anonadada.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Lo digo porque es verdad. No la puedo amar, no la quiero amar. ¿Qué pasaría si la pierdo como perdí a Euge?
—¿Y qué pasará si vive cien años? —replicó con rapidez.
—Azul nació antes de tiempo y estuvo muy enferma durante el primer mes de vida...
—¿Y qué? Lo ha superado. Es una luchadora; una niña fuerte y saludable que necesita un padre, no un cobarde capaz de pagar a otra persona para que se haga cargo de sus obligaciones.
Peter la miró con ira.
—¿Me estás llamando cobarde?
Lali tuvo que hacer un esfuerzo para no apartar la mirada. Había ido demasiado lejos, pero ya no tenía remedio.
—Me temo que sí.
—Lali...
—Ni siquiera puedes hablar conmigo de lo que pasó la semana pasada, de lo que ocurrió entre nosotros —siguió ella—. Te has dedicado a esconderte y a evitarme durante días. ¿Por qué, Peter? ¿No puedes admitir que te gustó? ¿No puedes admitir que hasta tú mereces un poco de felicidad?
—¡No, no la merezco! —gritó—. ¡Es una traición!
—¿A Euge? Por duro y cruel que sea, Euge está muerta y tú estás vivo, aunque te comportes como si no lo estuvieras —declaró—. Además, Euge no habría querido que te encerraras en vida y te alejaras de todas las personas que te quieren; sobre todo, de una hija que te necesita desesperadamente.
—¿Qué estás diciendo? ¿Qué me acueste contigo cada vez que me apetece? ¿Qué finja que estoy vivo?
—Si es necesario...
Él se acercó y la agarró por los brazos. Vibraba de energía. Lali pensó que estaba con el verdadero Peter Lanzani; un hombre tan apasionado como incapaz de hacerle daño en ningún sentido.
—Y si digo que te quiero ahora, aquí mismo, ¿qué contestarías?
Lali lo miró a los ojos.
—Que solo tenemos cuarenta minutos. Si te parece suficiente...
—Lo será. Por ahora.
Peter la besó. Lali le metió las manos por debajo del jersey y le acarició el estómago. Los siete días transcurridos desde su noche de amor solo habían servido para que se desearan con más fuerza que antes.
Al cabo de unos segundos, él le desabrochó el botón de los vaqueros, le bajó la cremallera e introdujo una mano entre sus braguitas. Ella intentó separar las piernas, pero el pantalón se lo impedía y le molestó tanto que se lo quitó a toda prisa, junto con los zapatos y las propias braguitas. Luego, lo desnudó con la misma desesperación y cerró los dedos sobre la larga y dura superficie de su sexo.
En respuesta, Peter le introdujo un dedo y dijo:
—Estás tan húmeda...
Mientras la acariciaba con una mano, le levantó la sudadera y el sostén de algodón. Al verse así, ella deseó haberse puesto algo más bonito, más excitante; pero dejó de pensar cuando él encontró el cierre del sostén, se lo quitó de encima y le empezó a succionar un pezón. Lali gritó, encantada. Peter  le lamió el otro pezón sin dejar de masturbarla. Pero ella quería más, mucho más, de modo que se sentó en la mesa y separó los muslos para que la penetrara. Peter no se hizo de rogar. Entró en ella e impuso un ritmo que los dejó sin aliento. Lali estaba tan cerca del orgasmo que lo alcanzó en uninstante, asombrada de su intensidad. Peter la llevaba a cumbres que no había conocido con ningún otro hombre. En su estado apenas consciente, completamente dominada por el placer que sentía, casi no notó la última acometida de su amante, que soltó un gemido de satisfacción y, por fin, se quedó inmóvil.
Minutos después, Peter se apartó de ella y dijo:
—Quédate aquí.
Ella sonrió.
—Creo que no me podría mover aunque quisiera...
Peter soltó una carcajada y se visitó con rapidez. Luego, salió del pequeño despacho de la bodega y volvió enseguida con un paño húmedo, que usó para limpiar a Lali.
—No es necesario que hagas eso —dijo ella—. Puedo hacerlo yo.
Peter volvió a sonreír.
—De todas formas, ya he terminado...
Él volvió a salir de la habitación. Lali bajó de la mesa y alcanzó las braguitas. Se sentía tan débil que tuvo la impresión de que las piernas no la sostendrían, pero hizo un esfuerzo y se empezó a vestir.
Ya había terminado cuando Peter regresó y la miró con intensidad.
Lali respiró hondo y se preguntó qué iba a pasar ahora.
—Tenemos que hablar —dijo él.
—¿Es que no estábamos hablando antes? —replicó ella con humor.
Él sacudió la cabeza.
—Me refería a hablar de nosotros.
—¿De nosotros? ¿No quieres que volvamos a...?
Lali no fue capaz de terminar la frase. Tenía miedo de que Peter quisiera poner fin a lo que compartían.
—Por supuesto que quiero. Pero también quiero dejar claro que solo te puedo dar una relación puramente sexual, Lali. Es lo único que te puedo ofrecer. Te has empeñado en que vuelva a vivir y estoy dispuesto a concederte ese deseo... Sin embargo, tendrá que ser con mis condiciones. Seremos amantes, nada más —dijo—. Si te parece suficiente, claro.
Él la miró con detenimiento, esperando su respuesta. Esperaba que su expresión la traicionara y le  diera alguna pista sobre sus sentimientos; pero ella se limitó a asentir y a devolverle la mirada con gesto impasible.
—¿Estás segura, Lali? Porque, si no lo estás, es mejor que no sigamos adelante. No quiero que te hagas ilusiones y empieces a pensar en el amor y en un futuro juntos. No volveré a transitar ese camino. No me siento capaz.
Ella se mordió el labio inferior, con una expresión de tristeza tan reveladora que a Peter se le hizo un nudo en la garganta. Lali necesitaba más. Por supuesto que necesitaba más. Estaba en su forma de ser; quería amar y ser amada a cambio. Desgraciadamente, él no buscaba el amor. Ni podía aceptar el suyo ni estaba dispuesto a devolvérselo.
—Necesito tiempo para pensarlo, Peter.
—Si necesitas tiempo para pensarlo, es que tienes dudas. Y, si tienes dudas, quizás sea mejor que lo olvidemos todo.
A Lali le cambió la expresión. Sus ojos pasaron de la tristeza a una intensidad repentina y, después, para sorpresa de Peter, asintió.
—Muy bien. Acepto.
—¿Aceptas?
Peter no lo podía creer. Le estaba dando la respuesta que deseaba escuchar.
—Sí... —contestó tras un momento de inseguridad—. Seré tu amante.
—¿Sin vínculos emocionales?
Ella asintió otra vez.
—Sin vínculos emocionales.
—Y seguirás tomando la píldora. No quiero que cometamos ningún error. Lamento no haber usado preservativo el otro día.
Peter se dijo que sería mejor que lo usara a partir de entonces. Toda precaución era poca.
—Sigo tomando la píldora, Peter. No tengo intención de dejarla.
—Excelente.
—¿Hay más cosas que debamos tratar?
—Solo una más.
—¿Cuál?
—¿Qué vamos a hacer con las habitaciones? Yo no puedo dormir en la tuya.
Ella se encogió de hombros.
—Entonces, me quedaré en tu dormitorio. Si me quieres en él toda la noche.
—Desde luego que sí.
Lali respiró hondo.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Entonces, iré a buscar a Azul
Peter se acercó a la ventana y miró a Lali, que se alejó por la colina.
Se sentía como si hubiera cambiado algo entre ellos y no fuera precisamente para mejor. Ni siquiera estaba seguro de haber tomado la decisión correcta.

Cuando volvió al trabajo, prefirió no pensar en lo mucho que había deseado abrazarla y hacerle el amor, una y otra vez. Prefirió pensar que ya tendrían tiempo por la noche, en la oscuridad de su habitación.


CONTINUARÁ.... ¡Hola! Primero que todo, lo siento por no subir. Realmente no tengo excusas,no tenia muchas ganas de meterme en el ordenador simplemente. Pero bueno, aquí estoy y voy a compensar por no haber subido estos días haciendo una maratón, así que en un rato subo el próximo capítulo.