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viernes, 18 de septiembre de 2015

Capítulo 6

Otra semana pasó, y mi espalda estaba sanando lentamente, pero todavía peleaba para dormir.

Peter le puso una buena golpiza a Snake justo delante de mí. Nunca he visto nada tan aterrador en mi vida. Casi lo mata, y me hizo darme cuenta de lo peligroso que Peter podía ser. No he visto a Snake de nuevo desde ese día, pero todos los otros hombres han sido extrañamente amables conmigo. Vaya, no puedo adivinar por qué.

Una tarde, estoy en la cocina preparando la cena en la olla de barro, cuando Peter entra. Está medio desnudo de nuevo, como siempre, pero esta vez tiene a una mujer del brazo. Estoy bastante impresionada, ¿por qué llevaría a una mujer a su casa cuando estoy alrededor? ¿No le preocupaba que le rogara que llamara a la policía o que le dijera lo que me había hecho?

Él me mira y su mirada se estrecha. Dios, es tan jodidamente hermoso. No me gusta verlo tan hermoso, ya que esta situación es todo lo contrario.

―Nos vemos en mi habitación ―le murmura a la mujer.

Ella sonríe y pasa la mano por encima de su pecho, luego se da vuelta y camina hacia su habitación. Miro la herida roja y dolorosa en su estómago, y tiemblo. Tendrá una cicatriz de por vida por mí, pero también yo. Peter se acerca y se detiene a mi lado, pero sigo preparando la cena.

―Estaré ocupado por un par de horas.

―Bien por ti ―digo, simplemente.

―Sabes lo que pasará si corres.

Suspiro, hace esto conmigo todos los días desde mi huida. Sé lo que hará, y sé que no puedo huir.

―Encontrarás a mi hermana y te asegurarás de que me quede porque no puedo alejarme de ti, bla, bla, bla.

Agarra mi cara y gira mi cabeza con dureza.  

―No me jodas Lali, si no crees puedo enviar a alguien en este momento para encontrar a tu hermana.

―¡No la metas en esto!

―No me presiones, no te gustará la forma en que terminará.

A pesar de que Peter es fácil conmigo la mayoría de las veces, no tengo ninguna duda en mi mente de que si llega el momento, se apoderaría de mi hermana para que me quede aquí. No creo que le hiciera daño, pero nunca dejaría que la pusiera en esa situación. Me siento tan atrapada algunos días, como si no pudiera salir nunca. Si me quedo, mi familia paga. Si no lo hago, sufriré lentamente este infierno. El problema conmigo, sin embargo, es que siempre pongo primero a mi familia. Tengo que acabar por enfrentar esta situación hasta que mi padre salga de su escondite.

―Sé cómo termina Peter, me lo dices cada puto día. Ve y disfruta de tu puta, estoy ocupada ―espeto, con mi depresión tomando el control. Ya he tenido bastante de que me recuerde mi situación.

―¿Celosa?

―Jódete.

―Tengo la intención de hacerlo. ―Se vuelve y se va y le hago una seña obscena, de nuevo―. Vi eso.

―Estúpido ―murmuro.

Se ríe y cierra la puerta de su cuarto, y yo golpeé el cuchillo en la banca. Rayos, me encantaría probarlo justo ahora. Realmente me gustaría. Estoy tan enojada, que sólo quiero que pague. Cree que me tiene abajo, que no puedo librarme de él. Podría sin embargo, si realmente lo quisiera. Miro hacia abajo al cuchillo y no puedo negar que sentimientos suicidas pasan por mi mente en gran cantidad últimamente. La depresión es un eufemismo de lo que siento a veces.

Tal vez debería probar, tal vez debería ver cómo reaccionaría si continúo y me encuentra en un charco de mi propia sangre. El hombre claramente no da una mierda por mí, y no me dejaría ir, así que tal vez esta es mi única opción. Tal vez si lo hacía un poco, entonces tendría que llevarme a un hospital y alguien captaría una pista. La idea es retorcida, pero parece tener sentido en mi cabeza y eso me asustó.

Agarro el cuchillo en mi mano y trago, eso le daría algo para preocuparse de verdad. Hazlo Lali, hazlo sufrir en tu propio silencio. Bajo el cuchillo a mi muñeca, mientras la puerta de Peter se abre y sale con una toalla envuelta alrededor de su cintura. Se congela cuando me ve presionar el cuchillo contra mi muñeca. Sus ojos se abren y sus manos poco a poco se elevan.

―Lali… baja el cuchillo.

―¿Para qué, Peter? ―susurro―. ¿Para que puedas seguir manteniéndome prisionera y amenazando a mi hermana? Si estoy muerta, no tendrás necesidad de ir tras ella. Si estoy muerta, no tendré que seguir viviendo así.

―No le haré daño a tu hermana, sólo baja el maldito cuchillo.

Su voz es presa del pánico. ¿Peter se preocupa por mí? Lo aprieto más duro en mi piel y grito mientras una quemazón de dolor se dispara por mi brazo y escurre sangre por mi mano.

―Maldita sea, ¡pon el puto cuchillo abajo! ―Da un paso adelante y yo presiono más duro.

―Ven más cerca, y lo terminaré Peter. No soy estúpida, estás diciendo lo que quiero oír. No tengo nada que perder. Nunca saldré de esta.

―Lali, estarás bien ―grita, agarrándose el cabello―. Te dejaré ir, maldita sea. Cuando tengamos a tu padre, te doy mi palabra que te dejaré ir y no te molestaré ni a ti ni a tu hermana otra vez. Prometo que se terminará cuando esto concluya. No tendrás que vivir tu vida con miedo.

Levanto la vista hacia él y desesperadas lágrimas escurren por mis mejillas.

―¿Cómo sé que no estás mintiendo?

Él sacude la cabeza, y da un paso vacilante hacia adelante.

―Te lo prometo, no te permitiré volver a una vida donde tengas que mirar por encima del hombro. Te daré eso. Después de todo lo que te hice, te daré eso. Haré eso por ti, pero tienes que confiar en mí.

―¿Lo prometes? ―susurro, parpadeando mis lágrimas.

―Te lo prometo...

Cierro los ojos, y el ardor en mi muñeca parece darme algún tipo de comodidad, o tal vez son las palabras de Peter. Él aprovecha la ocasión para arremeter contra mí, y pronto mi cuerpo se estrella contra el suelo frío y el cuchillo se desliza por la habitación. Yo peleo, con todo lo que tengo en mi interior. Lucho tan duro que duele. Él agarra mis muñecas y las sujeta sobre mi cabeza, y grito de dolor mientras sus ásperas manos raspan contra mi carne abierta.

Lucho debajo de él, con la cara empapada de lágrimas. Él está encima de mí, jadeando y mirando mi dolor con ojos afectados. Murmuro palabras incoherentes, una y otra vez. Él pone mis dos manos en una de las suyas, y con la mano libre quita las lágrimas humedeciendo mi cabello y alejándolo de mi cara. Estoy temblando debajo de él, y por primera vez en realidad parece que le importa cómo me hace sentir.

―Te lo prometo ―susurra, bajando su rostro―. Te lo prometo.

Luego sus labios están sobre los míos. No vi eso venir, nunca lo vi venir. Gimo y abro los labios, y desliza su lengua en mi boca. No debería querer esto, es tan malo y, sin embargo, no me atrevo a empujarlo. Me besa de una manera que nadie nunca ha hecho. Sus labios son suaves, atrayéndome y tomándome de nuevo. Su mano libre se enreda por mi cabello mientras levanta mi cabeza para profundizar el beso.

―¿Peter?

La voz femenina nos regresa a la realidad. Él levanta su cabeza, sin apartar los ojos de mis labios. Estoy jadeando, mi pecho sube y baja con miseria y desesperada necesidad. Él se quita de mí, y puedo ver su clara excitación. Me levanta; se vuelve hacia la mujer rubia de pie en sujetador y bragas, mirándonos. Ella mira mi sangrante muñeca, luego el cuchillo y sus ojos se abren.

―Debería ir…

Peter parece endurecerse, como si se diera cuenta de lo que hizo.

―No, no te vayas. Viniste aquí a follar y follaremos.

―Peter ―susurro, herida.

Él se da vuelta y me mira.

―Ve a tu maldita habitación y si alguna vez intentas una maniobra así de nuevo, yo mismo te mataré.


Suspiro, y me quedo temblando mientras él agarra a la chica y le jala hacia la habitación. Algo doloroso y lágrimas feas atraviesan mi corazón, y me doy cuenta que tengo sentimientos por Peter.


CONTINUARÁ...

martes, 7 de julio de 2015

Capítulo 6

Había pasado una semana y Peter no se la podía quitar de la cabeza.
¿Qué lo había empujado a hacerle el amor? ¿Qué lo había empujado a entrar en la ducha con ella, repetir la experiencia de la noche anterior y pedirle que siguiera tomando la píldora?
Durante los siete días transcurridos, se había repetido una y mil veces que él no tenía derecho a pedirle nada. Pero eso no había impedido que la deseara con más fuerza que nunca ni que recordara cada detalle de aquella noche.
Desde el jardín, podía ver que Lali se había quedado dormida en el sofá. Tenía un aspecto absolutamente apacible, como si fuera el ser más inocente del mundo. Peter la admiró y pensó que se estaba convirtiendo en una parte fundamental de su vida; una presencia que agradecía de día y que añoraba de noche, cuando se acostaba solo en la cama y revivía sus dos encuentros amorosos.
Lali no le había hecho la menor recriminación. A decir verdad, ni siquiera había contestado mal a sus múltiples salidas de tono, fruto de la frustración que sentía. Se había limitado a concederle más espacio y marcar las distancias.
Un momento después, Lali abrió los ojos. Luego, sin darse cuenta de que él la estaba observando desde el jardín, se levantó del sofá y se estiró.
Al hacerlo, la camiseta se le subió un poco y él pudo ver la suave piel de su estómago, que le excitó tanto como siempre. Había sido una semana muy difícil. Habría dado cualquier cosa por tomarla allí mismo. Pero seguía convencido de que Lali merecía algo mejor que un hombre como él. Merecía un hombre capaz de amar.
Se alejó hacia la bodega. Necesitaba hacer algo para gastar la energía que estaba acumulando. Pero tenía la sospecha de que etiquetar botellas no era precisamente lo que necesitaba.
Varias horas después, se sentía profundamente satisfecho. Había estado etiquetando botellas todo el día y no tenía ninguna duda de que su pinot noir era el mejor vino que había salido jamás de su bodega. Solo había alrededor de cuatrocientas cajas, pero bastarían para dar un impulso a la marca, Vinos Benoit. Y si la cosecha del año siguiente era tan buena como la de ese año, su reputación subiría como la espuma.
Al oír la puerta, se sobresaltó. Era Lali, que cruzó la bodega y entró en su pequeño despacho con el sol de última hora de la tarde a la espalda.
—¿Dónde está Azul? —preguntó él.
—Con Lucas, en casa de Agus y Cande —respondió ella—. Pasaré a recogerla dentro de una hora.
—¿Dentro de una hora?
Peter arqueó una ceja. No estaba pensando en su hija, sino en las cosas que podía hacer con Lali en sesenta minutos.
—Sí, Lucas y ella se llevan muy bien. Además, me ha parecido que es bueno que salga de vez en cuando de casa. La semana que viene, le devolveré el favor a Cande. Espero que no te importe... Quizá te lo debería haber preguntado.
Peter se maldijo en silencio. Se había portado tan mal con ella que ahora se sentía obligada a disculparse constantemente.
—No te preocupes, Lali. Si a ti te parece bien, está bien —sentenció—. Pero, ¿qué haces aquí? ¿Necesitas algo?
—Quería saber si esta noche vas a cenar con nosotras. Si no te apetece, dejaré tu comida en el horno.
—Déjala en el horno.
Ella suspiró.
—¿Qué ocurre? —preguntó Peter.
Ella se encogió de hombros.
—Nada.
—Acabas de suspirar. Es obvio que te pasa algo.
—Bueno, si te empeñas... Sinceramente, me estoy cansando de que nos evites a Azul y a mí. ¿Es porque nos acostamos? ¿O por otra cosa?
Esta vez fue él quien suspiró.
—Es porque no quiero que te hagas ilusiones.
—¿Porque no quieres que me haga ilusiones? —repitió ella—. Ah, comprendo... Crees que me voy a volver loca por ti, ¿verdad?
Peter no dijo nada.
—Pues no te preocupes por mí. Conozco el terreno que piso —continuó ella—. Sin embargo, tu comportamiento de esta semana me parece inadmisible. Te guste o no, Azul es tu hija. Puedo entender que marques las distancias conmigo, pero no con ella. ¿Cuándo vas a asumir tus responsabilidades?
—Por Dios, Lali... ¿Es que le falta algo? Tiene cama, comida, ropa y un techo bajo el que dormir. ¿Qué más necesita?
—Tu amor.
Peter se levantó y se pasó una mano por el pelo.
—No me necesita a mí. Ya os tiene a Catherine y a ti.
—Eso no es suficiente —alegó.
—Pues tendrá que serlo. Yo no le puedo ofrecer nada.
—No digas tonterías.
Él frunció el ceño.
—¿Tonterías? ¿Qué pasa, que ahora me conoces mejor que yo mismo? —ironizó.
—Simplemente, te conozco lo necesario como para saber que no eres el hombre frío y distante que finges ser. Peter Lanzani no es así.
—¿Y cómo es?
Ella dio un paso adelante y se detuvo tan cerca que Peter podía sentir el calor de su cuerpo; tan cerca que estuvo a punto de dejarse llevar y tomarla entre sus brazos. Entonces, ella le clavó un dedo en el pecho.
—Es el hombre que está aquí dentro, el que tú no dejas salir —afirmó—. No sé por qué te empeñas en aislarte del mundo, pero es hora de que te liberes de tu pesar. ¿No crees que ya has sufrido bastante? ¿No crees que mereces vivir un poco?
Lali se apartó.
—Lo dices como si me estuviera imponiendo algún tipo de penitencia.
—¿Y cómo lo llamarías tú? Te estás castigando por algo que no es culpa tuya y que no puedes cambiar. Tú no mataste a Euge. No eres responsable de lo que pasó.
Peter le dio la espalda. No quería que viera su cara de angustia.
—¿ Peter?
Lali le puso una mano en el hombro.
—Estás muy equivocada, ¿sabes? Soy responsable de lo que pasó. Euge murió por culpa de mis expectativas.
—Eso no es verdad...
—Si no hubiera estado tan obsesionado con tener una familia, con llenar la casa de niños, Euge no habría perdido la vida.
—No digas esas cosas, Peter. No sabes lo que habría pasado en otras circunstancias... Además, también era su sueño. En la carta que me escribió, decía que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa y a correr cualquier riesgo por ser madre.
—¡Pero murió, Lali! —la interrumpió él, desesperado—. ¡Y es culpa mía!
Lali lo miró con desconcierto. Era verdad. Se sentía culpable de la muerte de su esposa.
—Pasó lo que pasó, Peter. Ni tú ni ella lo podíais saber. Ni los propios médicos habrían pensado que...
—Tú no lo entiendes, Lali. Yo no sabía nada de su enfermedad. Lo mantuvo en secreto. No me habló de los riesgos que corría si se quedaba embarazada... Si yo lo hubiera sabido, me habría asegurado de que no diera ese paso.
—Estoy segura de ello, pero la decisión también era suya —le recordó—. Y tu esposa quería tener hijos.
—Y yo la quería a ella.
La voz de Peter sonó tan triste que, durante unos segundos, Lali se quedó callada. Pero se acordó de la niña y dijo:
—En cualquier caso, no puedes culpar a Azul. Ella no tiene la culpa. No lo merece.
—Yo no la culpo.
—¿Y esperas que te crea? No eres capaz de estar con ella más de cinco minutos, y nunca si estáis solos —le recriminó.
Peter sacudió la cabeza.
—No es lo que piensas. No la culpo. Es que no me puedo arriesgar a quererla.
Lali se quedó anonadada.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Lo digo porque es verdad. No la puedo amar, no la quiero amar. ¿Qué pasaría si la pierdo como perdí a Euge?
—¿Y qué pasará si vive cien años? —replicó con rapidez.
—Azul nació antes de tiempo y estuvo muy enferma durante el primer mes de vida...
—¿Y qué? Lo ha superado. Es una luchadora; una niña fuerte y saludable que necesita un padre, no un cobarde capaz de pagar a otra persona para que se haga cargo de sus obligaciones.
Peter la miró con ira.
—¿Me estás llamando cobarde?
Lali tuvo que hacer un esfuerzo para no apartar la mirada. Había ido demasiado lejos, pero ya no tenía remedio.
—Me temo que sí.
—Lali...
—Ni siquiera puedes hablar conmigo de lo que pasó la semana pasada, de lo que ocurrió entre nosotros —siguió ella—. Te has dedicado a esconderte y a evitarme durante días. ¿Por qué, Peter? ¿No puedes admitir que te gustó? ¿No puedes admitir que hasta tú mereces un poco de felicidad?
—¡No, no la merezco! —gritó—. ¡Es una traición!
—¿A Euge? Por duro y cruel que sea, Euge está muerta y tú estás vivo, aunque te comportes como si no lo estuvieras —declaró—. Además, Euge no habría querido que te encerraras en vida y te alejaras de todas las personas que te quieren; sobre todo, de una hija que te necesita desesperadamente.
—¿Qué estás diciendo? ¿Qué me acueste contigo cada vez que me apetece? ¿Qué finja que estoy vivo?
—Si es necesario...
Él se acercó y la agarró por los brazos. Vibraba de energía. Lali pensó que estaba con el verdadero Peter Lanzani; un hombre tan apasionado como incapaz de hacerle daño en ningún sentido.
—Y si digo que te quiero ahora, aquí mismo, ¿qué contestarías?
Lali lo miró a los ojos.
—Que solo tenemos cuarenta minutos. Si te parece suficiente...
—Lo será. Por ahora.
Peter la besó. Lali le metió las manos por debajo del jersey y le acarició el estómago. Los siete días transcurridos desde su noche de amor solo habían servido para que se desearan con más fuerza que antes.
Al cabo de unos segundos, él le desabrochó el botón de los vaqueros, le bajó la cremallera e introdujo una mano entre sus braguitas. Ella intentó separar las piernas, pero el pantalón se lo impedía y le molestó tanto que se lo quitó a toda prisa, junto con los zapatos y las propias braguitas. Luego, lo desnudó con la misma desesperación y cerró los dedos sobre la larga y dura superficie de su sexo.
En respuesta, Peter le introdujo un dedo y dijo:
—Estás tan húmeda...
Mientras la acariciaba con una mano, le levantó la sudadera y el sostén de algodón. Al verse así, ella deseó haberse puesto algo más bonito, más excitante; pero dejó de pensar cuando él encontró el cierre del sostén, se lo quitó de encima y le empezó a succionar un pezón. Lali gritó, encantada. Peter  le lamió el otro pezón sin dejar de masturbarla. Pero ella quería más, mucho más, de modo que se sentó en la mesa y separó los muslos para que la penetrara. Peter no se hizo de rogar. Entró en ella e impuso un ritmo que los dejó sin aliento. Lali estaba tan cerca del orgasmo que lo alcanzó en uninstante, asombrada de su intensidad. Peter la llevaba a cumbres que no había conocido con ningún otro hombre. En su estado apenas consciente, completamente dominada por el placer que sentía, casi no notó la última acometida de su amante, que soltó un gemido de satisfacción y, por fin, se quedó inmóvil.
Minutos después, Peter se apartó de ella y dijo:
—Quédate aquí.
Ella sonrió.
—Creo que no me podría mover aunque quisiera...
Peter soltó una carcajada y se visitó con rapidez. Luego, salió del pequeño despacho de la bodega y volvió enseguida con un paño húmedo, que usó para limpiar a Lali.
—No es necesario que hagas eso —dijo ella—. Puedo hacerlo yo.
Peter volvió a sonreír.
—De todas formas, ya he terminado...
Él volvió a salir de la habitación. Lali bajó de la mesa y alcanzó las braguitas. Se sentía tan débil que tuvo la impresión de que las piernas no la sostendrían, pero hizo un esfuerzo y se empezó a vestir.
Ya había terminado cuando Peter regresó y la miró con intensidad.
Lali respiró hondo y se preguntó qué iba a pasar ahora.
—Tenemos que hablar —dijo él.
—¿Es que no estábamos hablando antes? —replicó ella con humor.
Él sacudió la cabeza.
—Me refería a hablar de nosotros.
—¿De nosotros? ¿No quieres que volvamos a...?
Lali no fue capaz de terminar la frase. Tenía miedo de que Peter quisiera poner fin a lo que compartían.
—Por supuesto que quiero. Pero también quiero dejar claro que solo te puedo dar una relación puramente sexual, Lali. Es lo único que te puedo ofrecer. Te has empeñado en que vuelva a vivir y estoy dispuesto a concederte ese deseo... Sin embargo, tendrá que ser con mis condiciones. Seremos amantes, nada más —dijo—. Si te parece suficiente, claro.
Él la miró con detenimiento, esperando su respuesta. Esperaba que su expresión la traicionara y le  diera alguna pista sobre sus sentimientos; pero ella se limitó a asentir y a devolverle la mirada con gesto impasible.
—¿Estás segura, Lali? Porque, si no lo estás, es mejor que no sigamos adelante. No quiero que te hagas ilusiones y empieces a pensar en el amor y en un futuro juntos. No volveré a transitar ese camino. No me siento capaz.
Ella se mordió el labio inferior, con una expresión de tristeza tan reveladora que a Peter se le hizo un nudo en la garganta. Lali necesitaba más. Por supuesto que necesitaba más. Estaba en su forma de ser; quería amar y ser amada a cambio. Desgraciadamente, él no buscaba el amor. Ni podía aceptar el suyo ni estaba dispuesto a devolvérselo.
—Necesito tiempo para pensarlo, Peter.
—Si necesitas tiempo para pensarlo, es que tienes dudas. Y, si tienes dudas, quizás sea mejor que lo olvidemos todo.
A Lali le cambió la expresión. Sus ojos pasaron de la tristeza a una intensidad repentina y, después, para sorpresa de Peter, asintió.
—Muy bien. Acepto.
—¿Aceptas?
Peter no lo podía creer. Le estaba dando la respuesta que deseaba escuchar.
—Sí... —contestó tras un momento de inseguridad—. Seré tu amante.
—¿Sin vínculos emocionales?
Ella asintió otra vez.
—Sin vínculos emocionales.
—Y seguirás tomando la píldora. No quiero que cometamos ningún error. Lamento no haber usado preservativo el otro día.
Peter se dijo que sería mejor que lo usara a partir de entonces. Toda precaución era poca.
—Sigo tomando la píldora, Peter. No tengo intención de dejarla.
—Excelente.
—¿Hay más cosas que debamos tratar?
—Solo una más.
—¿Cuál?
—¿Qué vamos a hacer con las habitaciones? Yo no puedo dormir en la tuya.
Ella se encogió de hombros.
—Entonces, me quedaré en tu dormitorio. Si me quieres en él toda la noche.
—Desde luego que sí.
Lali respiró hondo.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Entonces, iré a buscar a Azul
Peter se acercó a la ventana y miró a Lali, que se alejó por la colina.
Se sentía como si hubiera cambiado algo entre ellos y no fuera precisamente para mejor. Ni siquiera estaba seguro de haber tomado la decisión correcta.

Cuando volvió al trabajo, prefirió no pensar en lo mucho que había deseado abrazarla y hacerle el amor, una y otra vez. Prefirió pensar que ya tendrían tiempo por la noche, en la oscuridad de su habitación.


CONTINUARÁ.... ¡Hola! Primero que todo, lo siento por no subir. Realmente no tengo excusas,no tenia muchas ganas de meterme en el ordenador simplemente. Pero bueno, aquí estoy y voy a compensar por no haber subido estos días haciendo una maratón, así que en un rato subo el próximo capítulo. 

domingo, 5 de abril de 2015

Capítulo 6

Mis manos vuelan hacia mi boca en un débil intento de atrapar el grito ahogado que se escapa. El jarrón que sostengo se rompe contra el suelo, el agua está empapando mis zapatos, calcetines y tejanos. Paso alrededor del cristal roto y las flores destrozadas para una mejor visión. Cierro los ojos antes de mirar al hombre que estaba en mi mostrador.

Es él.

Puedo percibirlo, sentirlo moviéndose a través de mi piel como si él nunca me hubiera dejado. Cuando abro mis ojos, me está mirando. Me recuerdo a mí misma que tengo que ser fuerte. Llevo la voz cantante aquí.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Apenas rechino. Mi voz es ronca como si hubiera estado gritando durante horas y horas. No es fuerte y enérgica. No es la voz autoritaria que he practicado frente al espejo cientos de veces para este momento.

Se mueve hacia mí. Doy un paso hacia atrás y levanto mi mano. No quiero que se acerque más. Él parece abatido. Mete sus manos en los bolsillos y mira hacia abajo. No quiero mirarlo pero tampoco lo puedo  evitar.

Ya han pasado diez años y ha cambiado mucho, sin embargo, aún me mira de la misma forma.

—La.

—No me llames así —Dejo escapar.

—¿Por qué no? Es tu nombre.

Sacudo la cabeza, mordiendo el interior de mi mejilla. Sé porque está aquí y quiero odiar a Nicolás por ello. Quiero patearlo, y gritar, y darle puñetazos por hacerme esto a mí… a nosotros. Todo estaba bien y ahora no lo está.

Él sonríe con satisfacción y sacude su cabeza dando un paso hacia atrás y apoyándose contra el mostrador. Rompo el contacto de ojos con él cuando se muerde su labio inferior. Me aclaro la garganta y me alejo del cristal roto.

—¿Qué estás haciendo aquí, Peter?

Se encoge de hombros.

—¿Tienes algo que decirme?

Yo sacudo la cabeza, llevando mi mano a mi frente para hacer marchar el dolor de cabeza pendiente. Esto no está pasando ahora, no puede ser.

—No, no tenemos nada de lo que hablar. Lo dejaste muy claro esa noche en mi dormitorio.

Peter se aparta del mostrador y se detiene en alguna de las plantas cercanas, frotando sus hojas entre sus dedos antes de acecharme. No tengo a dónde ir. Podría correr, tal vez gritar y alertar al negocio de al lado, ¿pero de qué serviría? Una mirada a Peter significa que el niño de oro está de vuelta en la ciudad. Todo el mundo estará muy feliz.

—¿Cuál es su nombre, Lali? —pregunta él directamente mientras se acerca a mí.

—¿Por qué te importa? —le disparo de vuelta. Sus ojos lanzan dagas. No me importa que él sea un músico caliente. Me dejó—. Te tienes que ir.

—Nah —dice sacudiendo su cabeza. Él da un paso más cerca y yo doy un paso atrás. No puedo moverme más sin caer en el despliegue de flores. Él levanta sus manos—. Solo quiero hablar. No creo que quieras que empiece a hacer preguntas, ¿lo haces?

Niego con la cabeza. Peter haciendo preguntas por toda la ciudad es lo último que quiero. No quiero sacar a relucir el nombre de Noah y a la gente señalándolo con el dedo, a pesar de que algunos ya lo hacen.

—¿Qué edad tiene, Lali? —pregunta con el mismo tono con el que me decía que me quería cuando caminábamos de clase a clase o cuando me dejaba después de una cita.

—Tendrá diez en Junio.

Retrocede y me mira. Puedo ver el dolor en sus ojos pero no me importa. Me dejó. Me dejó para criar un bebé por mi cuenta.

—¿Cómo se llama? —El dolor es evidente en su voz, pero no puedo dejar que llegue a mí. No puedo. Tengo que ser fuerte.

—Noah.

—¿Cuándo puedo encontrarme con él?

Me río de su pregunta y tomo esa oportunidad para alejarme de él. Él se queda dónde está. Me muevo detrás del mostrador y comienzo a guardar mis cosas.

—No puedes, no es necesario.

—¿Qué coño quieres decir con que no puedo? Tengo un hijo. Un hijo que has ocultado de mí ¿y me estás diciendo que no puedo verlo?

—¿Qué te hace pensar que es tuyo? —Lamento las palabras en el momento en que dejan mi boca. Dolor absoluto inunda su rostro y siento un poco de júbilo por herirlo.

—¿Me estás diciendo que me engañabas? ¿Es eso, La? —No tengo tiempo de reaccionar antes de que esté a mi lado. Su colonia me vence, haciendo que mi corazón lata más rápido. Durante años me he preguntado si él había cambiado la colonia Burberry que le compré, pero no lo ha hecho y tengo que luchar contra todos los deseos que tengo de extenderme y tocarlo.

***
—Te quiero, La —susurra en mi oreja. Se mueve con fluidez y deseo. Sé  que soy su primera, nunca lo he dudado. Entierro mi cabeza en el hueco de su cuello; él huele muy bien, deseable, y sensual. Mi cuerpo canta una canción y solo él tiene la melodía.

Miro en sus ojos, su frente se apoya en la mía. Su boca cae abierta cuando mis dedos se arrastran por su cuerpo, empujándolo más profundo.

—Eres tan perfecta. —Me besa entre las palabras, mostrándome cuanto me ama.

—Te quiero, Peter.

—Serás mi chica por siempre.
***
—¿Por qué estás sonrojada, La?

—Por favor, para de llamarme así. —Casi suplico. Él se aleja y se apoya en el otro lado del mostrador.
—Lo siento —dice. Comienza a jugar con su labio inferior y quiero abofetear su mano y decirle que se detenga—. ¿Me engañaste?

No puedo responderle. No quiero responderle. Incluso si lo hubiera hecho, no es asunto suyo, pero él me conoce. Sabe que no lo hice, simplemente está esperando una confirmación.

—Tú no puedes entrar aquí y exigir respuestas, Peter. Tú has estado fuera jugando a estrella del rock. Eres el famoso Peter Page. Dejaste esto. —Extiendo mis brazos alrededor y me señalo a mí misma—. Me dejaste. No hay sitio para ti, aquí.

Se ríe.

—No es muy acogedor por tu parte. ¿Qué pasó con el viejo refrán de que siempre se puede ir a casa?

—La gente no desaparece sin una maldita llamada telefónica o una carta durante diez años. La gente no se presenta en tu dormitorio y rompe con la única que dijo que amaba y nunca regresa sus llamadas telefónicas.

Escondo mi cara detrás de mis manos. No quería que esto sucediera.

Podría haber cumplido veinte años y estar bien sin haberlo visto de nuevo.

Lucho por mantener las lágrimas fuera. He derramado lágrimas suficientes por este chico para toda la vida. No puedo derramar más.

—La gente cambia —dice él.

—No quiero hacer esto contigo.

—¿En este momento? —pregunta.

Sacudo mi cabeza.

—No, nunca. No tengo nada que decir, Peter. Tú dijiste lo que tenías que decir esa noche y no esperaste a escuchar lo que yo tenía que decir o respondiste ninguna de mis llamadas. No tengo que escuchar tus excusas y definitivamente no te debo nada.

Me doy la vuelta para no tener que mirarlo más. Tengo que permanecer fuerte y sensata. Necesito encauzar las técnicas respiratorias que el médico me proporcionó antes de que tuviera a Noah.

—¿Esperas que me marche sabiendo que tengo un hijo?

Lo corto.

—Sí, espero que salgas por la puerta, subas a tu lujosa moto, vuelvas con tu novia celebridad y estés de vuelta a dónde sea que hayas venido. Aquí no hay nada para ti y no quiero herir a mi hijo. No quiero que te conozca solo para que puedas alejarte y salir de su vida por los siguientes diez años. —Seco una lágrima que cae de mi ojo. No quiero mostrarle el efecto que tiene en mí.

—No tengo novia.

—Oh, Dios mío, Peter, ¿de todo lo que acabo de decir tú escoges la parte de la novia? —Sacudo mi cabeza. Cuando me doy la vuelta él está mirando al suelo.

—Hemos avanzado y tú no formas parte de nuestras vidas. Noah no te necesita, ni siquiera sabe de ti, así que, por favor, solo vete y no vuelvas.

Peter inclina su cabeza. No hace contacto visual conmigo mientras camina. Veo su cuerpo, el mismo cuerpo del que conozco cada centímetro, mientras se mueve alrededor de mi mostrador hacia dónde su casco está apoyado.

—Nos veremos alrededor, Mariana.


Solo me ha llamado Mariana otra única vez en mi vida, la noche que rompió conmigo. Una vez que la puerta se cierra y él está en su moto, rompo a llorar. Caigo al suelo, sosteniendo mis costados mientras lloro. Lloro por diez años de extrañarlo y de él perdiéndoselo todo, incluyendo a Noah.


CONTINUARÁ... 

martes, 27 de enero de 2015

Capítulo 6

CAPÍTULO 6

VIVO O MUERTO

PETER

La puerta de la limosina se cerró de golpe detrás de mí. —Oh, mierda. Lo siento. Estoy nervioso.

El conductor ondeó su mano despreocupadamente. —No hay problema. Veintidós dólares, por favor. Luego regresaré con la limo.

La limosina era nueva. Blanca. A Lali le gustaría. Le tendí un billete de treinta. —Entonces estará de vuelta en hora y media, ¿cierto?

—¡Sí, señor! ¡Nunca llego tarde!

Se alejó y me giré. La capilla se encontraba iluminada, brillando contra el cielo matutino. Era más o menos media hora antes del amanecer. Sonreí. A Lali le encantará.

La puerta delantera se abrió, y salió una pareja. Eran de mediana edad, pero él vestía un traje formal, y ella un enorme vestido blanco. Una mujer bajita con un traje de vestir rosa pálido los despedía con la mano, luego me notó.

—¿Peter?

—Sí —dije, abotonando mi chaqueta.

—¡Podría comerte! ¡Espero que tu novia aprecie lo atractivo que eres!

—Ella es más linda que yo.

La mujer se rió. —Soy Chantilly. Básicamente me encargo de todo por aquí. —Colocó sus puños a su costado, en algún lugar sobre sus caderas. Era tan amplia como lo era de alta, y sus ojos se encontraban casi escondidos debajo de gruesas pestañas postizas—. ¡Vamos, cariño! ¡Pasa! ¡Pasa! —dijo, empujándome hacia adentro.

La recepcionista en el escritorio me ofreció una sonrisa y una pequeña montaña de papeleo. Sí, queremos un DVD. Sí, queremos flores. Sí, queremos a Elvis. Acepté todos los cuadritos adecuados, llené nuestros nombres e información, y luego le devolví los papeles.
—Gracias, señor Lanzani —dijo la recepcionista.

Las manos me sudaban. No podía creer que estuviese aquí.

Chantilly palmeó mi brazo, bueno, más bien mi muñeca, ya que eso era a lo más alto que podía llegar. —Por aquí, cariño. Puedes refrescarte y esperar a tu novia aquí dentro. ¿Cuál era su nombre?

—Uh… Lali… —dije, caminando por las puertas que Chantilly abrió. Miré alrededor, notando el sofá y el espejo rodeado por un millón de enormes bombillos. El papel tapiz era concurrido pero agradable, y todo parecía limpio y tradicional, justo como Lali quería.

—Te avisaré cuando llegue —dijo Chantilly con un guiño—. ¿Necesitas algo? ¿Agua?

—Sí, eso sería genial —respondí, sentándome.

—Ya regreso —canturreó mientras salía de la habitación y cerraba la puerta tras de sí. Podía escucharla tarareando por el pasillo.

Me recosté sobre el sofá, intentando procesar lo que acababa de ocurrir, y preguntándome si Chantilly se había pegado a un enchufe de corriente durante cinco horas, o si naturalmente era así de animada. Aunque simplemente me encontraba sentado, mi corazón latía con fuerza contra mi pecho. Esta era la razón por la que las personas tenían testigos; para ayudarlos a calmarse antes de la boda.

Por primera vez desde que aterrizamos, desearía que Nicolás y mis hermanos estuviesen aquí. Me estarían molestando sin parar, ayudándome a apartar mi mente del hecho de que mi estómago rogaba por vomitar.

La puerta se abrió. —¡Aquí tienes! ¿Algo más? Luces un poquito nervioso. ¿Comiste algo?

—Nop. No he tenido tiempo.

—¡Oh, no podemos permitir que te desmayes en el altar! Te traeré un poco de queso con galletas, ¿y quizá un poco de fruta?

—Uh, seguro, gracias —dije, aun ligeramente abrumado por el entusiasmo de Chantilly.

Salió, cerró la puerta, y de nuevo me encontré solo. Mi cabeza cayó contra el respaldo del asiento, y mis ojos examinaron los distintos patrones en la textura de la pared. Agradecía cualquier cosa que evitara que bajara la mirada hacia mi reloj.

¿Iba a venir? Cerré los ojos con fuerza, rehusándome a pensar en eso. Me amaba.

Confiaba en ella. Estaría aquí. Maldición, desearía que mis hermanos estuviesen aquí. Iba a perder mi adorada cabeza.






LALI
—Oh, ¿no luces preciosa? —dijo la conductora al deslizarme al asiento trasero del taxi.

—Gracias —dije, sintiéndome aliviada de haber salido del casino—. Capilla Graceland, por favor.

—¿Quieres comenzar el día casada, o qué? —dijo, sonriéndome por el espejo retrovisor. Tenía cabello gris, muy corto, y su espalda cubría todo el asiento, y un poco más por los costados.

—Sólo parecía la manera más rápida en que podíamos hacerlo.

—Son terriblemente jóvenes para estar tan apurados.

—Lo sé —dije, viendo a Las Vegas pasar al otro lado de mi ventana.

Chasqueó su lengua. —Luces bastante nerviosa. Si estás teniendo dudas, sólo házmelo saber. No me molesta devolverme. Está bien, cariño.

—No estoy nerviosa por casarme.

—¿No?

—No, nos amamos. No estoy nerviosa por eso. Sólo quiero que él esté bien.

—¿Crees que está teniendo dudas?

—No —dije, riéndome una vez. Encuentro su mirada en el espejo—. ¿Usted está casada?

—Lo he estado una o dos veces —dijo, guiñándome—. La primera vez me casé en esa misma capilla donde te casarás tú. Pero bueno, ahí también lo hizo Bon Jovi.

—¿Oh, sí?

—¿Conoces a Bon Jovi? ¡Tommy used to work on the docks! —cantó, para mi gran sorpresa.

—¡Síp! He escuchado de él —dije, divertida y agradecida por la distracción.

—Me encanta. ¡Mira! Tengo el CD. —Lo introdujo, y durante el resto del camino escuchamos los éxitos más famosos de Jon. Wanted Dead or Alive, Always, Bed of Roses, y I’ll Be There for You que justo terminaba cuando nos detuvimos frente a la capilla.

Saqué un billete de cincuenta. —Quédese con el resto. Bon Jovi ayudó.

Me devolvió mi cambio. —Nada de propina, cariño. Me permitiste cantar.

Cerré la puerta y la despedí con mi mano mientras se iba. ¿Ya había llegado Peter? Caminé hasta la capilla y abrí la puerta. Una mujer mayor con un peinado enorme y demasiado brillo labial me recibió. —¿Lali?

—Sí —dije, jugueteando nerviosa con mi vestido.

—Estás bellísima. Mi nombre es Chantilly, y yo seré una de tus testigos. Déjame tomar tus cosas. Las guardaré, y estarán a salvo hasta que termines.

—Gracias —dije, viéndola alejarse con mi cartera. Algo echaba chispas cuando ella caminaba, aunque no se me ocurría realmente qué podía ser—. ¡Oh, espere! El… —dije, mirándome mientras caminaba de vuelta hacia mí con el bolso—. El anillo de Peter está allí dentro. Lo siento.

Sus ojos casi se cerraban por completo cuando sonreía, haciendo que sus pestañas postizas se notaran aún más. —Está bien, cariño. Sólo respira.

—No me acuerdo cómo —dije, deslizando su anillo en mi pulgar.

—Ven —dijo, estirando la mano—. Dame tu anillo y el suyo. Yo se los daré a ambos cuando sea el momento. Elvis estará aquí en un segundo para llevarte al altar.

La miré con la boca abierta. —Elvis.

—¿El Rey? ¿No lo conoces?

—Sí, sé quién es Elvis, pero… —Arrastré mis palabras mientras me quité el anillo con un pequeño jaloneo y lo coloqué en su palma junto al de Peter.

Chantilly sonrió. —Puedes usar esta habitación para refrescarte. Peter está esperando, así que Elvis vendrá a tocar tu puerta en cualquier momento. ¡Nos vemos al otro extremo del altar!

Me miró al cerrar la puerta. Me di la vuelta, asustándome con mi propio reflejo en el enorme espejo detrás de mí. Se encontraba rodeado por unas luces grandes y redondas como esas que una actriz utilizaría en un show de Broadway.

Me senté en el tocador, observándome en el espejo. ¿Eso es lo que era? ¿Una actriz?

Él me esperaba. Peter se encontraba al otro lado del altar, esperándome para que lo acompañara y así pudiésemos comprometer el resto de nuestra vida el
uno al otro.

¿Qué si mi plan no funcionaba? ¿Qué si va a prisión y todo esto fue inútil? ¿Qué si no le hacen absolutamente nada, y todo esto fue por nada? Ya no tendría la excusa de que me había casado porque lo salvaba, antes de siquiera tener la edad legal para beber alcohol. ¿Si lo amaba en verdad necesitaba una excusa? ¿Por qué se casaban las personas? ¿Por amor? De eso teníamos en cantidad. Al principio me
sentía muy segura. Solía sentirme segura de muchas cosas. Ahora no me sentía así.

No me sentía segura de nada.

Pensé en la expresión en el rostro de Peter si se enteraba de la verdad, y luego pensé en lo que dejarlo plantado causaría en él. Nunca querría que sufriera y lo necesitaba como si fuese una parte de mí. De esas dos cosas si me encontraba bastante segura.

Dos toques en la puerta casi me provocaron un ataque de pánico. Me giré, apretando la base de la silla. Era de hierro blanco, con remolinos y curvas que formaban un corazón en el medio.

—¿Señorita? —dijo Elvis en una profunda voz sureña—. Es hora.

—Oh —dije bajito. No sé por qué, ya que no podía escucharme.

—¿Lali? Tu pedazo enorme de intenso amor te está esperando.

Rodé los ojos. —Sólo… necesito un minuto.

El otro lado de la puerta se mantuvo en silencio. —¿Todo bien?

—Sí —dije—. Sólo un minuto, por favor.

Luego de unos minutos, la puerta volvió a sonar. —¿Lali? —Era Chantilly—. ¿Puedo pasar, cariño?

—No. Lo lamento, pero no. Estaré bien. Sólo necesito un poco más de tiempo, y estaré lista.

Luego de otros cinco minutos, tres toques en la puerta causaron que gotas de sudor se formaran en mi nuca. Estos toques me eran conocidos. Más fuertes. Más confiados.


—¿Pidge?



CONTINUARÁ... Hoy os dejo dos caps porque últimamente no subo muy seguido :) Gracias por leer y comentar; y bienvenida a la nueva lectora!! :D