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jueves, 10 de septiembre de 2015

Capítulo 2

Una noche completa pasó y Juan Pedro no volvió. No sé si se había ido o si me estaba evitando. No sé cuánto tiempo estaré en este lugar, o si alguna vez veré mi casa otra vez. Estoy tan enojada y herida con mi padre, de que si no fuera por él, no estaría en esta posición. Nunca me dio nada cuando estaba vivo y ahora, incluso cuando pensaba que estaba muerto, seguía demostrando el monstruo que realmente era.

Cuando la luz de la mañana brilló a través de la ventana, salí de la cama y me senté en la luz del sol. Anoche leí un libro en la habitación… dos veces… y me llegó. No quiero volverme loca, no quiero ser esa persona. No quiero ser la chica que termina en una institución mental. Ese lugar me asusta como la mierda y no terminaré con mi madre. He estado en ese oscuro lugar antes…

―Lali, ¿por qué te haces esto a ti misma? ―susurraba mi hermana Jenny, acariciando mi cabello.

―Es todo culpa mía ―gemía, tratando de sacar mis manos de las restricciones sujetándome a la cama.

― Lali… nunca ha sido culpa tuya. Mamá está enferma.

―Está enferma por mi culpa.

―No cariño, no es así. Por favor, no hagas esto, no te derrumbes. Te necesito.

―Nadie me necesita Jenny, nadie.

Ella baja la vista hacia mi estómago vendado, y cierra los ojos. Profundas marcas de una pieza de vidrio se quedarán para siempre grabadas en mi piel. Era la segunda vez que había tratado de tomar mi propia vida, y esta vez no sabía si escaparía de este hospital… esta vez estaba atrapada…

La puerta hace pitidos y clics y mi cabeza se mueve bruscamente hacia arriba. Él está finalmente llegando. No me muevo de mi lugar en el suelo, en cambio, me siento ansiosa con la espera. Él entra de nuevo, y lleva los mismos desteñidos pantalones de mezclilla y no usa camisa.

¿Acaso el hombre no se ducha?, resoplo, lo que es un pensamiento absurdo para tener justo ahora.

Lleva una bandeja, y la deja de golpe en una mesa cercana y se vuelve. Oh, ¿así que no hablará conmigo? El maldito hombre que bailó conmigo en un club, ahora está tratando de volverme loca. Sabía algo de captores, y es que no les gusta comunicarse con los cautivos en caso de que crezca un vínculo. ¿Tal vez eso es lo que tengo que hacer aquí? ¿Hablar con él?

Hacer que le guste… que confíe en mí, incluso. Merecía la pena intentarlo.

Me quedo mirando el tatuaje en su espalda, preguntándome si ese sería su apodo. Estoy a punto de saberlo.

―¿Peter? ―le digo.

Lo veo detenerse y girar, oh, así que sí reconoce eso. Interesante. Mira hacia mí en el suelo, y sus ojos se estrechan.

―¿Qué dijiste?

―Ese es tu apodo, ¿no?

Su mirada se endurece y cruza los brazos sobre su pecho, haciendo que sus músculos salten y se junten.

―No es de ninguna utilidad para ti, de cualquier manera.

―Debería saber por lo menos quién es el hijo de puta que me secuestró, si me voy a quedar un tiempo.

―La única cosa que necesitas saber de mí, es que si continúas de inteligente con tu boca, ¡te la taparé!

Cierro mi boca, pero sólo por un momento.

―¿Por qué eres tan horrible? ¿Eres así con todas las mujeres, o sólo con las que secuestras?

Sus ojos empequeñecen y se ve momentáneamente sorprendido.

―Mi vida no es de tu incumbencia.

―Mi vida no era asunto tuyo tampoco, pero eso no te detuvo.

Él camina hacia adelante y mantengo mis ojos abiertos, desafiándolo. Se detiene delante de mí y lo miro, dándole una dura mirada.

―Sé lo que estás haciendo y no va a funcionar. El acto de ser la dura, de ser valiente e ingeniosa, pero déjame decirte esto, voy a acabar contigo, chica, porque todo el mundo tiene una debilidad, incluso tú.
Luego se da la vuelta, sale y cierra la puerta sin decir nada más. Me siento, mirando la puerta durante un largo rato.

Está equivocado, no me va a romper porque no lo dejaré. Me quedo mirando la bandeja de comida, y se me revuelve el estómago. Corro hacia allí, levantando la tapa de plata del plato. No hay mucho, pero es comida. Tomo el sándwich de jamón y lo muerdo. Oh, gracias a Dios, me muero de hambre. Tan pronto como la comida golpea mi estómago, sin embargo, se me revuelve violentamente.

―Dios ―me quejo, agarrándomelo y balanceándome atrás y adelante.

Me meto en la cama y me acurruco en una bola, frotándome el estómago hasta que se asienta.

Entonces, me las arreglo para caer en un inquieto y débil sueño. Estoy tan cansada.

* * *

Tres horas más tarde se abre la puerta de nuevo, esta vez cinco hombres entran en la habitación. Me incorporo rápidamente, mis ojos están borrosos por el sueño. Agarro la manta, mi corazón brinca. ¿Qué harán? ¿Me violarán? ¿Me lastimarán? ¿Me golpearán? Tal vez han decidido que es más fácil deshacerse de mí. No puedo ver a Peter o a Juan Pedro, o como sea que se llame, y eso me asusta.

―Bueno, bueno, Lali Espósito…

Me quedo mirando al hombre que habla; es alto, de cabello rubio y ojos verdes.

¿Por qué son razonablemente atractivos todos esos hombres?

Supongo que es como atraen a sus víctimas, las mujeres no lo pensarían dos veces antes de subirse a un coche con alguno de ellos. Van desde cabello rojo y ojos verdes, a cabello oscuro y ojos marrones, pero todos están empacados como un puñetazo.

―¿Qué quieres de mí? ―susurro, mirando al extraño hombre.

―Quiero respuestas, levántate y ven aquí.

―No.

Sus ojos verdes flamean y se aproxima hacia la cama, me recoge y me lanza al suelo en un rápido movimiento. Grito mientras mi cabeza golpea una mesa de café cerca y la sangre escurre por mi mejilla.

―Hijo de puta ―le grito―. No haré nada para ti.

―Aprenderás muy rápidamente que no soy el tipo de persona que desea a bocazas inteligentes. Ahora, levántate y ven aquí o te romperé los dedos uno por uno hasta que hagas lo que te pida.

Me levanto con piernas temblorosas y camino hacia allá, me detengo frente a él, pero me niego a mirarlo a los ojos.

―Ahora, ¿qué sabes acerca de tu padre?

―Nada ―escupo.

Levanta la mano para golpearme, pero Juan Pedro está en la habitación y detiene su mano aplastándola con su puño en una fracción de segundo.

―Golpéala una vez más Snake y te romperé los putos dedos. ¿Qué diablos creen chicos, que están haciendo aquí?

―Necesito respuestas Peter, y tú eres claramente demasiado malditamente cobarde para obtenerlas.

Peter, el apodo se adapta, definitivamente le sienta, saca un arma y la sostiene hacia el otro hombre, presionando su sien. El hombre se queda en blanco y su boca se abre en protesta.

―¿Qué dijiste?

―Hombre, lo siento, pero necesitamos respuestas.

―Y las obtendremos, sin todos los golpes.

¿Peter me está protegiendo? ¿Por qué?

―Ella es una maldita listilla.

―Me importa un carajo lo que esté haciendo, no es tu lugar estar aquí. Yo la secuestré, ella es mi asunto. Si veo que pones un maldito dedo en ella de nuevo, te destriparé.

Peter deja caer el arma y empuja al hombre fuera del camino, y luego da un paso frente a mí y agarra mi barbilla casi con suavidad.

―Responde a la pregunta para mí Lali, ¿por favor?

―Lo hice ―gimo―. No sé nada.

―Dime el nombre del oficial de policía que llegó y te informó sobre la muerte de tu padre.

Cierro los ojos, tratando de recordar. Considero mentir, pero eso no me beneficiará. Mi padre se merece todo lo que tiene, nos mintió a todos y tengo que proteger al resto de mi familia.

―El oficial Huck.

―Lo sabía ―gruñe uno de los hombres.

―¿Y qué te dijeron que le pasó?

Trago, guarda la calma, sólo responde a las preguntas y se irán.

―Que había estado en un accidente de tráfico.

―¿Oíste por casualidad a Huck diciendo algo inusual en algún momento?

Cierro los ojos, tratando de recordar ese momento. Estaba devastada, tratando de proteger a mi hermana, y tratando de mantener a mi familia unida. Hubo una vez, sin embargo, incluso a través de mi momento duro, en que pensé que era extraño. Encontré a Huck de vuelta en su teléfono, estaba hablando con alguien rápidamente. Abro la boca y empiezo a repetir la conversación.

―Ben, no se puede respirar una palabra de esto. Si alguien se entera de lo que está pasando, estamos todos muertos. Estamos lidiando con mala gente aquí, la clase de personas con las que no quieres joder. Manchez y su…
Me detengo y me ahogo con mis palabras.

Respira Lali, sólo respira.

―Sigue… ―me anima Peter.

―Manchez y su banda… ―susurro, cerrando los ojos y apretándolos con fuerza―, harán cualquier cosa para conseguir la información, tenemos que mantener esto muy abajo.

―¿Eso es todo?

Asiento y él suelta mi barbilla y se da vuelta, enfrentando a los otros cinco hombres.
―Bueno, eso es suficiente por ahora. Angel, Ace y Rusty, salgan y encuentren a Huck. Es hora de que tengamos unas palabras.

Tres de los hombres se retiran sin otra palabra, y los otros dos permanecen, mirándome con expresiones duras. Nunca se me ocurrió hasta ahora, con lo que estoy lidiando. Estos hombres son parte de algo muy peligroso. Parece que Peter podría ser la única protección que tengo, e incluso él me está presionando. Peter tiene la cara enojada.

―Váyanse ―les gruñe Peter a los otros dos, y se van. Cuando se van, se vuelve hacia mí―. Ven conmigo.

¿Saldremos de la habitación? ¿Está dejando que salga? Lo sigo a la puerta y a la enorme casa. Mierda, es enorme.

Es muy moderna, con suelos de madera, paredes claras y acabados brillantes. Caminamos a una enorme cocina, con veteados bancos y accesorios cromados. Peter me empuja hacia abajo sobre un taburete y abre un armario, volviendo un momento después con un botiquín de primeros auxilios.

No me atrevo a decir nada. Preferiría que no arreglara esto, entonces conseguiría una infección y probablemente enfermaría. Mi orgullo no valía mucho. Saca un pequeño algodón y comienza a limpiar mi mejilla, ninguno de nosotros habla. Frota toda la sangre y la quita, después la cubre con un parche. Agarra mi barbilla y le da vuelta de un lado a otro, antes de asentir.

―¿Por qué Peter es tu apodo? ―susurro.

Hace una pausa a mitad de lanzar los hisopos con sangre a la papelera. Parece que mi pregunta lo dejó perplejo. Los tira y luego me mira con ojos entrecerrados.

―¿Importa?

―No, pero quiero saber…

―No, no lo es. Es simplemente el nombre que se nos ocurrió. Somos como una hermandad, supongo, y simplemente se quedó.

―¿Por qué eligieron ese?

―¿Por qué estás haciendo preguntas? ―chasqueó.

―Sólo quiero saber, no es como que se lo diría a alguien ―gruño, frustrada.

―Pedro, Eiden, Theo, Taylor, Eddie y Rusty, esos son sus nombres de pila y juntos, explica el Peter, así que tiene ese nombre porque yo empecé el grupo. Todos los chicos excepto Rusty tienen nombres creados, que es como me oyes llamarlos; Angel, Ace, Bull y Snake.

Así que, ¿básicamente eran como una pandilla?

Si bien, no parece que les gustaba la idea de ser llamados así, sin embargo, hasta donde sé, eso es lo que son en un sentido simple. Cierro los ojos un momento y escucho como Peter continúa limpiando.

―Por favor no me encierres en esa habitación nunca más ―susurro, presionando su razonable estado de ánimo.

Él está en el fregadero ahora y deja de moverse de nuevo. Sin volverse, dice: ―Te quedarás allí hasta que diga que puedes salir. Si todo sale bien, puede ser que te permita salir y ayudar en la casa, pero eso depende.

―Por favor…

Él se da vuelta y golpea un vaso sobre el banco.

―Esto no es un hotel princesa, no estás aquí para disfrutar. Si la habitación no es lo suficientemente buena para ti, tengo un sótano oscuro plagado de ratas que podrías preferir.

Niego, tragándome más lágrimas.

Él me mira fijamente durante un largo rato, y luego suspira.

―Mira, por lo que vale lamento haber tenido que hacer esto. Necesito esa información, porque si cae en malas manos todo el infierno se desatará. No quiero hacerte daño, y siento que estés aquí, pero tengo que hacer esto. Soy el mejor lado de esta situación. Hay personas malas tras de ti Lali, quienes podrían haber sido mucho peores para ti. Si Manchez y su banda te hubieran raptado, te garantizo que no estarías sentada aquí hablando. Estarías en un sótano, atada y violada hasta que ya no pudieras respirar por más tiempo.

Me estremezco al pensarlo.

―Su nombre sigue apareciendo en boca de todos. ¿Quién es ese Manchez? ―le pregunto en voz baja.

―Manchez es el líder de la pandilla más temida en esta ciudad y quiere la información que tu padre tiene. Fue tras él también, ¿ni siquiera te diste cuenta del peligro en el que estabas? Te secuestré para obtener la información de tu padre, pero nunca planeé hacerte daño. Manchez por otro lado, te habría matado tan pronto como hubiera llegado a sus manos esa información.

―Mi hermana… ―susurro―. ¿Está segura?

―Sí, está segura. Sólo es tu media hermana…

Asiento, dándole gracias a Dios en ese momento de que sólo sea mi media hermana. Mi madre la tuvo con otro hombre, y mi padre la dejó. Fue cuando las cosas empezaron a ir mal…

―Entonces no es de ninguna utilidad para esos hombres. ―¿Cómo pude vivir tanto tiempo y no saber todo el tiempo que estaba en peligro?

―Tu padre sabe muchas cosas, y, finalmente, las personas lo encontrarán y tratarán de obtener esa información. De una u otra manera, tú habrías sido secuestrada.

―¿Puedo volver a mi habitación? ―susurro, cerrando los ojos. Esto es mucho para tomar.

Él asiente y me lleva de vuelta a mi habitación, cuando está a punto de cerrar la puerta, susurro:

―Gracias.

Él se vuelve, mirándome sorprendido. Sus ojos se encuentran con los míos y por un momento, veo algo más en ellos. Rápidamente, tira del frente con fuerza y asiente con rigidez.

―Sí. Bueno, no soy un maldito monstruo. No te acostumbres a eso, sin embargo, porque no puedo ser tu amigo.


Luego cierra la puerta y se va, y yo lloro en un débil, agotado sueño.


CONTINUARÁ...

martes, 16 de junio de 2015

Capítulo 2

Lali apretó a Azul contra su pecho. Sentía el calor de su diminuto cuerpo y el aroma de su piel infantil.
Todo iba bien. Catherine se había ido unos momentos antes, le desagradaba dejar a su nieta, pero había tomado la decisión más adecuada.
Una suave brisa le revolvió el cabello a Azul, que acarició la mejilla de Lali. Al sentir su contacto, se acordó de Euge y sintió una punzada de dolor.
Sin darse cuenta, apretó a Azul con demasiada fuerza y la pequeña protestó.
—Lo siento, preciosa —dijo en voz baja.
Tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas. Pero se prometió en silencio que cuidaría de la hija de su amiga, que la querría y la cuidaría en su nombre y que jamás se olvidaría de Euge.
Al volver al interior de la casa, se dio cuenta de que Peter no estaba por ninguna parte. Dejó a Azul en el suelo, con los juguetes que Catherine le había llevado, y se sentó con ella. Parecía bastante tranquila, aunque Catherine le había dicho que podía llegar a ser muy exigente.
Le acababa de dar un oso de peluche cuando, en algún lugar de la casa, sonó un portazo. Azul se sobresaltó y Lali rio con suavidad.
—Menudo ruido, ¿eh? — Lali la tumbó en el suelo y le hizo cosquillas en los pies—. Ha sido muy fuerte...
La niña respondió con una sonrisa tímida, y Lali pensó que había heredado la sonrisa de su padre.
—Vas a ser tan guapa que romperás corazones a tu paso.
Los ojos azules de Azul se llenaron de lágrimas.
—Oh, Dios mío... ¿No te ha gustado lo que he dicho?
Lali sentó a la niña en su regazo, en un intento por tranquilizarla, pero Azul rompió a llorar de todas formas.
Vio a Peter en el umbral.
—¿Qué le pasa? ¿Por qué está llorando? —preguntó.
La niña lloró con más fuerza.
—No lo sé. Puede que se haya asustado al verte... O que se sienta insegura porque está en una casa que no conoce y, además, con una persona que no conoce.
Él asintió.
—¿Puedes hacer algo para tranquilizarla?
Lali frunció el ceño.
—Estoy haciendo lo que puedo —contestó—. Pero tendría más éxito si dejaras de hablar en un tono tan seco.
Peter hizo caso omiso.
—Será mejor que la tengas en su habitación cuando yo esté en casa.
Ella lo miró con extrañeza.
—Esta casa también es suya, Peter... Estás bromeando, ¿verdad?
Peter le clavó la mirada.
—No.
Él dio media vuelta con intención de salir de la habitación, pero Lali perdió la paciencia y le dijo, con tanta firmeza como le fue posible:
—Basta ya. Cualquiera diría que Azul es una desconocida que no te importa. Es tu hija.
Peter se giró lentamente.
—Una hija que yo no quería tener en esta casa. Su presencia es un problema para mí y, dado que te has ofrecido a ser su niñera, espero que dediques todas tus energías a Azul.
Lali no reconocía al hombre que estaba ante ella. Su cuerpo le gustaba tanto como siempre, pero sus palabras parecían de otra persona.
—¿Entendido? —dijo él—. Y ahora, espero que hagas lo necesario para que se calme, y que lo hagas rápido.
Lali notó que Peter intentaba fingirse despreocupado, pero no se dejó engañar. Podía ver la tensión en su mirada.
—Quédate con ella un momento.
—¿Cómo? —dijo él, desconcertado.
—Tengo que prepararle la comida. Ya es su hora.
Peter dio un paso atrás y la miró como si le hubiera pedido que echara un vaso de vinagre en el mejor de sus vinos.
—¿Me estás diciendo que eres incapaz de hacer tu trabajo de niñera?
—No, por supuesto que no —replicó con tanta paciencia como pudo—. Simplemente te he pedido que sostengas a tu hija y la entretengas un poco mientras yo le preparo la comida.
Él la miró irritado.
—Lo siento, pero no te pago un sueldo para que me dejes a Azul cuando te convenga.
Peter dio media vuelta otra vez y se marchó.
Entonces, Azul miró a Lali, se metió el pulgar en la boca y dejó de llorar. Por lo visto, se alegraba de que su padre se hubiera ido.
—Bueno, no ha ido tan bien como esperaba —dijo a la pequeña—. Nos tendremos que arreglar sin él.
Lali le dio un beso en la cabeza y, tras tomarla en brazos, la sentó en su sillita, le dio una galleta para que la mordisqueara un rato y se dedicó a leer las notas que Catherine le había dejado. Al parecer, la niña se echaba la siesta dos veces al día y dormía con toda normalidad de noche, después del biberón.
En principio, parecía fácil. Lali suspiró y miró otra vez a la pequeña.
¿Cómo era posible que Peter se negara a cuidar de Azul? Le parecía tan absurdo que, si no hubiera hablado con él unos segundos antes, habría rechazado la posibilidad de que pudiera ser tan frío.
Pero, ¿seguro que lo suyo era frialdad? Había notado algo extraño en sus ojos, algo que no había sabido interpretar. Y, al pensar en su expresión, llegó a una conclusión tan desconcertante como extraña.
Peter estaba asustado. Por algún motivo, tenía miedo de su propia hija.
Un segundo después, Azul se frotó los ojos con las manitas llenas de migas de galleta y Lali se puso en acción. Si quería dar de cenar a la pequeña, tendría que darse prisa; estaba a punto de quedarse dormida.
Al cabo de un rato, ya la había bañado, le había cambiado los pañales, le había puesto un pijama y le había dado el biberón. La acostó en la cuna, a continuación, comprobó que el busca estaba encendido y salió del dormitorio.
Ya en el pasillo, se detuvo. No sabía qué hacer. ¿Debía buscar a Peter y pedirle explicaciones por su extraño comportamiento? ¿U olvidar el asunto y comportarse como si no hubiera pasado nada?
Como aún no había guardado sus cosas, se dirigió al dormitorio principal con intención de vaciar la maleta. Al entrar en el vestidor, vio que uno de los lados estaba completamente vacío y el otro, lleno de ropa de mujer. Lali tocó la ropa y se le hizo un nudo en la garganta; aún olía al perfume favorito de Euge.
El sentimiento de desolación por la muerte de su amiga se combinó con otro de solidaridad profunda hacia el hombre que aún no había sido capaz de guardar las pertenencias de su difunta esposa.
Salió del vestidor y se dirigió a una cómoda. Los cajones no tenían nada, así que los llenó con sus cosas y, a continuación, quitó la maleta de encima de la cama.
Entonces, llamaron a la puerta.
—¿Sí?
Peter entró en la habitación y el cuerpo de Lali reaccionó al instante.
Quizás no fuera el hombre que había sido, pero le causaba el mismo efecto.
El corazón se le había acelerado y la respiración se le había vuelto irregular.
—¿Qué quieres?
Lali lo miró a los ojos y se dijo que debía ser más tolerante con él. A fin de cuentas, había perdido lo que más amaba.
—Solo te quería preguntar si necesitas algo.
Ella asintió y guardó silencio. No estaba segura de que mencionar las pertenencias de Euge fuera lo más oportuno.
—He notado que la niña ha dejado de llorar. ¿Se encuentra bien?
—Sí, se ha quedado dormida —respondió—. Seguro que no la vuelves a oír hasta mañana por la mañana.
—¿Y cómo sabes que se encuentra bien? No estás con ella —observó.
Lali dio una palmadita al pequeño altavoz que llevaba prendido del cinturón.
—Lo sé por esto. En cuanto se despierte, lo sabré.
—¿Estás segura?
—Por supuesto que sí. El aparato parece nuevo y, además, comprobé las pilas.
Peter se estremeció.
—Las pilas son viejas. Compra otras y cámbialas —le ordenó.
Al menos, estaba demostrando que el bienestar de su hija le importaba.
—¿Quieres algo más? He pensado que podría preparar la cena... Azul ya ha comido, pero nosotros no.
—No te molestes, prefiero cenar solo —dijo—. Ya me prepararé algo.
Ella se encogió de hombros.
—No es ninguna molestia. Cocinar para dos es igual que cocinar para uno. Pero, si no me quieres acompañar, te dejaré la cena en el horno.
Él asintió.
—Gracias.
—Si cambias de opinión, dímelo; me encantaría charlar contigo.
Aunque, si lo prefieres, podríamos desayunar juntos mañana por la mañana, con Azul. Creo que sería tan bueno para ella como para ti.
Peter suspiró y se pasó una mano por la cara.
—Mira, sé que solo quieres hacer lo que te parece mejor para la niña, pero vuestra presencia es una complicación. No me lo pongas más difícil.
—Bueno...
—Olvídalo, Lali. Si las cosas pudieran ser de otra forma, actuaría de otra forma. Pero son como son —dijo—. Cuando Catherine se recupere, todo volverá a la normalidad.
—¿A la normalidad? Esto no es normal. No es normal en absoluto —protestó Alexis—. Euge no habría querido que mantuvieras las distancias con tu propia hija.
Él frunció el ceño.
—Haz tu trabajo y deja de meterte en mi vida.
Peter se marchó al instante y ella se quedó completamente desolada.
Por lo visto, no podía mencionar el nombre de su difunta amiga sin que él saliera corriendo. Era evidente que la había querido mucho y que no se había recuperado de la pérdida de su amor. Pero, ¿cómo era posible que no extendiera ese amor a su pequeña?
Peter estaba tumbado en la cama, consciente de que ya no podía dormir más. Había llegado el momento de levantarse y de huir a la bodega antes de que Lali y Azul tomaran posesión de la casa.
Ya no estaba en su santuario particular. Ya no encontraría en aquellas paredes la paz que necesitaba. Ya no sería el lugar tranquilo y seguro donde se podía quedar a solas con sus recuerdos.
Llevaban una semana en la casa, una semana que le había parecido un siglo.
El día anterior, se había llevado un disgusto al comprobar que Lali había cambiado la disposición de los muebles del salón. Cuando se interesó al respecto, ella dijo que los había cambiado de sitio para evitar que Azul sufriera un accidente: la niña se subía al sofá y a las sillas para intentar alcanzar los objetos más diversos. Peter aprobó su decisión, pero le causó un pesar profundo porque el orden anterior era el orden de Euge.
Bostezó y se estiró en la cama. Había dormido tan mal como todos los días desde que Lali lo acusó indirectamente de ser un mal padre. Sus palabras le habían hecho daño. Lali no imaginaba lo que sentía cuando miraba a Azul; no entendía que veía a Euge, y que su sentimiento de pérdida era tan intenso que no lo podía soportar.
Y luego estaba el miedo. Una bestia irracional que había crecido en su interior y que amenazaba con tragárselo todo. ¿Qué pasaría si a Azul le pasaba algo malo? ¿Qué ocurriría si él no sabía qué hacer o no reaccionaba a tiempo? El peso de la responsabilidad lo abrumaba tanto que la presencia de Lali no le producía el menor alivio.
Apartó la sábana, se levantó y se subió los pantalones del pijama. Oyó un chillido procedente del cuarto de la niña. El sonido lo dejó helado durante un segundo, pero se puso rápidamente en movimiento al oír un segundo chillido. Al llegar a la habitación de Azul, estaba tan asustado que tuvo que hacer un esfuerzo para llevar la mano al pomo de la puerta.
Azul no dejaba de chillar. ¿Dónde diablos se había metido Lali?
Temblando, entró en el dormitorio y clavó los ojos en la niña, intentando encontrar la causa de su aflicción. Pero no encontró ningún motivo que la explicara. Aparentemente, estaba bien. Así que cruzó la habitación y se detuvo junto a la cuna.
De repente, la niña sacó los bracitos de entre los barrotes como si intentara alcanzar algo. Peter echó un vistazo a su alrededor y vio un osito de peluche en el suelo. ¿Sería posible que estuviera tan alterada por un simple juguete?
Se inclinó, recogió el peluche y se lo dio. La niña dejó de chillar unos segundos, pero enseguida se tumbó en la cuna y rompió a llorar otra vez.
—Oh, Dios mío... Hoy vas a tener uno de esos días, ¿verdad?
Lali pasó a toda prisa junto a Peter.
—¿Dónde demonios te habías metido? Azul estaba chillando —dijo él.
—Solo ha pasado un minuto desde que ha empezado a chillar —declaró ella en su defensa—. Aunque te comprendo... Cuando se pone así, es tan insoportable que un minuto parece un siglo.
Sacó a Azul de la cuna y la tomó en brazos. Peter fue consciente de que la niña se apretaba contra ella en busca de afecto y, sobre todo, en busca de los grandes y redondeados senos de Lali.
Peter se excitó. Por si la silueta de sus senos no fuera suficiente, se había presentado con unos pantaloncitos de pijama tan cortos que dejaban ver toda la extensión de sus largas y morenas piernas.
Pero, entonces, notó algo que no le gustó tanto.
—¿A qué huele?
—Ah, claro... Ahora entiendo que se haya despertado antes de lo normal.
Peter frunció el ceño.
—No te entiendo.
—Necesita que le cambien los pañales —explicó ella.
Él retrocedió.
—¿Estás segura de que solo es eso? Quizás deberíamos llamar al médico.
Lali soltó una carcajada que a él le sonó muy suave, demasiado íntima.
—No veo qué tiene de gracioso —protestó él—. Podría estar enferma.
—No te preocupes tanto. No le pasa nada.
Lali tumbó a la niña en la mesita, le puso una mano en el estómago y le quitó los pañales manchados antes de alcanzar uno limpio. El olor se volvió insoportable. Pero Peter no salió del dormitorio porque el olor le diera asco, sino porque seguía excitado por culpa de Lali e intentaba disimular su erección.
Volvió unos minutos después, más tranquilo. Para entonces, Lali ya había puesto unos pañales limpios a Azul.
—¿Te encuentras bien, Peter?
La voz de Lali lo sacó de sus pensamientos.
—Sí, sí... perfectamente —replicó.
—En ese caso, sostén a Azul mientras yo me voy a lavar las manos.
Antes de que él pudiera protestar, Lali le dejó a la niña en los brazos.
Y Peter se estremeció, muerto de miedo. ¿Qué pasaría si le hacía daño, si hacía algo mal? ¿Qué haría si empezaba a llorar otra vez?
Miró los ojos azules de su hija, tan parecidos a los de Euge. Bajo sus pestañas se formaron gotas, como si estuviera al borde del llanto.
—Gracias Peter. Ya me encargo de ella.
Peter le devolvió a la niña, inmensamente aliviado. Pero, de repente, pasó algo que no esperaba. Se sintió como si echara de menos el peso de su hija, la calidez de su piel, la respiración de sus pequeños pulmones.
Dio un paso atrás y, luego, otro.
No, no se podía sentir así. No se podía permitir el lujo de amar otra vez y de volver a perder el amor, como le había pasado con su esposa.
Con esfuerzo, se sobrepuso al sentimiento de vacío y apartó la mirada de la niña, que ahora lo observaba con interés pegada al pecho de Lali.
—¿Estás segura de que se encuentra bien?
Lali sonrió.
—Claro que está bien —afirmó—. Aunque se ha despertado tan pronto que luego tendrá que echarse una siesta más larga de lo normal.
—Bueno... pero no dudes en llamar al médico si su estado te preocupa.
—No dudaré. Te lo prometo.
La voz de Lali sonó más suave que antes y, cuando sus miradas se cruzaron, Peter tuvo la sensación de que sentía lástima de él.
No quería la solidaridad de nadie. No quería la conmiseración de nadie.
Las cosas le iban bien, muy bien. O, al menos, intentó convencerse de que le iban bien.
Pero no se pudo engañar. Empezaba a notar la influencia de Azul y de Lali, una influencia profunda, que ejercían en planos distintos. Y le abrumaba tanto que dio media vuelta y salió de la habitación.
Necesitaba estar solo. Marcar las distancias.
Lali admiró el cuerpo de Peter cuando salió del dormitorio, apartó la vista con un suspiro cuando el objeto de sus deseos se subió los pantalones del pijama, que le estaban demasiado grandes y se le caían.
Siempre había sido un hombre extraordinariamente atractivo. De hecho, su pérdida de peso contribuía a enfatizar la belleza y la definición de sus músculos, particularmente, a la altura de su estómago.
Lali se alegró de tener que cuidar de Azul, porque la presencia de la niña había impedido que hiciera algo tan estúpido como acercarse a él y tocarlo. Habría dado cualquier cosa por llevar las manos a su estómago e introducirlas por debajo de los pantalones. Habría dado cualquier cosa por comprobar si Peter Lanzani era susceptible a sus encantos.
La boca se le hizo agua, y sintió un cosquilleo en la yema de los dedos.
Cerró los ojos brevemente, en un intento por borrar la imagen del cuerpo de Peter, pero su huella se volvió más profunda.
Sacudió la cabeza y se dijo que el deseo solo serviría para complicar las cosas. No la llevaría a ninguna parte ni les haría ningún bien a ninguno.
Estaba allí en calidad de niñera, para hacer un trabajo. Sería mejor que lo recordara.
Llevó a Azul a su dormitorio, para vigilarla mientras se vestía, y siguió analizó lo sucedido. Ahora lo entendía todo. Comprendía la renuencia de Peter a estar con la niña, a tenerla en brazos, a interrelacionarse con ella en cualquier sentido. Comprendía esa extraña obsesión por su estado físico.
Había dejado a la niña en sus brazos porque quería hacer un pequeño experimento. Y había sido un éxito. Tal como imaginaba, Peter había sentido miedo, no miedo de su hija, sino miedo por su hija, por lo que le pudiera pasar.
El instinto paternal de Peter era muy intenso, aunque no supiera qué hacer con él. Y Lali pensó que le podía echar una mano en ese sentido.
Si él se lo permitía.
Se giró hacia la fotografía enmarcada de Euge, que decoraba la mesita del dormitorio, y dijo en voz alta:
—Peter es un caso difícil. Pero creo que ya he dado el primer paso.

Lali se sintió súbitamente esperanzada. Era consciente de que su amiga habría aprobado sus esfuerzos por arrancar a Peter de las garras de la depresión.


CONTINUARÁ...

lunes, 9 de marzo de 2015

Capítulo 2

LALI

Las palabras se convierten en un borrón cuanto más tiempo me quedo mirándolas.

El papel se moja con mis lágrimas. Las lágrimas que no han dejado de caer desde que recibí la llamada telefónica. Ahora estoy sosteniendo un formulario de pedido con su nombre en él. El ramillete del ataúd para ser hecho en nuestros colores de preparatoria: rojo y dorado. El ramillete de pie para ser hecho en los colores de su boda, nuestros colores universitarios: verde y blanco. Esto es lo que quiere Eugenia.

Eugenia va a enterrar a su esposo en pocos días y sin embargo está lo suficientemente bien como para tomar decisiones sobre qué tipo de flores adornarán el ataúd de su esposo.

¿Yo? Ni siquiera puedo lograr leer el formulario de pedido.

Cuando Eugenia llamó y me pidió que hiciera los arreglos florales tomó todo de mi parte decir que sí cuando realmente quería decir que no. No quiero hacer esto. Ni siquiera quiero pensar que Nico se ha ido. Lo he conocido desde el primer grado y ahora se ha ido. Él no se pasará por aquí el lunes para recoger su pedido habitual. Eugenia no va a recibir su docena de rosas semanal, algo que ha estado recibiendo desde que él comenzó a proponérsele a los diecisiete años.

Ellos fueron los afortunados, teniendo todo calculado en la escuela preparatoria y apegándose a ello. Yo pensé que también tenía eso, pero fui tomada por sorpresa en mi primer semestre en la universidad. Mi vida fue puesta patas arriba con unas cuantas palabras cortas y un portazo, creando un muro entre el amor de mi vida y yo.

Me levanto con las piernas temblorosas, limpio mis lágrimas y me dirijo hacia la puerta para darle la vuelta al cartel de “Cerrado” a “Abierto”. No quiero abrir hoy, pero tengo que hacerlo. Hay una boda, una fiesta de ex-alumnos y el funeral de Nicolás en los próximos días, y soy la afortunada de hacer todos sus arreglos florales.

Fijo la orden de Eugenia en la pizarra junto al resto de las órdenes. Tengo que tratarla como a cualquier otro cliente a pesar de que es una a la que desearía no estar despachando.

Respira hondo, me digo a mí misma cuando me pongo a trabajar en la primera orden. Hay cuarenta ramilletes de muñeca y arreglos florales para la solapa que hacer hoy y lo único que quiero hacer es aplastar las rosas entre las palmas de mis manos y lanzarlas por la puerta.

Las campanitas de la puerta rompen mi concentración. Hora de poner una cara feliz. Candela está caminando hacia mí, tazas de café en mano. Me limpio las manos en mi delantal verde y la encuentro en el mostrador.

—Gracias —le digo justo antes de sorber el líquido caliente. El camino a mi corazón es definitivamente a través de un café con leche acaramelado.

—Sabía que lo necesitabas. Podía sentir tu profundo deseo cuando estaba en la cola.

Candela es mi trabajadora a medio tiempo y mi amiga a tiempo completo. Se mudó a Beaumont hace tres años para escapar de un marido abusivo y encajó inmediatamente con Eugenia y conmigo.

—¿Cómo lo estás llevando? —pregunta. Me encojo de hombros, realmente sin querer hablar de las cosas ahora mismo. Necesito superar el día. Cuando la noticia se empiece a extender van a volver antiguos compañeros de clase y, tan vano como suena, quiero lucir bien. No quiero lucir como si acabara de ser dejada, porque de todos modos eso es lo que la mayoría de ellos recuerda.

—Yo solo… —Escondo mis ojos detrás de mi mano—. No tengo  recuerdos que no involucren a Nico. No sé qué va a suceder el lunes cuando abra y él no esté aquí para comprar las flores de Eugenia. Lo ha hecho durante más de diez años.

—Lo siento tanto, Lali. Desearía que hubiese algo que pudiera hacer
por ustedes.

—Solo estar ahí para Eugenia es suficiente. Yo me encargaré de mis propios sentimientos.

Candela rodea el mostrador y me da un abrazo antes de ir a ponerse el delantal. Estoy agradecida por su ayuda, sobre todo hoy. Tal vez pueda pasarle los preparativos del funeral y centrarme en lo alegre.

Pero, pensándolo mejor, tal vez no.

De pie en el frente, mirando dentro de la tienda está el señor Riera.

Se ve perdido.

—Ya vengo —le digo a Candela cuando me deslizo por la puerta. El clima es ventoso con un frío en el aire. Definitivamente no es un día de otoño promedio aquí.

—Señor Riera —digo, extendiendo la mano para tocarle el brazo. Él perdió a su esposa el año pasado debido al cáncer y ahora su hijo… no puedo imaginarlo.

—Mariana. —Su voz es entrecortada, ronca. Sus ojos están demacrados y enrojecidos—. Estaba caminando y cuando miré a la ventana de aquí recordé la primera vez que tuve que traer a Nicolás para conseguirle flores a Euge. Ellos iban a algún baile y yo los iba a llevar. —Él niega con la cabeza, como si no estuviera seguro de si lo está inventando o si no quiere recordar más.

—Eso fue hace mucho tiempo, señor Riera. ¿Quiere venir adentro y llamaré a Eugenia por usted? Tal vez ella pueda venir a recogerlo.

Él niega con la cabeza.

—No quiero molestar a Euge. Ella tiene suficiente de qué preocuparse como para tener que cuidar de su suegro. —Él deja de hablar de repente, con los ojos vidriosos. Miro a mi alrededor para ver si hay algo que ha llamado su atención—. ¿Sigo siendo su suegro?

Mi mano cubre mi boca, pero no puede ahogar mi llanto.

—Por supuesto que sí —susurro—. Ella es su Euge, usted es el único que puede llamarla así, sabe. Ella lo quiere como si fuese su propio padre.

El señor Riera me mira y asiente antes de irse caminando. Quiero seguirlo y asegurarme de que llega a su casa o a donde sea que decida ir, pero me quedo congelada en la acera viéndolo alejarse.

Nicolás nunca sabrá el impacto que ha tenido en todas las personas en
Beaumont.

Cuando logro regresar a la tienda, Candela está sacando las rosas para los ramilletes fúnebres. Doy un suspiro de alivio dado que no tuve que pedírselo. Ella simplemente lo sabía. Camino detrás de ella y envuelvo mis brazos a su alrededor, abrazándola, dándole las gracias por ser una buena amiga.

Las órdenes llegan como locas, la mayoría de ellas para Eugenia o para el servicio. Mantengo mi chico de repartos ocupado hoy y cada vez que él entra está sonriendo de oreja a oreja. No puedo imaginar por qué. La mayoría de la gente no da propina cuando reciben flores para un funeral, a menos que, por supuesto, seas la señora Suárez, la presumida mamá plástica de Eugenia que es todo lo que la palabra “apropiada” representa.

Candela y yo trabajamos lado a lado. Trato de no prestar atención, pero no puedo dejar de echarle un vistazo cada pocos minutos. Los arreglos están saliendo a la perfección. Me gustaría pensar que Mason estaría impresionado.

—¿Cuándo le vas a decir que sí a Pablo?

Amenazo con apuñalar a Candela con mis tijeras de podar.

—Me lo pidió de nuevo la otra noche —digo mientras saco un poco de
gipsófila para cortar.

—¿Qué número es?

Me encojo de hombros.

—He perdido la cuenta.

Candela lanza sus tijeras y coloca las manos en sus caderas.

—¿Qué demonios estás esperando? Él tiene un buen trabajo, te ama y se preocupa por Noah. No muchos hombres quieren hacer el rol de papá cuando no es su hijo. —Trato de ocultar mi sonrisa, pero ella me da un puñetazo en el brazo—. ¿Dijiste que sí?

Asiento, lo cual la hace saltar arriba y abajo. Ella hala mi mano hacia adelante y frunce el ceño al ver que no estoy usando un anillo.

—Vamos a esperar hasta que todo se calme. No es momento para celebrar, ¿sabes? Ambos perdimos a nuestro amigo y aunque estamos felices y enamorados, Eugenia y los niños son más importantes para nosotros que decirle a todo el mundo que por fin nos vamos a casar.

Candela envuelve sus brazos alrededor de mí, sujetándome con fuerza.

—Él te hará feliz, Lali.

—Ya lo hace —respondo cuando ella da un paso atrás. Ya puedo ver las ruedas girando en su cabeza y esto solo consolida lo que le dije a Nick: tenemos que fugarnos.

Ella se voltea y comienza a trabajar de nuevo.

—¿Crees que él adoptará a Noah?

Dejo caer mis tijeras al suelo, apenas fallando mi pie. Me aclaro la garganta.

—Yo… yo no estoy segura de eso.

—¿Por qué no? Lo ha estado criando desde que él tenía qué, ¿tres años?

Me muerdo el labio y asiento hacia ella.

—Nunca lo hemos discutido y en realidad no quiero hablar del papá de Noah en estos momentos.

Ella me mira y sonríe.

—Está bien —dice, pero sé que preguntará de nuevo.


No he pensado en el papá de Noah en años. No, eso no es cierto. Más como en horas, y más aún desde que Nicolás murió. No sé si él sabe sobre Nicolás o incluso si le importa. Solo espero que no se aparezca por aquí.


CONTINUARÁ...