Mostrando entradas con la etiqueta Capítulo 25. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Capítulo 25. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de mayo de 2015

Capítulo 25

PETER

P
or primera vez en años estaré sentado en una comida de Acción de Gracias. Cuando Eugenia llamó y extendió la invitación la acepté inmediatamente. Sabía que pasar el fin de semana con Lali y Noah estaba completamente fuera de discusión. Luego de que estuvo aquí para la feria, las cosas entre nosotros se tornaron tensas y eso, una vez más, fue mi culpa.

Me di cuenta que había jodido las cosas con ella y probablemente para ella.

Llegar a Beaumont es mejor esta vez. Me voy a quedar en la casa de Eugenia en vez de un hotel y estoy agradecido por eso. Seré capaz de pasar buenos momentos con Noah en la comodidad de una casa. Él y yo pasaremos el sábado buscando casas porque el viernes prometí vigilar a las gemelas para que Eugenia pudiera ir de compras.

Conduzco a través de la ciudad esperando ver un vistazo de Lali en la tienda. Sé que es una apuesta arriesgada, pero estoy desesperado. Estoy enamorado de una chica que no puede corresponderme. Tengo que tomar lo que pueda conseguir. Conduzco dos veces, ambas en vano.

Deteniéndome en el camino de la entrada, en la casa de Eugenia, Rufina se para y me ondea una mano desde la parte trasera de la camioneta. Cuando salgo de mi rentado, ella está saltando arriba y abajo gritando mi nombre.

—Hola, señorita Rufina. —Abro el maletero y saco las maletas. Empaqué ropas extra esta vez solo en caso de que decida quedarme más de una semana. La última vez que estuve aquí por casi dos semanas terminé comprando más ropa. También recogí el bolso contenedor Apple de la laptop que compré para las chicas. Quiero ser capaz de hacer video-llamadas con Rufina y mirar fútbol con ella para que no esté sola los domingos.

—¿Qué hay en el bolso, tío Peter? —Me detengo en seco cuando me llama tío. Esto era algo de lo que Nicolás y yo bromeamos muchas veces cuando habíamos hablado de nuestras vidas y la dirección a la que se estaban dirigiendo.

—Oh, nada importante solo regalos para ti, Alai y tu mamá. —La emoción en su cara vale la pena que le traiga regalos. No estoy seguro de cómo va a reaccionar Eugenia a ellos o si incluso los aceptará.

Rufina me guía a la casa. El olor a pastel de calabaza hace que mi estómago gruña. Eugenia está en la cocina con un delantal atado alrededor de su cintura, como Elle. Eugenia se acerca para recibirme. La beso en la mejilla a la vez que me abraza.

—Gracias por invitarme.

—Bueno, Rufina necesitaba a alguien con quien mirar el fútbol mañana.

—Miro a Rufina que se encoge de hombros. Alai está sosteniendo la mano de su hermana esperando con impaciencia los regalos que traje—. Rufina te mostrará tu cuarto.

Sigo a Rufina abajo.

—¿Recuerdas la TV?

—Claro —contesto. Doblamos la esquina en la habitación de Nicolás y veo por qué me ha traído aquí. Tiene un agujero enorme en el centro—. ¿Qué sucedió?

—Alai se volvió loca y lanzó el balón de fútbol de papi hacia él.

No sé qué decir así que solo cierro la boca. He sido padre por poco más de un mes por lo que no estoy calificado para manejar este tipo de cosas.

Rufina abre una puerta y entra.

—Esta es la casa del perro. —No puedo evitar reír porque no solo es aquí donde Nicolás pasaba probablemente mucho tiempo, sino que está decorado como tal. Tengo que agradecerle a Eugenia por traerme humor a mi vida. Rufina me deja para que me instale. Le mando un mensaje a Noah para dejarle saber que estoy en la ciudad y en la casa de Eugenia, y que nos veremos el viernes. Quería verlo esta noche o mañana, pero Lali fue insistente en que él pasara las vacaciones con ella, Pablo y sus familias. Realmente no podía discutir con ella, así que acepté lo que ella dijo y lo dejé pasar.

Llevo mi bolsa de golosinas conmigo cuando llego arriba. Eugenia está sentada en la mesa, sus dedos frotando sus sienes. Puedo ver una chequera abierta y un montón de facturas. Retiro la silla y me siento frente a ella y la palmeo con suavidad. Ella intenta sonreír, pero ha estado llorando.

—¿Dónde andan las chicas?

Recoge los papeles y los empuja a un lado.

—Están mirando una película en sus cuartos.

—¿Quieres hablar de aquello? —Señalo la pila de facturas. Ella sacude la cabeza, limpiándose las lágrimas de su cara.

—No puedo lograrlo. Tengo que vender la casa.

Sé que estoy pisando los límites, pero no puedo evitarlo. Agarro la chequera y miro. No hay suficiente para comprar un galón de leche allí. Agarro la pila de facturas, pero su mano baja sobre la mía.

—Déjame ayudar, Eugenia. Sé que no quieres limosnas, pero por favor, escucha. Tengo los medios para encargarme de esto. Por Nicolás.

—No puedo, Peter.

—Tampoco puedes vender la casa. Este es el hogar que tus niñas compartieron con su papá, tiene recuerdos. —Extiendo mi mano y tiro de su mano en la mía—. Quiero hacer esto por las niñas. Por favor, déjame arreglar todo esto.

Ella aparta su mano para cubrirse la cara mientras solloza. Asiente, dándome su consentimiento para encargarme de sus facturas. Planeo hacer mucho más.

Intento convencer a Eugenia de que necesita salir una noche, pero se niega y me empuja por la puerta. Quiero que venga conmigo a lo de Agustín. Le dije a Agus que haría algunos conciertos para él si cobraba una cobertura.

Quiero que él saque algún beneficio de mí. Es lo menos que podía hacer.

Llego temprano, la puerta abierta por un bloque de cemento. Entro para verlo instalando el escenario y me acerco para darle una mano.

—Hola, llegas temprano.

—Sí, quería hablar contigo de algo antes de ir esta noche. —Conecto los enchufes eléctricos para el amplificador y el micrófono, asegurándome que estarán fuera de mi camino.

—¿Qué pasa?


—Me gustaría hacer un show a beneficio para Eugenia Riera y las niñas. Traeré a mi banda y haré que mi manager se encargue. Tocaremos gratis, pero todos los honorarios de la puerta tienen que ir para Eugenia.

Agustín se frota la barbilla, sus dedos yendo hacia atrás y adelante.

—¡Absolutamente! —dice con mucho entusiasmo—. Diablos, esta noche todos los cargos de la puerta serán para ellos. Haré que mi mujer haga algunos carteles.

—Gracias, Agustín. —Le doy palmaditas en la espalda antes de que deje el escenario. Vuelvo a mi coche y consigo el teclado y la guitarra. Le dije a Agustín que haríamos el show esta noche. En cuanto mi equipo está instalado ejecuto una rápida revisión de sonido. No voy a estar preocupado por la calidad del micrófono, pero quiero escuchar cómo es la acústica en este lugar con el amplificador.

Las mujeres deambulan alrededor del escenario, algunas vestidas con las faldas más cortas. Antes de regresar a Beaumont por Nicolás, habría tomado a una de ellas en la parte posterior para una rápida follada, pero ahora no, ni una sola de ellas me atrae. De hecho, la manera en que están vestidas solo muestra lo fáciles que son.

Cuando las luces se atenúan, empiezo mi actuación. Voy a hacer doce canciones esta noche, quizás un bis. No lo he decidido aún. Empiezo con Unforgettable. Este será nuestro segundo sencillo. María me matará si descubre que lo he tocado, pero no me importa realmente.

Entre canciones tomo algunas de las peticiones de las fanáticas en el frente. Piden algunos de mis éxitos anteriores, pero la mayoría de las canciones que voy a tocar esta noche son de nuestro álbum más reciente.

—Bien, tengo tiempo para un pedido más —le digo a la multitud.

—Tengo un pedido —grita una voz masculina desde el frente de la barra.

Busco a la persona para que se acerque, pero nadie se está moviendo.

—¡Tengo un pedido, dije!

—Bien, vamos a escucharlo —contesto, todavía esperando que el hombre se muestre.

—Mi primer pedido es que dejes a mi maldita prometida en paz. Mi segundo pedido es que dejes Beaumont y nunca regreses. Y mi tercer pedido de la noche es que le digas a tu hijo lo maldito perdedor que eres para que cuando te vayas no me odie por llevarte fuera de la ciudad.

Las personas borrachas apestan.

Pablo finalmente se encuentra a la vista, se está balanceando de un lado hacia otro. Tiene un amigo en cada lado intentando conseguir que se siente.

Todos en el bar están en silencio, la mitad mirándome, la otra mitad mirándolo.

Rasgueo mi guitarra para llamar la atención de la multitud.

—¿Puedes responderme, Lanzani?

—No, Martínez. Este no es el momento ni el lugar.

—Vayamos afuera, estrella.

Sacudo la cabeza y remuevo mi guitarra.

—Lo lamento gente, el show ha terminado. Pero no olviden el concierto beneficio que estaremos dando.

Empaco mi guitarra y el teclado mientras Agustín se disculpa en mi oído por Pablo. Le digo que no se preocupe por Pablo, que está borracho. Busco en torno al bar por él, pero se ha ido por lo que decido llamarlo una noche.

Cuando salgo él se encuentra apoyado contra un camión. No estoy de humor para hablar con él así. Pongo mis pertenencias en el asiento trasero y me doy la vuelta para enfrentarlo. Está caminando hacia mí, incapaz de caminar en línea recta.

—¿Dónde están tus amigos?

—No los necesito para patearte el trasero, Lanzani.

—No voy a pelear contigo —digo mientras me alejo de mi coche.

—Bueno, yo quiero pelear contigo. Tengo que pelear por mi familia. Desde que tú apareciste, todo es Peter esto, Peter aquello. Mi papá esto, mi papá aquello. Yo soy su maldito padre, no tú. Yo lo crié. Yo le limpié la piel de las rodillas y le enseñé a jugar futbol mientras tú estabas revolcándote con la mitad de la población femenina.

»Y la que pronto será mi esposa… Dios, qué perra ha sido, todo porque tú…

—No la llames perra, Pablo. Estás borracho y vas a lamentarlo. —Saqué mi teléfono y le mandé un mensaje a Lali diciéndole que tiene que venir por él antes de que algo malo pase.

—La dejaste. Yo recogí los pedazos. Esperé pacientemente para que ella mirara en mi dirección y cuando finalmente lo hizo, estuve tan contento. Pero no, tuviste que volver y arruinarlo para nosotros. Ella me ama, no a ti así que por qué no empacas tu mierda y te vas. Haznos a todos un favor y sal de aquí. Quiero a mi familia de regreso y tú te encuentras en el camino.

—Es mi hijo, Pablo. No lo abandoné. Se merece conocerme.

Pablo sacude la cabeza y se recuesta contra mi coche, su cabeza colgando. Si no lo conociera mejor pensaría que está llorando. Entiendo de dónde viene él, pero no existe manera de que renuncie a Noah. Lali, sí, esperaré por ella, pero Noah es mío y tengo la intención de quedarme por él. Lali se detiene, las brillantes luces del coche brillan contra Pablo. Él alza la mirada y se protege los ojos. Me quedo, en el mismo lugar que estaba cuando empezó a acometer hacia mí, esperando a que ella saliera del coche.

—Hola nena —dice cuando ve a Lali. Ella me ofrece una pequeña sonrisa antes de tirar a Pablo a sus brazos—. Te amo, Mariana. Dime que me amas. Dile a Lanzani que me escoges a mí por sobre él.

—Vamos, Pablo, vamos a casa.

—Dile, Lali. Dile así se irá y nos dejará en paz. Quiero a mi prometida  de vuelta.

—Puede escucharte. No tengo que repetir lo que está diciendo.

—¿Dormiste con él en Los Ángeles?

—No, Pablo. Ahora ven. Estás borracho y quiero ir a casa. —Lali tira de Pablo hacia su coche, ayudándolo a entrar. Ella no me mira antes de entrar en el asiento del conductor o cuando arranca.

Entro en mi coche y cierro la puerta.


Una noche perfecta arruinada.


CONTINUARÁ... ¡Hola! Al fin he decidido dejar programados los caps hasta el treinta, y los seis restantes los haremos como maratón en cuanto pueda! 

jueves, 8 de enero de 2015

Capítulo 25

25
POSESIÓN


Ella va a estar allí.

Aparecer sería un error.

Sería difícil.

Ella va a estar allí.

¿Qué pasa si alguien le pide bailar?

¿Y si conoce a su futuro esposo y estoy ahí para presenciarlo?

No quiere verme.

Podría emborracharme y hacerla enfadar.

Podría emborracharse y hacerme enfadar.

No debería ir.

Tenía que ir. Ella estaría allí.

Hice una lista mental de los pros y los contras de ir a la fiesta de San Valentín, pero siempre regresaba a la misma conclusión: tenía que ver a Lali, y ahí era donde ella iba a estar.

Nicolás se preparaba en su cuarto, apenas me hablaba desde que él y Eugenia habían regresado nuevamente. En parte debido a que permanecieron encerrados en su habitación para recuperar el tiempo perdido, y todavía me culpaba por las cinco semanas que habían pasado separados.

Eugenia no perdió ningún momento para hacerme saber que me odiaba hasta las entrañas, sobre todo después de que la última vez le había roto el corazón a Lali. Había hablado con Lali cuando había abandonado su cita con Pablo para venir conmigo a la pelea. Por supuesto que la quería allí, pero cometí el error de admitir que era también principalmente porque quería demostrar que aún era mía. Quería saber que Pablo no tenía control sobre ella. Lali sentía que había tomado ventajas de sus sentimientos hacia mí, y tenía razón.

Todas esas cosas fueron suficientes como para hacerme sentir culpable, pero el hecho de que Lali hubiera sido atacada en el lugar donde la había llevado hacía que se me hiciera casi imposible mirarla a los ojos. Nuestro cercano encuentro con la ley, sumado a todo esto, me hacía sentir como un gran pedazo de mierda.

A pesar de mis constantes disculpas, Eugenia pasó sus días en el apartamento disparando sucias miradas en mi dirección, haciendo injustificados comentarios de mierda. Incluso después de todo eso, me alegré de que Nicolás y Eugenia se hubieran reconciliado. Si ella nunca hubiera regresado con él, Nicolás nunca me lo hubiera perdonado.

—Me voy —dijo Nicolás. Entró en mi habitación, donde estaba sentado en bóxer, aún en conflicto sobre qué hacer—. Recogeré a Euge en su dormitorio.

Asentí una vez. —¿Lali todavía irá?

—Sí. Con Gastón.

Logré una media sonrisa. —¿Eso debería hacer que me sienta mejor?

Nicolás se encogió de hombros. —Lo haría. —Miró alrededor, a mis paredes y asintió—. Pusiste las fotos de nuevo.

Miré a mí alrededor, asintiendo otra vez. —No lo sé. No se sentía bien tenerlas sólo encerradas en un cajón.

—Supongo que te veré más tarde.

—Oye, ¿Nico?

—¿Sí? —dijo, sin voltearse.

—Realmente lo siento, primo.

Nicolás suspiró. —Lo sé.

En el segundo que se fue, entré en la cocina para servirme un último trago de whisky. El líquido ambarino permaneció en el vaso, esperando a ofrecer consuelo.

Lo lancé en mi garganta y cerré los ojos, pensando en hacer un viaje a la tienda de licores. Pero no había suficiente whisky en el universo para ayudarme a tomar una decisión.

—A la mierda —dije, cogiendo las llaves de la moto.

Después de una parada en Ugly Liquor Fixer13, llevé mi Harley por encima del bordillo y aparqué en el patio delantero de la casa de la fraternidad, abriendo la botella de un cuarto de litro que acababa de comprar.

Encontrando valor en la botella, entré en Sig Tau. Toda la casa estaba cubierta de rosa y rojo, adornos baratos colgando del techo, el brillo cubriendo el suelo. El bajo de los altavoces en la planta baja zumbaba por toda la casa, amortiguando el constante sonido de risas y conversaciones.

De pie solo en la habitación, tuve que girar y maniobrar a través de la multitud de parejas, buscando a Nicolás, Eugenia, Gastón o Lali. Especialmente a Lali. Ella no estaba en la cocina, o en cualquiera de las otras habitaciones.

Tampoco estaba en el balcón, así que bajé. Mi respiración se cortó cuando la vi.

El ritmo de la música era más lento, y la angelical sonrisa era perceptible incluso en el oscuro sótano. Sus brazos estaban alrededor del cuello de Gastón, mientras él se movía torpemente con ella en la música.

Mis pies me impulsaron hacia delante, y antes de que supiera lo que estaba haciendo, o deteniéndome a pensar en las consecuencias, me encontraba a centímetros de ellos.

—¿Te importa si interrumpo, Gastón?

Lali se quedó inmóvil, sus ojos brillando con reconocimiento.

Los ojos de Gastón rebotaron en mí y en ella. —Por supuesto.

—Gastón —susurró ella mientras se retiraba.

La apreté contra mí y di un paso.

Lali siguió bailando, pero mantuvo el mayor espacio posible entre nosotros. —Pensé que no vendrías.

—No iba a venir, pero sabía que estabas aquí. Tuve que venir.

Con cada minuto que pasaba, esperaba que se alejase, y con cada minuto que permaneció en mis brazos, se sintió como un milagro. —Estás hermosa, Pidge.

No.

—¿No qué? ¿Qué no te diga que eres hermosa?

—Sólo… no.

—No quise decir eso.

Gracias —espetó.

—No… tú luces hermosa, eso es verdad. Estaba hablando de lo que dije en mi habitación. No voy a mentir. Disfruté alejándote de tu cita con Pablo…

—No era una cita, Peter. Solo estábamos comiendo. Él ahora no me habla, gracias a ti.

—Lo escuché. Lo siento.

—No, no lo haces.

—T-Tienes razón —dije, tartamudeando cuando me di cuenta de que se estaba enfadando—. Pero yo… Esa no era la única razón por la que te llevé a la pelea. Te quería allí conmigo, Pidge. Eres mi amuleto de la suerte.

—No soy tu nada.

Mis cejas se alzaron y me detuve en medio. —Tú eres mi todo.

Los labios de Lali formaron una fina línea, pero sus ojos se suavizaron.

—Realmente no me odias… ¿verdad?

Lali se dio la vuelta, poniendo más distancia entre nosotros. —A veces desearía hacerlo, haría todo este infierno más sencillo.

Una pequeña sonrisa cautelosa tiró de mis labios. —Entonces, ¿qué te molesta más? ¿Lo que hice para que quisieras odiarme? ¿O saber que no puedes?

En un instante, la ira de Lali regresó. Se apartó de mí, corriendo por las escaleras hasta la cocina. Me quedé solo en medio de la pista, un tanto estupefacto e indignado de que de alguna manera había logrado reavivar su odio hacía mí de nuevo. Tratar de hablar con ella parecía inútil ahora. Toda interacción sólo se añadía a la creciente bola de confusión que era nuestra relación.

Subí las escaleras y caminé directamente hacia el barril de cerveza, maldiciendo mi codicia, la vacía botella de whisky yaciendo en algún sitio en el patio delantero de Sig Tau.

Después de una hora de cervezas, conversaciones aburridas y borrachas con mis hermanos de fraternidad y sus citas, le eché una ojeada a Lali, intentando atrapar su mirada. Estaba mirándome, pero desvió la mirada. Eugenia parecía estar en medio de un intento de animarla, y luego Gastón tocó su brazo. Era evidente que estaba listo para irse.

Se bebió el resto de su cerveza en un rápido trago, y luego tomó la mano de Gastón. Caminó dos pasos, y luego se congeló cuando la misma canción que habíamos bailado en su fiesta de cumpleaños flotó por las escaleras. Ella extendió la mano y agarró la botella de Gastón, tomando otro trago.

No estaba seguro de si era el whisky hablando, pero algo en la expresión de sus ojos me dijo que los recuerdos de la canción desencadenados eran tan dolorosos para ella como lo eran para mí.

Todavía se preocupaba por mí. Tenía que hacerlo.

Uno de mis hermanos de fraternidad se apoyó en el mostrador junto a Lali y sonrió. —¿Quieres bailar?

Era Brad, y aunque sabía que él probablemente sólo notó la mirada triste en su rostro y trataba de alegrarla, los pelos en mi nuca se erizaron. Mientras que negaba con la cabeza para decir que no, estaba a su lado, y mi jodidamente estúpida boca se movió antes de que mi cerebro pudiera decirle que parara.

—Baila conmigo.

Eugenia, Nicolás y Gastón miraban a Lali, esperando su respuesta tan ansiosamente como yo.

—Déjame en paz, Peter —dijo, cruzando los brazos.

—Esta es nuestra canción, Pidge.

—No tenemos una canción.

—Pigeon…

No.

Ella miró a Brad y forzó una sonrisa. —Me encantaría bailar, Brad.

Las pecas de Brad se extendieron por sus mejillas cuando sonrió, haciendo un gesto con su mano para guiar a Lali hacia las escaleras.

Me tambaleé hacia atrás, sintiendo como si acabara de recibir un puñetazo en el estómago. Una combinación de ira, celos y tristeza hirvió en mi sangre.

—¡Un brindis! —grité, subiendo a una silla. En mi camino a la cima le robé la cerveza a alguien y la puse delante de mí—. ¡Por los idiotas! —dije, señalando a Brad—. Y por las chicas que rompen tú corazón. —Hice una reverencia a Lali.

Tenía la garganta apretada—. Y por el absoluto y horrible horror de perder a tú mejor amiga porque fuiste lo suficientemente estúpido como para enamorarte de ella.

Incliné hacia atrás la cerveza, terminando lo que quedaba, y luego la tiré al suelo. La habitación estaba en silencio excepto por la música que se reproducía en el sótano, y todo el mundo me miró con masiva confusión.
Un rápido movimiento de Lali llamó mi atención cuando agarró la mano de Brad, llevándolo abajo, hacia la pista de baile.

Salté de la silla, dirigiéndome hacia el sótano, pero Nicolás puso su puño en el lado derecho de mi pecho, inclinándose hacia mí. —Necesitas detenerte —dijo en voz baja—. Esto sólo va a terminar mal.

—Si termina, ¿qué importa? —Empujé a Nicolás, pasándolo y bajé las escaleras hasta donde Lali bailaba con Brad. La bola de nieve era demasiado grande para detenerla, por lo tanto decidí sólo rodar con ella. Allí no había vergüenza en lanzar balones fuera. No podríamos volver a ser amigos, así que odiarnos el uno al otro parecía una buena idea.

Me abrí paso entre las parejas en la pista de baile, deteniéndome junto a Lali y Brad. —Los interrumpo.

—No, no lo harás. ¡Jesús! —dijo Lali, agachando la cabeza con vergüenza.

Mis ojos se dirigieron hacia los de Brad. —Si no te alejas de mi chica, te cortaré la garganta. Aquí mismo, en la pista de baile.

Brad parecía en conflicto, con los ojos nerviosamente saltando de mí a su pareja de baile. —Lo siento, Lali —dijo, lentamente apartando los brazos de ella.

Se retiró hacia las escaleras.

—Cómo me siento hacia ti esta noche, Peter… está muy cerca del odio.

—Baila conmigo —le supliqué, balanceándome para mantener el equilibrio.

La canción terminó y Lali suspiró. —Ve a beber otra botella de whisky, Pit. —Se volvió a bailar con el único hombre solo en la pista de baile.

El ritmo era más rápido, y con cada nota que sonaba, Lali se acercaba más y más a su nueva pareja de baile. David, mi hermano Sig Tau menos favorito, bailaba detrás de ella, agarrando sus caderas. Sonrieron, mientras un par de manos la tomaron, poniendo sus manos por todo su cuerpo. David agarró sus caderas y clavó la pelvis en su trasero. Todo el mundo miraba. En lugar de sentirme celoso, la culpa se apoderó de mí. Esto es a lo que la había reducido.

En dos pasos, me agaché y envolví mis brazos alrededor de las piernas de Lali, tirándola sobre mi hombro, empujando a David contra el suelo por ser tan oportunista.
 
—¡Bájame! —dijo Lali, golpeándome con sus puños en la espalda.

—No voy a dejar que te avergüences por mí —gruñí, bajando las escaleras de dos en dos.

Cada par de ojos que pasamos miró a Lali patearme y gritarme mientras la llevaba a través de la habitación. —¿Tú no crees —dijo, mientras luchaba—, que esto es vergonzoso? ¡Peter!

—¡Nicolás! ¿Está Donnie fuera? —grité, esquivando sus piernas agitándose.

—Uh… ¿sí? —dijo.
—¡Bájala! —dijo Eugenia, acercándose a nosotros.

—Eugenia —dijo Lali, retorciéndose—, ¡no te quedes ahí! ¡Ayúdame!

La boca de Eugenia se alzó y se echó a reír de una vez. —Ustedes dos se ven ridículos.

—¡Muchas gracias, amiga! —dijo ella, incrédula. Una vez que estuvimos fuera, Lali sólo protestaba más—. ¡Bájame, maldición!
 
Me acerqué al coche donde esperaba Donnie, abrí la puerta de atrás, y arrojé a Lali en el interior. —Donnie, ¿tú eres el conductor designado esta noche?

Donnie se dio la vuelta, mirando nerviosamente nuestra lucha desde el asiento del conductor. —Sí.

—Necesito que nos lleves a mi apartamento —le dije cuando me senté junto a Lali.

—Peter… No creo…
—Hazlo, Donnie, o te juro que golpearé la parte de atrás de tu cabeza con mi puño, lo juro por el amor de Dios.

Donnie inmediatamente puso el coche en marcha y se alejó de la acera.

Lali se abalanzó sobre la manija de la puerta. —¡No voy a ir a tu apartamento!

Cogí una de sus muñecas, y luego la otra. Se inclinó hacia abajo, hundiendo sus dientes en mi antebrazo. Dolió como el infierno, pero sólo cerré los ojos.

Cuando estaba seguro de que había roto mi piel y se sentía como fuego siendo disparado en mi brazo, gruñí para contrarrestar el dolor.

—Haz lo mejor que puedas, Pidge. Estoy cansado de tu mierda.

Me soltó y luego se retorció, tratando de golpearme, más por ser insultada que para tratar de escapar. —¿Mi mierda? ¡Déjame salir de este maldito auto!
Tiré de sus muñecas cerca de mi rostro. —¡Te amo, maldición! ¡No irás a ningún sitio hasta que estés sobria y arreglemos esto!

—¡Tú eres el único que no ha arreglado esto, Peter!

Solté sus muñecas, y se cruzó de brazos, poniendo mala cara el resto del camino hasta el apartamento.

Cuando el auto desaceleró para detenerse, Lali se inclinó hacia delante. —¿Puedes llevarme a casa, Donnie?

Abrí la puerta, y luego saqué a Lali por el brazo, levantándola sobre mihombro de nuevo. —Buenas noches, Donnie —le dije, llevándola por las escaleras.

—¡Llamaré a tu padre! —gritó Lali.

No podía dejar de reír. —¡Y él probablemente me golpeará en el hombro y me dirá que ya era hora!
El cuerpo de Lali se retorcía mientras sacaba las llaves del bolsillo. —Detente, Pidge, ¡o caeremos por las escaleras! —Finalmente la puerta se abrió y entré directamente a la habitación de Nicolás.

—¡BÁJAME! —gritó Lali.

—Está bien —le dije, dejándola caer sobre la cama de Nicolás—. Duerme. Hablaremos por la mañana.

Me imaginé lo enojada que ella debía de estar, pero a pesar de que tenía la espalda palpitante de ser embestida por los puños de Lali durante los últimos veinte minutos, fue un alivio tenerla en el apartamento nuevo.

—¡No puedes decirme qué hacer, Peter! ¡No te pertenezco!

Sus palabras encendieron una profunda ira dentro de mí. Me acerqué a lacama, planté mis manos en el colchón a cada lado de sus piernas, y me incliné sobre su rostro.

—¡BUENO, YO TE PERTENEZCO! —grité. Puse tanta fuerza detrás de mis palabras que podía sentir toda la sangre en mi rostro. Lali se encontró con mi mirada, negándose igualmente a retroceder. Miré sus labios, jadeante—. Te pertenezco —le susurré, mi ira iba desapareciendo así como el deseo iba creciendo.

Lali se acercó, pero en vez de golpearme el rostro, tomó cada una de mis mejillas y estrelló su boca contra la mía. Sin dudarlo, la levanté en mis brazos y la llevé a mi dormitorio, dejándonos caer a ambos en el colchón.

Lali agarró mi ropa, desesperada por quitármela. Le desabroché el vestido con un movimiento suave, y luego observé mientras lo tiraba rápidamente por encima de su cabeza, arrojándolo al suelo. Nuestros ojos se encontraron, y luego la besé, gimiendo en su boca cuando me besó también.

Antes de que incluso tuviera la oportunidad de pensar, ambos estábamos desnudos. Lali agarró mi trasero, ansiosa por tenerme dentro de ella, pero me resistí, la adrenalina quemándome a través del whisky y la cerveza. Mis sentidos regresaron, y los pensamientos de consecuencias permanentes comenzaron a parpadear en mi mente. Había sido un imbécil, la había cabreado, pero no quería que Lali se preguntara si había tomado ventaja de este momento.

—Los dos estamos borrachos —le dije, respirando con dificultad.

—Por favor. —Sus piernas se apretaron en mis caderas, y podía sentir los músculos bajo su piel suave temblar en anticipación.

—Esto no está bien. —Luché contra la neblina de alcohol que me decía que las próximas horas con ella valían la pena todo lo que pasara después de este momento.

Apoyé mi frente contra la suya. Por mucho que la quisiera, el pensamiento doloroso de hacer que Lali se avergonzara en la mañana fue más fuerte que lo que mis hormonas me decían que hiciera. Si realmente quería seguir adelante con esto, necesitaba una prueba contundente.

—Te quiero —susurró contra mi boca.

—Necesito que lo digas.

—Diré lo que quieras que diga.

—Entonces di que me perteneces. Di que me tomas de vuelta. No haré esto a menos que estemos juntos.

—Nunca hemos estado separados, ¿cierto?

Sacudí mi cabeza, deslizando mis labios sobre los suyos. No era suficiente.

—Necesito escuchar que lo digas. Necesito saber que eres mía.

—He sido tuya desde el momento en que nos conocimos —dijo, suplicando.

La miré a los ojos durante unos segundos, y luego sentí en mi boca formarse una media sonrisa, esperando que sus palabras fueran ciertas y no sólo hablara en el momento. Me incliné y la besé con ternura, y luego poco a poco me hundí en ella. Todo mi cuerpo se sentía como si se derritiera en su interior.

—Dilo de nuevo. —Una parte de mí no podía creer que esto estuviera sucediendo realmente.

—Soy tuya —respiró—. No quiero estar separada de ti nunca más.

—Prométemelo —le dije, gimiendo con otro empuje.

—Te amo. Te amaré por siempre. —Me miró directamente a los ojos cuando habló, y esto finalmente me hizo entender que sus palabras no eran sólo una promesa vacía.

Cerré mi boca sobre la de ella, el ritmo de nuestros movimientos mejorando el momento. No había nada más que decir, y por primera vez en meses, mi mundo no estaba al revés. Lali arqueó la espalda y sus piernas envolvieron mi cintura, enganchada en los tobillos. Saboreé todas las partes de su piel a las que pude llegar como si hubiera estado muriendo de hambre por ella. La otra parte de mí estaba aquí. Pasó una hora, y luego otra. Incluso cuando estaba agotado, seguí adelante, temeroso de que si nos deteníamos, me iba a despertar, y todo esto sería sólo un sueño.

***
Entrecerré los ojos a la luz que se vertía en la habitación. No pude dormir en toda la noche, sabiendo que cuando saliera el sol, todo habría terminado. Lali se movió, y apreté los dientes. Las pocas horas que pasamos juntos no eran suficientes. No estaba listo.

Lali rozó su mejilla contra mi pecho. Besé su pelo, luego su frente, y luego sus mejillas, su cuello, sus hombros, y luego llevé su mano a mi boca y tiernamente besé su muñeca, su palma y sus dedos. Quería estrecharla, pero me contuve. Mis ojos se llenaron de lágrimas ardientes por tercera vez desde que la había traído a mi apartamento. Cuando se despertara, iba a estar mortificada, enojada, y luego me dejaría para siempre.

Nunca había tenido tanto miedo de ver las diferentes sombras de gris en su iris.
Sus ojos aún estaban cerrados, pero Lali sonrió, y llevé mi boca de nuevo a la de ella, aterrado de que me golpeara.

—Buenos días —dijo contra mi boca.

Me moví un poco sobre ella y luego continué posando mis labios por varias partes en su piel. Mis brazos penetraron debajo de ella, entre su espalda y el colchón, envolviéndola y enterré mi cara en su cuello, disfrutando de su olor antes de que saliera disparada por la puerta.

—Estás callado esta mañana —dijo, pasando sus manos sobre la piel desnuda de mi espalda. Deslizó sus manos por encima de mi trasero, y luego enganchó su pierna sobre mi cadera.

Negué con la cabeza. —Sólo quiero estar así.

—¿Me perdí algo?

—No quería despertarte. ¿Por qué no vuelves a dormir?

Lali se recostó contra la almohada, levantando mi barbilla para que la mirara.

—¿Qué diablos está mal contigo? —preguntó, su cuerpo de repente tenso.

—Sólo vuelve a dormir, Pidge. ¿Por favor?

—¿Pasó algo? ¿Es Eugenia? —Con la última pregunta, se sentó.

Me senté con ella, restregándome los ojos.

—No… Eugenia está bien. Ellos llegaron alrededor de las cuatro de la mañana. Aún están durmiendo. Es temprano, sólo vayamos a dormir.

Sus ojos saltaban en torno a diferentes puntos de mi habitación al recordar la noche anterior. Sabiendo que en cualquier momento recordaría el hecho de que la saqué de la fiesta y que hice un espectáculo, puse ambas manos a cada lado de su rostro y la besé por última vez.

—¿Has dormido? —preguntó, envolviendo sus brazos alrededor de mi cintura.
—Yo… no podía. No quería…

Me besó en la frente. —Lo que sea que pase, lo superaremos juntos. ¿Por qué no duermes? Veremos qué hacer cuando despiertes.

Eso no era lo que esperaba. Mi cabeza se levantó y escaneé su rostro. —¿Qué quieres decir con: veremos qué hacer?

Sus cejas se juntaron. —No sé qué está pasando, pero estoy aquí.

—¿Estás aquí? ¿Como, te estás quedando? ¿Conmigo?

Su expresión se dispersó en diferentes direcciones. —Sí. ¿Pensé que habíamos hablado anoche de eso?

—Lo hicimos. —Probablemente parecía un tonto, pero asentí enfáticamente.

Los ojos de Lali se estrecharon. —Pensaste que despertaría enfadada contigo, ¿cierto? ¿Pensaste que me iría?
—Eso es por lo que eres famosa.

—¿Es por eso que estás tan enfadado? ¿Estabas preocupado por lo que pasaría cuando despertara?

Me moví. —No quería que anoche sucediera de esa forma, estaba un poco borracho, te seguí en la fiesta como un maldito acosador, y luego te traje aquí en contra de tu voluntad… y luego nosotros… —Sacudí la cabeza, disgustado conmigo mismo.

—¿Tuvimos el mejor sexo de mi vida? —dijo Lali, sonriendo y apretando mi mano.

Sonreí una vez, asombrado de lo bien que iba la conversación. —Entonces ¿estamos bien?

Lali tomó mi rostro y me besó tiernamente. —Sí, tontito. Lo prometí, ¿no? Te dije todo lo que querías escuchar, estamos juntos, ¿y todavía no eres feliz?

Mi respiración vaciló, y contuve las lágrimas. Todavía no parecía real.

—Peter, basta. Te amo —dijo, usando sus dedos para suavizar las líneas alrededor de mis ojos—. Este enfrentamiento absurdo pudo haber terminado el día de Acción de Gracias, pero…

—Espera… ¿qué? —la interrumpí, inclinándome sobre ella.

—Estaba completamente preparada para rendirme en Acción de Gracias, pero tú dijiste que habías terminado de hacerme feliz, y yo era muy orgullosa para decirte que te quería de vuelta.

—¿Estás bromeando? ¡Intentaba hacerlo fácil para ti! ¿Sabes cuán miserable he sido?

Lali frunció el ceño. —Parecías bien después de las vacaciones.

—¡Eso era por ti! Tenía miedo de perderte si no pretendía estar bien con lo de ser amigos. ¿Pude estar contigo todo este tiempo? ¿Qué diablos, Pidge?

—Yo… Yo… Lo siento.

—¿Lo sientes? Casi bebí hasta la muerte, casi no podía salir de la cama, destruí mi teléfono en millones de piezas en la víspera de Año Nuevo para evitar llamarte y me dices que… ¿lo sientes?

Lali se mordió el labio inferior y asintió, avergonzada. —Lo siento… Mucho, mucho.

—Estás perdonada —le dije sin dudarlo—. No lo vuelvas a hacer nunca.

—No lo haré. Lo prometo.


Negué con la cabeza, sonriendo como un idiota. —Te amo, maldita sea.


CONTINUARÁ...