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sábado, 12 de septiembre de 2015

Capítulo 3

Dos días pasaron, y estoy empezando a sentir claustrofobia en esta habitación. Camino atrás y delante, golpeando paredes y destrozando todo lo que puedo encontrar. Estoy enojada, desesperada y avergonzada por haberme dejado atrapar. Pienso mucho en mi padre y me pregunto qué sabrá que es tan importante, fue policía durante un largo tiempo, nunca pensé que fuera a hacer algo ilegal.

Sin embargo, parece que podría estar equivocada, pero estoy equivocada en muchas cosas. Ya no sé lo que es real, todo lo que sé es que terminé en el infierno y no sé cómo salir. Busqué en todos los lugares de la habitación por una salida, pero no hay nada. Peter tiene esta habitación asegurada. Pienso mucho en mi hermana y en Ava, sé que Ava se culpará a sí misma, que estará fuera de sí por la preocupación, y sólo puedo rezar para que haya ido a la policía ya.
Pienso en el hombre que me tiene.

¿Cómo puede alguien tan hermoso estar enredado en este mundo peligroso? Ahora viene cada día y me alimenta razonablemente bien, aunque no como ni la mitad de eso. No me habla más y cuando lo hace, es muy sencillo, contestando con una palabra respondiendo a una pregunta. Me pregunto si realmente hay un corazón debajo de ese exterior.

Personalmente creo que tiene un lado amable, me protegió de ese hombre, después de todo, no tenía que hacerlo.

Una tarde, estoy sentada simplemente mirando por la ventana. Desesperada por la luz del sol, por el aire fresco en mi cara. Oigo la puerta abrirse y me volteo; los pasos de Peter entran en la habitación con mi bandeja de la cena. Hoy está vestido todo de negro, como si estuviera a punto de ir al funeral de alguien. Rayos, tal vez es eso. No pude evitar los estúpidos latidos en mi pecho cuando lo miro, es el tipo de hombre que puede hacer a cualquier mujer salivar, aunque él esté siendo horrible.

Algunas mujeres son extrañamente así, sé que puedo estar siendo una de ellas. Un hombre puede ser un patán absoluto, pero si es hermoso, ella lo aceptará. Es decir, ¿qué pasó con las personalidades y todo eso? Culpo a mi estilo de vida. Mi madre no ganaría el premio a la Madre del Año y mi padre se preocupaba más por su trabajo. Tal vez está incorporado que alguien como yo esté con alguien como Peter.

Miro a mi secuestrador. Creo que Peter tiene personalidad, que sólo está escondida detrás de su acto de duro. Casi consigo que sonría ayer cuando me senté en la sala cantando a todo pulmón. Estaba tratando de evitar entrar en pánico y cantar en voz alta realmente liberaba un poco mi tensión. ¿No es asombroso cómo las cosas más simples pueden hacer que uno se sienta mejor?

―Comida ―murmura él, apuntando a la bandeja. Yo cierro mis pensamientos y me quedo mirándolo, está como todo hombre de las cavernas y gruñendo.

―Yo hombre de las cavernas, tú pequeña mujer… uf, uf.

Sus ojos se abren y el fantasma de una sonrisa juega alrededor de sus labios, pero rápidamente la ahoga. El Peter real no sonríe. El falso Peter estuvo en el club esa noche, y sonrió. Me pregunto si está ahí, en algún lugar.  

―Bromea si quieres, es mejor a que cantes.

Me encojo de hombros.

―¿Qué harías si un loco te mantuviera cautivo?

―No sería tan estúpido como para ser atrapado.

Ouch.

―Eso es un golpe bajo, incluso viniendo de ti.

―¿Tus padres nunca te enseñaron a no tomar bebidas de extraños?

―Mis padres no eran la pareja preferida que asumes. Mi padre nunca estaba en casa y mi madre era… no importa… no es asunto tuyo.

Peter se apoya en el marco de la puerta y me mira.

―No asumo nada.

―Asumiste que soy estúpida.

―Asumí que lo sabrías mejor.

―Bueno, perdón por encontrar a un hombre atractivo. ¡No creí exactamente que fueras un bicho raro que secuestra a chicas inocentes!

Me gruñe y da pasos hacia adelante.

―Ten cuidado.

―¿O qué? ¿Me pegarás? ¿Me golpearás? ¿Me matarás de hambre? Adelante, no me importa. ¡Es mejor que estar en esta habitación!

Su rostro se endurece y da un paso adelante.

―¿Tienes alguna idea de con quién estás tratando?

―No me importa.

Da un paso adelante y yo me muevo hacia atrás, él sonríe. He aprendido que la sonrisa de Peter está tan lejos de una sonrisa, que no es graciosa.

―Si no te importa, ¿por qué estás arrastrando los pies hacia atrás?

―Si quieres lastimarme, Peter, hazlo ahora y acaba de una vez. O eres un buen tipo o eres un mal tipo, nadie puede ser ambos.

Él se da vuelta y camina hacia la puerta, luego se da vuelta y me mira.

―¿No pueden?


CONTINUARÁ...

jueves, 18 de junio de 2015

Capítulo 3

Peter mantuvo las distancias los días siguientes, para disgusto y frustración de Lali. Tenía intención de incluirlo poco a poco en las rutinas de Azul, pero siempre se las arreglaba para desaparecer. Sin embargo, la breve interacción de padre e hija había servido para despertar la curiosidad de la pequeña, que ya no tenía miedo del hombre de expresión sombría que había entrado en su mundo. Ahora, cuando lo veía, no rompía a llorar. De hecho, tendía a dejar lo que tuviera entre manos y gatear hacia él.
En cualquier caso, no se podía negar que habían avanzado un poco. Y Lali adoptó una rutina diaria que resultó bastante más sencilla de lo previsto porque Catherine había apuntado a la niña a un grupo de juegos en una guardería local, donde jugaba con niños de su edad y con otros algo mayores.
Un día, estando en el grupo, una de las madres se acercó a ella y se sentó a su lado.
—Hola, soy Candela —dijo con una sonrisa radiante—. Soy la madre del niño de pantalones vaqueros y camiseta militar que está gateando.
Lali le devolvió la sonrisa.
—Encantada de conocerte. Yo me llamo Lali.
—¿Sabes algo de Catherine?
—La operación salió muy bien. Ahora está en la casa de su hermana, en Cashmere.
Candela guardó silencio y se dedicó a mirar a los niños unos segundos.
Lali tenía la sensación de que quería decir algo más y no se atrevía. Pero, al final, la miró de nuevo y dijo en voz baja:
—Nos llevamos una sorpresa cuando supimos que Azul se iba a quedar en casa de su padre. Sobre todo, teniendo en cuenta que...
—¿Sí?
—No quiero meterme donde no me llaman, pero ¿Peter está bien?
Muchos de nosotros nos hicimos amigos de Peter y de su esposa durante el embarazo de Euge. Luego, pasó lo que pasó y Peter rompió el contacto —declaró Candela—. Hemos intentado hablar con él, pero parece que no quiere ver a nadie.
Lali asintió. Obviamente, no le podía dar explicaciones. No tenía derecho. Pero intentó tranquilizarla.
—Descuida. Las cosas van muy bien.
Candela la miró un momento y soltó un suspiro de alivio.
—No sabes cuánto me alegro —dijo—. Por cierto, me han comentado que eras amiga de Euge...
Lali asintió una vez más.
—Sí, desde la infancia. Estudiamos juntas en el colegio, aunque nos distanciamos un poco cuando ella se marchó a Auckland para ir a la universidad. Luego, retomamos el contacto y lo volvimos a perder tras su matrimonio.
Lali sintió una punzada de amargura. Se sentía culpable por haber roto la relación con Euge cuando se casó con Peter. Se había ido del país porque no soportaba ver a su mejor amiga con el hombre que ella deseaba.
—La echamos mucho de menos... —dijo Candela.
—Yo también la extraño.
Candela le apretó la mano con afecto y Lali se sintió un fraude por aceptar la solidaridad de la otra mujer. Había abandonado a Euge. La había dejado sola cuando más lo necesitaba. Y todo porque no había sido capaz de controlar sus hormonas.
Se sentía en deuda con su difunta amiga. Por eso estaba allí, cuidando de Azul. Por eso se arriesgaba a compartir casa con el hombre de sus sueños.
—El domingo por la tarde, si el tiempo lo permite, vamos a hacer una fiesta en la playa —declaró Candela de repente— con las familias que traemos a los niños a la guardería. Si quieres, estás invitada... Llevaremos mesas e instalaremos una barbacoa. Me encantaría que Azul y tú vinierais. Y si puedes traer a Peter, tanto mejor...
—No sé si podré, Candela. ¿Te importa que te lo confirme más tarde?
Candela sacudió la cabeza y sonrió nuevamente.
—No, por supuesto que no. Aquí tienes mi número de teléfono.
Candela le dio el número.
—Cuando sepas si vas a venir, avísame.

* * *

Lali se llevó a la niña de la guardería y volvió a la casa de Peter en su coche. Azul se había quedado dormida en la sillita del asiento trasero, así que la tuvo que levantar con mucho cuidado y llevarla en brazos hasta la cuna.
Tras tumbarla en ella, se dedicó a observarla. La pobre niña había perdido a su madre y, por si eso fuera poco, tenía un padre que no se atrevía a asumir su responsabilidad.
Apoyó las manos en la barandilla de la cuna y las cerró con fuerza.
No sabía cómo, pero debía encontrar la forma de sacar a Peter de su ensimismamiento, de conseguir que volviera a la vida.
De lo contrario, le fallaría a Euge, se fallaría a sí misma, y sobre todo, fallaría a Azul.
El domingo amaneció despejado. Peter contempló el cielo sin nubes y frunció el ceño. No quería ir a la fiesta de la playa, de hecho, se había negado en redondo. Pero Lali había despreciado su negativa y se había comportado como si su opinión no tuviera la menor importancia.
Consideró la posibilidad de encerrarse en la bodega o perderse por los viñedos, aunque las viñas no estaban en condiciones de ocultar a nadie: a medida que se acercaba el invierno, habían empezado a perder las hojas. Si hubiera sido época de vendimia, Peter se habría excusado con el argumento de que tenía muchas cosas que hacer, pero no lo era.
Tenía que hacer algo. No se sentía con fuerzas para asistir a la fiesta. No se creía capaz de enfrentarse a las sonrisas y a las palabras de apoyo de aquellas personas, cuyas buenas intenciones no podían cambiar nada en absoluto.
Pero, especialmente, no quería estar en compañía de Lali Espósito. Ya le dolía bastante la tortura de tener que cruzarse con ella todos los días y de volver a sentir el deseo que lo dominaba desde la primera vez que se habían visto. Tras la muerte de Euge, la libido de Peter se había apagado hasta el extremo de que llegó a creer que se había liberado de ella; pero había renacido con más fuerza que nunca cuando Lali se presentó en su casa.
Era una sensación tan incómoda como inconveniente.
—Ah, ya estás preparado...
La alegre voz de Lali sonó a espaldas de Peter, que se dio la vuelta y se excitó al contemplar sus largas piernas. Hacía verdaderos esfuerzos por mantener el control de sus emociones, pero no lo conseguía.
Alzó la cabeza y miró a la niña. Le había puesto unos pantaloncitos de color rosa, un jersey a rayas y un gorrito de lana. Azul apartó la cabeza del pecho de Alexis y dedicó una sonrisa encantadora a su padre, que se estremeció y pensó que su hija era extraordinariamente guapa; tan guapa como su difunta madre.
—¿Vamos en tu coche? ¿O en el mío? —continuó ella.
Peter suspiró.
—No sé si voy a ir... tengo que comprobar unas cosas en la bodega. ¿Por qué no os adelantáis vosotras? Yo iré después, si puedo.
Lali apretó los labios y lo miró con toda la determinación de la que eran capaces sus ojos.
—No vas a venir, ¿verdad? —dijo, tajante—. No quieres venir.
Peter estuvo a punto de negarlo, pero era tan evidente que prefirió ser sincero.
—No, no quiero ir.
Esta vez fue ella quien suspiró.
—Está bien. Entonces, iremos solas. Mejor.
—¿Mejor? ¿Qué quieres decir con eso?
Lali se encogió de hombros.
—Sé que te has encerrado en ti mismo desde que Euge falleció, pero te recuerdo que no eres la única persona que la ha perdido —contestó—. Todos sus amigos la hemos perdido, y algunos lo han pasado especialmente mal porque tú les has cerrado tu corazón y los has expulsado de tu vida. Te echan de menos, Peter.
—Yo...
Peter no terminó la frase. Sabía que Lali tenía razón. Había cortado los lazos con todos sus amigos porque no soportaba sus palabras de apoyo ni sus discursos de volver a vivir y seguir adelante.
Pero, por otro lado, no podía negar que extrañaba la camaradería de algunas personas. Echaba de menos las discusiones sobre vinos y la posibilidad de divertirse viendo un partido de rugby y bebiendo unas cervezas en la barra de un bar.
Desgraciadamente, no sabía si estaba preparado para retomar sus antiguas relaciones. Ni siquiera sabía si sus amigos reaccionarían bien cuando volviera con ellos. A fin de cuentas, los había tratado con brusquedad en más de una ocasión. Le disgustaba que siguieran con sus vidas, tan tranquilos y felices como siempre, mientras él se hundía en el abismo.
Un segundo después, Lali recogió la bolsa que había preparado y se dirigió a la salida, dándolo por perdido. Peter la miró con horror y exclamó:
—¡Espera!
Lali se detuvo y se giró.
—He cambiado de opinión —dijo—. Os acompaño. Iremos en mi todoterreno.
Peter le quitó la bolsa y se la puso al hombro.
Veinte minutos más tarde, cuando ya se acercaban a la playa donde se iba a celebrar la fiesta, a Peter se le hizo un nudo en la garganta. Estaba nervioso, y se sobresaltó al sentir la mano de Lali en el brazo.
—Estarás bien, Peter. Te lo prometo.
Él no dijo nada.
—No te preocupes por la gente —continuó ella—. Son amigos tuyos.
Saben que lo has pasado muy mal. Comprenden tu situación.
Peter dudó de que sus amigos comprendieran nada, pero alejó esos pensamientos. Alzó la cabeza y miró a Azul por el retrovisor. La sensación de ahogo se volvió casi insoportable, pero soltó un suspiro y dijo:
—Bueno, vamos allá.
Bajó del vehículo y abrió la portezuela trasera para sacar la bolsa con la comida, los pañales y el carrito de la pequeña. Dejó el carrito en el suelo e intentó desplegarlo, pero no sabía cómo.
—Deja que lo haga yo.
Lali dejó a la niña en brazos de Peter y desplegó el carrito en dos segundos.
—¿No debería ir sentada? —pregunto él.
—De momento, está bien donde está. ¿Verdad, preciosa?
Lali acarició la cara de la niña, que la recompensó con una risita. A Peter le pareció un sonido tan delicioso que se emocionó. Pero apartó la sensación de inmediato. No podía permitir que las emociones lo dominaran.
—No, no... —dijo con vehemencia—. Es mejor que vaya en el carrito.
Sentó a la pequeña.
—Estaba mejor contigo, Peter... —alegó Lali.
—Sé lo que intentas hacer.
Ella frunció el ceño.
—No te entiendo.
—Me entiendes perfectamente, pero no te vas a salir con la tuya. No me puedes encajar en el molde que me has preparado.
Lali lo miró airada y apretó los labios con fuerza.
—¿Eso es lo que crees? ¿Qué intento meterte en un molde? Estás muy equivocado, Peter... Yo no pretendo nada. Simplemente, eres el padre de Azul y es hora de que empieces a asumir tus responsabilidades.
Peter ya se disponía a replicar cuando ella añadió, con más dulzura:
—Sé que echas de menos a Euge y que estabas muy enamorado de ella, pero rechazar a Azul no te devolverá a tu esposa. Como mucho, solo servirá para que su recuerdo se apague con más rapidez.
Peter se encogió de hombros.
—Mira, Lali... Estoy haciendo lo que puedo, de la única forma que sé —le confesó—. Solo te pido que no me presiones. Déjame ser quien soy.
Peter tomó la bolsa y se dirigió al grupo que estaba en la playa. En el fondo, sabía que ella tenía razón. Euge no habría querido que abandonara a su hija; no habría aprobado que la dejara al cuidado de Catherine.
Sin embargo, su actitud no se debía enteramente al miedo. El tiempo que Azul estuvo en el hospital, se dio cuenta de que Catherine necesitaba tanto a la niña de su difunta hija como Azul a una mujer que le diera su amor.
Además, ¿qué sabía él de bebés? No sabía nada de nada. Azul estaría mejor con su abuela y, entre tanto, él tendría la soledad que necesitaba para llorar a Euge.
Además del problema de la niña, la presencia de Lali en la casa le había despertado un deseo que, hasta entonces, creía dormido. Con su calor, con sus palabras, con su contacto físico ocasional, Lali había revivido emociones que Peter se había negado a sí mismo y que, en su opinión, no merecía.
Peter no estaba dispuesto a arriesgarse otra vez. No quería amar. No se podía permitir el lujo de condenarse a otra pérdida. No quería sentir.
Saludó con la mano a uno de los hombres que estaban junto a la barbacoa y caminó hacia él. Se sintió extrañamente relajado cuando le estrechó la mano a Nico.
—Me alegro mucho de verte —dijo su amigo, que sonrió y le dio un abrazo—. Te hemos echado de menos.
—Y yo a vosotros.
Nico le ofreció una cerveza y él la aceptó. Durante los minutos siguientes, se acercaron varias personas más que, para alivio de Peter, no se refirieron ni a su prolongada ausencia ni a la muerte de Euge.
Estaba empezando a disfrutar cuando a uno de los chicos señaló a Lali, que estaba sentada con los niños y con varias mujeres.
—¿Niñera nueva? Es una preciosidad... —dijo con humor—. Supongo que te alegrarás de tenerla en tu casa.
Peter se puso tenso.
—Lali era amiga de Euge. Está cuidando de mi hija, pero eso es todo —replicó—. Solo es una situación temporal, hasta que Catherine regrese.
La mención de Euge dejó tan helados a los amigos de Peter como si les hubiera echado un cubo de agua fría.
—Lo siento. No estaba insinuando nada —se defendió el hombre.
—No importa. Olvídalo.
Peter se intentó comportar como si el asunto no le hubiera molestado, pero le había molestado. Fue consciente de que en su enfado había algo más. A fin de cuentas, el comentario de su amigo no merecía una reacción tan extrema por su parte. Había sido una simple insinuación; una tontería sin importancia.
Entonces, ¿por qué le había irritado tanto?
Lali supo que alguien la estaba mirando cuando se le erizó el vello de la nuca. Se dio la vuelta y descubrió que los ojos de Peter estaban clavados en ella, pero él apartó la mirada enseguida y se puso a charlar con sus compañeros.
Mientras contemplaba la escena, se le alegró el corazón. Peter necesitaba divertirse un poco; merecía divertirse un poco.
Justo entonces, Peter soltó una carcajada y ella pensó que tenía la risa más atractiva del mundo. Luego, él se inclinó para sacar un refresco de la nevera y ella admiró la tensión de sus músculos bajo el jersey fino que se había puesto.
No podía negar que lo deseaba. Su cuerpo reaccionaba de un modo absolutamente visceral cuando estaban cerca.
—Es muy guapo, ¿verdad?
La voz de Candela la sobresaltó.
—¿Cómo?
—Me refería a Peter.
Lali se ruborizó.
—Ah, sí, bueno...
Candela sonrió.
—No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo.
—¿Secreto? ¿Qué secreto?
Candela arqueó una ceja y la miró con ironía.
—¿Desde cuándo te gusta?
Lali suspiró.
—Desde hace años —respondió, sorprendida de su propia sinceridad.
—Comprendo...
Lali ni siquiera supo por qué se lo había dicho. Ni sus propios padres lo sabían. Había guardado el secreto tan bien que nadie imaginaba que se sentía atraída por Peter Lanzani. Y ahora, se lo confesaba a una mujer que era una desconocida.
—No se lo digas a nadie, por favor.
—Claro que no. ¿Por qué lo iba a decir? Además, me alegra mucho.
—¿Por qué? —preguntó, confundida.
—Porque tengo la impresión de que eres exactamente lo que Peter necesita. Estar de luto es una cosa, pero esconderse del mundo es otra cosa bien distinta —observó—. Todos merecemos un poco de felicidad, ¿no crees?
—Sí, eso es cierto.
Felicidad. Lali se preguntó si podría llevar ese ingrediente tan esquivo a la vida de Peter; si encontraría las fuerzas necesarias para conseguir que aceptara a su hija y, sobre todo, que volviera a amar.
Pero el amor le pareció lo de menos. Azul era lo más importante. Además, no estaba segura de merecer el amor de Peter.
Después de comer, los adultos se quedaron sentados mientras los niños jugaban en la playa y en un parque cercano. Lali se levantó y se dirigió al parque para ver si Azul se encontraba bien; la había dejado al cuidado de unas mujeres.
Por el camino, oyó un grito procedente de la playa que la distrajo. Solo fue un segundo, pero suficiente para que perdiera de vista a Azul y sintiera un acceso de pánico. ¿Dónde se habría metido?
Por suerte, Azul solo había avanzado un par de metros. Se había puesto a gatear hacia los columpios y había quedado oculta tras unos chicos.
Aliviada, Lali apretó el paso. Azul se volvió a sentar y empezó a mordisquear una ramita que estaba en el suelo.
—¿Qué haces con eso? —preguntó, divertida.
Entonces, apareció Peter.
—¿Qué diablos tiene en la boca? —bramó.
Él se inclinó y le quitó la ramita. La niña empezó a chillar.
—Se supone que la tienes que vigilarla —continuó él.
—Y la estaba vigilando...
—No muy bien, por lo visto. ¿Cómo es posible que seas tan irresponsable? Cualquiera sabe qué se puede meter en la boca cuando no la miras.
—Por Dios, Peter, solo es una rama. Además, los niños pequeños siempre se meten cosas en la boca... No te preocupes. Tu hija está bien.
—¿Ah, sí? ¿Y qué habría pasado si en lugar de una rama se hubiera metido algún objeto tóxico? ¿O si se hubiera caído y se hubiera clavado la rama en la garganta? —replicó—. Yo diría que tengo motivos para preocuparme.
El tono de censura de Peter le heló la sangre en las venas. Lali sabía que tenía parte de razón; se suponía que era su niñera y, sin embargo, había fallado en sus obligaciones. Mantuvo la compostura, tomó a Azul en brazos y la acunó suavemente para que dejara de llorar.
Él tiró la rama al suelo, disgustado.
—Sabía que esto era un error. Nos vamos ahora mismo.
Peter le dio la espalda y se alejó del parque.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Cande, que se He oído vuestra conversación y...
—Descuida. No tiene importancia.
—Es un padre muy protector, ¿no?
—Sí, demasiado. Aunque, en este caso, está en lo cierto. Debería haber estado más atenta —dijo.
—Es obvio que tiene miedo de perderla como perdió a Euge —afirmó Cande—. Todos los padres tenemos miedo por nuestros hijos, pero él tiene más motivos.
Lali suspiró y lanzó una mirada a Peter, que se acababa de despedir de sus amigos y estaba recogiendo las cosas.
—Sí, eso es verdad.
—Bueno, seguro que se tranquilizará con el tiempo.
—Ojalá...
Cande sonrió.
—¿Sabes una cosa? Muchos llegamos a pensar que, tras el fallecimiento de Euge, Peter no sería capaz de querer a su hija; pensamos que, en cierto sentido, la consideraba culpable de su muerte... Pero he cambiado de opinión. Después de verlo esta tarde, estoy segura de que su problema es otro. Simplemente, quiere tanto a esa niña que tiene miedo de perderla.
Lali asintió.
—Sí, estoy de acuerdo contigo —dijo—. En fin... Gracias por invitarnos a la fiesta. Solo siento que termine de un modo tan amargo.
—No es para tanto, Lali. Me alegra que hayáis podido venir. Pero espero que nos veamos en otra ocasión...
—Sí, yo también lo espero.
Lali se despidió de todos y se dirigió al lugar donde estaba Peter, que le lanzó una mirada cargada de impaciencia.
—Tenemos que hablar —dijo él.
—Cuando lleguemos a casa.
Ella pensó que era cierto. Tenían que hablar. Pero también tenía la sospecha de que Peter no le haría el menor caso.
Contempló su cara pétrea y se estremeció al distinguir el fondo de dolor que había en sus ojos. De haber estado en su mano, le habría devuelto la felicidad al instante.
Mientras volvían a la casa, dudó por primera vez de su decisión de ayudarlo con Azul. La situación se estaba complicando y carecía de la objetividad necesaria para afrontarla con frialdad.

Pero, ¿cómo podía ser objetiva cuando, cada vez que lo veía, sentía el deseo de hacerle el amor apasionadamente?


CONTINUARÁ...

martes, 10 de marzo de 2015

Capítulo 3

PETER

Salí en la noche para evitar que la gente me siguiera. Dormí durante todo el día y llegué a casa en setenta y dos horas.


En casa.

Qué extraña palabra. Desde que puedo recordar, he vivido en un hotel. Son fáciles, tranquilos y con seguridad de primera clase. Nunca he tenido que irme si no quería. Tengo a alguien que me hace la compra de la comida y de la ropa. Cuando algo se rompe, hay alguien allí para arreglarlo y mis invitados están seleccionados.

El clima es más frío de lo que recordaba. Espero que mi doncella empacara la ropa apropiada. María me tiene que enviar un nuevo traje al hotel. Ella quería venir conmigo como apoyo moral, pero me negué. No la necesito. No la quiero aquí. Solo entrar y salir, le dije. Salvo que la dejé un par de días antes de lo previsto porque necesito tiempo para verla.

Incluso si es solo para verla desde el otro lado de la calle, necesito más tiempo para recordarme a mí mismo por qué dejé la Universidad y que sus sueños pasaran incontables días en un estrecho estudio y noches sin dormir viajando en autobús al otro lado del país. Necesito la visión de ella de que punto de conducir a casa es la decisión correcta para mí, independientemente de que la herí.

Necesito saber si ella ha seguido adelante, espero que ella lo tenga. ¿Cuántos hijos tiene? Y, ¿cómo se gana la vida su esposo? Espero que la trate mejor de lo que yo lo hice porque se lo merece y mucho más…

Entrando en Holiday Inn, en las afueras de Beaumont, apagué mi moto antes de que el director venga a decirme que estoy perturbando su paz. Pongo el pie debajo de apoyo y mi casco, me deslizo en un par de gafas falsificadas y tiro de una gorra de béisbol sobre mi cabeza. Sé que los rumores se extenderán una vez que ponga un pie en Beaumont, pero por unos pocos días me gustaría ser anónimo. Deslizo en mis brazos mi estuche de guitarra a prueba de agua y la desengancho de la parte trasera de mi moto.

El paseo hasta el vestíbulo es minuciosamente largo. Este hotel se encuentra cerca de la autopista y el ruido está muy presente. Este es el hotel más modesto y nadie del pueblo se le ocurriría mirar por mí aquí. Recuerdo cuando le dije a Sam de reservar mi habitación aquí y pensé que me mataba con solo decir que era un hotel de tres estrellas. Sin embargo, aquí estoy caminando en un pobre vestíbulo con la televisión a todo volumen y el café rancio en un bote junto a rosquillas de la mañana.

—¿Cómo puedo ayudarte? —La empleada está hablando incluso antes
de que esté en la puerta. Su voz es muy aguda y molesta, un agudo y doloroso recordatorio de uñas en la pizarra. Su pelo tira hacia atrás con tanta fuerza que su rostro no tiene más remedio más que sonreír. Sus labios están pintados de color rojo Hollywood. Quiero darle un pañuelo de papel en la mano y decirle que los chicos de Hollywood realmente no van a por los labios pintados de rojo porque son la evidencia.

Pero no lo hago. No digo hola ni tampoco le sonrío. Solo quiero llegar a mi habitación y tal vez dormir un poco.

—Tengo que registrarme —le digo. Le entrego mi licencia de conducir y espero. Mis dedos comienzan a tamborilear sobre el mostrador mientras mira los nombres en el ordenador. Cada vez que me mira, sonríe y yo quiero dar un paso atrás. Alguien debería decirle que usa demasiado maquillaje y que si tira más de su cabello se quedará calva.

—¿Es el señor Lanzani tú papá? Él es el profesor de ciencias políticas de mi clase —pregunta con un brillo de esperanza en sus ojos.

Niego con la cabeza, aunque la respuesta es probablemente sí. Lo sabría pero no me habla desde que abandoné la Universidad.

—Oh, bueno, eso es muy malo. Él es realmente un gran profesor.

—Qué suerte —le digo. Su cara es inexpresiva ante mi falta de entusiasmo.

—Si hay algo que pueda hacer por ti, házmelo saber —dice de nuevo con su aguda e infantil voz. Ella deja las tarjetas magnéticas en el mostrador y me pide que llene la hoja de registro del automóvil. Escribo solo la información pertinente, evitando la marca y modelo de la moto. No necesitan saberlo.

Recojo las tarjetas-llave y me meto en el ascensor. Cuando entro, miro la tarjeta y suspiro. Estoy en el sexto piso, el más alto que tienen, pero no lo suficientemente alto para mí. Esto bastará y es solo a corto plazo. Solo estoy aquí para decir adiós a Nicolás y verla un rato antes de volver a mi vida.

Los pasillos apestan. Eso es lo primero que noto cuando salgo del ascensor. Eso y la horrible alfombra que recubre los pasillos. Detesto el olor a tabaco rancio. Me meto en mi habitación, dejando caer mi bolso sobre una de las camas dobles. Me acerco a la puerta corredera de cristal, abro las gruesas y oscuras cortinas mirando las luces de Beaumont.

Deslizo el pestillo y abro la puerta, dejando entrar el aire frío.

El sonido de cristales rotos me hace mirar a la izquierda.

Inmediatamente, ojalá no lo hubiera hecho porque sola en la distancia se está la torre de agua de Nicolás y yo, junto con algunos otros que utilizábamos para subir después de nuestros juegos. Nos gustaba tener una caja de cerveza por ahí y dejar a las chicas abajo y ver quién golpeaba la cama de mi camioneta con sus botellas vacías.

—Parece que alguien está llevando a cabo nuestra tradición —le digo a
nadie.
***
Nico, ven aquí abajo. Me siento sola —grita Eugenia hacia él.

Las risas entre nosotros y las chicas eran suficientes para mantener un flujo constante de ruido en el aire.

—Te amo bebé —le grita a través de sus manos ahuecadas a Nicolás.

—Me voy a casar con esa chica y hacer los bebés más hermosos con ella.

Empezamos a reír, pero yo sé que es verdad. Eugenia camina en el agua hacia donde está Nicolás. Conozco el sentimiento. Miro hacia abajo y veo la silueta de mi chica de pie junto a mi coche, mi chaqueta de letterman me hace ponerme furioso porque está envuelta a su alrededor. Pero esta es la tradición.

—Sé un hombre —le digo, dándole una palmadita en la espalda.

—Boda doble —grita mientras vomito mi cerveza en el aire.

—Tío, eres un amigo. No se supone que hablemos de bodas y mierdas —dice Gastón resoplando antes de beber su cerveza.

Nicolás se encoge de hombros.

—Cuando amas a alguien, simplemente lo sabes.

***
Nada es igual y todo podría haber sido como fue planeado. Nicolás no se supone que se habría ido. En todo caso, debería ser yo. Cometí un error en el plan.

Doy un paso atrás en la habitación, cerrando la ventana y tirando de las cortinas. Cuando miro la cama, se está burlando de mí, diciéndome que no estoy invitado. No me desea tanto como yo no la quiero.

No puedo quedarme aquí. Esta habitación me va a ahogar. Me deshago de mi disfraz y agarro mi chaqueta y mi casco, pero de nuevo,  tal vez no. La última vez que fui de viaje en carretera tomé una decisión imprevista.

La señal de salida en color rojo de encima de la escalera es más tentadora que el ascensor. Golpeo mi hombro contra la puerta y bajo corriendo las escaleras, deslizándome por la barandilla como lo hacía cuando era más joven, algo que no he hecho en mucho tiempo.

Mi casco está antes de llegar al vestíbulo. Lo último que quiero es que la
recepcionista trate de obtener alguna idea sobre quién soy. Mi suerte, ella se dejaría entrar en mi habitación, mintiendo sobre un error de sábanas y esperando que las reclame.

Voy a pasar.

—¿Necesitas una llamada de atención? —me pregunta mientras me apresuro a través del vestíbulo. ¿Habla en serio? Saco mi teléfono y miro la hora, es más de medianoche.

Niego con la cabeza.

—Estoy bien —le digo mientras abro la puerta y me dirijo a mi moto.

No hay nada como el rugido de un motor. La vibración solo me consuela. Hago girar el acelerador antes de patear mi moto a todo velocidad desgastando el suelo del estacionamiento. Siento que está mirando, y apostaría cualquier cosa a que se está lamiendo los labios con excitación.

Sin destino en mente me voy por las carreteras secundarias. Cuánto menos tráfico, mejor. Solo yo y la carretera y el sol que se cierne con la amenaza de asomar su fea cabeza para empezar otro día de mierda… Estoy impresionado cuando llegó a la línea de Beaumont. Bueno, en realidad no. He estado pensando en este pueblo sin parar desde que me enteré de lo de Nicolás. El pueblo es tranquilo, luces de hierro forjado iluminan el camino de las calles.

Nada ha cambiado.

Me detengo mientras hago mi camino por la ciudad. Giro a la izquierda, giro a la derecha y termino en la calle donde crecí. Cuando paro frente a mi casa de la infancia, una luz en el exterior y otra en el interior, sé que mi padre está despierto.

Nada ha cambiado.

La blanca casa de dos pisos con la roja puerta es la misma. No hay coches en la calzada, el césped está cuidado a la perfección. Mi habitación está a oscuras y me pregunto qué hicieron con ella. ¿Mis imágenes aún revisten el pasillo o las quitaron cuando les traicioné de la peor manera? ¿Qué van a decir cuando su desafiante hijo llame a la puerta y se quiera quedar a cenar?

Conduzco dos manzanas más abajo y a un lado paro frente a la casa de Espósito. No soy tonto al pensar que todavía vive aquí, pero sé que no se perdería esto a menos que ella y Eugenia ya no sean amigas.

La luz del porche se enciende y el señor Espósito abre la puerta, el hombre que iba a ser mi suegro sale al porche. Sé que él no me puede ver a través de mi casco, pero tal vez se lo está preguntando.

Está allí y me mira fijamente y yo a él. Ha envejecido, al igual que yo asumo que mi padre también. Da un paso hacia abajo sobre la hierba y sé que es mi señal para irme. Golpeó el acelerador y salgo por la calle, dejando atrás al señor Espósito en su patio preguntándose quién era yo.


CONTINUARÁ...