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domingo, 13 de septiembre de 2015

Capítulo 4

―Lali, no puedes hacerte esto a ti misma.

―¿Por qué no, Jenny? Si no fuera por mi nacimiento, mamá nunca se habría enfermado y papá no querría estar en el trabajo todo el tiempo. Si mamá no hubiera hecho lo que hizo, seríamos una familia feliz.

―La vida es como el sauce, no puedes cambiar las cosas. Podría culparme a mí misma, como tú, pero no lo hago.

―Tú no hiciste nada.

―Soy el resultado de una aventura... ¿Crees que no contribuí a la locura de mamá?

―Mamá estaba loca antes de tu padre.

―Lali, si te mantienes lastimándote, un día no habrá vuelta atrás.

― Tal vez eso es lo que quiero.

Ella frunce el ceño y toma mi mano.

―Eso no es lo que quieres, estás en un lugar oscuro, pero mejorará...

―¡Fuera de ahí! ―grita Peter, sacándome de mis pensamientos.

Es el octavo día y estoy en el baño, sumergida en la bañera sin jabón y me niego a reconocerlo. Huelo tan mal, no he tenido el jabón desde que he estado aquí y espero que el baño absorba algo de la suciedad de mi piel. Sin duda no me relaja en ningún sentido, de hecho, me hace sentir un poco enferma. Peter tira de la puerta algunas veces, y suspiro saliendo de la bañera. Me envuelvo en una toalla y camino, abriendo la puerta.

Sus ojos se abren y su mirada cae en mi piel mojada. ¿Quizás Peter acaba de echarme un vistazo? ¿Mi secuestrador me dio un vistazo? ¿En serio? ¿Por qué mi corazón revolotea con ese pensamiento? Debo estar loca. Está en mi naturaleza, después de todo. Me aclaro la garganta y Peter mira hacia arriba para encontrarse con mi mirada. Sonríe y se inclina contra la puerta.

―¿Tratando de quitarte el olor?

―Vete a la mierda.

Sus ojos se abren y su sonrisa se pierde.
―Cocinarás para mí esta noche, es hora de que empieces a ganarte el sustento.

―¿Ganarme el sustento? Disculpa pero apenas tomé la decisión de estar aquí.

―Bien, mientras te quedes puedes hacer algo útil.

―¿No tienes miedo de que pueda apuñalarte?

Se echa hacia atrás y se ríe.

―Inténtalo, y estarás a cinco metros por la carretera y los hombres estarán sobre ti.

―Lo que sea ―murmuro.

―Apresúrate y vístete.

Me doy la vuelta y cierro la puerta en sus narices, después tiro rápidamente de mi ropa. Cuando salgo a la cocina, está sentado en la barra leyendo. ¿En serio? ¿Qué hay de malo en esta imagen? Él está sentado como si fuéramos una pareja y esto fuera completamente normal.

Cualquier persona que camine en esta casa justo ahora no vería la imagen real, sino sólo asumiría que estoy cocinando para mi novio. ¿Qué tan malo sería?

Abro la nevera y saco algo de pollo, por suerte para él sé cocinar. Saco setas y pasta de tomate. Golpeo la barra y Peter levanta los ojos del periódico que está leyendo para mirarme. Le doy una sonrisa sarcástica y sigo preparando mi pollo de tomate con champiñones. Se sienta en esa maldita silla mirándome, y puedo sentir su mirada ardiendo dentro de mí.

―Huele bien.

Me doy vuelta y lo miro fijamente, sorprendida.

―Gracias.

―¿Cocinas todo el tiempo?

Me encojo de hombros.

―Sobre todo lo hago porque quiero, no porque me vea obligada a hacerlo.

Él resopla.

―Touché.
―Entonces dime, ¿qué te hace el hábito de secuestrar chicas?

Levanto la vista hacia él mientras estoy cortando el pollo. Sus ojos en realidad caen a mi cuchillo y estoy segura que traga. Oh, oh, tal vez está re-pensando ese movimiento.

―No, tú eres la primera.

―Bueno, ¿no me siento honrada?

―Podría ser peor...

―Dime, ¿cómo? ―Chasqueo.

―Podría haberte violado, que mi pandilla te hubiera violado, golpeado, matado de hambre...

―Muy bien, consigo el punto.

―No te secuestré para hacerte daño.

―Dices que no piensas lastimarme, pero ¡ya lo hiciste!

Frunce el ceño.

―No te he puesto ni una maldita mano encima.

―Me muero de hambre... Tú amigo me lastimó... No me dejas ducharme...

―¡Está bien! ―Me corta, lanzando sus manos hacia arriba―. No tenía la intención de ser un cretino. Entiende esto, sin embargo, mi vida es mortal y hago lo que tengo que hacer.

―Oh, créeme, sé que tu vida es mortal.

―Entonces, ¿por qué me desafías tan a menudo?

―¿Eso es lo qué quieres? ―le digo, levantando el cuchillo―. ¿Quieres que te tema? Créeme, lo hago. Estoy bastante segura de saber de lo que eres capaz de hacer y no me gusta. Es para mantenerme fuerte, no para desafiarte. Quiero salir al otro lado de esto con mi cordura.

Me mira fijamente durante un largo rato y me arden las mejillas bajo su mirada.

―¿Cuántos años tienes?

―¿Perdón?

―Dije: ¿cuántos años tienes?

―Veintidós.

―¿Alguna persona te espera al volver a casa?

Mis mejillas se calientan de nuevo.

―¿Qué significa eso?

―Quiero decir, cuando salgas de aquí, un hombre estúpido aparecerá y tratará de golpear...

Resoplo.

―Si lo hubiera, no lo enviaría en tu dirección. Ni siquiera yo soy tan estúpida.

Sonríe.

―Estás aprendiendo, pero no respondiste mi pregunta.

―No, Peter, no hay nadie. Lo hubo pero... se acabó.

Asiente.  

―¿Terminaste con la charla?

Sonríe y aparto la mirada. Este hombre tiene doble personalidad, estoy absolutamente segura de eso. Termino la comida y muevo un plato hacia él. Lo mira, después hacia mí.

―Esto se ve... mejor de lo que esperaba.

―Bueno, soy buena cocinera.

Asiente y toma una cucharada. ¿Simplemente... había gemido? Oh Dios, tengo que salir de aquí. Ahora.

―Debo volver a mi habitación y morir poco a poco, mientras disfrutas de la comida.

―Siéntate conmigo.

Lo miro con una horrible expresión de duda confundida en el rostro.

―¿Por qué diablos iba a querer sentarme contigo?

―Come conmigo o ve a tu habitación y muérete de hambre ―dice encogiéndose de hombros.

Es una simple declaración de él, pero es mucho para mí. He sentido el agarre del hambre y no quiero volver a sentirlo. Saco un plato y me siento, mordisqueando un trozo de pollo.

―¿Qué pasó con tu ex novio?

Me ahogo con el pedazo de pollo que estaba comiendo y miro fijamente sus ojos.

―¿Qué pasa contigo?

―Lali, es muy sencillo, habla conmigo o vuelve a la habitación y habla con la pared. Me importa una mierda de cualquier forma, la elección es tuya.

Dios, él podía ser un cerdo, pero prefiero quedarme aquí un momento más.

―Me golpeó.

Deja caer el tenedor y me atrevo a mirar hacia él a través de mis pestañas. Su cara es salvaje y sus ojos azules son amplios y enojados.

―¿Él qué?

―Ya me oíste.

―¿Cuánto?

―Fue bastante, estuve en el hospital tres días.

―Maldito bastardo.

―Como si tú pudieras hablar... ―murmuro.

Nunca he golpeado a una mujer que haya amado.

―No, pero secuestraste a una mujer de su casa y de su vida, para cumplir tus necesidades. No eres mejor, Peter.

Se queda un momento en silencio y sus ojos se centran intensamente en los míos.

―Puede ser que no sea mejor, pero nunca te pondría una mano encima, Lali.

―No ha sido exactamente agradable toda la situación...

―Podría ser peor.

Él tenía razón, podría serlo.

―Lo que sea.

Termino mi comida, recojo los platos y los llevo al fregadero. Miro el cuchillo, preguntándome si podría ganar la confianza lo suficiente como para controlar eso y apuñalarlo con él. La idea de apuñalarlo me duele, sin embargo, y no me gusta eso. Un breve pensamiento de apuñalarme a mí misma parpadea a través de mi mente, y rápidamente lo empujo hacia abajo. No puedo ser tan débil de nuevo. Nunca.

―Tengo que salir, así que regresa a tu habitación ―dice Peter detrás de mí.

Me doy vuelta y me marcho sin mirarlo. Entro en mi habitación y me siento a la mesa. Él camina detrás de mí y se sitúa en la puerta, sin decir nada durante un largo rato.

―Sé que odias esta situación, y lamento que hayas tenido que ser puesta en el centro, pero no puedo cambiar lo que tiene que ser. Gracias... por la cena.


Luego se va otra vez y yo me quedo sintiéndome más confundida que nunca.


CONTINUARÁ...

viernes, 19 de junio de 2015

Capítulo 4

Peter aparcó en el vado de la casa. Lali se había mantenido en silencio durante todo el trayecto, solo habían sido veinte minutos escasos, pero le había parecido un siglo y se alegró de llegar. Sin embargo, su alivio era poca cosa en comparación con la rabia que sentía. En teoría, Lali estaba allí para cuidar de Azul, solo para cuidar de Azul y estaba haciendo bastante más que eso.
Su vida era más sencilla antes de que ella apareciera. Llevaba una existencia solitaria, pero también segura. Ahora, en cambio, cada día amanecía con un desafío nuevo que le incomodaba más que el anterior.
Salió del vehículo y sacó las bolsas y el carrito del maletero mientras Lali se encargaba de la pequeña.
—Voy a darle el biberón para que se tranquilice y se quede dormida —declaró ella—. Vuelvo enseguida.
Él asintió.
—Te espero en el despacho.
Peter se dedicó a caminar por el despacho los minutos siguientes, nervioso. No sabía qué hacer, pero sabía que la presencia de Lali le estaba causando muchos problemas. Tenía que librarse de ella.
Por fin, Lali llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
—Me ha costado tranquilizarla, pero ya se ha quedado dormida —dijo.
Ella cruzó el despacho y se sentó al otro lado de la mesa, bajo la atenta mirada de Peter. Los vaqueros ajustados le acentuaban las curvas y la longitud de las piernas. Era una mujer preciosa.
—Ya sé por qué ha estado tan difícil últimamente —continuó ella—. Le he mirado la boca y le están saliendo dientes nuevos.
Peter gruñó algo ininteligible y se acomodó en su sillón, con la mesa de por medio.
—Quiero hablar contigo de lo que ha pasado hoy.
Ella asintió.
—Lo siento mucho, Peter. Ha sido culpa mía. Me descuidé un momento y la perdí de vista... Lo siento de verdad.
—Sentirlo no es suficiente, Lali. No creo que seas la persona adecuada para cuidar de mi hija —replicó.
Lali lo miró y dijo, con voz quebrada:
—¿No crees que estás exagerando?
—Estás aquí para cuidar de Azul y no haces muy bien tu trabajo.
—Por Dios, Peter... Cualquiera diría que la he dejado sola en mitad de la nada. Estaba en el parque, con varios adultos.
Lali se levantó de repente y se apoyó en la mesa, ofreciéndole una visión tan arrebatadora de su escote que Peter se quedó sin habla.
—Mira, admito que he cometido un error, pero te prometo que, a partir de ahora, tendré más cuidado. No me apartaré de ella ni un segundo. Seré su sombra.
Él sacudió la cabeza.
—No sé qué decir, Lali.
—Azul necesita una niñera. Y si no soy yo, ¿quién va a ser? Catherine no volverá hasta dentro de dos semanas, y no se encuentra en condiciones de cuidar a una niña pequeña, llena de energía —le recordó—. Además, ten en cuenta que, para entonces, es posible que Azul ya haya empezado a caminar... ¿Y quién se va a encargar de ella, Peter? ¿Quién se dedicará a vigilarla? ¿Tú?
Peter se estremeció, pero esta vez no fue de deseo, sino de terror. No podía asumir la responsabilidad de cuidar de Ruby. Simplemente, no podía.
Si una niñera experta como Lali cometía errores, ¿qué le pasaría a él, que no tenía ninguna experiencia con niños?
—Supongo que la podrías llevar a una guardería —siguió ella—, pero tengo entendido que Euge quería que creciera en casa.
—Eso no es asunto tuyo, Lali.
—Puede que no, pero... ¿qué vas a hacer? ¿Encerrarte aquí y seguir viviendo solo, expulsando a todo el mundo de tu vida? A Euge no le habría gustado.
—¡Basta ya! —exclamó él—. Estoy dispuesto a concederte otra oportunidad, Lali; pero solo una más.
—¿Por qué reaccionas así? ¿Es que te disgusta la verdad?
—No sigas por ese camino —le advirtió—. Te estás metiendo donde no te llaman.
Lali hizo caso omiso.
—Euge se llevaría un disgusto si te pudiera ver ahora. Te has encerrado tanto en ti mismo que te has convertido en un témpano, en un hombre sin sentimientos que ni siquiera es capaz de demostrar afecto a tu hija.
Peter se levantó del sillón y la agarró de los brazos.
—¿Qué no soy capaz de demostrar afecto? ¿Que no tengo sentimientos?
Te voy a demostrar lo equivocada que estás.
Sin pensarlo, sin valorar las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer, Peter bajó la cabeza y asaltó la boca de Lali, que soltó un gemido. Fue un beso apasionado, sin el menor asomo de timidez, un beso tan embriagador que los dos perdieron el control unos minutos.
Ella le pasó los brazos alrededor del cuello y se apretó contra él, frotándose suavemente contra el bulto de su erección. Peter le levantó la camiseta y le acarició la cintura antes de ascender hasta sus pechos, embutidos en un sostén de encaje. Luego, le acarició los pezones por encima de la tela. Habría dado cualquier cosa por llevárselos a la boca, por juguetear con ellos, por saborearlos. Quería descubrir hasta el último de sus secretos.
Fue la propia fuerza de su deseo lo que sacó a Peter del trance. A regañadientes, sacó las manos de debajo de la camiseta, dio un paso atrás y la miró a los ojos, que ardían con la misma pasión que los suyos.
—¿Lo ves, Lali? Contrariamente a lo que crees, soy capaz de sentir —dijo con voz ronca—. De hecho, siento demasiado.
Lali se quedó en el despacho cuando Peter desapareció.
Su mente estaba llena de preguntas. ¿Qué había pasado? Obviamente, sabía lo que había pasado, pero no entendía por qué. Habían empezado a discutir y, luego, sin más, se estaban besando como si la vida les fuera en ello. No tenía sentido.
Sacudió la cabeza y se llevó una mano temblorosa a los labios, que aún sentían el eco de su ardorosa posesión. Su cuerpo estaba lleno de energía; una energía intensa que exigía satisfacción a toda costa. Había sido una experiencia desconcertante. Lali siempre había sabido que se sentía atraída por él, pero no imaginaba que sus emociones fueran tan profundas.
Acababa de descubrir que su deseo no era simplemente de carácter físico. Anhelaba la clase de relación que Peter y Euge habían tenido; el mismo tipo de amor que habían compartido sus propios padres durante los mejores y los peores años de su matrimonio. Un amor que ni siquiera se había roto cuando su madre empezó a sufrir los síntomas de la demencia senil.
Al principio, su padre había cuidado de ella en casa y, más tarde, cuando la tuvieron que ingresar, la siguió cuidando en el hospital. La quería tanto que no se apartó de ella hasta que falleció.
Lali quería ese tipo de relación. Quería la misma devoción, la misma entrega. Pero no había conocido a nadie que estuviera a la altura de sus deseos. A nadie salvo a Peter, el hombre más atractivo que había conocido nunca y, como le había demostrado durante su matrimonio con Euge, unhombre que amaba hasta el final, con todas sus fuerzas. No era extraño que estuviera enamorada de él.
Pero, ¿sus sentimientos eran recíprocos? Aunque lo sucedido demostraba claramente que la deseaba, eso no quería decir que estuviera enamorado de ella. De hecho, ni siquiera sabía si era capaz de amar otra vez. Había pasado poco tiempo desde la muerte de Bree y Peter distaba de haberse recuperado.
¿Qué debía hacer? ¿Presionarlo lenta y suavemente, para que se viera obligado a afrontar lo que sentían? ¿O esperar a ver lo que pasaba? En cuanto a Euge, siempre formaría parte de sus vidas. Azul era un testimonio permanente en ese sentido y, al mismo tiempo, un testimonio de que el amor verdadero no se podía destruir. Pero Lali también sabía que Peter podía volver a amar y que el amor crecía hasta en las circunstancias más adversas. Sus padres eran un buen ejemplo. ¿Qué podía hacer?
Por una parte, era consciente de que no tendría ninguna oportunidad si Peter no derribaba los muros que había levantado a su alrededor; por otra, no estaba segura de tener derecho a pedirle que los derribara.
Lali estaba viendo un programa educativo con Azul cuando cayó en la cuenta de que ya llevaba un mes en casa de Peter Lanzani. Pero la niña se puso a reír en ese momento y la sacó de sus pensamientos.
—Vaya, parece que hoy está contenta...
Lali se giró hacia el umbral del salón y miró a Peter, que observaba a su hija con una sonrisa en los labios.
—¡Papá! ¡Papá! —exclamó la pequeña.
Lali la miró con ternura. La niña había mostrado cada vez más interés por Peter. La curiosidad inicial de Azul se había transformado en un deseo evidente de llamar la atención de su padre. Pero ni él ni ella esperaban lo que estaba a punto de pasar.
De repente, se levantó del suelo y dio unos pasitos inseguros hacia él.
—Dios mío, está andando... —dijo Lali —. ¡Está andando!
Peter no apartó la vista de Azul.
—¿Es normal que ande tan pronto?
—Bueno, solo tiene diez meses, pero lo ha estado intentando desde hace un par de semanas... —contestó.
La niña perdió el equilibrio y Peter se acercó rápidamente y la tomó en brazos antes de que pudiera caer.
A Lali se le hizo un nudo en la garganta. Por fin, el hombre de sus sueños se empezaba a comportar como un padre.
—Papá... —insistió la niña.
—Exacto —dijo Lali —. Es tu padre, tu papá.
La niña le acarició la cara a Peter, que miró a Lali con el ceño fruncido.
—¿Por qué me miras así? —preguntó ella—. Eres su padre, ¿no? Es lógico que te reconozca como tal.
—No me reconoce como su padre. Me llama papá porque te oye decirlo y te imita.
Ella se encogió de hombros.
—Es posible, pero yo prefiero pensar que te reconoce. Además, ¿por qué te incomoda tanto? ¿Prefieres que te trate como si fueras un desconocido?
Él guardó silencio. La niña dio media vuelta y empezó a caminar hacia su niñera con la ayuda de Peter, que se aseguró de que no volviera a tropezar. Cuando llegó a su destino, Lali la abrazó y la cubrió de besos.
—¡Qué maravilla! ¡Ya has aprendido a andar... ! A partir de ahora, tendré que vigilarte con más atención.
Lali alzó la cabeza y miró a Peter, que las observaba con una expresión extraña. ¿Sería posible que se hubiera emocionado? ¿O quizás estaba triste porque no se sentía capaz de ser tan afectuoso con Azul como ella?
No estaba segura, pero decidió aprovechar la oportunidad para mencionar un asunto en el que había estado pensando.
—Peter...
—¿Sí?
—Catherine vuelve a casa este fin de semana y, como coincide con la fecha del cumpleaños de Euge, se me ha ocurrido que podríamos hacer algo para celebrarlo. No sé... podríamos invitar a unos cuantos amigos. Sería una forma de dar la bienvenida a tu suegra y de honrar la memoria de Euge.
—Sinceramente, no necesito fiestas para recordar a mi esposa. No me parece una buena idea —dijo él.
Ella respiró hondo.
—Ya imaginaba que te opondrías. Precisamente por eso, me he adelantado y la he organizado sin decirte nada. Todos se alegraron mucho cuando los llamé.
Peter la miró con ira.
—No tenías derecho a hacer una cosa así.
—Mira, sé que te estás esforzando por volver a la normalidad...
—¿A la normalidad? —la interrumpió—. La normalidad terminó con la muerte de mi esposa. No sabes lo que significó para mí.
Azul notó que el ambiente había cambiado y se empezó a poner nerviosa, así que Lali la abrazó con más fuerza.
—No, no lo sé. Razón de más para que honremos su memoria todos juntos —alegó—. Catherine y tus amigos te necesitan. De hecho, creo que tú también los necesitas y que estarías de acuerdo conmigo si no te hubieras empeñado en condenarte a la soledad.
Peter entrecerró los ojos y la miró en silencio unos momentos.
—Está bien —dijo—. Pero no esperes que aplauda tu decisión.
—Solo te pido que estés presente.
—A veces, pides demasiado.
Peter salió de la habitación y la dejó con un profundo sentimiento de angustia. Se había salido con la suya, pero al precio de hacerle daño otra vez.
Entonces, la niña alzó la cabeza y miró a su alrededor.
—¿Papá?
Lali sonrió a Azul.
—Se ha ido, preciosa, pero volverá. Te aseguro que, al final, volverá.

* * *

Peter miró a las personas que se habían reunido en su casa. Sabía que, si Euge hubiera seguido con vida, habría organizado una fiesta como esa paracelebrar su cumpleaños. Estaban su madre, sus amigos, Lali y varios primos de él. Pero, por algún motivo, se sentía completamente fuera de lugar. Sonreía, hablaba con ellos y les servía copas, pero casi en calidad de observador externo. Además, las conversaciones de los invitados le ponían de mal humor.
Demostraban que habían seguido adelante con sus vidas, ajenos a la desaparición física de Euge y, aunque fuera lo más natural del mundo, lemolestaba terriblemente. Hacían que se sintiera más solo, más vacío, más abandonado.
Miró a Catherine para saber si se encontraba bien. Era una situación especialmente difícil para ella, pero parecía a la altura de las circunstancias. No tenía miedo de derramar una o dos lágrimas o de soltar una carcajada, según los casos, cuando alguien recordaba alguna anécdota de Euge.
Momentos después, Catherine se dio cuenta de que Peter la estaba mirando y se apartó del grupo para hablar con él.
—A Euge le habría encantado esta fiesta, ¿verdad?
Peter no dijo nada. Ella le puso una mano en el hombro.
—Lali ha hecho un gran trabajo.
—Sí, bueno... Todo el mundo ha contribuido.
—Pero ha sido idea suya, Peter. Y nos ha unido de nuevo —replicó su suegra—. Sé que siempre echaré de menos a Euge, pero hoy me siento un poco mejor, ¿sabes?
Peter asintió porque era lo apropiado, aunque su estado emocional no se parecía nada al de Catherine. Él no se sentía mejor. No encontraba alivio alguno en la presencia de sus amigos. Necesitaba espacio, silencio, soledad.
Cuando Catherine volvió con los invitados, él aprovechó la circunstancia para salir de la casa. Ya se había hecho de noche, pero ni siquiera se dio cuenta. Tomó el camino que llevaba la bodega, pasó de largo y siguió colina abajo hasta que no pudo seguir más, porque habría supuesto lanzarse a las oscuras aguas del puerto.
Estuvo allí hasta que la luna llegó a lo más alto. Entonces, dio media vuelta y se dirigió a la casa. Había estado tanto tiempo fuera que se había quedado helado.
Al llegar a casa, se llevó una alegría. Los invitados ya se habían marchado; en el vado no quedaba ningún coche. Y, como no quería ver a nadie, entró por la puerta de atrás y se dirigió directamente a su habitación, deseando estar a solas.
—¿ Peter? ¿Eres tú?
Peter se detuvo en seco al cruzarse con Lali en el pasillo. Era la última persona con quien le apetecía hablar.
—¿Te encuentras bien?
Él soltó una carcajada.
—¿Que si me encuentro bien? No, Lali, no estoy bien.
Peter siguió andando, pero ella lo alcanzó y lo detuvo.
—Lo siento, Peter. Creí que organizar una fiesta era una buena idea, pero puede que me haya equivocado.
—Sí, es posible —ironizó.
Peter la miró con intensidad antes de añadir:
—Te dije que me pedías demasiado.
—Lo sé... Me he dado cuenta, aunque sea un poco tarde. Y lo siento de verdad —insistió—. Ha sido muy duro. Incluso para mí.
—Ya.
—Peter, sé cómo te sientes y...
—¿Lo sabes? —preguntó con incredulidad—. ¿Crees que lo sabes? Pues no, Lali. Dudo que alcances a imaginar cómo me siento.
—No eres el único que ha perdido a Euge —se defendió ella.
—¡Pero Euge era mi esposa! —bramó él con tanta rabia como tristeza—. Era mi esposa, Lali. Todo mi mundo.
Peter se alejó, entró en su dormitorio y cerró de un portazo, sin preguntarse si el ruido despertaría a Azul, que ya estaba durmiendo.
Se quedó de pie en la oscura habitación, sin moverse y casi sin respirar, porque tenía miedo de que el monstruo que había crecido en su interior se liberara y lo dominara por completo. El monstruo que estaba enfadado con todo y con todos porque la muerte se había llevado a Euge. El monstruo que estaba enfadado con la propia Euge porque le había ocultado su enfermedad y se había quedado embarazada a sabiendas del riesgo que corría.
El monstruo que se odiaba a sí mismo porque, a pesar de lo mucho que había querido a Euge y lo mucho que la echaba de menos, seguía deseando a Lali Espósito, su mejor amiga. Y con más fuerza que nunca.



CONTINUARÁ...

domingo, 22 de marzo de 2015

Capítulo 4

LALI

Me detengo en la entrada del modesto rancho de Eugenia y Nicolás, junto a los triciclos rosas posados en el patio. No puedo obligarme a salir del coche. Es como aceptar lo inevitable. Sé que nada traerá de vuelta a Nicolás o cambiará lo que ha ocurrido, pero quizás pueda prolongarlo un poco más.

—Tía Lali, ¿qué estás haciendo?

Salto ante la pequeña voz que me habla. Rufina me está mirando, de pie junto al lado del pasajero del coche. Su pelo rubio y rizado está atado en dos coletas a los lados atadas con cintas y su sonrisa desdentada me alegra el día.

—Nada, cariño, solo estaba pensando —digo mientras salgo del coche y camino hacia donde está ella. Lleva su jersey de fútbol de los domingos y pantalones de chándal y tiene un balón de fútbol bajo el brazo. Es exactamente igual a Nicolás.

—¿Dónde está Noah?

—En el colegio.

Su cara cae mientras mira hacia el suelo. Su pequeño pie en deportivas comienza a balancearse adelante y atrás.

—Mamá dice que no tenemos que ir al colegio todavía. —Su voz se apaga.

Lucho contra las lágrimas mientras mi corazón se rompe por ella y su hermana. Solo han tenido cinco años con su padre y solo lo recordarán si tienen suerte. Me inclino hacia ella y limpio una lágrima de su mejilla.

—Noah puede venir después de la escuela y antes de irse al entrenamiento, ¿de acuerdo?

Ella asiente con la cabeza y la llevo a mis brazos, conduciéndola a su una-vez-feliz hogar.

Es la primera vez que estoy en la casa Riera desde que recibimos la llamada. Vine aquí para estar con las chicas mientras Eugenia estaba en el hospital esperando por una señal de que Nicolás iba a conseguirlo. Pasé por el piso, el mismo piso por el que ellos pasaban cuando las niñas tenían un resfriado o la gripe y los mantenían despiertos por la noche.

El mismo piso en el que Nicolás botó un plato lleno de pollo cuando tropezó con una bolsa de balones de fútbol que olvidó guardar después de la práctica. Eugenia y yo nos reímos tan fuerte. Cuando Nicolás se levantó, tenía grasa de pollo por toda la cara. Una mirada y Eugenia supo que él iba a perseguirla así.

Bajé a Rufina y le di un beso en la frente. No sabía cómo consolarla a ella y a su hermana, mucho menos a su madre.

—¿Dónde está tu hermana? —le pregunté.

Rufina se encogió de hombros.

—Supongo que con mamá.

—Tía Lali, ¿quién va a ver el fútbol conmigo ahora? —Su voz se rompe cuando hace la pregunta más simple de todas. Por lo general tengo respuesta para todo, pero cuando la miro a los ojos no sé qué decirle porque no hay una respuesta. Podría ser yo una semana o el señor Riera, pero nunca será Nicolás. Él era su chico del fútbol.

—Estoy segura de que a Pablo le encantaría, incluso a Noah. Tal vez tu
abuelo pueda venir los domingos.

—No es lo mismo —susurra antes de dejarme en el centro de la sala, rodeada de nada más que recuerdos, una vez capturados por la lente de la vida real y congelados en el pasado.

Y a veces no son suficientes. Habrán muchos recuerdos habrá que no contendrán a Nicolás.

—Oye. —Me giro para encontrar a Eugenia detrás de mí. Su cabello está recogido en un moño descuidado y lleva una de las camisas de Nicolás.

No puedo retener un sollozo lloroso mientras me apresuro a abrazarla. Ella llora en mi pecho, sus sollozos rompiendo mi reserva.

—Lo siento mucho —le digo en voz baja. Sus manos se aferran a mi camisa mientras lucha por controlarse. Ella estaba ahí para mí cuando mi mundo se vino abajo y voy a estar ahí para ella, aunque me mate.

Cuando se echa hacia atrás le limpio las lágrimas, igual que hice por Rufina.

—Ayer parecías estar bien —le digo tratando de recordarle que tiene algunos momentos buenos.

—Ayer no tenía que tomar ninguna decisión, salvo de qué color quería las flores. Hoy tengo que elegir un ataúd y llevar... —Toma una profunda respiración, tapándose la cara con las manos. Su anillo de compromiso de diamantes brilla, captando la luz del sol—. Tengo que escoger su último traje y no sé qué querría llevar.

Esto es algo que ni siquiera puedo imaginar. Yo no sabría qué hacer.

Cuando las cosas cambiaron para mí me quise morir, pero Eugenia y Nicolás me mantuvieron unida. Fueron mi pegamento. El amor de mi vida no murió, él tan solo decidió que yo no era lo que él necesitaba en su vida y se fue. No tuve que enterrarlo o limpiar su oficina. Él se llevó mi corazón cuando cerró la puerta.

—Quizás deberías preguntarle a las chicas que quieren que se ponga. Deja que te ayuden, porque vas a necesitarlas para pasar por todo esto. Sé que Rufina está preocupada por quien verá el fútbol con ella los domingos.

—Lo sé. —Suspira profundamente—. Ella quiere saber quién la va a arropar por las noches, porque nadie lo hace como papá.

La empujo de vuelta a mis brazos y abrazo a mi amiga. No hay palabras
que yo pueda decirle para ayudar a resolver este problema, solo el tiempo lo hará. Pero el tiempo duele.

Eugenia toma mi consejo y le pide a las gemelas que la ayuden a elegir el último traje de su padre. Cuando salen, las tres sostienen cosas que no combinan. Eugenia me muestra un par de oscuros pantalones de vestir.

Rufina levanta su camiseta de entrenar y Alai me enseña los zapatos con los que va a ser enterrado, un taco y un tenis. Esbozo una sonrisa que las hace reír.

Es perfecto y muy como Nicolás.

El trayecto a la casa funeraria es tranquilo. Eugenia juega con sus anillos, como hizo cuando se comprometió. Miro mi mano desnuda, y me pregunto cuando deslizará Pablo un anillo en mi dedo. No es necesario que anunciemos el compromiso, la gente lo está esperando. Pablo y yo hemos estado juntos durante seis años. Era el momento de tomar una decisión. Un hombre como Pablo no va a esperar siempre. Todo el mundo dice que es una gran captura, ya que es el único de nosotros que realmente hizo algo con su educación, y tienen razón. Sería estúpido no casarse con el pediatra de la ciudad.

La elección de un ataúd es mucho más difícil de lo que parece. Puedes escoger el tipo de madera, las incrustaciones y el color .Todas las cosas que Eugenia tiene que decidir tienen que ser en una oficina que huele a gente muerta.

Eugenia tiene que escoger la música, los programas y la lista de los portadores del féretro. Observo como escribe los nombres, dejando en blanco el sexto lugar.

—Se te ha olvidado uno —señalo.

Ella niega con la cabeza.

—Por si acaso —dice.

No tiene que explicar lo que quiere decir, sé a lo que se refiere, pero no quiero pensar en… él. Después de dejarla, me dirijo a casa. Noah debería haber vuelto del colegio, y yo solo quiero abrazarlo hasta que esté razonablemente segura de que no me va a dejar jamás.

—¿Noah? —lo llamo mientras entro en casa.

La televisión está encendida y lo encuentro tirado en el sofá. Está viendo una película de un viejo partido de Pablo y Nicolás en la escuela preparatoria. Oigo el familiar nombre y miro hacia a Noah, pasándole los dedos por el pelo.

—¿Qué haces, amigo?

—Solo estoy viéndolo —dice, su pelo rizado en mi mano.

Lo empujo a mi regazo y lo abrazo. Me encanta que siga siendo mi niño cuando necesito que lo sea.

—Estas muy graciosa, mamá. —Él se echa a reír. Le suelto el pelo y pellizco su oreja para seguir escuchando sus risas.

—Espera a que tengas mi edad y mires tus videos.

—¿Hay alguien en casa?

—Aquí —grito mientras Pablo entra en casa. Echa un vistazo a lo que estamos viendo y se pone detrás de mí, envolviendo su brazo alrededor de mis hombros.

—¿Por qué estamos viendo esto? —susurra en mi oído. Me encojo de hombros y señalo hacia Noah. Pablo sabe que nunca lo pondría, viendo esos reflejos que no hacen más que abrir viejos recuerdos.

Noah sigue riéndose y diciéndole a Pablo lo graciosos que nos veíamos en el instituto. Cada vez, le recuerdo que tengo fotos suyas de bebé, desnudo, y que se las enseñaré a todas sus novias.

Beaumont gana el partido y esa es mi señal para apagarlo. Busco allí el botón, el pánico invadiéndome. No quiero ver lo que hay al final.

—Mamá, ¿a quién estás besando?

Miro la pantalla y veo al chico que acosa mis sueños y mi realidad. Se vuelve y mira a la cámara, sus brazos a mi alrededor. Cuando veo sus ojos verdes me muerdo el labio.

Desde que Nicolás murió, he estado pensando cada vez más en él, y me pregunto si es feliz. Me levanto y apago la TV, para no tener que mirarlo más.


—No es nadie, bebé —le digo mientras salgo de la habitación.


CONTINUARÁ... ¡Hola! Siento no haber podido subir antes, pero estaba de viaje. Gracias por firmar. ¡Un beso!