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lunes, 14 de septiembre de 2015

Capítulo 5

Dos semanas largas, terribles pasaron y la rutina era la misma. Me levantaba, cocinaba para Peter, limpiaba y luego iba a mi habitación.

Lo curioso era que podría haberlo apuñalado tantas veces en la preparación de las comidas, pero aún no estaba preparada para eso. Tenía un buen plan, pero necesitaba tiempo. No podía sólo correr por ahí y apuñalarlos a todos, eso no iba a funcionar tan bien para mí.

Incluso si mataba a Peter, tendría que eliminar al resto para escapar de manera segura. Ellos estaban siempre por allí y nunca tenía ningún tiempo a solas con Peter en estos días. Necesitaba su confianza, por lo menos la suficiente como para que estuviera a solas conmigo. Un día, cuando los hombres no estuvieran aquí, encontraría una manera de deshacerme de Peter y salir. Entonces correría, correría hasta que nunca me encontraran.

No había manera de que me quedara aquí. No había forma en el infierno.

Estoy sentada en mi habitación una tarde simplemente mirando por la ventana, cuando la puerta se abre, supongo que es Peter. No es él.

Snake entra y mi garganta se aprieta, este hombre tiene una racha de mal. Me levanto con rapidez, envolviendo mis brazos alrededor de mí.

―Sal ahí y cocina para nosotros, tenemos hambre ―dice.

―¿Perdón?

Él da un paso más cerca, y yo doy un paso atrás.

―Malditamente me oíste, sal y cocina.

―¿Dónde está Peter?

―Al diablo con Peter, volverá pronto.

Mi corazón se aprieta. Por lo menos con Peter aquí, el resto de los hombres no me tocan. Sólo dos veces en las dos semanas me ha dejado sola, pero nunca con ellos. Sólo me deja encerrada y se va por un día.

―Sal o me quito el cinturón y disfrutaré atravesándolo por ese bonito trasero mientras cocinas. De hecho... quítate la camisa y los pantalones.

―¿Qué? ―grito.

Él da un paso hacia delante y agarra mi hombro, sus dedos se clavan en mi piel.

―Ahora desnúdate o te desnudaré.

―No―le susurro.

―¿Qué dijiste?

―¡Dije que no!

Él agarra el cinturón y le da un tirón, trato de escabullirme, pero me atenaza por la garganta y me empuja frente a la cama por primera vez. Afloja mi camisa y grito y me giro pero el hombre es fuerte. Lleva el cinturón sobre mi espalda y yo grito. Pateo, pero no puedo conectar con él. Aplasta mi cara en el colchón y no puedo respirar, me voy a desmayar. Me azota una y otra vez hasta que mi piel se rompe y doy vueltas gritando en un sollozo ahogado.

―¡Qué carajo!

Oigo la voz de Angel y de repente Snake está fuera de mí y es arrojado a una pared cercana.

―Maldito Snake imbécil, ¡Peter está por regresar! ―gruñe Ace.

―Eres un imbécil―gruñe Angel.

―Tira de tu maldita camisa abajo y si le dices de esas marcas, regresaré ―gruñe Snake.

―¡Cierra la boca Snake, y sal de aquí ahora mismo! ―gruñe Angel, empujándolo por la puerta.

Ace se arrodilla frente a mí y tira de mi camisa hacia abajo suavemente. Aparto la mirada, las lágrimas corren por mi cara. Él no dice nada más, sólo me deja sola. El dolor en mi espalda está más allá de lo que he sentido, no puedo respirar, no puedo pensar. Estoy aterrorizada de Snake, así que me levanto y salgo débilmente, mi corazón se acelera. Si no cocino como siempre, Jagger sabrá que algo está sucediendo. No puedo arriesgarme a la cólera de Snake, si no hago lo que pide.

Voy a la nevera, evitando la mirada mortal de Snake, y saco algunos ingredientes para hacer espaguetis. Estoy tragando rápidamente para no vomitar. Mis ojos escosen por mis lágrimas saladas y me muerdo el labio con tanta fuerza que puedo saborear la sangre. Corto las cebollas, pero Dios, tengo tanto dolor.

Escucho la voz de Peter y me asomo por encima de mi hombro y lo veo caminar por las escaleras.

―¿Qué está pasando aquí? ―pregunta.

―Nada jefe. Se ofreció a cocinar para nosotros.

Él les da a los hombres una mirada y luego entorna los ojos y me mira. Fuerzo una débil sonrisa, después de capturar la mirada de advertencia de Snake. Sigo cocinando y cuando los hombres bajan para tomar unas cervezas, tengo una idea. Cuando se van, vuelvo y empiezo a hurgar en los armarios. Esta noche es mi noche, tengo que salir de aquí. No puedo soportarlo más.

En poco tiempo, me volveré loca.

Cavo a través del armario de las medicinas, vamos, por favor. ¡SÍ! Encuentro un frasco de laxantes. Me acerco a la salsa a fuego lento en la estufa y vierto toda la botella dentro. Le doy una pequeña probada, para asegurarme de que no es demasiado obvia, pero el ajo y el tomate lo disimulan. La sirvo rápidamente después de eso, no sin antes meter un cuchillo en mi pantalón. Tengo que hacerlo, tengo que ser rápida e ingeniosa en ello. Esos hombres estarán abajo y fuera, y me iré. Entonces, quitaré a Peter del camino.  

Pienso en Peter, y no puedo evitar que me duela el corazón. Es estúpido lo sé y creo que tengo un caso de síndrome de Estocolmo. Aunque él ha sido duro conmigo, hemos tenido momentos en los que nuestra conversación casi parece normal. Veces en las que parece que podría sonreírme cuando me oye cantar, o cuando soy hábil con la boca. A pesar de que me ha mantenido en cautiverio y de que huelo a rata, nunca me ha lastimado.

Voces suenan a la deriva por las escaleras causando que me ajuste a la realidad. Cuando los seis hombres aparecen, sigo revolviendo la salsa. Esto podría salir a mi manera, o podría salir muy… muy mal. Sirvo la comida, manteniendo la cabeza abajo. Peter se acerca mientras estoy espolvoreando queso parmesano sobre la comida. Pone su mano en mi espalda y me estremezco, haciendo una mueca.

―¿Qué pasa?  

Si se entera de que Snake me azotó, todo el infierno se desatará y mi plan fallará. Me muerdo las lágrimas, mientras el latido de dolor en mi espalda empieza a empeorar.

―Sólo dormí mal, me duele de espalda.

Él hace un sonido de incertidumbre, pero mantengo la cabeza hacia abajo. Si lo miro, verá la forma en que me tiemblan los labios. Tengo que hacer esto, tengo que escapar. Si no lo hago, me derrumbaré aquí. Camino lentamente hacia la mesa, presentándoles los platos a todos los hombres.

Peter niega cuando le ofrezco uno. Mierda... ¡mierda!

―Ya comí.  

¡Maldita sea! Por lo menos me desharé de los otros hombres, eso es suficiente por ahora. Sólo necesito atrapar a Peter con la guardia baja para apuñalarlo.

Él me mira con esa hermosa expresión, ¿por qué quiero caer tanto en sus brazos? Estoy jodida, esto ha jodido mi manera de pensar. No puedo tener sentimientos por un hombre que me ha tratado de esta manera, tengo que salir... ahora.

Todos los hombres se burlan de la comida, al típico estilo masculino. Después de unos diez minutos, Angel se agarra el estómago y gime. Pronto todos los hombres están gimiendo y agarrándose el estómago con desesperación. Peter me mira, y me doy la vuelta y corro. Llego al pasillo y a la habitación. Puedo oír sus pasos detrás de mí. Me deslizo en el baño y cierro la puerta, bloqueándola. Caigo al suelo, agarrándome los costados. Mi espalda duele tanto, las lágrimas salvajes se deslizan hacia abajo por mi cara.  

―Abre la maldita puerta Lali.

Saco el cuchillo, ésta es mi única oportunidad. Peter patea y mueve la puerta pero no puede abrirla. Es una casa bien construida. Oigo los coches afuera unos diez minutos más tarde; Peter sigue pateando la puerta y maldiciéndome. Me asomo por la ventana para ver a todos los hombres salir. Ésta es mi oportunidad, es la única oportunidad que tengo. Los otros hombres estarán abajo y fuera por lo menos un día, pasando sus tardes en el inodoro.

―Maldito sea el infierno Lali, ¡abre la maldita puerta!

Agarro el cuchillo en mis manos. Puedo hacer esto, en cuanto abra la puerta sólo necesito ir hacia adelante. ¿Por qué mi corazón me duele tanto? ¿Por qué mis manos tiemblan ante la idea de hacerle daño? Tengo que hacer esto, tengo que salvar a mi hermana y a mí. Tenemos que salir de aquí y no volver nunca más. Abro la puerta y todo sucede rápidamente. Voy hacia adelante con el cuchillo, pero Peter me toma la mano.

Comienza la lucha, lo pateo y el cuchillo se mueve alrededor de mi mano. Él está gruñendo y sosteniendo mis manos, para mantener el cuchillo lejos de él. Me las arreglo para patear su pierna y lo golpeo en la espinilla, él ruge y deja caer las manos. Tropiezo hacia adelante y el cuchillo se hunde en su estómago. Mis ojos se abren y mi boca se abre, oh Dios, ¿qué hice? ¿Qué hice? Lo miro en el suelo, viendo la  sangre brota que de su estómago. Corre Willow, sal de aquí ahora y sálvate a ti misma y a tu hermana. Piensa en Jenny.

Con dolor en mi corazón, salto sobre él y trato duro de no darme cuenta de la sangre que brota de sus entrañas. Corro hacia la puerta y por las escaleras. Me parece que veo un juego de llaves de coche, y las agarro antes de correr al aire libre.
Me duele tanto la espalda, quiero bajar al suelo y vomitar, pero sigo empujándome hacia adelante. Presiono el botón de las llaves, pero ninguno de los coches se abre. Doy apretones de pánico. Tengo minutos, si acaso, antes de que él llegue y venga tras de mí. Presiono una y otra vez, nada. El coche debe estar en el garaje.

Dejo caer las llaves a la tierra, y me dirijo y miro hacia la oscuridad. Tengo que correr, es lo mejor que puedo hacer. La mañana me ayudará a salir de este lío. Si encuentro una calzada, podría seguirla. Empiezo a correr, y es entonces cuando oigo el golpe de la puerta delantera. Tomo mi ritmo, gritando mientras mi camisa se frota furiosamente contra mi espalda. Oigo pasos que se acercan. Tengo que correr más rápido, tengo que salir de aquí, pero estoy en tanto dolor, no puedo recoger mi ritmo.

Mi cara está en la tierra antes de que pueda tener otro pensamiento. Peter está encima de mí, su pecho aplasta mi espalda y me aplasta contra el polvo. Grito en agonía mientras él se mueve, me aplasta más y causa que mi camisa se deslice a través de mi espalda. Grito y lloro, moviéndome pero él me tiene inmovilizada.

Su rostro queda junto al mío, y susurra en mi oído.

―Detente, simplemente detente.

―Por favor ―lloro―. Me estás haciendo daño, por favor.

―¿Qué?

―Mi espalda, oh Dios.

Se quita de encima rápidamente, pero no me deja ir. Me mantiene presa con su mano alrededor de mis muñecas. No podría luchar contra él aunque lo intentara. Tengo mucho dolor. Mi plan fracasó. Soy un fracaso.

Comienzo a llorar histéricamente, y parece que él no sabe cómo lidiar con eso. Sólo se queda allí, sosteniendo mis muñecas y mirando hacia mí.

―Entra.

Me empuja y yo comienzo a caminar, todavía sollozando perdidamente. Cuando entramos en la luz de la casa, llega a una cercana mesa y toma un juego de esposas.
Pone las manos detrás de mi espalda y grito.

―Por favor, Peter, espósame en el frente.

Él parece confundido, pero pone mis manos en frente y me empuja contra una pared para que mi cara se presione contra ella.
Luego, levanta mi camisa y gruñe con saña.

―¿Quién diablos hizo esto?

―Yo...

―Dime quién diablos hizo esto Lali, ¡AHORA! ―ruge y me estremezco con el estruendo de su voz.

―Snake.

Él golpea con el puño en la pared y la atraviesa. Está a sólo unos centímetros de mi cara. Cierro los ojos y más lágrimas se deslizan por mi cara.

―¿Esta noche? ―dice, con voz áspera.

―Sí.

Deja caer mi camisa y me hace girar. Tengo una buena mirada de él y jadeo.

Está cubierto de sangre y está pálido. De repente me siento culpable, ¿y qué tal si se muere? Me dejará con Snake y el resto del grupo, y ese no es un buen resultado. ¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Qué sucede conmigo?

Mi plan fue pensado todo mal y ahora probablemente podría pagar de la peor manera.

―Llamaré para pedir ayuda ―le susurro, mirando la sangre que empapa su camisa.

―No es malditamente probable.

―Podrías morir, Peter.  

―Si muero ―dice en tono áspero―, tú también lo harás; deberías haber pensado en eso.

Trago y miro su color verde pálido de ojos.

―Por favor, déjame ayudarte.

Él se ve como si fuera a desmayarse, pero sigue mirándome con recelo.

―¿Y que trates de matarme otra vez? No lo creo.

―Peter, no quería matarte. No era mi intención… por favor, déjame ayudarte. Puedo darte algunas puntada… déjame ponerte puntos al menos. Es eso o te desangrarás y morirás…

Él me mira y me arrastra a la cocina. Busca en los cajones y saca una pistola y un botiquín de primeros auxilios. Quita las esposas de mis manos y se acuesta en el sofá. Estoy confundida por un momento, pero poco a poco voy adelante y tomo el botiquín de primeros auxilios en mis manos. Él apunta la pistola hacia mí y me estremezco.

―Si intentas cualquier cosa, te dispararé.

Lo miro, herida. Está bien, sé que es estúpido, me merezco un arma apuntándome, pero todavía me duele. Asiento y rasgo su camisa. Cuando su estómago está expuesto, me estremezco. Es bastante malo, y me siento terrible. Una herida profunda se está filtrando oscura, rojo sangre, en arroyos gruesos lentos. Uso su camisa para poner un poco de presión sobre ella, mientras limpio la piel alrededor. Él no hace ni un sonido.

―Lo siento, esto va a doler...

Él no me habla, sino que simplemente apunta la pistola a mi cabeza y me mira trabajar. Le limpio alrededor de la herida con un poco de antiséptico y luego le quito la camisa.

Dios mío, es un desastre. Busco en el botiquín para encontrar una aguja e hilo. La esterilizo y meto el hilo, y luego lo miro, esperando que me dé el visto bueno. Él asiente y se inclina hacia atrás, cerrando los ojos, pero no baja el arma.

El primer empuje de la aguja a través de su piel, me hace llorar otra vez. Él hace una mueca y se tensa, y puedo ver su mandíbula apretarse. Para el momento en que termino, estoy llorando fuertemente y él me mira con expresión herida. He visto un montón de expresiones en Peter, pero nunca una expresión de dolor.

Él se sienta con una mueca de dolor y toma mi cara en sus manos, sorprendiéndome.

―Es tu turno.

Me limpio las lágrimas.

―Lo siento...

Él resopla débilmente.

―Intentaste matarme, huiste, ¿y ahora te sientes mal porque tuviste que coserme?

Bajo mi cabeza, mi alma está debilitada y no me queda nada.

―Nunca le hice daño a nadie en mi vida Peter, nunca. Ni siquiera puedo matar una hormiga sin sentirme mal. No quise… pensé que era la única manera en que podría ser libre. No quiero vivir así para siempre.

―No lo harás ―susurra con voz ronca―. Pero incluso si sales de aquí, y te alejas de mí, no estarás a salvo. Manchez te encontrará, ¿no crees eso?

―Iba a huir… a tomar a mi hermana y a huir.

―Él te encontraría.

―Nunca voy a ser libre de esto ―susurro.

―Lo harás, te prometo que lo harás. No será así para siempre.

―¡Sí, lo será! ―Lloro―. Mi padre hizo enemigos, nunca dormiré tranquila de nuevo. Siempre estaré mirando por encima del hombro preguntándome a quién más molestó y cuándo decidirán usarme como su venganza.

―No va a ser así...

―No sabes eso ―le susurro.

―Vamos, date la vuelta y déjame ayudarte.

―¿Por qué molestarse? ―le susurro, derrotada.

Él agarra mi cara.

―Ninguna mujer merece sufrir lo que Snake te hizo esta noche. No te dejaré de nuevo. Lo siento. Ahora date la vuelta y deja que te ayude… ¿por favor?

Me vuelvo débil y suavemente muevo mi camisa y me estremezco de nuevo, y cierro los ojos y aprieto los dientes.

―Mierda...

Yo no digo nada, su declaración lo cubre todo.

―Lo atraparé maldita sea.

Eso estaría bien.

―Acuéstese sobre tu estómago, y no te muevas.

Me vuelvo hacia él y sus ojos caen en mi estómago. Se estrechan y su mano se desliza hacia afuera para rastrear las irregulares cicatrices en mi vientre. Sé lo terrible que son, vivo con ellas todos los días.  

―Lali ―susurra.

―No preguntes… por favor Peter.

Él asiente y me acuesto sobre mi estómago. Le oigo revolver alrededor. Vuelve un momento después y oigo el sonido del agua. Coloca un paño caliente en mi espalda y me lamento, arañando el sofá.

―Lo siento… dolerá como el infierno pero si no hago esto… tendrás una infección.

Aprieto los dientes y sólo gimo mientras limpia mis heridas y después las cubre con una crema fría. Me hace quedar en el sofá hasta que la crema penetra, y me encuentro a mí misma cayendo en un sueño inquieto.

Estoy tan cansada. Me sacudo de nuevo a la conciencia cuando escucho gruñir a Peter en el teléfono.

―Dile que mejor esté allí en la mañana, y si no está le cortaré la lengua y se la meteré por el trasero. Si alguien la toca de nuevo, ¡pondré una bala en su cerebro!

Cierra el teléfono y yo estoy demasiado asustada para moverme. Peter está de mal humor, y no quiero presionarlo aún más. Me pongo de pie en silencio y comienzo a caminar hacia mi habitación.  

―¿A dónde vas?

Me congelo y poco a poco me volteo.

―A mi cuarto.

―¿Por qué?

Estoy confundida. Él comienza una tensa caminata hacia mí, su pecho brilla bajo la tenue luz de la habitación. Mi corazón golpea.

―Para poder dormir...

―Duerme en el sofá.

―No, prefiero dormir allí.

―Está bien, ve a dormir allí ―asiente.

Lo miro, completamente confundida.

―Está bien...

―¡Espera!

Me detengo de nuevo y lo miro una vez más. Él sale de la habitación y vuelve un momento después con dos bolsas.

Las empuja hacia mí y murmura con voz ronca:

―Compré esto para ti hoy.

Miro hacia abajo las bolsas y luego de vuelta hacia él.

―¿Qué es?

―Ropa, no puedo tenerte oliendo como un maldito perro por más tiempo.

Ouch, significa que Peter está de vuelta. Me doy vuelta y me alejo, furiosa con el hombre que me capturó. Estoy muy por encima de él y sus personalidades mentales.

―¡Un gracias estaría bien! ―grita tras de mí.


Le hago un ademán por encima del hombro, y cierro la puerta con el sonido de su risa elevándose. Me doy cuenta de que es la primera que escucho reír a Peter, y peor aún, es un sonido hermoso que me aprieta el corazón de una manera que nunca había sentido antes.


CONTINUARÁ...

lunes, 22 de junio de 2015

Capítulo 5

Lali se retiró a su habitación con intención de acostarse, aunque sabía que no iba a poder dormir. Habían sido demasiadas emociones para un solo día. La fiesta había salido bien y todo el mundo había entendido que Peter prefiriera estar solo, pero ella se arrepentía de haberlo arrastrado a esa situación.
Ya se había metido en la cama cuando llamaron a la puerta.
—¿Peter?
—Sí, soy yo.
—Adelante...
Peter entró en la habitación y la miró de arriba a abajo. Lali no llevaba más ropa que un camisón de seda.
—Lo siento, no sabía que ya estabas acostada.
Él dio media vuelta con intención de salir, pero ella se acercó y lo detuvo.
—No importa. ¿Querías algo?
Peter la volvió a mirar. Estaba pálido y sus ojos parecían más oscuros. Lali pensó que nunca le había parecido tan peligroso y tan atractivo a la vez. De hecho, se sintió tan insegura que dio un paso atrás.
—Siento haber sido tan brusco contigo.
—No te preocupes. Sé que ha sido muy difícil para ti.
Él no dijo nada. ¿Qué podía decir? Lali había sido la mejor amiga de Euge, pero había cortado su relación con ella y no había estado a su lado durante sus últimos meses de vida. Sencillamente, no podía imaginar lo que Peter había sufrido. Y, a decir verdad, se sentía culpable por ello. Culpable por haberla abandonado y culpable por envidiarla, por desear al hombre que se había casado con ella.
—No es necesario que te disculpes —continuó Lali—. Cometí un error. Debería haber sido más consciente de tus necesidades.
Peter se encogió de hombros.
—¿Mis necesidades? Ni yo mismo sé lo que necesito —le confesó—. A veces me siento como si no supiera nada.
Ella alzó un brazo y le acarició la mejilla.
—Has sufrido mucho, y sé que estás lejos de superarlo. Pero no te preocupes; no te volveré a presionar con compromisos sociales. Es evidente que necesitas más tiempo.
Peter le puso una mano sobre los dedos, causándole una descarga de electricidad que le recorrió el cuerpo con una fuerza devastadora. No podía negar que lo deseaba. Los pezones se le endurecieron bajo la fina tela del camisón y, más abajo, entre las piernas, sintió el intenso anhelo de la necesidad.
—Te equivocas, Lali —replicó él—. Si hay algo que me sobra, es tiempo. Tiempo para pensar, para dar vueltas y más vueltas a las cosas...
Pero no quiero pensar más. Por una vez, solo quiero sentir.
—¿Sentir?
Él asintió.
—Sí, sentir algo más que el dolor que llevo dentro —contestó—. Quiero que el sentimiento de vacío desaparezca.
Peter giró la cabeza de tal forma que sus labios quedaron contra la palma de Lali. Si le hubiera puesto una plancha encendida en la piel, el efecto no habría sido más abrumador. Ella soltó un grito ahogado y apartó la mano. Él inclinó la cabeza y ella se estremeció de placer, sorprendida por las reacciones de su propio cuerpo. Intentó encontrar palabras para describir lo que sentía, pero ya no podía pensar, ya no tenía pensamientos de ninguna clase. Solo había un calor que la quemaba, llamas de necesidad que le lamían la piel mientras se aferraba a Peter, anclándose a su fuerza y derramando todos sus años de deseo prohibido, postergado, en su boca.
Cuando él rompió el contacto, ella se le quedó mirando en silencio.
—Ven conmigo, a mi habitación —dijo Peter —. No podemos hacer el amor aquí.
Lali asintió y dejó que la llevara por el pasillo, hacia su dormitorio. Segundos más tarde, la puerta se cerró a sus espaldas. Ella se tumbó en la cama y Peter se tumbó sobre ella. Al sentir el peso de su cuerpo, Lali se arqueó y sintió la dureza de su erección. Se sentía como si toda su vida hubiera estado destinada a ese instante, y estaba más que dispuesta a saborear cada segundo.
Llevó las manos a la camisa de Peter y se la desabrochó. Mientras él la besaba, excitando su piel con el roce de su mandíbula sin afeitar, ella le quitó la prenda y le acarició el estómago. Quería acariciar cada centímetro de su cuerpo, probar cada centímetro de su cuerpo y, a continuación, dejar que él la probara.
Le pasó un dedo por el cuello y, tras detenerse un momento en sus hombros, trazó las líneas de los músculos de su pecho. Peter se estremeció, sobre todo cuando ella le frotó los pezones con los pulgares y se inclinó para besarlos.
Entonces, él se apoyó en un codo y la agarró por las muñecas, para impedir que continuara con sus caricias.
—Pero quiero tocarte... —protestó Lali.
—Paciencia.
Peter le levantó los brazos por encima de la cabeza. Le encantaba estar así, completamente a su merced, ofreciéndose con total confianza.
Él la besó en los labios y en el cuello, haciendo que se retorciera y arqueara de placer, que se mostrara suplicante, anhelante. Y, entonces, le soltó las manos, le quitó el camisón y cerró la boca sobre uno de sus
pechos.
—Oh, Peter...
Peter tembló, intentando refrenarse, mientras le succionaba los pezones y le provocaba oleadas de sensaciones a cual más intensa en la entregada
Lali.
Tras unos segundos de caricias, se apartó de ella y admiró su cuerpo desnudo bajo la luz de la luna, que entraba por la ventana.
—Eres preciosa.
Lali tuvo una extraña sensación de irrealidad, como si estuviera viendo una película antigua en blanco y negro cuyos protagonistas se encontraban por primera vez. Y, en cierto sentido, era verdad. Peter y ella se estaban encontrando por primera vez. Habían sido simples conocidos antes de que ella rompiera el contacto con Euge y casi enemigos desde entonces. Aunque Lali lo amara, no sabían nada el uno del otro.
Pero, al menos, sabía una cosa: que esta vez no se había alejado de ella; que, en lugar de marcar las distancias, la había llevado a su dormitorio y le estaba haciendo el amor.
Las cosas habían cambiado de repente.
En ese momento, Lali decidió que le daría todo lo que necesitara, todo lo que quisiera. Aunque, a cambio, solo recibiera una parte de lo que ella deseaba.
Soltó un gemido mientras Peter seguía con la exploración de su cuerpo, hasta llegar a su entrepierna. Cuando él le separó los muslos y empezó a lamer, ella estuvo a punto de saltar de la cama. Fue como si toda su energía se hubiera concentrado en un solo lugar. En cuestión de segundos, cayó por el precipicio del placer y llegó a un clímax tan exquisito e intenso que se le saltaron las lágrimas.
Antes de que pasaran los últimos coletazos del orgasmo, Peter se quitó los pantalones y los calzoncillos y se volvió a colocar entre sus piernas.
Luego, con un gemido gutural, la penetró. Ella sintió que sus músculos interiores se contraían sobre él, dándole la bienvenida a su interior, a su calor.
Casi no se había recuperado del primer orgasmo cuando notó que se acercaba al segundo. Peter se siguió moviendo una y otra vez, intoxicándola con un placer renovado, hasta que soltó un grito y se deshizo en ella.
Satisfecha, Lali cerró los brazos alrededor de su cuerpo y se apretó con fuerza, concentrada en el sonido de su respiración y en su estremecimiento.
Peter casi no podía respirar y, desde luego, no podía pensar. Se apartó de Lali y se tumbó a su lado para aliviar el calor que sentía.
Aún no podía creer lo que habían hecho.
Siempre había sabido que hacer el amor con Lali sería una experiencia explosiva. Por eso había mantenido las distancias; precisamente por eso. Y se sintió culpable. Creía que, al dejarse llevar por el deseo, al dejar que lo arrastrara de esa forma, había traicionado la memoria de la única mujer a la que había prometido fidelidad.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y la boca le supo amarga de repente.
En su opinión, él no merecía sentir placer. Ni merecía encontrar ese placer en los brazos de Lali Espósito.
Podía sentir su presencia. Podía oír su respiración, todavía acelerada.
Notaba el calor de su cuerpo, que inconscientemente le ofrecía su afecto y su apoyo. Cerró los ojos con fuerza y se maldijo en silencio.
Había cometido un error terrible. Se dijo que, si lo hubiera pensado antes, se habría encerrado en su dormitorio, a solas con la botella de brandy que había sacado del despacho para emborracharse y olvidar.
Justo entonces, ella lo tomó de la mano. Peter sintió que el colchón se hundía un poco cuando ella cambió de posición para ponerse de lado y mirarlo a los ojos.
Pero él no la miró. No se atrevía.
Se puso tenso, esperando que dijera algo. Sin embargo, Lali se limitó a acariciarle el pecho con movimientos circulares, que lo tranquilizaron al instante.
Peter pensó que no se quería tranquilizar. Quería gritar, insultarse a sí mismo por haberla llevado a su habitación y haberle hecho el amor; por haberse rendido a las necesidades de su cuerpo y haberla tomado sin pensar, sin calcular las consecuencias.
Sin protección.
—Oh, no...
—¿Qué ocurre? —preguntó ella, preocupada.
Peter la miró al fin.
—Hemos hecho el amor sin preservativo.
Lali sonrió.
—No te preocupes. Estoy tomando la píldora.
Peter la observó con detenimiento. ¿Estaría diciendo la verdad? En principio, no tenía motivos para mentir.
Un segundo después, ella se incorporó y se puso a horcajadas sobre él.
—No pasa nada, Peter. Solo quiero hacer el amor otra vez.
—Esto no es amor, Lali.
Ella suspiró y sacudió la cabeza.
—Déjate llevar. Deja que disfrute de ti —insistió—. Disfruta de mí.
Lali se inclinó y lo besó en la boca. Le pasó la lengua por los labios y luego, se los mordió con suavidad.
Él intentó resistirse al deseo que empezó a crecer en él, pero no lo consiguió. Pudo sentir el calor de su entrepierna mientras ella permanecía inclinada sobre su cuerpo y, después, sin saber cómo, se sorprendió devolviéndole el beso con una pasión donde se unían toda la necesidad y toda la desesperación que había acumulado durante los meses anteriores.
Cuando ella rompió el contacto, él estuvo a punto de protestar. Pero las pequeñas manos de Lali le acariciaron el pecho y el estómago y, por fin, se cerraron sobre su sexo, que empezó a masturbar con dulzura.
La sensación fue arrebatadora, aunque no tanto como la que llegó a continuación. Lali bajó un poco y se introdujo el pene en la boca.
La húmeda caricia de sus labios y de su lengua le causó una reacción en cadena de placer que se llevó por delante hasta el más pequeño de sus pensamientos. Ya no quería saber nada. Ya no se quería preguntar sobre las supuestas consecuencias morales de lo que estaban haciendo. Solo había espacio para el deseo y su inevitable conclusión.
Tras lamerlo un rato, Lali volvió a cambiar de postura. Se puso exactamente encima del miembro al que había estado dedicando su atención y descendió poco a poco, dándole otra vez la bienvenida.
Ella soltó un gemido y se empezó a mover. La tensión de Peter fue creciendo hasta que llegó un momento en que no podía soportarlo más.
Entonces, cerró las manos sobre sus caderas y se empezó a mover con ella, aceptando un ritmo que los volvía locos de placer a los dos. Pero Lali quería más, así que le apartó las manos de las caderas y se las llevó a los pechos, para que se los acariciara.
—Oh, sí... —suspiró.
Peter jugueteó con sus pezones y pensó que era magnífica. El pelo le caía por los hombros como una cascada y su esbelto cuello se arqueaba hacia atrás con su larga y curvada espalda. Peter supo que estaba a punto de llegar al orgasmo, pero mantuvo el control hasta que Lali gritó de nuevo y se estremeció.
Tras alcanzar el clímax, se quedaron abrazados, juntos.
Esta vez, Peter no experimentó la punzada del sentimiento de culpabilidad. Estaba demasiado cansado para pensar y demasiado satisfecho como para estropear la magia del momento con sus dudas.
Ya pensaría al día siguiente, cuando se levantara y se mirara al espejo.
Lali notó que las sábanas estaban frías y supo que Peter se había ido.
Esperaba que se quedara con ella toda la noche, pero sabía que él tenía sus demonios personales y que, más tarde o más temprano, tendría que enfrentarse a ellos.
Abrió los ojos y buscó el camisón con la mirada, considerando la posibilidad de volver a su dormitorio. Aún no había amanecido, aunque la oscuridad se estaba empezando a retirar. Y allí, junto a la ventana, estaba Peter.
Lali apartó el edredón y se acercó a él. Luego, le pasó los brazos alrededor de la cintura y se apoyó en su espalda sin decir nada.
Peter no se movió.
—¿Te encuentras bien? —Lali le dio un beso en el hombro.
Él se puso tenso.
—Sí... y no.
—Habla conmigo, Peter. Estoy aquí.
Él sacudió la cabeza.
—Creo que...
—¿Sí?
—Creo que anoche hice mal. No debí arrastrarte a mi dormitorio.
—Pues yo me alegro de que lo hicieras. Nos necesitábamos. Teníamos que hacer algo con lo que sentíamos —dijo Lali en voz baja—. No hay razón para que te sientas culpable.
Peter suspiró.
—Yo... No puedo.
Lali se apartó de él y dio un paso atrás.
—Lo comprendo, Peter. No pasa nada.
Lali tuvo que hacer un esfuerzo para no desmoronarse. La noche anterior había sido muy especial para ella, y esperaba que también lo hubiera sido para él. Pero, por lo visto, se había hecho esperanzas de forma precipitada.
Tendrían que tomárselo con calma, sin prisas. Si le concedía un poco de espacio, cabía la posibilidad de que se diera cuenta de que merecía ser feliz.
—Claro que pasa —replicó él—. No he hecho nada para ganarme tu comprensión. Te he utilizado, Lali. ¿No crees que mereces algo mejor?
Ella respiró hondo.
—Los dos merecemos algo mejor. Pero yo también te he utilizado a ti. No estás solo en esto, Peter; por muy aislado que te sientas, no estás solo. Estoy contigo.
Peter la miró perplejo.
—¿Ni siquiera vas a permitir que me disculpe por lo que he hecho?
Ella sacudió la cabeza.
—No has hecho nada que necesite una disculpa. Nada en absoluto —insistió, alzando la voz un poco—. ¿Intenté apartarte de mí? ¿Te pedí que te marcharas? ¿Rechacé tus labios cuando me besaste? No, Peter. Me entregué voluntariamente.
—Pero...
—Todos necesitamos ayuda de vez en cuando. Por desgracia, tú tienes miedo de pedirla... y, si la pides, te parece un síntoma de debilidad, algo de lo que te debes arrepentir.
—De todas formas, creo que debería haberme refrenado.
—Maldita sea, Peter —Lali lo miró con exasperación—. Anoche demostraste ser todo un hombre, una persona capaz de pedir lo que necesita. Y yo fui toda una mujer, una persona capaz de entregar lo que necesita. Si no hubiera querido estar contigo, no habría estado. Será mejor que lo asumas.
Lali se alejó de él y alcanzó el camisón, que estaba en el suelo. Después, se lo puso y salió de la habitación para dirigirse a su dormitorio. En cuanto llegó, se quitó el camisón y se metió en la ducha. Aún faltaba una hora para el amanecer y para el paseo matinal de Azul. Podría haber descansado un poco, pero estaba demasiado tensa; así que abrió el grifo, dejó que el agua la empapara y cerró los ojos durante unos segundos.
Cuando los volvió a abrir, Peter estaba con ella. El agua le caía por el pelo y por los hombros. Su mirada era intensa y sus labios, tentadores.
Peter alcanzó el jabón y se frotó las manos con él antes de dar la vuelta a Lali, que se encontró de cara a la pared. Luego, le empezó a dar un masaje en los hombros y bajó hasta el centro de su espalda, eliminando todas las tensiones que ella había acumulado la noche anterior.
Al sentir las manos de Peter en las nalgas, ella se estremeció. Sus pechos se habían hinchado y ansiaban sus caricias; sus pezones ardían en deseo de sentir su boca. Apretó los muslos en un intento por aliviar la presión que se había acumulado en su cuerpo, pero solo sirvió para aumentar el deseo de que la tocara.
De repente, él se apretó contra ella. Lali notó su pene contra las nalgas y se excitó un poco más. A continuación, Peter le pasó los brazos alrededor del tronco y cerró las manos sobre sus pechos, que masajeó con dulzura.
Lali se apoyó en la pared, echó las caderas hacia atrás y separó las piernas, ofreciéndose. Esperaba que Peter la tomara de inmediato, pero Peter no tenía prisa; llevó una mano a su entrepierna y le acarició el clítoris.
Tras unos momentos de caricias, Lali notó que las piernas le temblaban. Sabía que el orgasmo estaba creciendo en su interior, lentamente y, cuando por fin la penetró, fue como si hubiera llegado a lo más profundo de su ser. Nunca había sentido nada tan intenso, tan complejo, tan sublime.
Peter se empezó a mover. Lali sentía el vello de sus piernas contra los muslos y la dureza de su estómago contra las nalgas. Ya no podía refrenarse más. Tuvo un orgasmo que esta vez no llegó en oleadas, sino de golpe, completamente arrebatador. Y, en algún momento, mientras aquel torbellino la arrastraba, él también llegó al clímax. Poco a poco, se fueron calmando. Peter alcanzó de nuevo el jabón y la limpió con delicadeza. Lali se lo agradeció mucho, porque no tenía fuerzas ni para moverse.
—Sigue tomando la píldora —dijo él.
Peter salió de la ducha, alcanzó una toalla y se marchó.
Lali se quedó tan sorprendida que, durante unos momentos, pensó que había soñado toda la escena. Pero los latidos todavía acelerados de su corazón y el profundo sentimiento de satisfacción que la dominaba le hicieron comprender que había sido real.
Pensó en lo que Peter había dicho antes de marcharse y en lo que ella le había dicho de la píldora. Técnicamente, era cierto. La estaba tomando.
Pero había sido algo laxa durante el mes anterior y era posible que se hubiera saltado alguna. Si iban a seguir así, sería mejor que se lo tomara con más seriedad.
Cerró la llave del agua y se secó con una toalla, preguntándose si lo que había surgido entre ellos era suficiente. ¿Se podía conformar con una relación sexual? ¿Podía disfrutar de sus encuentros sin establecer un lazo emocional con él?
En otra época, la respuesta habría sido negativa. No estaba buscando una relación sexual, sino una relación amorosa. Pero Peter no estaba en condiciones de ofrecerle lo que ella quería. Solo le podía dar eso.
Decidió concederse una oportunidad y ver lo que pasaba. En el mejor de los casos, el hielo de su corazón se empezaría a derretir; en el peor, se habrían divertido un poco.
Al volver al dormitorio, alcanzó el bolso y sacó la caja de las píldoras. Tal como temía, se había saltado un par. Y como no se quería arriesgar a sufrir más olvidos, se puso una alarma en el teléfono móvil.
Para estar más segura, se dijo que pasaría por la farmacia de la localidad y preguntaría por la píldora del día después. No creía que hubiera pasado nada, pero todas las precauciones eran pocas.
Justo entonces, oyó que Azul se había despertado. Se vistió a toda prisa y entró en el cuarto de la pequeña para empezar otro día de trabajo. Pero, mientras la sacaba de la cuna, se dio cuenta de que aquello había dejado de ser un trabajo y se había convertido en otra cosa. Azul y Peter le habían dado algo que había echado de menos durante mucho tiempo: la sensación de ser útil, de que alguien la necesitara.
Sonrió y pensó que tenía que luchar por lo que quería. Estaba segura de que aquello podía funcionar, de que podían ser una familia. Con un poco de suerte, Peter Lanzani comprendería que él también la necesitaba.
Además, solo tenía dos opciones: seguir adelante y arriesgarse o rendirse sin luchar y alejarse de él, como había hecho cuando se casó con Euge.

Lali eligió la primera. Pero sabía que le esperaba un camino difícil.


CONTINUARÁ...

viernes, 3 de abril de 2015

Capítulo 5

PETER

Conducir por la noche de anoche fue un error. Detenerse frente a la casa de Espósito fue un lapso total de mi juicio. Me sorprendí al encontrar al Sr. Espósito despierto, y mucho menos dispuesto a venir fuera y ver a un desconocido en una moto, especialmente vestido de negro.

Las paredes de esta habitación de hotel se están acercando, y rápido.

Debería de haberme quedado más lejos de la ciudad donde podría al menos tener una suite con espacio para moverme. Necesito pasear y pensar. Pensar en qué es lo que voy a hacer cuando la vea. Solo quiero verla. Necesito saber que ella está bien y es feliz. Que ella ha seguido adelante con su vida y que yo no soy más que un pequeño punto en su radar.

Tal vez compre mi música porque ella puede decir que una vez me conocía, hace mucho tiempo. La he imaginado muchas veces de pie en la fila de la tienda de comestibles o en la Rolling Stone cuando estoy en la portada.

Quiero pensar que ha leído los artículos y me ve a mí hablar de ella sin decir su nombre. Que ella haya creado una lista de reproducción en su iPod de todas las canciones que hablan sobre ella, que ella sepa que nunca he dejado de amarla.

Libro mis puños de mi cabeza.

—Eres tan estúpido, Peter. Ella no es una puta que se preocupa por ti.

La dejaste y cambió su número para que no tuviera que escuchar el llanto de su correo de voz.

Tengo que salir del hotel, ya que mi estancia aquí me recuerda a ella y la noche en la que perdimos nuestra virginidad mutuamente y me está volviendo loco.

Con el casco puesto antes de llegar al vestíbulo, corro hacia la puerta evitando a la recepcionista que está trabajando en la mañana. Ella es en realidad, un poco más linda que la recepcionista de anoche, pero no mucho.

No hay nada peor que una mujer que se esfuerza demasiado.

Acelero a través de la carretera secundaria, tomo las curvas más rápido
de lo que debería, pasando los coches que van muy lentos y rozando a un autobús lleno de niños. Cuernos, bocinazos y los niños rodando por las ventanas, con sus manos en el aire. No me molesto en mirar en el espejo para verlos moverse. Lo he hecho antes a lo idiota pensando que era el propietario de estas carreteras.

Nicolás y yo solíamos ser dueños de estas carreteras. Éramos tan estúpidos cuando éramos jóvenes. Siempre manejábamos y bebíamos demasiado rápido, por no hablar de los muchos juegos de béisbol-buzón.

Demonios, yo solía hacerlo-con-mi-chica mientras conducía, dejándola a horcajadas sobre mí solo para poder sentirla contra mí antes de caer rendido a su casa.

Noches calientes pasadas del verano en la parte de atrás de mi camioneta, mirando las estrellas, sosteniéndola entre mis piernas con mis brazos alrededor de ella. Le dije que la amaría para siempre. Le dije “te amo” primero y prometí que nunca le dejaría ir.

Me levanto y me detengo en un estacionamiento. Tengo que calmarme. Conduciendo como un idiota no resuelve nada. Lo último que quiero es mi nombre en el periódico porque estaba siendo imprudente. He trabajado duro para mantener mi imagen limpia. No más errores por mí culpa.

Cuando levanto la vista, veo que estoy en el Museo Allenville, un lugar dedicado a los deportes de la preparatoria. Salto de la moto y camino,  pago la entrada de cinco dólares. El interior es como un santuario. Estoy colgando del techo con las estadísticas de mi récord bajo mi foto. Hay una foto de Nicolás y yo juntos. Se suponía que romperíamos récords en la Universidad de Texas, pero él quería estar cerca de Eugenia y optó por una escuela pública con ella. Él era inteligente.

Una gran foto de Nicolás está en el centro del museo con un pañuelo negro cubriendo los bordes. Hay una mesa al lado de la foto con más fotografías de él y yo con algunos chicos más. Estamos todos tan jóvenes con el uniforme de nuestro equipo, levantando el dedo índice diciéndole al mundo que somos los número uno. No tuvimos ninguna preocupación en el mundo, solo queríamos ganar. Uno de los balones de fútbol está a su lado.

Quiero tocarlo, sentir la piel de cerdo contra mis dedos, pero me detengo.

Esos días se han ido. Lo dejé todo atrás cuando hice las maletas y me fui a Texas por las brillantes luces de la gran ciudad.
***

—¿Oyes esa multitud? —me grita Nicolás antes de salir del túnel.

Este es nuestro último partido en la preparatoria y este años hemos sido invictos. Hemos aniquilado a la competencia. Nicolás está muy cerca de romper el récord estatal de yardas por tierra y me rompió el récord a principios de esta temporada. Ambos firmamos nuestras cartas de intención para la Universidad de Texas esta mañana.

Y ahora estamos a punto de jugar nuestro título de cuarto estado.

—Sí hombre, lo oigo. Una locura, ¿verdad?

—Tiene que haber más gente que el año pasado.

Por supuesto que sí. Somos los mejores.

Le doy una palmadita en el culo a mi chica cuando pasa con su falda de porrista blanco, oro y rojo mientras corre hacia arriba. Se da la vuelta y me mira con esa mirada en sus ojos. Sé lo que está esperando y tengo la intención de cumplir.

—¿Sabes lo sexy que eres cuando te muerdes el labio? Tienes esa mirada en tus ojos, Peter. ¿Tienes planes para nosotros después? —susurra ella en mi oído. Mi atención se centra ahora exclusivamente su lugar de juego mientras su mano se cuela por dentro de mi camiseta. No hay nada mejor que su piel contra la mía.

—Ya basta, ustedes dos —dice Mason mientras me da una palmada en la parte superior de la cabeza—. Si le das un stiffy, algún apoyador romperá su pene.

Todos comenzamos a reír. Ella me dio un beso de despedida, diciéndome que les pateara el culo. Ella nunca me desea buena suerte, solo que les pateara el culo.

Me deslizo en mi casco y salgo corriendo hacia el campo. Corremos cruzando a las porristas y el cuerpo estudiantil. La música a todo volumen mientras nos anunciaban en el campo. Los padres y los fans están de pie en las gradas, gritando en voz alta.

Nicolás y yo vamos a un lado a calentar, siempre juntos. Tenemos una rutina y no vamos a romperla ahora.

Cuando suena el silbato, me centro con Mason a mi izquierda. El juego es para él. Él solo tiene que correr cien yardas para romper el récord estatal y voy a hacer que suceda esta noche. Nuestro primer juego es un hand-off hacia él, el rompe el primer tackle para ganar treinta yardas.

Esto lo hacemos una y otra vez hasta que su padre sostiene un cartel con un 100 y lo sé. Le doy la mano a Nicolás y trota hacia su padre. Se abrazan y los fans se vuelven locos. Riera Nicolás acaba de establecer el récord estatal por tierra de nueve mil quinientas dos yardas.

***
Recuerdo ese partido como si fuera yo y de pie aquí me hace sentir como si lo fuera. Casi puedo oler los perritos calientes, los puestos de comida para cocinar y las palomitas de maíz. Puedo oír los gritos y sentir la vibración de los pies pisando fuerte las gradas.

Todavía puedo ver a la cara del señor Riera, cuando Nicolás rompió el récord. Yo quisiera que mi padre me mirara así.

Mientras camino a mí alrededor miro a todas partes. Los cuatro títulos estatales que ganamos de fútbol y dos de béisbol. Pablo Martínez está mirando hacia mí, con su sonrisa de suficiencia mientras sostiene el premio del jugador más valioso. Quería ser yo. Cuando llegó a Beaumont me seguía a todas partes. Siempre estaba pasando el rato con nosotros como si fuera nuestro amigo de toda la vida, cuando lo único que quería era a mi chica.

Aparte de Nicolás, no sé qué le pasó a ninguno de mis compañeros de clase. No estuve en contacto porque no tenía nada que decir y no quería escuchar que fallé por abandonar la universidad. Tuve que tomar la mejor decisión para mí y lo hice a pesar de que sé que les dolió a todos, sobre todo a ella.

Cuando un grupo de chicos jóvenes vienen, huyo al baño. No espero que sepan quién soy, pero sus profesores puede que sí y no quiero firmar autógrafos o posar para fotos. Solo quiero ser yo aunque sea durante  poco tiempo.

Cuando salgo de lo John hay un chico joven de pie en el mostrador con las manos bajo el agua. Lo miro a través del espejo. Está llorando a  pesar de él está tratando de lavarse las lágrimas salpicándose con agua.

Es un niño pequeño y tiene el pelo un poco más largo de lo normal para los chicos de su edad. Tal vez está siendo intimidado y se está escondiendo aquí. Odio a los matones. Nicolás y yo no tolerábamos ninguna intimidación cuando estábamos en la escuela. Nos asegurábamos de ello.

—¿Estás bien, amigo? —Pido en contra de mi buen juicio. No quiero saberlo porque no quiero ver la confrontación, no puedo soportar ver llorar a los niños.

Él asiente con la cabeza y se tapa la cara.

—No debo hablar con extraños —dice. Chico inteligente.

—Tienes razón. Solo quiero asegurarme de que no necesitas un maestro ni nada.

—No, estoy bien.

—Buen trato.

Me lavo las manos mirando hacia atrás al niño a través del espejo. Está viendo todos mis movimientos, mirando los tatuajes de mis antebrazos, probablemente se está preguntando si lo voy a secuestrar ahora que ha hablado con un desconocido.

—Oye señor, yo te conozco.

Me limpio las manos en la toalla de papel sin mucho ímpetu.

—Señor, ¿eh? —le digo, sin hacer contacto visual.

—Sí, tú eres el del beso con mi madre en el video que tengo.

Vuelvo a pensar en mis muchos videos musicales y no recuerdo besar a nadie.

—¿Lo has visto en la tele? —pregunto.

—No, estabas en un uniforme de fútbol.

Me congelo. Solo he besado a una chica mientras llevaba un uniforme de fútbol. Miro al chico, realmente se parecen. Tiene el pelo oscuro y la barbilla alargada y sus penetrantes ojos marrones.

No puede ser.

No hay manera.

Mierda.

—Ah, sí, ¿quién es tu madre? —le pregunto, jugando.

—Lali Espósito.

—¿Es así? —pregunto apenas capaz de hacer que las palabras salgan de mi boca.

Asiente con la cabeza y sonríe realmente grande mostrando la falta de algunos dientes delanteros.

—¿Besabas a mí mamá mucho?

¿Qué le digo a este chico? No puedo decirle exactamente la verdad, sobre todo sin saber lo que está pasando.

Sí, tu madre era realmente hermosa. Apuesto a que todavía lo es.

—Me tengo que ir. Nos vemos por ahí —digo. Antes de que tenga la oportunidad de responder, me voy por la puerta.

Corro al baño del museo tan rápido como puedo. El chico trató de hablar conmigo cuando pasé, pero le ignoré.

Necesito respuestas sin importar si estoy listo o no, ella me las dará.

Tengo que reducir la velocidad cuando llego a la calle principal. No me puedo permitir que alguien sospeche de mí a riesgo de ser detenido. Aparco enfrente de su tienda y miro la puerta un minuto. He sabido de la florería por algunos años.

Cuando nuestros aniversarios venían o me sentía nostálgico, me metía en google y googleaba como un acosador loco y me enteraba de lo que estaba haciendo, pero no hay nada de lo que leí sobre un niño.

Conduzco alrededor hasta que está oscuro, a la espera para el cierre. No quiero audiencia.

Voy hacia arriba justo cuando sale de la tienda una cabeza pelirroja corta. Se abrazan despidiéndose y me mira.

Sus rasgos son suaves y no tiene miedo del desconocido en una motocicleta negra.

Ella no sabe quién soy, está siendo amable.

No tengo ningún plan en juego, a medida que voy avanzando.
Cambia el signo de abierto a cerrado. Si voy a hacer esto, tengo que hacerlo antes de que cierre la puerta.

Dejo mi casco, abro la puerta, la campana suena alertando mi presencia.

—Estamos cerrando —dice desde algún lugar de la tienda. No la puedo ver, pero pueda sentirla en la habitación.

Me quito el casco y dejo mis guantes sobre la encimera. Ella no me ve cuando llego a la esquina.

—¿Qué edad tiene, La?


CONTINUARÁ... ¡Hola! Siento mucho no haber subido todo este tiempo, pero lo voy a compensar subiendo más de un capi hoy y los próximos días. ¡Un beso!