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viernes, 31 de julio de 2015

Capítulo 11

Lali tomó sus bocetos y salió de la habitación. Al llegar al dormitorioprincipal, se puso a recoger sus cosas. Y entonces, rompió a llorar.
Estaba acostumbrada al dolor. Había perdido a su madre y, poco después, a Euge. Pero aquello era distinto; no se parecía nada. Peter no la necesitaba, no la quería, no la amaba. Y le dolía terriblemente.
Entró en el vestidor para sacar la maleta y, al ver la ropa de Euge, se emocionó un poco más.
—Lo siento, Euge. Te he fallado —se dijo en voz alta—. Pensé que lo conseguiría, que, si tenía la paciencia necesaria, lograría que Peter volviera a vivir. Pero he fallado. Lo siento, amiga mía. Lo siento por todo, pero, especialmente, porque permití que mis sentimientos por Peter seinterpusieran en nuestra amistad.
En ese momento, oyó que Azul se había despertado y que Peter había entrado en la habitación para cuidar de su hija.
—Al menos, he conseguido que se sienta más cerca de ella, que se comporte como un padre de verdad...
Lali alcanzó la maleta, la llevó al dormitorio y empezó a guardar suspertenencias. A continuación, se secó las lágrimas e hizo un esfuerzo por recuperar el aplomo. Necesitaba estar tranquila para despedirse de Azul y, quizás, del propio Peter.
Respiró hondo y salió del dormitorio tras echar un vistazo al que había sido su hogar durante tantas semanas. Habría dado cualquier cosa por quedarse allí, pero no podía. Sería mejor que lo asumiera y se marchara sin mirar atrás.
Mientras avanzaba por el pasillo, apareció Jenny con la niña en brazos.
En cuanto la vio, Azul saltó al suelo y corrió hacia ella. Lali la abrazó con fuerza y se la devolvió a la niñera, intentando mantener la calma.
—Bueno, será mejor que me marche... Si me he dejado algo, te ruego que me lo envíes. Catherine tiene mi dirección.
Jenny sonrió.
—Así lo haré. Y gracias por haberme ayudado tanto esta semana. Si no hubieras estado presente, habría sido mucho más difícil.
Lali le devolvió la sonrisa.
—De nada... ¿Sabes dónde está Peter? Me gustaría despedirme de él.
—Creo que ha ido a la bodega. Ha dicho que tenía que cargar unas cajas de vino en un camión, o algo así.
—Comprendo.
Lali respiró hondo y tomó la maleta, que había dejado en el suelo.
—Bueno, me voy. Me espera un largo viaje.

* * *
—Voy a matar a ese hombre —bramó Cristian Gomez—. No voy a permitir que traten así a mi hermanastra.
Carlos, el padre de Lali, había quedado con Ana y su marido para ir a recoger a Lali a Akaroa. Pero Carlos estaba tan fuera de sí que, al final, optaron por dejarlo en casa.
—No es culpa suya, Cris —dijo Lali —. Peter no me ha engañado. Me metí en ese lío sola, a sabiendas de lo que podía ocurrir.
—Lo que ha hecho ese tipo no tiene justificación alguna —insistió Cris, furioso.
—Vamos, Cris... Intenta ponerte en su lugar. Imagina que te has casado con una mujer que se queda embarazada sin decirte que el parto puede acabar con su vida. Imagina que muere cuando da a luz y que, después, por si eso fuera poco, te cruzas con otra mujer que te vuelve a mentir en un asunto importante.
Ana se acercó a su marido y le pasó un brazo alrededor de la cintura.
—Déjalo ya, Cris. Lali necesita nuestro apoyo, no tu censura.
—Yo no estoy enfadado con ella —protestó Cris—. Es que no me gusta que le hagan daño.
—A mí tampoco me gusta. Pero Lali es una mujer adulta, perfectamente capaz de tomar sus propias decisiones.
—Y perfectamente capaz de sobrevivir a ellas —intervino Lali—. Pero os agradezco mucho que hayáis venido a buscarme; no sabéis cuánto...
Alexis no terminó la frase. Rompió a llorar otra vez.
—Oh, lo siento. No sé qué me pasa, pero no puedo dejar de llorar.
Ana le acarició la mejilla.
—Lo comprendo, Lali.
Cuando llegaron a la casa de su padre, ya era de madrugada; pero todas las luces estaban encendidas.
Lali se frotó los ojos y soltó un suspiro de alivio al distinguir a su padre en el porche. Abrió la portezuela, salió corriendo hacia él y se arrojó a sus brazos.
Carlos susurró unas palabras cariñosas en su idioma materno, el italiano.
Por fin estaba en su hogar, a salvo. Lali se preguntó si Azul llegaría a tener una sensación de seguridad tan profunda como la que ella tenía cuando estaba con su padre.
Peter se levantó el cuello de la chaqueta para protegerse del frío. Habían pasado cuatro semanas, tres días y dos horas desde que Lali se fue.
La extrañaba terriblemente. Y no solo desde un punto de vista físico. La echaba tanto de menos que no soportaba estar en la casa porque todo le recordaba a ella. Además, Azul estaba tan nerviosa que Jenny no sabía qué hacer con ella, la niña solo se tranquilizaba cuando estaba con él, y cada vez era más exigente.
Con el paso del tiempo, Peter había llegado a comprender que Lali había hecho mucho más que ser una buena niñera. Le había hecho ver sus defectos como padre y como hombre. Le había hecho ver que no se podía esconder en su trabajo ni delegar sus responsabilidades, que los problemas no desparecían por el simple hecho de que él se tapara los ojos.
Ahora sabía que se había comportado como un estúpido. Por eso se había acercado a la tumba de Euge, en la que dejó un ramo de rosas amarillas, sus flores favoritas.
Se arrodilló sobre la fría lápida y se quedó en silencio un buen rato. No había estado en el cementerio desde el día del entierro. Se había intentado convencer de que no importaba, de que Euge no estaba realmente en aquellugar. Y, evidentemente, no estaba. Pero necesitaba hablar con ella.
Respiró hondo y dijo:
—Hola, Euge, soy yo. Sé que debería haber venido antes, pero estaba tan enfadado contigo que no podía pensar con claridad.
Peter se pasó una mano por el pelo.
—¿Por qué no me dijiste lo que te pasaba? ¿Por qué guardaste el secreto? Yo quería una familia, pero te quería más a ti. ¿Por qué no me lo contaste?
Tras unos segundos de espera, siguió hablando.
—Nuestra hija es preciosa, Euge. Es igual que tú. Pero yo estaba tan encerrado en mí mismo, tan enfadado contigo y con el mundo, que tenía miedo de acercarme a ella... Menos mal que, al final, he entrado en razón. Y es una chica maravillosa. Lali y Catherine me han ayudado mucho, ¿sabes? Sobre todo, Lali.
Peter suspiró.
—Cuando llegó a casa, despertó algo en mí que no quería volver a sentir.
Me sacó de mi encierro y me enseñó a amar otra vez, pero yo fui tan estúpido que la eché de mi lado. No sabes cuánto me arrepiento... Hoy he venido porque quiero que sepas que, pase lo que pase, no te olvidaré nunca. Te quise con toda mi alma y tú me diste el regalo de una hija. Pase lo que pase, te llevaré siempre en mi corazón.
Peter se levantó. Luego, volvió a mirar la lápida bajo la que  descansaban los restos de su difunta esposa y caminó hacia la salida del cementerio. Hacia su futuro.
Catherine le había dicho que estaba haciendo lo correcto, y Peter se lo recordó una y otra vez mientras conducía por la carretera.
Aún tenía dudas, pero por fin sabía lo que quería. Cuando le confesó a Catherine que iba en busca de Lali, ella se limitó a sonreír y a decir que ya era hora. Y tenía razón. Así que, a la mañana siguiente, se subió al coche y se puso en marcha tras dejar a la niña al cuidado de Catherine, porque Jenny tenía el día libre.
Tras varias horas de viaje, se detuvo en Kaikoura para llamar a Catherine y asegurarse de que su hija se encontraba bien. Habló con ella diez minutos y, a continuación, volvió al coche. Hora y media después, llegó a casa de Lali y detuvo el vehículo en el vado. Estaba tan nervioso que tenía la sensación de que el corazón se le iba a salir por la boca.
¿Había hecho bien al dirigirse directamente a su casa? ¿No habría sido mejor que la llamara antes?
—A buenas horas... —se dijo en voz alta.
Salió del coche y se dirigió corriendo a la entrada del edificio; se había puesto a llover.
Alzó un brazo y llamó al timbre. Un hombre de edad avanzada y cabello canoso le abrió la puerta.
—Buenos días —dijo con un marcado acento inglés—. ¿En qué le puedo ayudar?
—Me preguntaba si Lali está en casa... —replicó Peter inseguro.
El hombre frunció el ceño.
—Yo soy su padre, Carlos Espósito.
Peter asintió y le estrechó la mano.
—Encantado de conocerlo, señor Espósito. Soy Peter Lanzani.
El padre de Lali apartó la mano al instante.
—¿Se puede saber qué hace aquí?
—Quería hablar con su hija.
—Ah, vaya, ahora quiere hablar con ella.
—Si es posible, sí. Sé que debería haberlo hecho antes, pero... ¿Puedo entrar?
Carlos sacudió la cabeza.
—Eso no es decisión mía, jovencito. Pero tiene suerte; porque, si fuera por mí, ya lo habría echado a patadas.
Peter tragó saliva.
—Por favor, señor Espósito... Se lo ruego. Sé que me he portado mal con su hija. Sé que le he hecho daño y que...
Carlos lo miró con ira.
—¿Que le ha hecho daño? Ha hecho mucho más que hacerle daño. Mi hija está profundamente deprimida. Cuando se marchó de aquí, estaba llena de esperanza... Cuando volvió, era una sombra de lo que había sido.
—Lo siento —insistió Peter, avergonzado—. Lo siento sinceramente.
—Sus disculpas no significan nada para mí. Usted es un hombre que niega el afecto a su propia hija; un hombre que desprecia el amor de la mía y que, no contento con ello, la echa de su casa cuando las cosas se ponen difíciles. Su comportamiento me parece despreciable, señor Lanzani. Pero no soy yo quien lo debe disculpar, sino Lali.
—Entonces, permítame que la vea. Deje que hable con ella —le rogó.
—No.
A Peter se le encogió el corazón.
—¿No? ¿Es que no me quiere ver?
—Es que no está en casa todavía —contestó—. Si está decidido a hablar con ella, puede esperar aquí. Pero prométame una cosa.
—Lo que sea.
—Si se le pide que marche, márchese. Y no vuelva nunca.
La idea de no volver a ver a Lali, de no volver a contemplar su cara de felicidad cuando estaba contenta y su gesto de concentración cuando trabajaba en sus bocetos, se le hizo insoportable. Pero era posible que la hubiera perdido para siempre. A fin de cuentas, su padre tenía razón: la había echado de su casa y había despreciado su afecto.
—Si es lo que Lali quiere, me iré.
Carlos asintió.
—En tal caso, espere en el porche. Sin el permiso de mi hija, no lo puedo invitar a mi casa —sentenció.
Carlos le cerró la puerta en las narices. Peter se sentó en una de las sillas y pensó que se lo tenía bien merecido. La ropa se le había mojado y tenía frío, lo cual auguraba una espera de lo más incómoda, pero no le importó, haría lo que fuera por retomar su relación con Lali. Y esta vez, si ella se lo permitía, no volvería a estropear las cosas.
Estaba lloviendo y la carretera no se encontraba en buenas condiciones, así que Lali conducía con cuidado.
Estaba contenta. Tenía un padre que la adoraba, una hermanastra que la quería con locura, un cuñado que era casi un hermano para ella y un niño que crecía en su interior. Incluso tenía una empresa que iba viento en popa.
Lo tenía todo. Todo salvo el amor del hombre del que se había enamorado.
Ya estaba llegando a la casa cuando vio un coche aparcado en la parte delantera. A Lali le extrañó que su padre tuviera visita. Había hablado por teléfono con él y no le había dicho nada. Y al distinguir la matrícula del gran todoterreno negro, se estremeció.
—No pasa nada —dijo, llevándose una mano al estómago—. Tu padre ha venido a vernos.
Detuvo el vehículo y alcanzó el paraguas para salir. De repente, Peter abrió la portezuela y la miró. Ella se quedó helada en el asiento.
—Yo me encargo del paraguas —dijo él.
Peter lo abrió y esperó a que Lali saliera.
—Gracias. ¿Qué haces aquí?
—Te estaba esperando.
Al llegar al porche, Peter cerró el paraguas y lo sacudió. Lali lo miró con detenimiento y pensó que seguía tan guapo y atractivo como siempre.
Pero estaba decidida a seguir con su vida, había tomado una decisión y no la iba a cambiar si Peter no le ofrecía lo que necesitaba.
Él se estremeció y ella se dio cuenta de que estaba empapado.
—Entra en casa. Será mejor que te seques. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Una hora, más o menos.
—¿En el porche? Dios mío, te habrás quedado helado... ¿Es que mi padre no está en casa?
Peter sonrió con debilidad.
—Oh, sí. Claro que está.
—Ah...
Lali abrió la puerta y lo acompañó al vestíbulo.
—¿Papá? Ya estoy en casa.
Su padre apareció de inmediato.
—¿Le has dejado entrar? —preguntó.
—Ha hecho un viaje muy largo para llegar aquí. Y está lloviendo.
Carlos frunció el ceño.
—Está bien, como quieras. Os dejaré a solas para que podáis hablar.
Estaré en casa de Cris y Ana. Si me necesitas, llámame.
—Por supuesto.
Su padre se acercó a ella se puso una gabardina y, antes de salir de la casa, dijo:
Ti amo, Lali.
Tras unos segundos de silencio incómodo, Lali le ofreció a Peter una toalla para que se secara.
— Lali...
—Muy bien, te escucho —dijo ella.
Peter se frotó mandíbula.
—He venido para pedirte disculpas. Te he tratado mal. Merecías mucho más de lo que te he dado. Estaba tan preocupado por mí mismo... Me ofreciste una luz en mitad de la oscuridad. Lograste que volviera a sentir, pero sentí tanto que me asusté y, al final, te aparté de mí.
Lali le dejó hablar.
—No quería volver a sentirme vulnerable. La muerte de Euge me dolió tanto que me dejó un vacío intenso... La simple idea de enamorarme de otra persona me parecía inadmisible. Pensaba que no merecía el amor.
»Cuando llegaste a mi casa, yo estaba encerrado en mí mismo. Tenía miedo de todo. Había dejado de vivir. Sin embargo, tú te empeñaste en devolverme la vida... y no aceptabas un no por respuesta. Me acordaba mucho de lo que sentí la primera vez que te vi. Me causaste una impresión tan profunda que pensé en ti durante meses.
Ella frunció el ceño.
—Sé que tú sentiste lo mismo que yo. Por eso te alejaste de Euge, ¿verdad?
—Sí —contestó en un susurro.
Lali cerró los ojos, avergonzada. Si Peter se había dado cuenta, cabía la posibilidad de que Bree también lo hubiera notado.
—Yo adoraba a mi esposa, pero, por alguna razón, también me sentía atraído por ti. Y cuando volviste, esas emociones renacieron —declaró con voz rota—. No sabes cuánto te odié... Por lo que me hacías sentir y porque me parecía que estaba traicionando a Euge.
Lali guardó silencio.
—Pero también te traicioné a ti, ¿sabes? —continuó él—. Traicioné tu confianza y tu amor. No sabes cuánto lo siento. Primero me diste el regalo de tu afecto y, después, el de tu embarazo. Pero estaba tan preocupado con la posibilidad de que te pasara lo mismo que a Bree, tan preocupado con la posibilidad de que la historia se estuviera repitiendo, que me alejé aún más. Lo siento mucho, Lali. ¿Serás capaz de perdonarme?
Lali suspiró.
—Peter, me has hecho mucho daño. Cuando me fui de tu casa, estaba tan destrozada que no creía que lo pudiera superar. Con el tiempo, he conseguido recuperarme y empezar a hacer planes de futuro — Lali sacudió la cabeza—. No lo sé. Simplemente, no sé si puedo volver a confiar en ti.
—Siento haberte hecho daño —dijo en voz baja—. Estoy enamorado de ti, Lali, te quiero tanto que me duele enormemente lo que te he hecho.
Haré lo que sea necesario, lo que tú quieras. Deja que te dé el amor que mereces. Deja que te demuestre lo mucho que significas para mí, lo mucho que nuestro hijo significa para mí.
—Nuestros hijos —puntualizó ella.
Él la miró con desconcierto.
—¿Hijos?
—Dos, para ser exactos.
Peter se quedó atónito al saber que iba a ser padre de gemelos. Pero, en lugar de preocuparse, sonrió de oreja a oreja.
—¡Dos hijos! Dios mío... ¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde mi primera cita con el doctor Taylor.
—Oh, Lali... —Peter la abrazó—. Te aseguro que dedicaré el resto de mi vida a hacerte feliz. Me has dado tanto, me has enseñado tanto... Has hecho que sea un buen padre para Azul y, sobre todo, me has devuelto el amor. Te lo debo todo.
—No me debes nada salvo tu amor, Peter. Si eres capaz de darlo...
—Es todo tuyo, mi vida. Yo soy todo tuyo —afirmó—. No te puedo prometer que no cometa más errores en el futuro... a fin de cuentas, soy humano. Pero te prometo que intentaré ser el mejor hombre que pueda, el mejor marido y el mejor padre.
—¿El mejor marido?
—Por supuesto. Quiero que seas mi esposa, Lali. Quiero estar contigo hasta el fin de mis días...
De repente, Peter se levantó del sofá y se arrodilló ante ella.
—¿Te quieres casar conmigo? ¿Quieres que criemos juntos a Azul y a nuestros dos hijos?
—Oh, Peter... Por supuesto que quiero —contestó, emocionada—. Sí, claro que sí. Me casaré contigo y estaré siempre a tu lado. Estoy enamorada de ti desde que te vi por primera vez, pero jamás pensé que
tuviera esta oportunidad... Y te aseguro que no la voy a desaprovechar. Te amo, Peter. Con toda mi alma.
Lali se arrodilló junto a él y lo abrazó.
—No te arrepentirás, Lali —dijo él—. Seré el mejor de los maridos y el mejor de los padres mientras tú me quieras.
—Entonces, lo serás para siempre.

Lali lo miró a los ojos y lo besó.



FIN

lunes, 2 de marzo de 2015

Capítulo 14

CAPÍTULO 14

Y VIVIERON FELICES PARA SIEMPRE

PETER
Un año después del día que estuve al final de un pasillo en Las Vegas, me encontré esperando a Lali nuevamente, esta vez en un mirador con vista a las aguas azules que rodeaban St. Thomas. Tiré del nudo de mi corbata, complacido de que fui lo suficientemente inteligente de no haber usado una la última vez, pero ya no tenía que lidiar con los planes de boda de Eugenia nuevamente.

Sillas blancas con listones color naranja y morado atados alrededor del respaldo estaban a un lado, el océano del otro. Tela blanca bordeaba el pasillo por el cual caminaría Lali, y flores anaranjadas y moradas se encontraban prácticamente en todas partes a donde miraba. Hicieron un lindo trabajo. Aunque seguía prefiriendo nuestra primera boda, este parecía el sueño de cualquier chica.

Y luego, el sueño de cualquier chico salió detrás de una hilera de árboles y arbustos. Lali estaba allí sola, con las manos vacías, un velo largo y blanco sobre su cabello recogido que se movía con la brisa del Caribe. Su largo vestido blanco se ceñía a su cuerpo y era un poco brillante. Probablemente satín. No estaba seguro y no me importaba. Todo en lo que me podía concentrar era en ella.

Salté los cuatro escalones de la glorieta y corrí hacia mi esposa, encontrándola en la última hilera de sillas.

—¡Oh, Dios mío! ¡Te he extrañado un infierno! —dije, envolviéndola en mis brazos.

Los dedos de Lali presionaban mi espalda. Esta era la mejor cosa que sentía en tres días, desde su último abrazo de despedida.

Lali no habló, sólo río nerviosamente, pero me di cuenta de que también estaba feliz de verme. El último año había sido tan diferente de los primeros seis meses de nuestra relación. Se había comprometido totalmente a mí, y yo me había comprometido totalmente a ser el hombre que se merecía. Era lo mejor, y la vida era buena. Los primeros seis meses seguía esperando que algo malo ocurriera y que la apartaran de mi lado, pero después nos acostumbramos a nuestra nueva vida.
—Estás increíblemente hermosa —dije, después de separarme un poco de ella para mirarla mejor.

Lali alargó la mano para tocar mi solapa. —Usted no está nada mal, señor Lanzani.

Después de un par de besos, abrazos y anécdotas sobre nuestras fiestas de despedidas, las cuales parecieron ocurrir igualmente sin incidentes—excepto por la desnudista que contrató Bauti— los invitados comenzaron a llegar.

—Supongo que esto significa que debemos ir a nuestros lugares —dijo Lali. No podía ocultar mi decepción. No quería estar un segundo más sin ella.

Lali tocó mi mandíbula y luego se levantó de puntillas para besar mi mejilla—. Te veré dentro de poco.

Se marchó, desapareciendo nuevamente detrás de los árboles.

Regresé a la glorieta, y en poco tiempo las sillas estuvieron todas ocupadas.

De hecho, teníamos una gran audiencia. Pam estaba sentada en la primera fila del lado de la novia, con su hermana y cuñado. Un puñado de mis hermanos Sigma Tau en la fila de atrás, con el socio de mi papá y su esposa e hijos, mi jefe Chuck y su novia de la semana, los abuelos de Eugenia, y mi tío Jack y tía Deana. Mi papá estaba sentado en la primera fila del lado del novio, seguido de las citas de mis hermanos. Nicolás se encontraba de pie como mi padrino, y Pepo, Tato, Tyler y Bauti como los acompañantes a su lado.

Todos nos conocíamos desde siempre, habíamos atravesado por mucho, en algunos casos perdimos demasiado, y aun seguíamos juntos como una familia para celebrar que algo salió bien para los Lanzani. Sonreí y asentí hacia los hombres a mi lado. Seguían siendo la fortaleza impenetrable que yo recordaba de mi infancia.

Mis ojos se centraron en los árboles a la distancia mientras esperaba a mi esposa. En cualquier momento, ella saldría y todo el mundo vería lo que yo vi un año atrás, y se encontrarían hipnotizados, como yo lo estuve.

LALI
Después de un largo abrazo, Mark me sonrió. —Estás hermosa. Estoy muy orgulloso de ti, cariño.

—Gracias por entregarme —dije, un poco avergonzada. Pensar en todo lo que él y Pam habían hecho por mí hizo que lágrimas cálidas llenaran mis ojos.

Parpadeé para desaparecerlas antes de que rodaran por mis mejillas.

Mark besó mi frente. —Tenemos la bendición de tenerte en nuestras vidas, pequeña.

La música comenzó, haciendo que Mark me ofreciera su brazo. Lo acepté y caminamos por el pequeño pasillo cubierto de gruesos árboles floreciendo.

Eugenia estuvo preocupada de que lloviera, pero el cielo se encontraba casi despejado, los rayos del son nos bañaban.

Mark me guió hasta el final de los árboles y luego giramos, de pie justo detrás de María, Candela, Cami y Eugenia. Todas excepto Eugenia estaban vestidas de morado, con minivestidos sin tirantes. Mi mejor amiga vestía de naranja. Todas se veían absolutamente hermosas.

María me ofreció una pequeña sonrisa. —Supongo que el hermoso desastre se convirtió en una hermosa boda.

—Los milagros ocurren —dije, recordando la conversación que ella y yo tuvimos en lo que parecía hace toda una vida.

María rió una vez, asintió y luego apretó el pequeño ramo de rosas con sus manos. Rodeó la esquina, desapareciendo detrás de los árboles. Pronto siguió Candela, luego Cami.

Llegó el turno de Eugenia, envolvió su brazo alrededor de mi cuello. —¡Te amo! —dijo abrazándome fuertemente.

Mark apretó su agarre, yo hice lo mismo con mi ramo.
—Aquí vamos, pequeña.

Doblamos la esquina, y el pastor les indicó a todos que se pusieran de pie.

Vi los rostros de mis amigos y mi nueva familia, pero no fue hasta que vi las mejillas húmedas de Pablo Lanzani que contuve la respiración. Luché por mantener el control.

Peter se acercó a mí. Mark posó su mano sobre las nuestras. Me sentí tan segura en ese momento, en manos de los dos mejores hombres que conocía.

—¿Quién entrega a esta mujer? —preguntó el pastor.

—Su madre y yo. —Las palabras me sorprendieron. Mark había estado ensayando con Pam y conmigo  toda la semana. Después de escuchar eso no podía contener las lágrimas, mis ojos se llenaron y desbordaron.

Mark besó mi mejilla, se alejó y yo me quedé allí con mi marido. Era la primera vez que lo veía con esmoquin. Estaba bien afeitado y se había cortado el
cabello recientemente. Peter Lanzani era el tipo de chico atractivo que cada chica soñaba, pero él era mi realidad.

Peter limpió tiernamente mis mejillas, y luego subimos a la plataforma de la glorieta, directamente en frente del pastor.

—Nos hemos reunido aquí para celebrar la renovación de votos… —comenzó el pastor. Su voz se mezcló con el sonido del océano golpeando las rocas en el fondo.

Peter se inclinó hacia mí, apretando mi mano mientras susurró—: Feliz aniversario, Pidge.


Miré hacia sus ojos, tan llenos de amor y esperanza como lo estuvieron el año pasado. —Uno menos, un por siempre por venir —susurré.


FIN

¡Hola! Bueno hoy terminamos con esta nove y con esta trilogía. Espero que os haya gustado tanto como a mí. Bueno, no hay cuarto libro, sin embargo hay como una escena extra que es el primer San valentin de ambos después de casarse, que subiré próximamente, Y también hay 2 libros más, como mencionaron en un comentario, pero son las historias de los hermanos de Travis.. Y también la nueva nove. ¡Besos!

viernes, 16 de enero de 2015

Epílogo

Las paredes goteaban con el agua de la lluvia. Las gotas cayendo en charcos, como si estuvieran llorando por él, el bastardo mentiroso en el centro del sótano en un charco de su propia sangre.

Respiré con fuerza, mirándolo, pero no por mucho tiempo. Mis dos Glocks estaban señalando en direcciones opuestas, ambas apuntando a los hombres de Benny hasta que el resto del equipo llegó.

El auricular enterrado profundamente en mi oído zumbó. —ETA en diez segundos, Lanzani. Buen trabajo. —El jefe del equipo, Henry Givens, habló en voz baja, sabiendo tan bien como yo que con Benny muerto, todo había terminado.

Una docena de hombres armados con rifles automáticos, y vestidos de negro de pies a cabeza, se precipitaron por la puerta, y bajé mis armas. —No son más que hombres de bolsa. Sáquenlos de aquí.
Tras guardar mis pistolas, quité la cinta restante de mis muñecas y me encaminé a las escaleras del sótano. Pepo estaba esperándome al final de éstas, su chaqueta color caqui y su pelo empapados por la tormenta.

—Hiciste lo que tenías que hacer —dijo, siguiéndome hasta el coche—. ¿Estás bien? —preguntó, estirando su mano para tocar el corte en mi ceja.

Había estado sentado en esa silla de madera durante dos horas, mi culo siendo pateado por Benny mientras me interrogaba. Se habían dado cuenta de todo esta mañana, todo parte del plan, por supuesto, pero al final el interrogatorio debía de terminar con su arresto, no su muerte.

Apreté la mandíbula. Había recorrido un largo camino sin perder los estribos y golpear a cualquiera que despertara mi ira. Sin embargo, tomó segundos para que todo mi entrenamiento saliera por la ventana, y todo sucedió cuando Benny pronunció su nombre.

—Tengo que ir a casa, Pepo. He estado fuera durante semanas, y es nuestro aniversario… O lo que queda de él.

Abrí la puerta del coche, pero Pepo agarró mi muñeca. —Tienes que ser interrogado. Has pasado años en este caso.

—Perdido. He perdido años.

Pepo suspiró. —No quieres llevar esto a casa contigo, ¿o sí?

Ahora fue mi turno para suspirar. —No, pero tengo que ir. Se lo prometí.

—Voy a llamarla. Se lo explicaré.

—Mentirás.

—Es lo que hacemos.

La verdad siempre era fea. Pepo tenía razón. Él prácticamente me crió, pero realmente nunca lo conocí hasta que fui reclutado por el FBI. Cuando Pepo fue a la universidad, pensé que estudiaba publicidad, y más tarde nos dijo que era un ejecutivo de publicidad en California. Él estaba lejos de casa, para él era fácil mantener su mentira.

Recordando, ahora tenía sentido por qué Pepo había decidido volver a casa sin necesidad de una ocasión en especial, la noche en que conoció a Lali. En aquel entonces, apenas había comenzado a investigar a Benny y sus numerosas actividades ilegales, fue simplemente suerte ciega que su hermano menor conociera y se enamorara de la hija de uno de los deudores de Benny. Incluso mucho mejor que termináramos enredados en su negocio.

En el segundo en que me gradué con el título en justicia criminal, tuvo sentido que el FBI se pusiera en contacto conmigo. Nunca se me ocurrió, o a Lali, que ellos tuvieran miles de solicitudes al año, y que no solían hacer reclutamiento.

Pero yo ya era un agente encubierto, alguien que ya tenía conexiones con Benny. Años de entrenamiento y tiempo fuera de casa habían culminado con Benny en el suelo, con sus ojos muertos mirando hacia el techo del subterráneo. La bala entera de mi Glock enterrada profundamente en su torso.

Encendí un cigarrillo. —Llama a Sarah en la oficina. Dile que me reserve un boleto en el siguiente vuelo. Quiero estar en casa antes de la medianoche.

—Amenazó a tu familia, Peter. Todos sabemos de lo que Benny es capaz. Nadie te culpa.

—Sabía que estaba atrapado, Pepo. Sabía que no tenía adónde ir. Fui su carnada. Me cebó y caí en su trampa.

—Puede ser. Pero detallando la tortura y la muerte de la esposa de su conocido más letal no era precisamente un buen negocio. Tenía que saber que no podía intimidarte.

—Sí —dije entre dientes, recordando la vívida imagen que Benny había pintado de secuestrar a Lali para después pelar la piel de su carne pieza a pieza hasta los huesos—. Apuesto a que él está deseando no ser un buen narrador de historias en estos momentos.
—Y siempre está Carlos. Él es el siguiente en la lista.

—Te lo dije, Pepo. No puedo consultar en eso. No es una buena idea que yo participe.

Pepo se limitó a sonreír, dispuesto a esperar otro momento para tener esa discusión.

Me deslicé en el asiento trasero del coche que estaba esperando para llevarme al aeropuerto. Una vez que la puerta se cerró detrás de mí, y el conductor se alejó de la acera, marqué el número de Lali.

—Hola, cariño —dijo Lali.

Inmediatamente, tomé una respiración profunda. Su voz era todo lo que necesitaba.

—Feliz aniversario, Pigeon. Estoy de camino a casa.

—¿Lo estás? —preguntó, alzando la voz una octava—. El mejor regalo.

—¿Cómo va todo?

—Estamos en casa de papá. Santino acaba de ganar otra mano de póker. Estoy empezando a preocuparme.

—Es tu hijo, Pidge. ¿Te sorprende que sea bueno en el juego?

—Me ganó, Pit. Es muy bueno.

Hice una pausa. —¿Te ganó?

—Sí.

—Pensé que tenías una regla sobre eso.

—Lo sé. —Suspiró—. Lo sé. Ya no juego, pero tuvo un mal día, y era una buena manera de hacerlo hablar sobre ello.

—¿Cómo es eso?

—Hay un niño en la escuela. Hoy hizo un comentario sobre mí.
—No es la primera vez que un niño hace un pase a la caliente maestra de matemáticas.

—No, pero supongo que fue especialmente crudo. Santi le dijo que se callara. Hubo una pelea.

—¿Santi pateó su trasero?

—¡Peter!

Me eché a reír. —¡Sólo era una pregunta!

—Lo vi desde mi salón. Allegra llegó antes que yo. Ella pudo… haber humillado a su hermano. Un poco. No a propósito.

Cerré los ojos. Allegra, con sus grandes ojos color miel, cabello largo y oscuro, y sus cuarenta kilos de tacaña, era mi mini-yo. Tenía mi mal humor y nunca perdía su tiempo con palabras. Su primera pelea fue en el jardín de niños, defendiendo a su hermano gemelo, Santino, contra una pobre e inocente niña que le estaba tomando el pelo. Tratamos de explicarle que la niña probablemente sólo estaba enamorada, pero Alle no aceptó nada de eso. No importaba cuántas veces Santino le rogaba para que le permitiera pelear sus propias batallas, ella era ferozmente protectora con él, aun cuando él era ocho minutos mayor que ella.

—Déjame hablar con ella.

—¡Alle! ¡Papá está en el teléfono!

Una pequeña y dulce voz llenó la línea. Era increíble para mí que ella pudiera ser tan salvaje como lo era, y aún así sonar, y verse, como un ángel.

—Hola, papi.

—Cariño… ¿te metiste en algún problema hoy?

—No fue mi culpa, papi.

—Nunca lo es.

—Santi estaba sangrando. No podía moverse.

Mi sangre hirvió, pero dirigir a mis hijos en la dirección correcta siempre venía primero. —¿Qué dijo papá?
—Me dijo: “Ya era hora de que alguien humillara a Steven Matese.”

Me alegré de que no pudiera verme sonreír ante su perfecta imitación de Pablo Lanzani.

—No te culpo de querer defender a tu hermano, Alle, pero tienes que dejarlo pelear algunas de sus batallas por su cuenta.

—Lo haré. Pero no cuando él esté en el suelo.

Contuve otra oleada de risas. —Déjame hablar con mamá. Estaré en casa en unas horas. Te quiero mucho, bebé.

—¡Yo también te quiero, papi!

El teléfono trastabilló un poco cuando Allegra puso a Lali en el teléfono, y la suave voz de mi esposa estuvo de vuelta en la línea.

—No ayudaste para nada, ¿verdad? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Probablemente no. Tuvo un buen argumento.

—Siempre lo tiene.

—Eso es cierto. Escucha, estamos entrando en el aeropuerto. Nos vemos pronto. Te amo.

Cuando el conductor aparcó junto a la acera en la terminal, me apresuré para tomar mi bolsa del maletero. Sarah, la asistente de Pepo, acababa de enviar el itinerario a través de un correo electrónico, y mi vuelo salía en media hora. Corrí a través de la entrada y seguridad, llegué a la puerta justo cuando llamaban al primer grupo.

El vuelo de regreso pareció durar una eternidad, como siempre lo hacía. A pesar de que duré quince minutos refrescándome y cambiándome de ropa en el baño, lo que siempre era un desafío, el tiempo aún parecía que gateaba.

Saber que mi familia me esperaba era brutal, pero el hecho de que era nuestro onceavo aniversario era peor. Sólo quería sostener a mi esposa. Era todo lo que quería hacer para siempre. Estaba tan enamorado de ella, tanto como lo estaba en el primero.

Cada aniversario era una victoria, el dedo medio para todos los que pensaron que no íbamos a durar. Lali me domó, el matrimonio me asentó, y cuando me convertí en padre, toda mi perspectiva cambió.

Miré hacia mi muñeca y aparté el puño de la camisa. El apodo de Lali seguía allí, y todavía me hacía sentir mejor saber que lo estaba.

El avión aterrizó y tuve que contenerme para no correr a través de la terminal. Una vez que llegué a mi coche, mi paciencia había terminado. Por primera vez en años, pasé luces rojas en los semáforos. En realidad, fue bastante divertido, me recordó a mis días en la universidad.

Estacioné en la entrada y apagué las luces. La luz del porche se encendió cuando me acerqué a la puerta.

Lali abrió la puerta, con su cabello color caramelo apenas rozándole los hombros, y sus grandes ojos grises, aunque un poco cansados, mostraron lo aliviada que estaba de verme. La atraje a mis brazos, tratando de no apretarla con demasiada fuerza.

—Oh, Dios mío. —Suspiré, enterrando mi rostro en su pelo—. Te extrañé mucho.

Lali se apartó, tocando la cortada en mi ceja. —¿Te caíste?

—Ha sido un día difícil en el trabajo. Puede que me haya topado contra la puerta de un coche mientras salía del aeropuerto.

Lali me abrazó otra vez, clavando sus dedos en mi espalda. —Estoy tan feliz de que estés en casa. Los niños están en cama, pero se negaron a ir a dormir hasta que llegaras.

Me aparté y asentí, luego me incliné hacia su cintura, ahuecando el redondo estómago de Lali. —¿Y tú? —le pregunté a mi tercer hijo. Besé el ombligo sobresaliente de Lali y luego me puse de pie.
Lali se frotó su estómago con movimientos circulares. —Él todavía se está cocinando.

—Bien. —Saqué una caja pequeña de mi equipaje de mano y la sostuve frente a mí—. Hoy, hace once años, estábamos en Las Vegas. Y ese aún es el mejor día de mi vida.

Lali tomó la caja y luego tiró de mi mano hasta que estuvimos en la entrada. Olía a una combinación de limpieza, velas y niños. Olía como un hogar.

—También tengo algo para ti.

—Oh, ¿sí?

—Sí. —Sonrió. Me dejó por un momento, desapareciendo por la oficina, y luego salió con un sobre manila—. Ábrelo.

—¿Correspondencia? La mejor esposa del mundo —bromeé.

Lali sólo sonrió.
Abrí el sobre y saqué la pequeña pila de papeles. Fechas, horas, transacciones, incluso correos electrónicos. De y hacia Benny por el padre de Lali, Carlos. Él había estado trabajando durante años para Benny. Le pidió prestado dinero y luego tuvo que trabajar para pagar su deuda, para que no lo mataran cuando Lali se negó a pagar.

Sólo había un problema: Lali sabía que trabajaba con Pepo… pero por lo que sabía, ella pensaba que yo trabajaba en publicidad.

—¿Qué es esto? —le pregunté, fingiendo confusión.

Lali todavía tenía una cara de póker perfecta. —Es la conexión que necesitas para atar a Carlos con Benny. Esto de aquí —dijo, tirando del segundo documento de la pila— es el clavo en el ataúd.

—Está bien… ¿pero qué se supone que debo hacer con ellos?

La expresión de Lali se transformó en una sonrisa dudosa. —Lo que sea que hagas con estas cosas, cariño. Sólo pensé que si hacía un poco de investigación, podrías quedarte en casa un poco más esta vez.

Mi mente se aceleró, tratando de encontrar una salida. De alguna manera, se dio cuenta. —¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?

—¿Importa?

—¿Estás molesta?

Lali se encogió de hombros. —Estaba un poco dolida al principio. Tienes  algunas cuantas mentiras blancas bajo el cinturón.

La abracé, los papeles y el sobre todavía en mi mano. —Lo siento, Pidge. Lo siento de verdad. —Me alejé—. No le has dicho a nadie, ¿verdad? —Negó con la cabeza—. ¿Ni siquiera a Eugenia o Nicolás? ¿Ni a papá o a los niños?

Sacudió la cabeza otra vez. —Soy lo suficientemente inteligente como para entenderlo, Peter. ¿Crees que no soy lo suficientemente lista como para guardarlo para mí misma? Tu seguridad está en juego.
Ahuequé sus mejillas en mi mano. —¿Qué significa esto?

Sonrió. —Esto significa que puedes dejar de decir que tienes que ir a otra convención. Algunas de tus historias para cubrirte son francamente insultantes.

La besé otra vez, tiernamente tocando mis labios con los suyos. —¿Y ahora qué?

—Besa a los niños, luego tú y yo podemos celebrar once años de “lo logramos en sus caras.” ¿Qué tal eso?

Mi boca se estiró en una amplia sonrisa, y luego miré hacia los papeles. —¿Vas a estar bien con esto? ¿Ayudar a acabar con tu padre?

Lali frunció el ceño. —Él lo ha dicho muchas veces. Yo fui su fin. Por lo menos puedo hacerlo sentirse orgulloso por tener razón. Y los niños están más seguros de esta manera.

Puse los papeles en el extremo de la mesa de la entrada. —Hablaremos de esto más tarde.
Caminé por el pasillo, tirando de Lali de la mano y llevándola detrás de mí. La habitación de Allegra era la más cercana, por lo que entré y besé su mejilla, con cuidado de no despertarla, y luego crucé el pasillo hasta la habitación de Santino. Todavía estaba despierto, acostado en silencio.

—Hola, pequeño.

—Hola, papá.

—Escuché que tuviste un día difícil. ¿Estás bien? —Asintió—. ¿Estás seguro?

—Steven Matese es un idiota.

Asentí. —Tienes razón, pero probablemente podrías encontrar una forma más adecuada para describirlo. —Santino torció su boca hacia un lado—. Así que, ¿le ganaste a mamá en el póker hoy, eh?

Santino sonrió. —Dos veces.

—Ella no me dijo esa parte —le dije, girándome hacia Lali. Su oscura y curvilínea silueta apareció en la puerta iluminada—. Puedes darme jugada-porjugada mañana.

—Sí, señor.

—Te quiero.

—Yo también te quiero, papá.

Besé la nariz de mi hijo y luego seguí a su madre por el pasillo hasta la habitación. Las paredes estaban llenas de retratos familiares, de la escuela, y obras de arte enmarcadas.

Lali estaba de pie en el centro de la habitación, con su vientre lleno de nuestro tercer hijo, vertiginosamente bella y feliz de verme, incluso después de haberse enterado de lo que le había estado ocultando la mayor parte de nuestro matrimonio.

Nunca había estado enamorado, antes de Lali, y nadie despertó mi interés desde entonces. Mi vida era la mujer que estaba delante de mí y la familia que habíamos hecho juntos.
Lali abrió la caja, y me miró con lágrimas en los ojos. —Siempre sabes que regalarme. Es perfecto —dijo, sus gráciles dedos tocando las tres piedras de nacimiento de nuestros hijos. Lo deslizó en el dedo anular derecho, extendiendo la mano para admirar su nuevo adorno.

—No tan bueno como tú consiguiéndome un ascenso. Sabrán lo que hiciste, ya sabes, y las cosas se complicarán.

—Parece que siempre pasa eso con nosotros —dijo, inafectada.


Tomé una respiración profunda y cerré la puerta del dormitorio detrás de mí. A pesar de que nos poníamos en medio del infierno el uno al otro, siempre encontrábamos el cielo. Tal vez eso era más de lo que un par de pecadores se merecían, pero no iba a quejarme.


FIN!  


Bueno, hemos terminado con el segundo libro de esta trilogía. Mañana subiré la sinposis del tercero y, si puedo el primer cap. Antes de nada quiero decir que el tercer libro no es una continuación, es como la explicación de las partes que no se explican en estos libros... ya lo iréis viendo :). Gracias por leer y firmar!!