domingo, 5 de abril de 2015

Capítulo 7

PETER

—H
ola —gruño en el teléfono, enojado de que alguien me esté despertando antes de que el sol haya decidido, incluso, levantar su fea cabeza hoy.

Entrecierro los ojos en el reloj, sus números rojos mostrándome que es justo después de las cinco de la mañana. Se supone que estoy de vacaciones y no puedo ni siquiera dormir.

—¿Una noche dura, Vaquero? ¿Pensé que esto era un viaje de entrada y salida? Según mis cálculos, saliste hace tres días. Parece que has decidido pasar algún tiempo extra allí. ¿Qué está pasando?

—Jesucristo, Mery son como las cinco. ¿Qué demonios es lo que quieres?

—Bueno —hace una pausa. Sé que ella está mirando sus uñas, probablemente pensando que necesita otra manicura o algo así. Realmente no me importa, solo quiero dormir y olvidar que ayer nunca pasó—. ¿Cuándo vienes a casa?

—Pronto. —Estoy demasiado cansado para jugar su juego. Debería haberla despedido hace mucho tiempo, pero no lo hice y ahora estoy atascado.

—Peter —dice mi nombre en voz tan baja que sé lo que viene. No estoy de humor para lidiar con su mierda hoy.

—Ahora no, Mery.

—Te echo de menos. Ha pasado casi una semana desde que nos hemos visto. Permíteme estar allí contigo. Me necesitas.

—No.

Le cuelgo. No puedo tratar con ella y definitivamente no la quiero aquí fingiendo ser más de lo que somos. Mi error más grande fue dormir con ella.

No, eso no es cierto. Mi mayor error fue dejar a Lali en su dormitorio aquella noche y no arrastrarla conmigo. Si lo hubiera hecho estaríamos casados y siendo padres. Tal vez tendríamos otro bebé ahora. Demonios, quizás estaríamos divorciados y nada sería diferente. Ella todavía me odiaría.

Salgo de la cama lentamente y me dirijo a la ducha. Después de mi encuentro con Lali anoche volví aquí a dejar mi moto y caminar hasta el bar más cercano. No estar en Los Ángeles rompe mi estilo un poco.

No es como si puedo llamar a alguien que venga a recogerme y yo sabía que iba a estar demasiado cansado para conducir de regreso anoche.

Estoy bajo el agua caliente, permitiéndole pulsar sobre mi cabeza.

Creo que he estado temiendo este día más que nada. Secretamente yo esperaba que nunca llegara, y que mis días se repetirían una y otra vez, como una pista de música que estoy tratando de copiar.

Cerré el agua una vez que se puso fría y no me molesté en secarme mientras caigo de nuevo en la cama. Podría estrangular a María por despertarme. Sé que ella lo hace a propósito porque no quiere que me olvide que está allí… en el fondo presionando por el título de novia. A ella le encanta acompañarme en la alfombra roja. La idea de que la prensa piense que somos una pareja es emocionante para ella. María quiere el paquete completo, el dinero, la fama y la cara en todas las revistas y ella piensa que soy el boleto.

No importa cuántas veces le he dicho que no la quiero.

Me despierto por segunda vez cuando suena el teléfono del hotel. El personal de recepción me llama para decirme que el traje está siendo traído y que el coche de alquiler que pedí me está esperando afuera. Pensé que presentarse al funeral de mi amigo en mi Ducati no sería muy apropiado. Me visto con mi traje de raya diplomática negro. María ordenó tres nuevas camisas de vestir en colores básicos, negro, blanco y azul. Opto por blanco con una corbata negra, simple y elegante.

Con una última mirada en el espejo meto mis gafas de sol en el bolsillo. Puedo ser conocido como Peter Page, pero hoy soy Peter Lanzani y voy a llorar la muerte de mi amigo.

El camino a la iglesia es rápido. Estoy sentado en el estacionamiento contemplando mi próximo paso. No quiero llamar la atención lejos de Eugenia, así que estoy tratando de solo colarme justo antes de que comience, entonces voy a ser capaz de escaparme. Puedo presentar mis respetos y despedirme en el cementerio antes de salir de la ciudad mañana.

Cuando el último de los rezagados entra, me dirijo hacia la puerta. La música suena desde el interior, apenas audible, pero es un tema instrumental de nuestra escuela. Uno pensaría que Nicolás planeó esto él mismo.

Abro la pesada puerta y me quedo allí hasta que se cierra en silencio. Me acerco al libro de visitas y firmo mi nombre, para que cuando Eugenia le eche una mirada ella sabrá que estuve aquí incluso si no hablamos.

—No pensé que vendrías.

Me vuelvo a ver a Eugenia detrás de mí. Ella lleva un vestido negro hasta la rodilla con un sombrero negro. No aparenta más de dieciocho años.

—No tengo excusas Eugenia. Solo he venido a presentar mis respetos.

—No me importa…

—Voy a ir. No estoy aquí para arruinar tu día. Siento mucho tu pérdida.

Devuelvo la pluma al pedestal y asiento hacia ella. Su mano sobre mi brazo detiene mi escape. Ella quiere gritarme y me lo merezco. Me merezco todo lo que ella y Lali quieran arrojarme.

—Soy muy pequeña para ser portadora del féretro —dice ella, respirando hondo—. Estaba esperando que te presentaras, tal vez unos cinco minutos antes de la ceremonia, pero lo que sea. No voy a juzgarte, Peter. Pero te voy a pedir que camines llevando a Nicolás hacia su lugar de descanso final y estar a su lado hasta que esté seguro de nuevo. —Hay lágrimas que se acumulan en mis ojos. Me dije que no iba a llorar, pero no puedo evitarlo.

—Sería un honor. —Me las arreglo para decir antes de perderlo todo.

Ella asiente con la cabeza y me dice que la siga. Caminamos a través de una puerta y un jadeo colectivo se apodera del salón. Reconozco algunos chicos de la escuela secundaria, pero el que más destaca es Pablo. Él estando aquí es chocante. Nunca fueron amigos en la escuela preparatoria. Supongo que la vida cambia mucho en diez años.

Eugenia dice a cada uno en el lado izquierdo que se muevan hacia abajo.

—Él querría estar a tu izquierda. —Ella pone su mano en mi cara y se inclina para darme un beso en la mejilla. Nicolás se casó con una buena mujer.

Recibimos nuestra señal y levantamos el peso de Nicolás de la carreta.

Cuando las puertas del vestíbulo se abren todos voltean. Los murmullos silenciosos y dedos señalando me hacen sentir como que estoy cenando en un restaurante lleno de gente y todos piden mi autógrafo al minuto que se llevan mi plato.

Con Nicolás en el centro, sus flores sobre el ataúd, los otros portadores del féretro toman sus asientos. Observo mientras Pablo se sienta junto a Lali y tira de su mano en la suya.

Estoy viendo nada más que rojo, ella ni siquiera me mira. Pero Noah me saluda con la mano y yo le devuelvo el saludo causando que la cara de Pablo se vuelva de un feo color verde.

Cuando miro hacia abajo una niña está tirando de mi traje, su mano se desliza en la mía y ella me empuja a sentarme con ella. Ella tiene que ser una de las gemelas de Nicolás y Eugenia. La otra se levanta y se sienta en mi otro lado, tomando mi mano también. Eugenia me mira y sonríe. No sé si ella hizo que esto sucediera, pero estaré siempre agradecido.

Este es mi primer funeral y espero que mi último. No quiero volver a experimentar esto de nuevo. Mientras el pastor habla acerca de la vida de Nicolás, me doy cuenta de lo mucho que me había perdido. Cuando miro a Noah, él me está mirando y me pregunto si él sabe quién soy.

¿Lali alguna vez le habló de mí? Pablo se ve enojado y eso me hace reír.

No me gustaba él en la escuela preparatoria y el hecho de que él está sosteniendo la mano de mi chica no me sienta del todo bien, pero ese es mi problema y algo con lo que voy a tener que tratar. Me resulta irónico que él hizo su movimiento sobre mi chica cuando no estaba. Si fuera cualquier otra persona, no me importaría, pero Martínez, me molesta.

—¿Hay alguien a quien le gustaría decir unas cuantas cosas sobre Nicolás?

Me dejo llevar por las manos de las niñas y me pongo de pie, y enderezo mi chaqueta. La gente está susurrando cuando hago mi camino hacia el podio, pero no me importa. Si voy a hacer esto, voy a hacerlo bien.

Le guiño a Lali antes de despejarme la garganta y hablar por el micrófono.

—Hace diez años tomé la decisión de cambiar mi vida. En el proceso he
perdido a la única familia que verdaderamente me importaba: Nicolás, Eugenia y Lali. Fui egoísta, estuve confundido y quería alejarme del estigma de ser el chico de oro de Beaumont. Lo que nunca aposté fue por perder a Nicolás, mi mejor amigo desde la guardería. Él era mi compañero en las travesuras y mi go-to en el campo. Todo en mi vida y quien yo era al crecer fue a causa de Nicolás. Cuando me enteré de que el mundo lo había perdido una parte de mí murió. Por primera vez en mucho tiempo, lloré. Lloré por todos los momentos que me he perdido con él. Me perdí su compromiso con Eugenia, su boda y el nacimiento de sus hijas hermosas que me han abierto sus increíbles corazones, aunque no lo merezco. Le fallé y eso siempre lo lamentaré.
 
»Mason, mi amigo, voy a hacer lo que pueda para velar por tu familia y
asegurarme de que nunca les falte nada.

Eugenia envuelve sus brazos a mí alrededor tan pronto como regreso a la banca. Ambas gemelas me agarran de la mano y aprietan firmemente.

—Mi nombre es Rufina. ¿Vas a ver el fútbol conmigo el domingo?

Miro a la niña que es claramente toda Nicolás con su camiseta de fútbol puesta del Beaumont High.


—Hola Rufina, soy Peter y me encantaría ver el fútbol contigo.


CONTINUARÁ...

Capítulo 6

Mis manos vuelan hacia mi boca en un débil intento de atrapar el grito ahogado que se escapa. El jarrón que sostengo se rompe contra el suelo, el agua está empapando mis zapatos, calcetines y tejanos. Paso alrededor del cristal roto y las flores destrozadas para una mejor visión. Cierro los ojos antes de mirar al hombre que estaba en mi mostrador.

Es él.

Puedo percibirlo, sentirlo moviéndose a través de mi piel como si él nunca me hubiera dejado. Cuando abro mis ojos, me está mirando. Me recuerdo a mí misma que tengo que ser fuerte. Llevo la voz cantante aquí.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Apenas rechino. Mi voz es ronca como si hubiera estado gritando durante horas y horas. No es fuerte y enérgica. No es la voz autoritaria que he practicado frente al espejo cientos de veces para este momento.

Se mueve hacia mí. Doy un paso hacia atrás y levanto mi mano. No quiero que se acerque más. Él parece abatido. Mete sus manos en los bolsillos y mira hacia abajo. No quiero mirarlo pero tampoco lo puedo  evitar.

Ya han pasado diez años y ha cambiado mucho, sin embargo, aún me mira de la misma forma.

—La.

—No me llames así —Dejo escapar.

—¿Por qué no? Es tu nombre.

Sacudo la cabeza, mordiendo el interior de mi mejilla. Sé porque está aquí y quiero odiar a Nicolás por ello. Quiero patearlo, y gritar, y darle puñetazos por hacerme esto a mí… a nosotros. Todo estaba bien y ahora no lo está.

Él sonríe con satisfacción y sacude su cabeza dando un paso hacia atrás y apoyándose contra el mostrador. Rompo el contacto de ojos con él cuando se muerde su labio inferior. Me aclaro la garganta y me alejo del cristal roto.

—¿Qué estás haciendo aquí, Peter?

Se encoge de hombros.

—¿Tienes algo que decirme?

Yo sacudo la cabeza, llevando mi mano a mi frente para hacer marchar el dolor de cabeza pendiente. Esto no está pasando ahora, no puede ser.

—No, no tenemos nada de lo que hablar. Lo dejaste muy claro esa noche en mi dormitorio.

Peter se aparta del mostrador y se detiene en alguna de las plantas cercanas, frotando sus hojas entre sus dedos antes de acecharme. No tengo a dónde ir. Podría correr, tal vez gritar y alertar al negocio de al lado, ¿pero de qué serviría? Una mirada a Peter significa que el niño de oro está de vuelta en la ciudad. Todo el mundo estará muy feliz.

—¿Cuál es su nombre, Lali? —pregunta él directamente mientras se acerca a mí.

—¿Por qué te importa? —le disparo de vuelta. Sus ojos lanzan dagas. No me importa que él sea un músico caliente. Me dejó—. Te tienes que ir.

—Nah —dice sacudiendo su cabeza. Él da un paso más cerca y yo doy un paso atrás. No puedo moverme más sin caer en el despliegue de flores. Él levanta sus manos—. Solo quiero hablar. No creo que quieras que empiece a hacer preguntas, ¿lo haces?

Niego con la cabeza. Peter haciendo preguntas por toda la ciudad es lo último que quiero. No quiero sacar a relucir el nombre de Noah y a la gente señalándolo con el dedo, a pesar de que algunos ya lo hacen.

—¿Qué edad tiene, Lali? —pregunta con el mismo tono con el que me decía que me quería cuando caminábamos de clase a clase o cuando me dejaba después de una cita.

—Tendrá diez en Junio.

Retrocede y me mira. Puedo ver el dolor en sus ojos pero no me importa. Me dejó. Me dejó para criar un bebé por mi cuenta.

—¿Cómo se llama? —El dolor es evidente en su voz, pero no puedo dejar que llegue a mí. No puedo. Tengo que ser fuerte.

—Noah.

—¿Cuándo puedo encontrarme con él?

Me río de su pregunta y tomo esa oportunidad para alejarme de él. Él se queda dónde está. Me muevo detrás del mostrador y comienzo a guardar mis cosas.

—No puedes, no es necesario.

—¿Qué coño quieres decir con que no puedo? Tengo un hijo. Un hijo que has ocultado de mí ¿y me estás diciendo que no puedo verlo?

—¿Qué te hace pensar que es tuyo? —Lamento las palabras en el momento en que dejan mi boca. Dolor absoluto inunda su rostro y siento un poco de júbilo por herirlo.

—¿Me estás diciendo que me engañabas? ¿Es eso, La? —No tengo tiempo de reaccionar antes de que esté a mi lado. Su colonia me vence, haciendo que mi corazón lata más rápido. Durante años me he preguntado si él había cambiado la colonia Burberry que le compré, pero no lo ha hecho y tengo que luchar contra todos los deseos que tengo de extenderme y tocarlo.

***
—Te quiero, La —susurra en mi oreja. Se mueve con fluidez y deseo. Sé  que soy su primera, nunca lo he dudado. Entierro mi cabeza en el hueco de su cuello; él huele muy bien, deseable, y sensual. Mi cuerpo canta una canción y solo él tiene la melodía.

Miro en sus ojos, su frente se apoya en la mía. Su boca cae abierta cuando mis dedos se arrastran por su cuerpo, empujándolo más profundo.

—Eres tan perfecta. —Me besa entre las palabras, mostrándome cuanto me ama.

—Te quiero, Peter.

—Serás mi chica por siempre.
***
—¿Por qué estás sonrojada, La?

—Por favor, para de llamarme así. —Casi suplico. Él se aleja y se apoya en el otro lado del mostrador.
—Lo siento —dice. Comienza a jugar con su labio inferior y quiero abofetear su mano y decirle que se detenga—. ¿Me engañaste?

No puedo responderle. No quiero responderle. Incluso si lo hubiera hecho, no es asunto suyo, pero él me conoce. Sabe que no lo hice, simplemente está esperando una confirmación.

—Tú no puedes entrar aquí y exigir respuestas, Peter. Tú has estado fuera jugando a estrella del rock. Eres el famoso Peter Page. Dejaste esto. —Extiendo mis brazos alrededor y me señalo a mí misma—. Me dejaste. No hay sitio para ti, aquí.

Se ríe.

—No es muy acogedor por tu parte. ¿Qué pasó con el viejo refrán de que siempre se puede ir a casa?

—La gente no desaparece sin una maldita llamada telefónica o una carta durante diez años. La gente no se presenta en tu dormitorio y rompe con la única que dijo que amaba y nunca regresa sus llamadas telefónicas.

Escondo mi cara detrás de mis manos. No quería que esto sucediera.

Podría haber cumplido veinte años y estar bien sin haberlo visto de nuevo.

Lucho por mantener las lágrimas fuera. He derramado lágrimas suficientes por este chico para toda la vida. No puedo derramar más.

—La gente cambia —dice él.

—No quiero hacer esto contigo.

—¿En este momento? —pregunta.

Sacudo mi cabeza.

—No, nunca. No tengo nada que decir, Peter. Tú dijiste lo que tenías que decir esa noche y no esperaste a escuchar lo que yo tenía que decir o respondiste ninguna de mis llamadas. No tengo que escuchar tus excusas y definitivamente no te debo nada.

Me doy la vuelta para no tener que mirarlo más. Tengo que permanecer fuerte y sensata. Necesito encauzar las técnicas respiratorias que el médico me proporcionó antes de que tuviera a Noah.

—¿Esperas que me marche sabiendo que tengo un hijo?

Lo corto.

—Sí, espero que salgas por la puerta, subas a tu lujosa moto, vuelvas con tu novia celebridad y estés de vuelta a dónde sea que hayas venido. Aquí no hay nada para ti y no quiero herir a mi hijo. No quiero que te conozca solo para que puedas alejarte y salir de su vida por los siguientes diez años. —Seco una lágrima que cae de mi ojo. No quiero mostrarle el efecto que tiene en mí.

—No tengo novia.

—Oh, Dios mío, Peter, ¿de todo lo que acabo de decir tú escoges la parte de la novia? —Sacudo mi cabeza. Cuando me doy la vuelta él está mirando al suelo.

—Hemos avanzado y tú no formas parte de nuestras vidas. Noah no te necesita, ni siquiera sabe de ti, así que, por favor, solo vete y no vuelvas.

Peter inclina su cabeza. No hace contacto visual conmigo mientras camina. Veo su cuerpo, el mismo cuerpo del que conozco cada centímetro, mientras se mueve alrededor de mi mostrador hacia dónde su casco está apoyado.

—Nos veremos alrededor, Mariana.


Solo me ha llamado Mariana otra única vez en mi vida, la noche que rompió conmigo. Una vez que la puerta se cierra y él está en su moto, rompo a llorar. Caigo al suelo, sosteniendo mis costados mientras lloro. Lloro por diez años de extrañarlo y de él perdiéndoselo todo, incluyendo a Noah.


CONTINUARÁ... 

viernes, 3 de abril de 2015

Capítulo 5

PETER

Conducir por la noche de anoche fue un error. Detenerse frente a la casa de Espósito fue un lapso total de mi juicio. Me sorprendí al encontrar al Sr. Espósito despierto, y mucho menos dispuesto a venir fuera y ver a un desconocido en una moto, especialmente vestido de negro.

Las paredes de esta habitación de hotel se están acercando, y rápido.

Debería de haberme quedado más lejos de la ciudad donde podría al menos tener una suite con espacio para moverme. Necesito pasear y pensar. Pensar en qué es lo que voy a hacer cuando la vea. Solo quiero verla. Necesito saber que ella está bien y es feliz. Que ella ha seguido adelante con su vida y que yo no soy más que un pequeño punto en su radar.

Tal vez compre mi música porque ella puede decir que una vez me conocía, hace mucho tiempo. La he imaginado muchas veces de pie en la fila de la tienda de comestibles o en la Rolling Stone cuando estoy en la portada.

Quiero pensar que ha leído los artículos y me ve a mí hablar de ella sin decir su nombre. Que ella haya creado una lista de reproducción en su iPod de todas las canciones que hablan sobre ella, que ella sepa que nunca he dejado de amarla.

Libro mis puños de mi cabeza.

—Eres tan estúpido, Peter. Ella no es una puta que se preocupa por ti.

La dejaste y cambió su número para que no tuviera que escuchar el llanto de su correo de voz.

Tengo que salir del hotel, ya que mi estancia aquí me recuerda a ella y la noche en la que perdimos nuestra virginidad mutuamente y me está volviendo loco.

Con el casco puesto antes de llegar al vestíbulo, corro hacia la puerta evitando a la recepcionista que está trabajando en la mañana. Ella es en realidad, un poco más linda que la recepcionista de anoche, pero no mucho.

No hay nada peor que una mujer que se esfuerza demasiado.

Acelero a través de la carretera secundaria, tomo las curvas más rápido
de lo que debería, pasando los coches que van muy lentos y rozando a un autobús lleno de niños. Cuernos, bocinazos y los niños rodando por las ventanas, con sus manos en el aire. No me molesto en mirar en el espejo para verlos moverse. Lo he hecho antes a lo idiota pensando que era el propietario de estas carreteras.

Nicolás y yo solíamos ser dueños de estas carreteras. Éramos tan estúpidos cuando éramos jóvenes. Siempre manejábamos y bebíamos demasiado rápido, por no hablar de los muchos juegos de béisbol-buzón.

Demonios, yo solía hacerlo-con-mi-chica mientras conducía, dejándola a horcajadas sobre mí solo para poder sentirla contra mí antes de caer rendido a su casa.

Noches calientes pasadas del verano en la parte de atrás de mi camioneta, mirando las estrellas, sosteniéndola entre mis piernas con mis brazos alrededor de ella. Le dije que la amaría para siempre. Le dije “te amo” primero y prometí que nunca le dejaría ir.

Me levanto y me detengo en un estacionamiento. Tengo que calmarme. Conduciendo como un idiota no resuelve nada. Lo último que quiero es mi nombre en el periódico porque estaba siendo imprudente. He trabajado duro para mantener mi imagen limpia. No más errores por mí culpa.

Cuando levanto la vista, veo que estoy en el Museo Allenville, un lugar dedicado a los deportes de la preparatoria. Salto de la moto y camino,  pago la entrada de cinco dólares. El interior es como un santuario. Estoy colgando del techo con las estadísticas de mi récord bajo mi foto. Hay una foto de Nicolás y yo juntos. Se suponía que romperíamos récords en la Universidad de Texas, pero él quería estar cerca de Eugenia y optó por una escuela pública con ella. Él era inteligente.

Una gran foto de Nicolás está en el centro del museo con un pañuelo negro cubriendo los bordes. Hay una mesa al lado de la foto con más fotografías de él y yo con algunos chicos más. Estamos todos tan jóvenes con el uniforme de nuestro equipo, levantando el dedo índice diciéndole al mundo que somos los número uno. No tuvimos ninguna preocupación en el mundo, solo queríamos ganar. Uno de los balones de fútbol está a su lado.

Quiero tocarlo, sentir la piel de cerdo contra mis dedos, pero me detengo.

Esos días se han ido. Lo dejé todo atrás cuando hice las maletas y me fui a Texas por las brillantes luces de la gran ciudad.
***

—¿Oyes esa multitud? —me grita Nicolás antes de salir del túnel.

Este es nuestro último partido en la preparatoria y este años hemos sido invictos. Hemos aniquilado a la competencia. Nicolás está muy cerca de romper el récord estatal de yardas por tierra y me rompió el récord a principios de esta temporada. Ambos firmamos nuestras cartas de intención para la Universidad de Texas esta mañana.

Y ahora estamos a punto de jugar nuestro título de cuarto estado.

—Sí hombre, lo oigo. Una locura, ¿verdad?

—Tiene que haber más gente que el año pasado.

Por supuesto que sí. Somos los mejores.

Le doy una palmadita en el culo a mi chica cuando pasa con su falda de porrista blanco, oro y rojo mientras corre hacia arriba. Se da la vuelta y me mira con esa mirada en sus ojos. Sé lo que está esperando y tengo la intención de cumplir.

—¿Sabes lo sexy que eres cuando te muerdes el labio? Tienes esa mirada en tus ojos, Peter. ¿Tienes planes para nosotros después? —susurra ella en mi oído. Mi atención se centra ahora exclusivamente su lugar de juego mientras su mano se cuela por dentro de mi camiseta. No hay nada mejor que su piel contra la mía.

—Ya basta, ustedes dos —dice Mason mientras me da una palmada en la parte superior de la cabeza—. Si le das un stiffy, algún apoyador romperá su pene.

Todos comenzamos a reír. Ella me dio un beso de despedida, diciéndome que les pateara el culo. Ella nunca me desea buena suerte, solo que les pateara el culo.

Me deslizo en mi casco y salgo corriendo hacia el campo. Corremos cruzando a las porristas y el cuerpo estudiantil. La música a todo volumen mientras nos anunciaban en el campo. Los padres y los fans están de pie en las gradas, gritando en voz alta.

Nicolás y yo vamos a un lado a calentar, siempre juntos. Tenemos una rutina y no vamos a romperla ahora.

Cuando suena el silbato, me centro con Mason a mi izquierda. El juego es para él. Él solo tiene que correr cien yardas para romper el récord estatal y voy a hacer que suceda esta noche. Nuestro primer juego es un hand-off hacia él, el rompe el primer tackle para ganar treinta yardas.

Esto lo hacemos una y otra vez hasta que su padre sostiene un cartel con un 100 y lo sé. Le doy la mano a Nicolás y trota hacia su padre. Se abrazan y los fans se vuelven locos. Riera Nicolás acaba de establecer el récord estatal por tierra de nueve mil quinientas dos yardas.

***
Recuerdo ese partido como si fuera yo y de pie aquí me hace sentir como si lo fuera. Casi puedo oler los perritos calientes, los puestos de comida para cocinar y las palomitas de maíz. Puedo oír los gritos y sentir la vibración de los pies pisando fuerte las gradas.

Todavía puedo ver a la cara del señor Riera, cuando Nicolás rompió el récord. Yo quisiera que mi padre me mirara así.

Mientras camino a mí alrededor miro a todas partes. Los cuatro títulos estatales que ganamos de fútbol y dos de béisbol. Pablo Martínez está mirando hacia mí, con su sonrisa de suficiencia mientras sostiene el premio del jugador más valioso. Quería ser yo. Cuando llegó a Beaumont me seguía a todas partes. Siempre estaba pasando el rato con nosotros como si fuera nuestro amigo de toda la vida, cuando lo único que quería era a mi chica.

Aparte de Nicolás, no sé qué le pasó a ninguno de mis compañeros de clase. No estuve en contacto porque no tenía nada que decir y no quería escuchar que fallé por abandonar la universidad. Tuve que tomar la mejor decisión para mí y lo hice a pesar de que sé que les dolió a todos, sobre todo a ella.

Cuando un grupo de chicos jóvenes vienen, huyo al baño. No espero que sepan quién soy, pero sus profesores puede que sí y no quiero firmar autógrafos o posar para fotos. Solo quiero ser yo aunque sea durante  poco tiempo.

Cuando salgo de lo John hay un chico joven de pie en el mostrador con las manos bajo el agua. Lo miro a través del espejo. Está llorando a  pesar de él está tratando de lavarse las lágrimas salpicándose con agua.

Es un niño pequeño y tiene el pelo un poco más largo de lo normal para los chicos de su edad. Tal vez está siendo intimidado y se está escondiendo aquí. Odio a los matones. Nicolás y yo no tolerábamos ninguna intimidación cuando estábamos en la escuela. Nos asegurábamos de ello.

—¿Estás bien, amigo? —Pido en contra de mi buen juicio. No quiero saberlo porque no quiero ver la confrontación, no puedo soportar ver llorar a los niños.

Él asiente con la cabeza y se tapa la cara.

—No debo hablar con extraños —dice. Chico inteligente.

—Tienes razón. Solo quiero asegurarme de que no necesitas un maestro ni nada.

—No, estoy bien.

—Buen trato.

Me lavo las manos mirando hacia atrás al niño a través del espejo. Está viendo todos mis movimientos, mirando los tatuajes de mis antebrazos, probablemente se está preguntando si lo voy a secuestrar ahora que ha hablado con un desconocido.

—Oye señor, yo te conozco.

Me limpio las manos en la toalla de papel sin mucho ímpetu.

—Señor, ¿eh? —le digo, sin hacer contacto visual.

—Sí, tú eres el del beso con mi madre en el video que tengo.

Vuelvo a pensar en mis muchos videos musicales y no recuerdo besar a nadie.

—¿Lo has visto en la tele? —pregunto.

—No, estabas en un uniforme de fútbol.

Me congelo. Solo he besado a una chica mientras llevaba un uniforme de fútbol. Miro al chico, realmente se parecen. Tiene el pelo oscuro y la barbilla alargada y sus penetrantes ojos marrones.

No puede ser.

No hay manera.

Mierda.

—Ah, sí, ¿quién es tu madre? —le pregunto, jugando.

—Lali Espósito.

—¿Es así? —pregunto apenas capaz de hacer que las palabras salgan de mi boca.

Asiente con la cabeza y sonríe realmente grande mostrando la falta de algunos dientes delanteros.

—¿Besabas a mí mamá mucho?

¿Qué le digo a este chico? No puedo decirle exactamente la verdad, sobre todo sin saber lo que está pasando.

Sí, tu madre era realmente hermosa. Apuesto a que todavía lo es.

—Me tengo que ir. Nos vemos por ahí —digo. Antes de que tenga la oportunidad de responder, me voy por la puerta.

Corro al baño del museo tan rápido como puedo. El chico trató de hablar conmigo cuando pasé, pero le ignoré.

Necesito respuestas sin importar si estoy listo o no, ella me las dará.

Tengo que reducir la velocidad cuando llego a la calle principal. No me puedo permitir que alguien sospeche de mí a riesgo de ser detenido. Aparco enfrente de su tienda y miro la puerta un minuto. He sabido de la florería por algunos años.

Cuando nuestros aniversarios venían o me sentía nostálgico, me metía en google y googleaba como un acosador loco y me enteraba de lo que estaba haciendo, pero no hay nada de lo que leí sobre un niño.

Conduzco alrededor hasta que está oscuro, a la espera para el cierre. No quiero audiencia.

Voy hacia arriba justo cuando sale de la tienda una cabeza pelirroja corta. Se abrazan despidiéndose y me mira.

Sus rasgos son suaves y no tiene miedo del desconocido en una motocicleta negra.

Ella no sabe quién soy, está siendo amable.

No tengo ningún plan en juego, a medida que voy avanzando.
Cambia el signo de abierto a cerrado. Si voy a hacer esto, tengo que hacerlo antes de que cierre la puerta.

Dejo mi casco, abro la puerta, la campana suena alertando mi presencia.

—Estamos cerrando —dice desde algún lugar de la tienda. No la puedo ver, pero pueda sentirla en la habitación.

Me quito el casco y dejo mis guantes sobre la encimera. Ella no me ve cuando llego a la esquina.

—¿Qué edad tiene, La?


CONTINUARÁ... ¡Hola! Siento mucho no haber subido todo este tiempo, pero lo voy a compensar subiendo más de un capi hoy y los próximos días. ¡Un beso!