domingo, 16 de noviembre de 2014

Capítulo 4

LA APUESTA


—Definitivamente él está mirándote. —susurró Eugenia, inclinándose para echar un vistazo por el salón.

—Deja de mirar, tonta, él va a verte.

Eugenia sonrió y saludó. —Ya me vio. Aún está mirando.

Dudé por un momento y luego finalmente junté el suficiente valor para voltear en su dirección. Pablo tenía su mirada fija en mí, sonriendo.

Le regresé la sonrisa y entonces fingí escribir algo en mi laptop.

— ¿Aun está mirando? —Murmuré.

—Sí. —ella rió.

Después de clase, Pablo me detuvo en el pasillo.

—No te olvides de la fiesta este fin de semana.

—No lo haré. —dije, intentando no pestañear mucho o hacer alguna otra cosa más ridícula.

Eugenia y yo caminamos hacia la cafetería, sobre el césped, para encontrarnos con Peter y con Nicolás para el almuerzo. Ella todavía se estaba riendo acerca del comportamiento de Pablo cuando se acercaron Nicolás y Peter.

—Hola, bebé. —dijo Eugenia, besando a su novio, públicamente, en la boca.

— ¿Qué es tan gracioso? —preguntó Nicolás.

—Oh, un chico en clase se le quedó mirando a Lali durante toda la hora. Fue adorable.

—Siempre y cuando él estaba mirando a Lali. —Nicolás guiñó un ojo.

— ¿Quién era? —Peter hizo una mueca.

Ajusté mi mochila, provocando que Peter la deslizara fuera de mis brazos y la sostuviera. Sacudí mi cabeza. —Euge está imaginando cosas.


— ¡Lali! ¡Gran y gorda mentirosa! Era Pablo Martínez, y él estaba siendo tan obvio. El chico prácticamente estaba babeando.

La expresión de Peter se transformó en disgusto. — ¿Pablo Martínez?

Nicolás tiró de la mano de Eugenia. —Vamos a almorzar. ¿Disfrutarás de la fina cocina de la cafetería esta tarde?

Eugenia lo besó de nuevo en respuesta y Peter y yo los seguimos. Me senté con mi bandeja entre Eugenia y Gastón, pero Peter no se sentó en su asiento normal frente a mí.  

En vez de eso, se sentó en un lugar más allá. Fue entonces que me di cuenta que él no había dicho mucho mientras caminábamos a la cafetería.

— ¿Estás bien, Pit? —Le pregunté.

— ¿Yo? Bien, ¿Por qué? —dijo, suavizado las facciones de su rostro.

—Es sólo que has estado callado.

Varios miembros del equipo de fútbol se acercaron a la mesa y se sentaron, riendo ruidosamente. Peter parecía un poco molesto mientras removía la comida en su plato.

Chris Jenks arrojó una papa francesa al plato de Peter.  

— ¿Qué hay de nuevo Pit? Escuché que te tiraste a Tina Martin. Ella está barriendo tu nombre por el barro el día de hoy.

—Cállate, Jenks. —dijo Peter, manteniendo los ojos en su comida.  

Me incliné hacia adelante para que el fornido gigante sentado frente a Peter pudiera experimentar toda la fuerza de mis reflejos. —Déjalo, Chris.  

Los ojos de Peter se clavaron en los míos, —Puedo defenderme a mí mismo, Lali.

—Lo siento, yo…

—No quiero que lo sientas. No quiero que hagas nada. —dijo bruscamente, empujándose fuera de la mesa, y salió muy furioso por la puerta.

Gastón me miró con las cejas elevadas. — ¡Whoa! ¿Por qué fue todo eso?

Inserté un Tater Tot en mi tenedor, y sin aliento dije: —No lo sé.

Nicolás acarició mi espalda. —No es nada que tú hayas hecho, Lali.

—Sólo que a él le están sucediendo cosas en este momento. —añadió Eugenia.

— ¿Qué tipo de cosas? —Pregunté.

Nicolás se encogió de hombros y centró su atención en su plato.

—Ya deberías saber que se requiere de paciencia y una actitud indulgente para ser amigo de Peter. Él es su propio universo.

Sacudí mi cabeza. —Ese es el Peter que todos los demás ven… no él Peter que yo conozco.

Nicolás se inclinó hacia adelante. —No hay ninguna diferencia. Sólo tienes que seguir la corriente.  

Después de clase me fui con Eugenia al apartamento, para descubrir que la motocicleta de Peter no estaba. Fui a su habitación y me enrosqué en una bola en su cama, descansando mi cabeza sobre mi brazo. Peter estaba bien esta mañana. Por más tiempo que habíamos pasado juntos, yo no podía creer que no hubiera visto que algo lo había estado molestando. No sólo eso, me preocupaba que Eugenia parecía saber lo que estaba sucediendo y yo no.

Mi respiración se normalizó y mis ojos se volvieron pesados; no mucho después me quedé dormida. Cuando mis ojos se abrieron nuevamente, el cielo nocturno había oscurecido la ventana. El sonido amortiguado de unas voces se filtraba por el pasillo de la sala, incluyendo el tono profundo de Peter. Me deslicé por el pasillo y luego me congelé cuando escuché mi nombre.

—Lali lo entiende, Pit. No te tortures. —dijo Nicolás.

—Ya van a ir a la fiesta. ¿Dónde está el daño en invitarla a salir? —preguntó Eugenia.

Me quedé quieta, esperando su respuesta. —No quiero salir con ella; Sólo quiero estar a su alrededor. Ella es…diferente.

— ¿Cómo diferente? —le preguntó Eugenia, sonando irritada.

—Ella no sigue mis pendejadas, es refrescante. Lo dijiste tú misma, Euge. Yo no soy su tipo. Simplemente no es… de esa forma con nosotros.

—Estás más cerca de ser su tipo de lo que crees. —dijo Eugenia.

Retrocedí tan silenciosamente como pude, y cuando las tablas de madera crujieron bajo mis pies descalzos, alcancé la puerta del dormitorio de Peter y la cerré y luego caminé por el pasillo.

—Hola, Lali —Eugenia sonrió—. ¿Cómo estuvo tu siesta?

—Estuve inconsciente durante cinco horas. Es más cercano a un coma que a una siesta.  

Peter me miró fijamente por un momento y cuando le sonreí, él caminó directamente hacia mí, agarró mi mano y me jaló al pasillo de su dormitorio. Cerró la puerta y yo sentí mi corazón golpeando en mi pecho, preparándose para que él dijera otra cosa para aplastar a mi ego.

Levantó sus cejas. —Lo siento, Pidge. Fui un imbécil contigo.

Me relajé un poco, viendo el remordimiento en sus ojos. —No sabía que estabas enojado conmigo.
—No estaba enojado contigo. Es sólo que tengo la mala costumbre de desquitarme con quienes me preocupan. Es una excusa pobre de mierda, lo sé, pero lo siento. —me dijo, envolviéndome en sus brazos.

Puse mi mejilla contra su pecho, recargándome. — ¿Por qué estabas enojado?

—No es importante. Lo único que me preocupa eres tú.

Me incliné hacía tras para verlo. —Puedo manejar tus rabietas.

Sus ojos analizaron mi cara durante un momento antes de que una pequeña sonrisa se extendiera por sus labios. —No sé por qué me aguantas, y no sé lo que haría si no lo hicieras.

Pude oler la mezcla de cigarrillos y menta en su aliento, y miré sus labios, mi cuerpo estaba reaccionando ante la cercanía que teníamos. La expresión de Peter cambió y su respiración vaciló, él también lo había notado.

Me incliné infinitesimalmente, y luego ambos saltamos cuando sonó su teléfono celular. Él suspiró, sacándolo del bolsillo.

—Sí. ¿Hoffman? Jesús… De acuerdo. Será grande y fácil. ¿Jefferson? —Me miró y giñó un ojo—. Estaremos ahí. —Colgó y tomó mi mano—. Ven conmigo. —Me sacó al final del pasillo—. Era Adam —Le dijo a Nicolás—. Brady Hoffman estará en Jefferson en noventa minutos.

Nicolás asintió y se levantó, sacó su celular de su bolsillo. Después de unos momentos, repitió lo que Peter le había dicho por su teléfono, colgó, marcó nuevamente y repitió una vez más la información. Él marcó otro número mientras cerraba la puerta de su habitación detrás de él.

—Aquí vamos —dijo Eugenia, sonriendo—. ¡Sera mejor que nos arreglemos!

El aire en el apartamento estaba tenso y optimista al mismo tiempo. Peter parecía el menos afectado, poniéndose sus botas y una camiseta blanca, como si él estuviera preparándose para ir a hacer un encargo.

Eugenia me llevó al final del pasillo, al dormitorio de Peter y frunció el ceño. —Tienes que cambiarte, Lali. No puedes usar eso en la lucha.

— ¡Llevaba un maldito cardigán la última vez y no dijiste nada! —Protesté.
—No pensé que irías la última vez. Toma —Me arrojó ropa—, Póntelo.

— ¡No usaré esto!

— ¡Vámonos! —Llamó Nicolás desde la sala de estar.

— ¡Rápido! —dijo Eugenia bruscamente, corriendo hacia la habitación de Nicolás.

Me puse la escotadísima y ajustada blusa amarilla sin mangas, y los pantalones vaqueros de corte bajo que Eugenia me lanzó, y luego deslicé mis pies en un par de tacones, pasé un cepillo por mi cabello mientras caminaba hacía final del pasillo. Eugenia salió de su habitación con un vestido corto de color verde y tacones que hacían juego, y cuando dimos vuelta en la esquina, Peter y Nicolás estaban de pie en la puerta.  

La boca Peter cayó abierta. —Oh, carajo no. ¿Está intentando matarme? Tienes que cambiarte, Pidge.

— ¿Qué? —pregunté, mirando hacia abajo.

Eugenia puso sus manos en sus caderas. —Ella se ve linda, Pit, ¡Déjala en paz!

Peter tomó mi mano y me llevó al final del pasillo. —Ponte una playera…y unos tenis. Algo cómodo.  

— ¿Qué? ¿Por qué?

—Porque voy a estar más preocupado por quien está mirando tus tetas, en esa camiseta, que por Hoffman. —dijo, deteniéndose en su puerta.

— ¿Pensé que habías dicho que no te importaba nada lo que todos los demás pensaran?  

—Ese es un escenario diferente, Pigeon. — Peter bajó su mirada a mi pecho y luego la subió a mí rostro—. No puedes usar eso en la pelea, así que por favor… sólo… por favor sólo cámbiate. —Tartamudeó, empujándome a la habitación y encerrándome.

— ¡Peter! —grité. Pateando mis tacones y metiendo los pies en mis Converse. Luego me quité la blusa, lanzándola al otro lado de la habitación. Jalé sobre mi cabeza la primera camiseta de algodón que mis manos tocaron y luego corrí hacía el pasillo, deteniéndome en la puerta.


— ¿Mejor? —dije respirando con dificultad, peinando mi cabello en una cola de caballo.

— ¡Sí! —dijo Peter, aliviado—. ¡Vámonos!
 
Corrimos hasta el estacionamiento. Salté sobre la parte trasera de la motocicleta de Peter, mientras él arrancaba el motor, y nos fuimos, volando por el camino hacia la universidad. Sujeté fuertemente su cintura anticipadamente; la prisa de salir por la puerta había enviado adrenalina que estaba emergiendo por mis venas.

Peter condujo sobre la acera, estacionando su moto en las sombras detrás del edificio de artes liberales de Jefferson. Empujó sus gafas de sol a la cima de su cabeza y luego agarró mi mano, sonriendo mientras nos dirigimos a la parte de atrás del edificio. Se detuvo en una ventana abierta, cerca del suelo.

Mis ojos se ampliaron cuando caí en cuenta. —Estás bromeando.

Peter sonrió. —Esta es la entrada VIP. Deberías ver cómo entra todo el mundo.

Sacudí mí cabeza cuando el metió las piernas a través de la ventana y desapareció. Me agaché y lo llamé inconscientemente: — ¡Peter!

—Aquí abajo, Pidge. Sólo entra con los pies primero, yo te atraparé.

— ¡Estás completamente loco si crees que voy a saltar hacia la oscuridad!

— ¡Yo te atraparé! ¡Lo prometo! ¡Ahora trae tu culo aquí!

Suspiré, tocando mi frente con mi mano. — ¡Esto es una locura!

Me senté, y rápidamente me empujé hacia delante, hasta que la mitad de mi cuerpo estaba colgando en la oscuridad. Me giré sobre mi estómago y estiré mis pies, buscando sentir el piso. Esperé que mis pies tocaran la mano de Peter, pero perdí mi agarre y chillé cuando caí hacia atrás. Un par de manos me agarraron, y escuché la voz de Peter en la oscuridad.
 
—Caes como una niña. —Se rió.

Descendió mis pies al suelo y, luego me adentró aún más en la oscuridad. Después de una docena de pasos, pude oír los gritos familiares de nombres y números, y luego la sala iluminada. Una linterna colocada en la esquina iluminaba la sala sólo lo suficiente para que pudiera distinguir la cara de Peter.

— ¿Qué estamos haciendo?

—Esperar. Adam tiene que decir su discurso antes de que yo entre.

Me puse nerviosa. — ¿Debo esperar aquí, o debo entrar? ¿A dónde voy cuando se inicia la pelea? ¿Dónde están Nico y Euge?

—Fueron por el otro lado. Sólo sígueme, no te enviaré a ese agujero de tiburones sin mí. Permanece junto a Adam, él evitará que te aplasten. No puedo estar cuidándote y lanzando golpes al mismo tiempo.

— ¿Aplastar?

—Va a venir más gente aquí esta noche. Brady Hoffman es de State. Ellos tienen su propio círculo allí. Va a ser nuestra gente y su gente, por lo que el lugar va a ser una locura.

— ¿Estás nervioso? —Le pregunté.

Él sonrió, mirándome. —No. Aunque tú pareces un poco nerviosa.

—Tal vez. —admití.

—Si te hace sentir mejor, no dejaré que me toque. Ni siquiera dejaré que me de uno para hacerlo sentir mejor.

— ¿Cómo vas a lograr eso?

Se encogió de hombros. —Normalmente dejo que me den uno, para que parezca justo.

— ¿Tú…? ¿Dejas que las personas te golpeen?

— ¿Qué tan divertido sería si sólo masacrara a alguien y nunca consiguieran darme un puñetazo? No es bueno para los negocios, nadie apostaría contra mí.

—Qué gran mierda. —dije, cruzando mis brazos.

Peter levantó una ceja. — ¿Piensas que estoy bromeando?

—Me cuesta creer que sólo consigues un golpe cuando dejas que te golpeen.

— ¿Te gustaría hacer una apuesta de eso, Lali Espósito? —Él sonrió, con sus ojos animados.


Sonreí. —Acepto esa apuesta. Creo que él te anotará uno.

— ¿Y si él no lo hace? ¿Qué ganaré? —preguntó. Me encogí de hombros, mientras que los gritos al otro lado del muro crecían hasta ser un rugido. Adam saludó a la multitud y luego comenzó a decir las reglas.

La boca de Peter se extendía en una amplia sonrisa. —Si ganas, no tendré sexo durante un mes. —Levante una ceja y él sonrió de nuevo—. Pero si gano, tienes que estar conmigo durante un mes.

¿Qué? ¡Me quedo contigo de todos modos! ¿Qué tipo de apuesta es esa? —Grité sobre el ruido.

—Que arreglaron las calderas en Morgan hoy. —Peter sonrió.  

Una sonrisa presumida se extendió por mi cara mientras Adam dijo el nombre de Peter. —Cualquier cosa vale la pena por verte intentar la abstinencia para variar.

Peter besó mi mejilla y luego salió, manteniéndose erguido. Lo seguí, y cuando pasé a la habitación de al lado, me sorprendí de ver el número de personas que se habían apretujado en el pequeño espacio. Todos estaban de pie, pero los empujones y los gritos sólo aumentaron una vez que entramos en la sala. Peter asintió en mi dirección, y luego la mano de Adam estaba sobre mis hombros, jalándome a su lado.

Me incliné al oído de Adam. —Apuesto dos a Peter. —dije.  

Las cejas de Adam se alzaron mientras me veía sacar dos Benjamins (billetes de 100 dólares) de mi bolsillo. Mantuvo a su palma extendida, y yo estampé los billetes en su mano.

—No eres la Pollyanna que pensé que serías. —dijo, dándome una rápida mirada.

Brady era por lo menos una cabeza más alto que Peter y tragué saliva cuando los vi de pie uno frente al otro. Brady era masivo, el doble del tamaño de Peter y músculo sólido. No podía ver la expresión de Peter, pero era evidente que a Brady se le había acabado la sangre.

Adam presionó sus labios contra mi oído. —Puede que quieras taparte los oídos, gatita.

Puse mis manos a cada lado de mi cabeza, y Adam sonó la bocina. En vez de atacar, Peter dio unos pasos atrás. Brady se balanceó y Peter lo esquivó por la derecha.
Brady osciló nuevamente y Peter lo eludió y quedó de lado.  

— ¿Qué demonios? ¡Esto no es un combate de boxeo, Peter! —Gritó Adam.
  
Peter aterrizó un puñetazo en la nariz de Brady. El volumen en el sótano era ensordecedor. Peter hundió un gancho izquierdo en la mandíbula de Brady, y mis manos volaron sobre mi boca cuando Brady intentó unos golpes más, cada uno encontró sólo el aire. Brady cayó contra su séquito cuando Peter le dio un codazo en la cara. Justo cuando pensaba que casi terminaba, Brady volvió a balancearse nuevamente. Golpe tras golpe, Brady no parecía poder mantenerse. Ambos hombres estaban cubiertos de sudor, y jadeé cuando Brady falló otro puñetazo, golpeado su mano en un pilar de cemento. Cuando él se dobló, sosténiendo su puño por debajo de él, Peter lo acabó.  

Fue implacable, primero le dio con su rodilla en cara a Brady y luego lo golpeó repetidamente hasta que Brady tropezó y chocó con el suelo. El nivel del ruido creció cuando Adam dejó mi lado para tirar el cuadro rojo en el rostro ensangrentado de Brady.

Peter desapareció detrás de sus fans y yo presioné mi espalda contra la pared, buscando el camino a la puerta por la que entramos. Cuando alcancé la luz de la linterna fue un alivio enorme. Me preocupaba ser derribada y pisoteada.

Mis ojos se quedaron enfocados en puerta, atenta a cualquier señal que la multitud comenzara a desparramarse en la pequeña habitación. Después de varios minutos, y ninguna señal de Peter, me preparé para regresar sobre mis pasos hasta la ventana. Con el número de personas tratando de salir a la vez, no estaba segura vagando por ahí.

Justo cuando comencé a caminar en la oscuridad, unos pasos crujieron contra el hormigón suelto en el suelo. Peter me buscaba en un ataque de pánico.

— ¡Pigeon!  

— ¡Estoy aquí! —Lo llamé, corriendo a sus brazos.  

Peter me volteó a ver y frunció el ceño. — ¡Casi me matas del susto! Por poco y tuve que comenzar otra pelea para conseguir llegar a ti... ¡Finalmente llego ahí y te has ido!

—Me alegro de que estás de vuelta. No deseaba perder mi camino en la oscuridad.
Toda preocupación dejó su rostro, y sonrió ampliamente. —Creo que has perdido la apuesta.

Adam llegó, me miró y, luego miró encolerizada a Peter. —Tenemos que hablar.

Peter me guiñó un ojo. —Quédate aquí. Ya regreso.  

Desaparecieron en la oscuridad. Adam alzó su voz un par de veces, pero no podía entender lo que estaba diciendo. Peter volvió, metiendo un fajo de billetes en su bolsillo, y luego me ofreció una media sonrisa. —Vas a necesitar más ropa.

— ¿En serio vas a hacer que me quedé contigo durante un mes?

— ¿Habrías hecho que yo no tuviera sexo durante un mes?

Me reí, sabiendo que lo haría. —Mejor detengámonos en Morgan.

Peter dijo radiante: —Esto será interesante.

Cuando Adam pasó caminando, estampó mis ganancias en mi palma, retirándose hacia la turba que se estaba dispersando.

Peter levantó una ceja. — ¿Apostaste?

Sonreí y me encogí de hombros. —Pensé que debería tener la experiencia completa.

Me llevó a la ventana y luego trepó fuera, dándose la vuelta para ayudarme a subir y salir al aire fresco de la noche. Los grillos se escuchaban en las sombras, deteniéndose, sólo lo suficiente, para permitir que pasáramos. La hierba, que había forrado la acera, se entrelazaba en la suave brisa, recordándome el sonido que el océano hace cuando no estaba lo suficientemente cerca como para escuchar las olas romper. No hacía demasiado calor o demasiado frío; era una noche perfecta.

— ¿Por qué razón quieres me quede contigo, de todos modos? —Le pregunté.

Peter se encogió de hombros, metiendo las manos en sus bolsillos. —No sé. Todo es mejor cuando estás cerca.

La agradable calidez que sentí por sus palabras rápidamente se desvaneció con la visión de rojo, manchas ensuciaban su camiseta. —Ew. Estás cubierto de sangre.

Peter miró con indiferencia, y luego abrió la puerta, haciéndome señas para que entrara. Pasé con rapidez junto a María, que estudiaba en su cama, encerrada entre los libros de texto que la rodeaban.

—Las calderas fueron arregladas esta mañana. —dijo.

—Eso escuché. —dije buscando en mi armario.

—Hola. —Peter le dijo a María.

El rostro de María se retorció, mientras analizaba la figura ensangrentada y sudorosa de Peter.

—Peter, esta es mi compañera de habitación, María del Cerro. María, Peter Lanzani.

—Encantada de conocerte. —dijo María, empujando sus gafas hasta el puente de su nariz. Ella observó mis abultadas maletas.

— ¿Te vas a mudar?

—Nop. Perdí una apuesta.  

Peter irrumpió en carcajadas, agarrando mis maletas. — ¿Lista?

—Sí. ¿Cómo voy a conseguir llevar todo esto a tu apartamento? Vinimos en tu moto.

Peter sonrió y sacó su teléfono celular. Llevó mis maletas a la calle, y minutos más tarde, el Charger clásico negro de Nicolás se detuvo.

La ventana del lado del pasajero bajó y Eugenia asomó su cabeza. — ¡Hola, Pollita!

—Hey, tú. Las calderas funcionan de nuevo en Morgan, ¿Aún te quedaras con Nico?

Ella guiñó un ojo. —Sí, pensé en quedarme esta noche. Escuché que perdiste una apuesta.

Antes de que pudiera hablar, Peter cerró la camioneta y Nico arrancó, con Eugenia chillando cuando cayó hacia atrás en el asiento.

Caminamos hacia su Harley, y cuando envolví mis brazos alrededor de él, él descansó su mano en la mía.

—Me alegro de que estuvieras allí esta noche, Pidge. Nunca me he divertido tanto en una pelea en mi vida.

Recargué mi barbilla sobre su hombro y sonreí. —Eso fue porque estabas tratando de ganar nuestra apuesta.

Él giró su cuello para que su cara quedara frente a la mía. —Maldita sea que si no lo estaba.

No había ninguna diversión en sus ojos, estaba serio, y él quería que yo lo viera.

Mis cejas que se alzaron. — ¿Esa es la razón por la que estabas de mal humor hoy? ¿Por qué sabías habían arreglado las calderas, y yo me iría esta noche?  

Peter no respondió; sólo sonrió mientras arrancaba su motocicleta. El viaje al apartamento fue inusitadamente lento. En cada semáforo, Peter cubriría bien mis manos con las suyas o descansaba su mano en mi rodilla. Las líneas se estaban difuminándose nuevamente, y me pregunté cómo sería pasar un mes juntos y no arruinarlo todo. Los cabos sueltos de nuestra amistad se enredaban de una manera que nunca imaginé.

Cuando llegamos al estacionamiento del apartamento, el Charger de Nicolás estaba en su lugar habitual.

Di dos pasos hacia delante. —Siempre odio cuando ellos han estado en casa durante un rato. Siento como si fuéramos a interrumpirlos.

—Acostumbrarte. Este será tu lugar por las próximas cuatro semanas —Peter sonrió y me dio la espalda—. Súbete.

— ¿Qué? —Sonreí.

—Vamos, te cargaré.

Reí y subí a su espalda, entrelazado mis dedos en su pecho cuando él corrió por las escaleras. Eugenia abrió la puerta antes de que lográramos llegar a la parte superior y sonrió.

—Mírense ustedes dos. Si yo no los conociera mejor…

—Olvídalo, Euge. —dijo Nicolás desde el sofá.

Eugenia sonrió como si ella hubiera dicho demasiado, y luego abrió aún más la puerta, para que pudiéramos pasar. Peter se desplomó contra el sillón reclinable. Grité cuando se recostó sobre mí.

—Estás terriblemente alegre esta noche, Pit. ¿Qué lo ocasiona? —Eugenia apremió.
Me incliné para ver su rostro. Nunca lo había visto tan contento.

—Acabo de ganar una gran cantidad de dinero, Euge. Dos veces lo que pensé que ganaría. ¿Por qué no estaría feliz?

Eugenia sonrió. —No, es algo más. —dijo, viendo como la mano de Peter acariciaba mi pierna. Ella tenía razón; él estaba diferente. Había un aire de paz a su alrededor, casi como si algún tipo de nueva alegría se hubiera establecido en su alma.  

—Euge. —advirtió Nicolás.

—Bien, hablaré acerca de algo más. ¿No te invitó Pablo a la fiesta de Sig Tau este fin de semana, Lali?  

La sonrisa de Peter desapareció y se giró hacia mí, esperando una respuesta.

— ¿Er…si? ¿No vamos a ir todos?

—Allí estaré. —dijo Nicolás, distraído por la televisión.

—Y eso significa que yo voy. —sonrió Eugenia, mirando expectante a Peter.  

Peter me miró por un momento y luego dio un codazo a mi pierna. — ¿Él va a pasar a recogerte o algo?  

—No, sólo me dijo sobre la fiesta.

La boca de Eugenia se extendió en una sonrisa maliciosa, casi meciéndose en anticipación. —Aunque dijo que él podría verte allí. Es muy lindo.

Peter le lanzó una mirada irritada a Eugenia y luego me miró. — ¿Irás?

—Le dije que lo haría. —Me encogí de hombros—. ¿Tú?

—Sí. —dijo sin vacilar.

La atención de Nicolás se dirigió a Peter entonces. —La semana pasada dijiste que no irías.  

—Cambié de parecer, Nico, ¿Cuál es el problema?

—Nada. —murmuró, retirándose a su dormitorio.

Eugenia frunció su ceño hacia Peter. —Tú sabes cuál es el problema —dijo—. ¿Por qué no dejas de volverlo loco y sólo acabas con eso? —Se unió a Nicolás en su habitación y sus voces fueron reducidas a murmullos detrás de la puerta cerrada.

—Bueno, me alegro de que todos los demás lo sepan. —dije.

Peter se levantó. —Voy a tomar una ducha rápida.  

— ¿Sucede algo con ellos? —Le pregunté.

—No, él sólo está paranoico.

—Es debido a nosotros. —adiviné. Los ojos de Peter se iluminaron y asintió.

— ¿Qué? —Pregunté, viéndolo sospechosamente.

—Tienes razón. Es por nosotros. No te duermas, ¿Está bien? Quiero hablarte acerca de algo.  

Caminó hacia atrás unos pasos y desapareció detrás de la puerta del baño. Retorcí mi pelo en mi dedo, dándole vueltas a la manera en que enfatizó la palabra nosotros y la mirada en su rostro cuando la había dicho. Me preguntaba si de hecho se había equivocado, y si finalmente yo era la única que consideraba que Peter y yo sólo éramos amigos.

Nicolás salió abruptamente de su habitación, y Eugenia corrió tras él. — ¡Nico, no lo hagas! —Le rogó.

Él miró atrás, a la puerta del baño, y luego a mí.

El volumen de su voz era bajo, pero enojado. —Lo prometiste, Lali. Cuando te dije que tuvieras juicio. ¡No me refería a que ustedes dos se involucraran! ¡Pensé que sólo eran amigos!

—Lo somos. —dije, aturdida por su ataque sorpresa.

—No. ¡No lo son! —dijo furioso.

Eugenia tocó su hombro. —Bebé, te dije que estará bien.

Retiró su agarre. — ¿Por qué presionas esto, Euge? ¡Te dije lo que va a suceder!

Ella agarró su rostro con ambas manos. — ¡Y yo te dije que no lo haré! ¿No confías en mí?

Nicolás suspiró, mirándola a ella, a mí, y luego se fue pisando fuerte a su habitación.

Eugenia de dejó caer en el sillón reclinable junto a mí y bufó. —Simplemente no puedo conseguir meterle en la cabeza que si Peter y tú funcionan o no lo hacen, no nos afecta. Pero él no me cree.  

— ¿De qué estás hablando, Euge? Peter y yo no estamos juntos. Sólo somos amigos. Lo escuchaste temprano… él no está interesado en mí de esa manera.  

— ¿Escuchaste eso?

—Bueno, sí.

— ¿Y lo crees?

Yo me encogí de hombros. —No importa. Nunca podrá ocurrir. Me dijo que él no me ve así, le tiene fobia al compromiso, sería difícil para mí encontrar una chica aparte de ti con la que él no ha dormido, y no puedo aguantar sus cambios de humor. No puedo creer Nico piense lo contrario.

—Porque no sólo él conoce a Peter… él ha hablado con Peter, Lali.

— ¿Qué quieres decir?

— ¿Euge? —Nicolás la llamó desde el dormitorio.

Eugeniaa suspiró. —Eres mi mejor amiga. Creo que te conozco mejor de lo que tú te conoces a veces. Los veo juntos, y la única diferencia entre Nico y yo, y Peter y tú, es que nosotros tenemos sexo. ¿Aparte de eso? No hay diferencia.

—Hay una enorme diferencia. ¿Nico trae diferentes chicas a la casa cada noche? ¿Vas a ir a la fiesta mañana para salir con un chico con claras citas potenciales? Sabes que no me puedo involucrar con Peter, Euge. Ni siquiera sé por qué lo estamos discutiendo.

La expresión de Eugenia se convirtió en decepción. —No estoy viendo cosas, Lali. Has pasado casi cada momento con él durante el último mes. Admítelo, tienes sentimientos por él.

—Supéralo, Euge. —dijo Peter, apretando su toalla alrededor de su cintura.  

Eugenia y yo saltamos al sonido de la voz de Peter, y cuando mis ojos encontraron los suyos, pude ver que la felicidad se había ido. Caminó por el pasillo sin decir otra palabra, y Eugenia me miró con una expresión triste.

—Creo que estás cometiendo un error. —susurró—. No necesitas ir a esa fiesta para encontrar un chico, tienes uno que está loco por ti aquí. —dijo, dejándome sola.

Me mecí en el sillón reclinable, todo lo que había sucedido en la semana pasada se reprodujo en mi mente. Nicolás estaba enfadado conmigo, Eugenia estaba decepcionada en mí, y Peter… había pasado de ser la persona más feliz que nunca había visto, a estar tan ofendido que no hablaba. Estaba demasiado nerviosa para subirme a la cama con él, estuve mirando el reloj cambiar minuto a minuto.

Había pasado una hora cuando Peter salió de su habitación y se dirigió al final del pasillo. Cuando rodeó la esquina, esperaba que él me pidiera que fuera a la cama, pero él iba vestido y tenía las llaves de su motocicleta en su mano. Sus gafas de sol escondían sus ojos, y puso un cigarrillo en su boca antes de agarrar el pomo de la puerta.

— ¿Saldrás? —Le pregunté, sentada—. ¿A dónde vas?

—Fuera. —dijo, abriendo la puerta, y luego azotándola detrás de él.

Me volví a recostar en el sillón y lancé un resoplido. De alguna manera me había convertido en el villano y no tenía ni idea de cómo había logrado llegar aquí.

Cuando el reloj sobre la televisión señaló las dos de la mañana, finalmente renuncie y fui a la cama. El colchón era solitario sin él, y la idea de llamar a su celular se mantuvo arrastrándose por mi mente. Casi me había quedado dormida cuando la motocicleta de Peter entró en el estacionamiento. Dos puertas de automóviles se cerraron poco después, y luego varios pares de pasos subieron las escaleras. Peter luchó con la cerradura, y luego abrió la puerta. Él se rió y dijo algo entre dientes y entonces escuché voces femeninas, no una, sino dos. Sus risas fueron interrumpidas por el sonido distintivo de besos y gemidos. Mi corazón se hundió, e instantáneamente estuve enfadada por sentirme de esa manera. Mis ojos se cerraron cuando una de las chicas chilló y entonces estuve segura de que el sonido siguiente fue el de ellos tres desplomándose en el sofá.  

Consideré pedirle a Eugenia sus llaves, pero la puerta de Nicolás estaba directamente a la vista del sofá, y mi estómago no era lo suficientemente fuerte para ser testigo de la imagen que venía junto con los ruidos en la sala de estar. Enteré mi cabeza bajo la almohada y luego cerré mis ojos cuando se abrió la puerta. Peter caminó a través de la habitación, abrió el cajón superior mesilla de noche, tomó unos condones, y luego, cerró el cajón y corrió por el pasillo. Las chicas se rieron por lo que pareció ser una media hora, y luego todo estuvo silencioso.  

Segundos más tarde, gemidos y gritos llenaron el apartamento. Sonaba como si una película pornográfica estuviera siendo filmada en la sala de estar. Cubrí mi rostro con mis manos y sacudí la cabeza. Donde fuera que estuvieran las líneas que habían estado borrosas o desapareciendo en la última semana, habían surgido un impenetrable muro de piedra en su lugar. Sacudí mis ridículas emociones, obligándome a relajarme. Peter era Peter, y éramos, sin duda, amigos, y sólo amigos.   

El griterío, y otros ruidos nauseabundos se acabaron después de una hora, seguidos de quejas y murmuraciones por parte de las mujeres, después de ser despedidas. Peter se dio una ducha y luego se desplomó en su lado de la cama, dándome la espalda. Incluso después de su ducha, olía como si hubiera bebió suficiente whisky para sedar a caballo, y yo estaba lívida de saber que él había manejado su motocicleta a casa en ese estado.

Después de que desapareció la incomodidad, y la ira se debilitó, aún no podía dormir. Incluso cuando las respiraciones Peter fueron profundas, me senté a mirar el reloj. El sol iba a salir en menos de una hora. Retiré las cobijas de mí, caminé por el pasillo y tomé una manta del gabinete de la sala. La única prueba del trío de Peter eran dos paquetes de preservativos vacíos en el suelo. Pasé sobre ellos y me dejé caer sobre el reclinable. Cerré mis ojos.

Cuando los volví a abrir, Eugenia y Nicolás estaban sentados tranquilamente en el sofá mirando una muda televisión. El sol había iluminado el apartamento y me estremecí cuando mi espalda se quejó por cualquier intento de movimiento.

La atención de Eugenia fue rápidamente a mí. — ¿Lali? —dijo, corriendo a mi lado. Me miró con ojos cautelosos. Ella estaba esperando enojo, o lágrimas o algún otro arrebato de carga emocional.

Nicolás lucía miserable. —Lamento lo de anoche, Lali. Esto es mi culpa.


Sonreí. —Está bien, Nico. No tienes que pedir disculpas.

Eugenia y Nicolás compartieron una mirada y luego ella agarró mi mano. —Peter fue a la tienda. Él está…ugh, no importa como está. Empaqué tus cosas y te llevaré a los dormitorios antes de que él esté en casa, así no tendrás que lidiar con él.

No fue hasta ese momento que me dieron ganas de llorar; Estaba sido echada. Luché para mantener mi voz suave antes de hablar. — ¿Tengo tiempo para tomar una ducha?

Eugenia sacudió su cabeza. —Sólo vámonos, Lali, no quiero que tengas que verlo. Él no merece que…

La puerta se abrió de golpe, y Peter entró caminando, con los brazos llenos de bolsas de comestibles. Caminó directamente a la cocina, trabajando frenéticamente para meter las latas y cajas en los gabinetes.

—Cuando Pidge se despierte, hágamelo saber, ¿Vale? —dijo, en una voz suave—. Traje espagueti, mezcla para panqueques, y fresas, y esa avena de mierda con los paquetes de chocolate, y a ella le gusta el cereal de Fruity Pebbles, ¿Verdad, Euge? —Preguntó, dándose la vuelta.

Cuando me vio, se congeló. Después de una pausa incómoda, su expresión se derritió y su voz era suave y dulce. —Hola, Pigeon.

Yo no podía haber estado más confundida si hubiera despertado en un país extranjero. Nada tenía sentido. Al principio pensé que había sido botada y Peter llega con bolsas llenas de mi comida favorita.  

Dio unos pasos hacia la sala, metiendo nerviosamente sus manos en los bolsillos. — ¿Tienes hambre, Pidge? Voy a hacerte algunos panqueques. O hay uh… hay avena. Y he conseguido alguna de esa mierda espumosa rosa con la que las chicas se afeitan y una secadora de pelo y… a…. un momento, está aquí. —dijo, corriendo a la habitación.

La puerta se abrió y se cerró, y luego dio vuelta a la esquina, el color había abandonado su rostro. Tomó una respiración profunda y juntó sus cejas. —Tus cosas están empacadas.

—Lo sé. —dije.

—Te vas. —dijo, derrotado.
Miré a Eugenia, quien miraba a Peter con ira, como si ella quisiera matarlo. — ¿Realmente esperabas que ella permaneciera aquí?

—Bebé —susurró Nicolás.

—No me provoques, Nico. No te atrevas a defenderlo de mí. —Eugenia explotó.

Peter parecía desesperado. —Lo siento tanto, Pidge. Ni siquiera sé qué decir.

—Vamos, Lali. —dijo Eugenia. Se levantó y tiró de mi brazo.

Peter dio un paso, pero Eugenia lo apuntó con su dedo. — ¡Dios, ayúdame, Peter! ¡Si intentas detenerla, te empaparé en gasolina y prenderé fuego mientras duermes!  

—Eugenia. —dijo Nicolás, sonado un poco desesperado. Pude ver que él estaba dividido entre su primo y la mujer que amaba, y me sentí terrible por él. La situación era exactamente como la que él había estado tratando de evitar todo el tiempo.

—Estoy bien. —dije, exasperada por la tensión en la sala.

— ¿A qué te refieres con que estás bien? —preguntó Nicolás, casi esperanzado.

Rodé mis ojos. —Peter trajo mujeres a casa del bar anoche, ¿Y qué?

Eugenia parecía preocupada. —Uh, Lali. ¿Estás diciendo que estás bien con lo que pasó?

Los miré a todos. —Peter puede traer a casa a quien quiera. Es su apartamento.

Eugenia me miró como si hubiera perdido la cabeza, Nicolás estaba al borde de una sonrisa y Peter parecía peor que antes.

— ¿Tú no empacaste sus cosas? —preguntó Peter.  

Sacudí la cabeza y miré el reloj; pasaban de las dos de la tarde. —No, y ahora voy a tener que desempacar todo. Todavía tengo que comer, ducharme y vestirme… —dije, caminando hacia el baño. Una vez que cerré la puerta detrás de mí me recosté contra ella y me se deslicé hasta el suelo. Estaba segura de que había hecho enojar a Eugenia más allá de poder reconciliarnos, pero le hice una promesa a Nicolás y tenía la intención de mantener mi palabra.


Un suave golpe en la puerta se escuchó encima de mí. — ¿Pidge? —dijo Peter.  

— ¿Sí? —dije, tratando de sonar normal.

— ¿Te vas a quedar?

—Puedo irme si quieres que lo haga, pero una apuesta es una apuesta.

La puerta vibraba a causa de los suaves golpes que Peter le daba con su frente. —No quiero que te vayas, pero no te culparía si lo hicieras.

— ¿Estás diciendo que estoy liberada de la apuesta?

Hubo una larga pausa. —Si digo que sí, ¿Te irás?

—Bueno, sí. Yo no vivo aquí, tonto —dije, forzando una pequeña risa.

—Entonces no, la apuesta sigue en pie.

Miré hacia arriba y sacudí la cabeza, sintiendo como las lágrimas hacían que me ardieran los ojos. No tenía idea de por qué estaba llorando, pero no podía detenerlo.

— ¿Puedo tomar una ducha, ahora?

—Sí… —Suspiró.

Escuché los zapatos de Eugenia entrar en la sala y pasando fuerte junto a Peter. —Eres un bastardo egoísta. —Gruñó, azotando la puerta de Nicolás tras de ella.  

Me levanté del suelo, abrí la llave de la regadera y luego me desnudé, tirando de la cortina detrás de mí.

Después de otro golpe en la puerta, Peter aclaró su garganta. — ¿Pigeon? Traje algunas de tus cosas.

—Sólo déjalas en el lavamanos. Yo me encargo.  

Peter entró y cerró la puerta detrás de él. —Estaba enojado. Te escuché escupirle todo lo que está mal conmigo a Eugenia y me enfureció. Sólo quería salir, y tomar unas copas, y tratar de entender algunas cosas, pero antes que lo supiera, estaba borracho y esas chicas… —Hizo una pausa—. Me desperté esta mañana y no estabas en la cama, y cuando te encontré en el sillón reclinable y vi los paquetes en el piso, me sentí enfermo.  

—Simplemente podrías haberme preguntado en lugar de gastar todo ese dinero en el supermercado para sobornarme para quedarme.

—No me importa el dinero, Pidge. Tenía miedo de que te fueras y nunca me hablaras de nuevo.

Me estremecí ante su explicación. No me había detenido a pensar en cómo le haría sentir el oírme hablar sobre lo mal que él estaba para mí, y ahora la situación estaba demasiado desordenada para salvarla.

—No quise herir tus sentimientos. —dije, parada bajo el agua.

—Sé que no lo hiciste. Y sé que no importa lo que diga ahora, porque jodí todo… como siempre lo hago.

— ¿Pit?

—¿Sí?

—No conduzcas ebrio en tu moto, ¿Está bien?

Esperé durante un minuto completo, hasta que finalmente tomó una respiración profunda y habló.

—Sí, está bien. —dijo, cerrando la puerta detrás de él.


CONTIUARÁ...

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